viernes, 23 de septiembre de 2016

LA MUERTE DEL CAPITÁN HIGINIO PLACENCIA JÁUREGUI

Los villistas y carrancistas se odiaban a muerte, a pesar de que en años anteriores habían compartido la lucha en contra de la usurpación huertista. Ahora, Venustiano Carranza se había erigido como jefe del ejército constitucionalista, luego de la convención de 1917. Y eso para nada le agradó a Pancho Villa, pues le caía muy gordo el viejito barbas de chivo.
Y sus huestes, bastante diezmadas desde la derrota de Celaya, lucharon ahora, pero contra los carrancistas, aunque ya no era la famosa división del norte, ya solo eran pequeños grupos que se escudaban en serranías y parajes escabrosos y se dedicaban a apropiarse alegremente de lo ajeno.
Desde los primeros días de junio de 1916, el general Agustín Albarrán y su tropa llegan a Jerez con la finalidad de restablecer el orden y darle vida a la moribunda y tantas veces vilipendiada ciudad. La ciudad estaba empobrecida, sus fincas semiderruídas y las gentes que todavía vivían, vagaban entre el hambre, la pobreza y las enfermedades. 1916 fue tristemente conocido como el año del hambre, 1917 como el del tifo y 1918 como el de la influenza, cada año con su muy numeroso contingente de muertes. El general Albarrán, originario de Huizuco, en el estado de Guerrero, había formado parte del estado mayor del general Lázaro Cárdenas, de él se decía que era buen jinete, audaz en el combate y excelente catador de todo tipo de bebidas espirituosas.
El ejército carrancista implementó medidas sanitarias, para tratar de contrarrestar las epidemias. El mismo Albarrán se contagió de tifo, entonces mortal. Y el 15 de octubre de 1917 fallece. Su sepelio fue muy fastuoso y concurrido, pues los jerezanos lo llegaron a apreciar muchísimo. Él vivía en la casa de frente a la Parroquia, donde ahora es un hotel de muchas estrellas.
A cargo de la jefatura de armas quedó el coronel Alfredo García, quien siguió resguardando el orden de Jerez, manteniendo con su tropa a los reductos villistas fuera de la región. Los “pardos” de Sabino Salas eran amos y señores de toda la sierra de Los Cardos, y hasta allá iban las tropas carrancistas a combatirlos.
En la primavera de 1918 la población se alarmó, -y con justa razón-, pues crecientes rumores se oían asegurando que los pardos saquearían de nueva cuenta a la ciudad, como ocurrió el viernes de dolores de 1916, en que por 22 días seguidos destruyeron Jerez y se llevaron lo que quisieron.
El coronel García –para tranquilizar a los jerezanos- dio instrucciones al capitán Higinio Placencia de que con tropa a su mando hiciera contínuos rondines por los alrededores de la ciudad en prevención de algún posible ataque.
Este capitán Higinio Placencia, nacido en 1879 allá por Jalostotitlán, fue un hombre impulsivo, de valor temerario, y junto con su tropa de jinetes recorrían los caminos cercanos. Ya andaban por El Durazno, Los Haro o se aventuraban a ir hasta la hacienda de El Tesorero. O cabalgaban por los rumbos de Jomulquillo, El Cargadero y La Boca. También se les veía por la Ermita, El Tambor y la Hacienda de La Labor. A veces hasta en Lo de Luna, El Magueyito y el Encino Mocho dejaban sus huellas.
La tarde del 12 de abril de 1918 la tropa carrancista regresaba de su acostumbrada inspección por el rumbo de La Boca, cuando con los últimos destellos del sol alcanzaron a advertir la presencia de jinetes armados que desde las alturas vigilaban su paso.
El capitán Higinio Placencia decidió hacerles frente, pero uno de sus subalternos le aconsejó que lo más apropiado sería retirarse, pues los “pardos” conocían bien la sierra y ellos no, además que tenían la ventaja de estar en las alturas de las escarpadas rocas, y por si fuera eso poco, la noche se venía encima y eso sería completamente trágico para la tropa.
Placencia desoyó los consejos, y poniendo el ejemplo, acicateó su caballo arengando a su gente para que se prepararan para el combate. Una decisión temeraria que le costó la vida, una estruendosa lluvia de plomo cayó sobre él y los que lo seguían. Los soldados que iban a la vanguardia cayeron mordidos por las balas. La restante tropa hizo fuego a discreción sobre los contrarios haciéndolos huir.
Al recoger el campo, encontraron a cinco de los suyos heridos, entre ellos al capitán Placencia que tenía una herida en la cabeza de la que escapaba la sangre profusamente. Le proporcionaron los primeros auxilios como pudieron, y ya cobijados por las sombras regresaron a Jerez.
En el cuartel carrancista, que estaba en la tercer cuadra de la calle del Espejo (Luis Moya), el capitán Placencia agonizó por dos días, muriendo ahí, con el cráneo roto. Pero los villistas no atacaron Jerez en esos días, gracias a la valentía de Placencia que los amedrentó aunque le llevó en eso la vida. Una de las últimas acciones de los rebeldes en la región fue capturar a Bernardo Varela, de la defensa social. Esto fue el 20 de mayo… le arrancaron la epidermis de la planta de los pies, golpeándolo hasta que lo mataron. Esto fue en la ranchería conocida como Juan Blanco. Al año siguiente, los pocos que quedaban se rindieron.
EL ROMANCE DEL POETA
Días después, el poeta y sacerdote Alfredo R. Placencia, recibe crueles noticias: sus dos queridos hermanos murieron… uno tras otro. El 14 y 20 de abril respectivamente. Su hermana Cristina, que en vida religiosa llevó el nombre de “Sor Eulalia” e Higinio, que murió en Jerez. El poeta adolorido escribe dolientes poemas en un libro llamado “Del cuartel y el claustro”.
Hay varios poemas en los que habla de la muerte de su hermano Higinio, “Montañas de Jerez” es uno de ellos, de los que entresaco algunos versos:
“…Las calles de Jerez flotan en sangre / y en sangre el viento y las montañas flotan. / Del norte vino la implacable guerra, / y una noche sin astros y sin horas / se ha despedazado allí, que puede verse / por el valle acostada y por las lomas… / Era el doce abril cuando vinieron / las enemigas sombras / que nadie presinitió. / Jerez dormía / y  dormía la tropa. / Y atizaron la lucha, / que fue sangrienta y larga, como pocas. / De las noches del tiempo y de la vida / dos noches se han fundido en una sola. / Cinco soldados quedaban solamente / sobre aquella ciudad ardida y sola; / los mismos que rodaron en la brega, / besados por la Patria y por la gloria…”
“…Era tu hermano uno / de los últimos bravos que la tropa, / de aquellos cinco bravos que cayeron, / besados por la Gloria. / Allí donde cayó, no hubo dolientes, / ni hubo rezos, ni lágrimas, ni antorchas. / Yo lo abracé al caer. / Llevaba rotos / el corazón y el cráneo; y en la ropa  / tenía mucha sangre  / de la que puso las montañas rojas”.
“¡Montañas de Jerez, tristes montañas / que por primera vez mi labio nombra!: / Ni la menuda lluvia ni el rocío / caigan sobre vosotras. / De allí el doce de abril, bajó la muerte / con su callada procesión de sombras. / Vuelvan todos la espalda, todos odien / las montañas odiosas”.
“No amamantó a ninguno el casto seno / de la difunta madre cuidadosa / con más dulce piedad ni con más mimo / que al último soldado de la tropa. / A no ser el poeta, nadie os sueñe / ni ose nombraros nadie por su boca. / Flota Jerez en sangre… / Montañas jerezanas, quedad solas”.

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