jueves, 18 de febrero de 2016

LA NIÑA DE LA TIENDA Y EL ENVOLTORIO DE PEDRO

Me gustaba presumir lo que sabía hacer, pues ninguna niña del rancho conocía el uso de la balanza de pesas que teníamos en la tienda. Una  balanza que en sus mejores años debió ser dorada. En uno de sus platos colocaba las pesas, de un kilo, de medio, de un cuarto, de cien gramos, etc., y a veces le ponía monedas que discretamente me daba mi papá. –Hay qué ajustar el fiel por las mermas- decía. En el otro lo que me pedían. –Dame medio kilo de azúcar. Y con el cucharón sacaba del cubo de madera el azúcar que luego vertía en el plato de la balanza, hasta que la flechita estuviera a la mitad. Lo mismo con el maíz, arroz o frijol. Que un centavo de manteca y con la enmantecada pala sacaba de un bote de cuatro hojas la necesaria que embarraba en un papel de estraza y luego pesaba. Que un “blanquillo” de galletas y de alguno de los cajones con galletas agarraba con mis manos lo que creía conveniente y lo pesaba. Cuando se trataba de piloncillo, mi papá lo despachaba, pues no me dejaba agarrar la pequeña hachuela que se usaba para cortarlo.

La balanza era de fierro ya muchas veces pintada y repintada, y tenía forjadas dos figuras de dragones con los que me entretenía en ratos, imaginando cuentos de princesas y dragones echadores de lumbre.
La tienda tenía unos viejos anaqueles de madera y un mostrador cubierto con hojalata que de tanto y tanto en partes ya se había desintegrado. Mi abuelo la armó y equipó allá por los tiempos en que los soldados franceses andaban por la región. Él mismo hizo las armazones, los cajones, el mostrador y dicen que hasta los cuartos que ocupaba la tienda y trastienda. Mi papá me enseñó desde muy niña a hacerme cargo de la tienda. En las mañanas él estaba ahí, pero cuando empezaban a llegar todos los señores del rancho a hacer la tarde, me hablaba para que yo los atendiera. Llegaban, se sentaban en los costales de frijol, de trigo o de maíz, en piedras en la calle, o recargados en la puerta y se ponían a tomar “amarguitos”. Estos amarguitos los preparábamos en garrafas. De Jerez nos traían alcohol en botes de cuatro hojas y de ahí se llenaba la garrafa a la mitad, luego se le agregaba agua, unos mecates, un puño de estafiate y otras yerbas y se dejaba reposar una semana.
Mi papá era el que empezaba a servirles su “amarguito” en vasos de veladora, pero de rato, él también andaba bien “amargado”, y entonces me tocaba a mí seguir llenando los vasos de los rancheros. Eso de que tomaran en la tienda o sentados en las piedras de la calle no me gustaba, porque luego luego se ponían borrachos, les daba por decir incoherencias, malas palabras, se peleaban, tiraban balazos, presumían sus pistolas o sus cuchillos y todos se orinaban en el mezquite que estaba para el lado de la iglesia. Al otro día apestaba bien feo y me tocaba llevar baldes de agua desde el arroyo que estaba a un potrero de distancia para limpiar el mezquite. Aparte, muchos se iban sin pagar y aunque yo anotaba lo que se tomaban, cuando les cobraba en tiempos de cosecha decían que no era cierto, que no debían nada, que los quería perjudicar, y mi papá nomás decía que estaba bien que no les cobrara.

Cuando pasó la temporada de lluvia del 26, todos platicaban que un señor que compraba animales que se llamaba Pedro Quintanar se había levantado en armas contra el gobierno, y que andaba por todos los ranchos animando a la gente para que se uniera con él. Todos los hombres del rancho estaban muy animosos, decían que estaban listos para cuando llegara ese señor Quintanar se unirían con él. Pero lo decían borrachos y la valentía se les acababa cuando estaban ya compuestos.
Un domingo, cuando comenzaban los fríos, como a fines de octubre, llegó un grupo de hombres armados, unos a caballo, otros en mulas y otros a pie. Al saber que llegaban, todos los del rancho se escondieron, mi papá se metió a una covacha que estaba en el venero del pozo y ahí estuvo acuclillado todo el día. Muy valientes no resultaron, más bien les ganó el miedo. Unos ganaron para el cerro y allá se estuvieron escondidos entre los matorrales.
Como la tienda estaba muy cerca de la placita, ahí llegaron los armados, amarraron sus caballos en los mezquites cercanos. Aunque cerramos muy bien la tienda, nos obligaron a abrirla. Mi mamá se volvió pura lloradera y se metió para la casa donde se encerró bien encerrada. Entonces yo les hice frente. Muy respetuosos me pidieron maíz, azúcar, harina, piloncillo, sal, manteca y galletas. Todo sacaban en costales y lo cargaban en sus mulas hasta dejar la tienda casi vacía. Les insistía que si me iban a pagar, y nomás se carcajeaban.
Ya anochecía cuando llorosa los veía que se iban y en eso se me arrimó un señor alto, ya añejón, medio agüerado, con sus dos carrilleras cruzadas sobre el pecho, y me dio cuatro monedas de oro. –“Niña, creo que con este dinero pagamos lo que nos llevamos, me saludas a tu papá y ya dile que salga del pozo, que no le vamos a hacer nada”.
Luego, se iba a montar en su caballo, pero se devolvió cargando con las dos manos un envoltorio que traía en la silla de su animal. –“Te voy a hacer un encargo, pero no le digas a nadie, ni siquiera a tus papás: quiero que me guardes este paliacate donde solo tú sepas, escóndelo bien escondidito y a nadie le digas de esto. Yo volveré por él cuando lo necesite”. Dejó el mandado envuelto en un paliacate rojo en el suelo, atrás del mostrador y se despidió. –Oiga, ¿y cómo se llama usté? –le pregunté cuando ya le había picado los ijares a su caballo. –“Me llamo Pedro, Pedro Quintanar, pa’ servirle a Dios y a usté muchachita chula”. No se me ocurrió mejor escondite que mero abajo del cajón del arroz, ahí metí el pesado envoltorio y lo cubrí con lo que quedó de arroz.
Todavía no se disipaba la polvareda de la caballada de esos cristeros cuando por arte de magia salieron los “valientes” hombres del rancho. Mi papá veía su tienda semivacía y nomás se rascaba la cabeza pero no decía nada. –Tenga apá, dijo el señor Pedro que con eso pagan lo que se llevaron y que ya no se ande escondiendo en el pozo- le dije a mi papá riéndome con risa como de conejito, cosa que no le ha de haber gustado mucho, porque me soltó un manotazo que me hizo chillar.
Al siguiente día, muy de madrugada salieron en los burros mi papá y mi mamá para Jerez, y llegaron hasta el otro día, con el burrerío bien cargado de todo lo que hacía falta en la tienda. Hasta unas telas para hacernos ropita compraron. La vida en el rancho siguió casi igual, los rancheros tomando “amarguitos” fiados, miándose en el mezquite y escondiéndose cuando oían rumores de caballada. Yo me acordaba del envoltorio que estaba escondido en el cajón del arroz y siempre procuraba tenerlo bien “rasito” para que nadie se diera cuenta de lo que ahí había.
Fue en el mes de abril del siguiente año cuando llegaron los soldados federales, capitaneados por un tal “Vargas” al que luego supe le decían “la tripa”. Llegaron muy bravos, buscando cristeros en el rancho, y como no los hallaron, fusilaron a muchos de los hombres del lugar, mataron nuestros animalitos, quemaron las casas, las trojes y nos obligaron a que nos fuéramos solo con lo puesto con rumbo para Jerez.
Toda la noche caminamos, como fantasmas, las mujeres a llore y llore, los niños no entendíamos bien lo que pasaba, los hombres muy serios y asustados. Y los federales arriándonos como si fuéramos animales, echándonos los caballos encima para que no nos rezagáramos.
En Jerez nos metieron a unos cuartuchos del portal de las palomas, ese que está atrás de la Parroquia. Nos sentíamos tristes, muy desgraciados, pues estábamos acostumbrados a andar en el campo, y ahora nos tenían a familias enteras compartiendo cuatro paredes, un baño muy insalubre y lo que es peor: mendingando para llevarnos una tortilla a la boca, porque nada nos dejaron. Decían que era nuestro castigo por encubrir cristeros, que el general López había decidido acabar con todos los ranchos “Muerto el perro, se acabó la rabia” –Dicen que decía.
Fueron más de tres años que vivimos penando en Jerez. Todos llenos de piojos, sin disponer de agua para bañarnos. Flacos, anémicos, enfermos y arrastrando nuestra desgracia por las calles de la ciudad pidiendo caridad. Nuestra ropa era de lo peor, puros trapos sucios y con parches en los parches. Cuando se acabó la cristiada nos dejaron regresar al rancho, y ahí fuimos a ver las ruinas de nuestras casas abandonadas, quemadas, sin techos. La tienda de mi papá ardió y yo creo explotó con los botes de alcohol, de las paredes no existía casi nada. Al quemarse el techo, cayó sobre los estantes de madera y quedaron cubiertos por adobes y piedras. Cuando me puse a recordar la disposición busqué dónde estaba el cajón del arroz, y lo encontré, quemado de su tapa, el arroz se lo comieron las ratas, pero el paliacate ahí estaba, mordisqueado y semipodrido.
-Papá, el señor Pedro Quintanar me dio a guardar ese envoltorio, que iba a venir por él me dijo.
-No’mija a don Pedro lo mataron a puñaladas en Chihuahua. Ya no va a venir por su mandado. Presta para ver qué es.
Y mi papá deshizo el nudo del paliacate, que protegía otro paliacate y encontró un buen puño de monedas de oro. Monedas pequeñas, pero muchas. -¿Y si el señor ya no vive, a quien le entregamos eso? –pregunté.
-Mira m’ija, esos desgraciados nos mataron nuestros animalitos, nos quemaron nuestras casas, las tierras quedarobn yermas, no tenemos ni siquiera una tortilla para llevarnos al gurguñate, yo creo que don Pedro mirará muy bien que ese dinero que dejó lo usemos para regresar a Jerez, pero ahora no llegar como limosneros, llegar y vivir con la frente en alto. Yo creo que ya nos sacrificamos mucho. ‘Ámonos pa’ Jerez.
Y así fue, regresamos a Jerez, pero ahora, con el dinero de Quintanar compramos una casita, pusimos una tienda de abarrotes en la que ya no vendí “amarguitos”.