viernes, 3 de junio de 2016

DE ANCESTRAL CUNA, CARITA DE CIELO

Los viejos podían presumir su ancestral origen, pues cuidadosamente anotaban en libros familiares todo lo referente a sus antecesores. Y así, don Refugio Berumen contaba que procedía de la estirpe de Bernardo Berumen de Vera. Sus bisabuelos paternos eran los legendarios Juan Joseph Berumen de Mier y María Luisa Carlos Valdés. Y sus abuelos lo fueron Juan Berumen y Gabriela de Haro, los maternos Rudecindo Berumen y Josefa Carlos. Sus padres estaban pues, emparentados entre sí: Librado de la Cruz y Adelaida Berumen.
Don Refugio se casó con Soledad Valdés de la Torre, que para no variar, también procedía de la estirpe de los Berumen.
La pequeña capilla de La Estancia de los Berumen se engalanó el jueves 7 de enero de 1915. A pesar del frío, todos los habitantes del lugar se dieron cita en el interior del templo para atestiguar con curiosidad la unión de Refugio y Soledad, misma que fue bendecida por el Cura de Tepetongo José Félix. El novio, tenía 20 años de edad, y la novia todavía no cumplía los 18 años, pero en el acta quedó asentado que tenía 19.
En esos años de guerras, de hambre, de escasez de todo, era una aventura el contraer matrimonio, pues no había certidumbre de lo que el destino depararía en el futuro, pero con todo y eso, el matrimonio de don Refugio y doña Soledad persistió y pronto su hogar se vería lleno de hijos. Elvira nacida en 1916, Carlota en 1918, Anita nacida el 26 de julio de 1921 y Porfirio en 1924.
ANITA, LA DE LOS HERMOSOS OJOS AZULES
Carlota Berumen, hermana de Anita, el día de su boda.
Los orígenes de los Berumen se remontan hasta la pequeña villa de Bierum, (que todavía existe), en la provincia de Groningen, en el antiguo Flandes por ello muchos de los descendientes son (somos) de piel muy blanca y ojos de color claro. Las hijas de don Refugio no fueron la excepción. Ana María destacó de entre sus hermanas pues sus ojos eran de un azul muy profundo, y en su juventud era de porte altivo y muy bella figura. A ella desde niña le gustaba venir a Jerez a pasar largas temporadas con su abuela materna, doña Petra de la Torre, que gustosa se la traía del rancho a su casa en el callejón del Rebote 107, para que le hiciera alegre compañía. Después, la familia adquiriría otras casas, en la última cuadra de la calle del Espejo y de la del Santuario (junto al templo de la Santa Escuela).
La muchacha, a pesar de que no tenía ni quince años, despertaba la admiración de los que la trataron, ya que aunado a sus cualidades físicas, estaban las morales y culturales, pues sus padres les habían inculcado a sus hijos el hábito de leer y escribir. Algunas noches -y pese a la estricta vigilancia de su abuela-, la calle del Espejo se llenaba con los ecos de las armoniosas canciones que frente a los barandales de su casa dedicaban los jerezanos.  En especial un tango de Agustín Lara que comenzaba a ser escuchado en las antiguas radiolas la que motivó a que la apodaran "Carita de Cielo". 
"Carita de cielo
muchacha temprana;
aquella mañana
bajo un limonero,
te dije: Te quiero.
Carita de cielo
rosa tempranera
si al cielo miraras,
en el cielo vieras
sonriendo tu cara..."
Y uno de sus admiradores y vecino, Emilio Torres, parodió hábilmente la canción, quizá porque los ojos azules de Anita evocaban la celeste bóveda, y así cantaban los enamorados trovadores jerezanos:
"Mientras que yo te amaba
mi bella Ana María,
mi corazón te daba
y mi alma te ofrecía.
Porque eres tú mi vida,
mi dicha y mi ilusión,
la joven más querida,
Anita consentida
escucha mi canción.
Anita le dije:
mi vida te espera,
no sé que me aflige
-así yo le dije
antes que muriera.
Más ella muy triste
de mí se alejó,
y un recuerdo en mi alma
y un beso en mi boca
por siempre quedó..."
Algo de trágico tuvo esa parodia, pues los rescoldos de las recientes guerras dejaban como recuerdo lúgubre una estela de hambre y de muerte. Los pueblos y rancherías de la región apenas comenzaban a restañar las hondas heridas causadas por la revolución y la rebelión cristera. Los campesinos se aventuraban a trabajar los campos solo con amplias garantías de protección. La ganadería casi no existía, pues por diversión o para demostrar las bondades de su puntería, muchos gavilleros mataban a los pocos animales que aún había. Dentro de su ignorancia y egoísmo, ellos no sabían que fincaban a pasos acelerados el hambre, y quizá su muerte y la de sus familiares.
Las epidemias no se hicieron esperar. Los esfuerzos por combatirlas, eran nulos. Poco a poco, toda la región fue invadida por el tifo, en aquel entonces mortal. Faltaban médicos, los medicamentos eran pocos y el dinero para conseguirlos, no existía. Los campos se volvieron a sembrar, pero ahora de cruces. Cruces sobre piedras que en las más de las ocasiones alguna piadosa persona ponía cubriendo los despojos de quien no había logrado llegar a su hogar. Despojos que más de una vez saciaron la voracidad de coyotes, perros y aves de rapiña. 
Anita, por esos días, estaba en La Estancia con su familia, y con urgencia fue trasladada a Jerez, pues la fiebre tifoidea se apoderó despiadadamente de ella. Muchos fueron los esfuerzos realizados por el Médico militar Luis Durán -único en la región- para contrarrestar su enfermedad. Bastantes los cuidados prodigados por todos sus familiares y amistades, que desfilaban junto al lecho de aquella "Carita de cielo". Pero ya la palidez de la muerte regenteaba sus facciones. Grandes ojeras marcaban su rostro, los brazos fláccidos descansaban en su exánime pecho. A Manuel Rincón –que era su novio- solo se le permitió verla desde una habitación contigua para que no la perturbara. En su agonía ella pedía: "Yo quiero agua de ese chorrito, de ese chorrito..." La tarde del 10 de noviembre de 1936 fue más fría que otras, como si el cielo estuviera triste por el fin de Anita. La casona situada casi al término de la calle de El Espejo se vestía de luto. Las muestras de duelo parecían interminables. Impresionante fue la ceremonia fúnebre que en la Parroquia del lugar se realizó para despedir el cuerpo de Ana María Berumen. El cortejo bastante concurrido, se caracterizó porque todas las asistentes vestían de negro en señal de muda condolencia. Al final, ante copiosas lágrimas, el cuerpo de Anita fue depositado en una fosa, la que prontamente se llenó de flores, destacando sobre una de ellas una corona de gardenias con un listón que decía simplemente: "A mi carita de cielo".
LA SERENATA DIARIA
Manuel Rincón Varela no pudo aceptar la muerte de su bella novia, y desde ese 10 de noviembre acostumbró llevar casi a diario una corona de gardenias que cuidadosamente acomodaba sobre la lápida de la tumba de Anita. También lo acompañaba una “típica” la que cantaba la versión parodiada de “Carita de cielo”. Las malpasadas, las borracheras, los enfriamientos, fueron causa de que Rincón Varela falleciera la madrugada del 26 de octubre de 1939. Quienes lo vieron morir, entre ellos el doctor Pedro Quiroz, dijeron que falleció con una sonrisa en los magros y descarnados labios y pidiendo lo sepultaran lo más cerca posible de "Carita de cielo".
Quienes conocen Jerez, han visto que cerca del monumento funerario de don Rafael Páez está la tumba de Ana María Berumen "Carita de Cielo". Hace pocos años cambiaron la lápida en la que se podían apreciar unas letras que dicen: "Rcdo. M. R.", quien siguiera a su linda novia tres años después. La tumba de Manuel Rincón Varela se encuentra como a treinta y cinco pasos hacia el poniente, muy cerca de la cripta de los Escobedo, como si alguien premeditadamente lo alejara del cuerpo de ella un paso por mes.

Sé que hay una foto de Anita Berumen, que celosamente es conservada por sus familiares, ojalá y algún día podamos copiarla y ofrecerla como un testimonio más en esta investigación.
Dibujo hecho por Victoria Eujenia Berumen para ilustrar este tema.