viernes, 28 de octubre de 2016

EL MUERTO QUE NO SE QUERÍA MORIR

Los días de invierno en Jerez siempre han sido fríos, de ese frío seco que se mete sin misericordia por los huesos y llega hasta el mismo tuétano. De ese frío que no se quita ni tomando canela con hartos amargos y un buen buche de mezcal.
La tarde del miércoles seis de enero de 1717 era gélida y el cielo de un gris plateado y denso, que atrapaba sin misericordia los rayos del sol. El bachiller –que así se les llamaba antes a los sacerdotes- Nicolás Carlos de Godoy, sorbeaba con delectación un café muy caliente contenido en un jarro que por sus tiznaduras pregonaba que había sido colocado infinidad de veces en el anafre de carbón, y le daba gracias a Dios que nadie había solicitado servicios religiosos en ese día, sin contar las celebraciones eucarísticas que por la mañana se realizaron en el antiguo templo parroquial con motivo de la festividad de reyes.
Más ensimismado estaba chasqueando en los labios el sorbo de café, cuando escuchó fuertes voces que lo llamaban. Era un fornido mulato que desde la calle le llamaba a gritos.
-¡Padre Nicolás! ¡Padre Nicolás! ¡Me mandó el siñor mi amo a que viniera por usté para que le de los santos olidos y confiese a un enfermo que está en la hacienda de los arrimados!
-A ver, a ver, no son los santos olidos, son los santos óleos, ¿Y cuál es esa hacienda de los arrimados que dices?
-Pos ahí juntito a la estancia del siñor mi amo, el capitán don Pedro Álvarez de Ron, la que le llaman San Miguel de Buenavista.
-¡Ah! Por ahí hubieras empezado, que eres enviado de Pedro Álvarez. Tu patrón es muy mal pagador, debe desde que era alcalde mayor los derechos y obvenciones del obispado y nunca ha querido pagar, mejor dile que traiga al enfermo.
-Po’s eso no se va a poder, el enfermo no puede caminar, se quebró una pata trabajando y po’s está muy mal. Por lo que más quera señor padre, venga conmigo pa’ que le de los santos olidos.
Mascullando palabras impronunciables, el sacerdote Nicolás Carlos de Godoy preparó sus cosas, y trepado en la mula que usaban para las confesiones, acompañó al mulato, caporal de estancia de Buenavista. Durante todo el trayecto -más de seis leguas- nada se dijeron, aparte que el frío se sentía todavía más en sus monturas y era preferible no abrir la boca, para que no les entrara el hálito gélido del camino.
Se oía en la lejanía el nocturno y monótono toque de ánimas cuando llegaron a un caserío pegado a la estancia del capitán Pedro Álvarez de Ron. (En tiempos de frío el toque de ánimas era a las nueve de la noche, y en tiempos de calor una hora más). El sacerdote se bajó ágilmente de la mula, acuciado por el intenso frío, y corriendo a saltitos, se dirigió a una choza que le señalara el callado caporal que le hacía honor a su apelativo; Nicolás Prieto.
“Corrí y llegué y entré a la casa, asustándome al ver en medio del jacalillo un cuerpo de hombre muerto, con dos velas a los lados y una cruz puesta a los pechos. Recobrado del susto, sin pensarlo pregunté: ¿Qué es esto? ¿Dónde está el enfermo? Las mujeres que estaban ahí, entre ellas las de Nicolás el negro o mulato vaquero de Ron, me dijeron que había muerto mucho antes de que se metiera el sol” -contó luego el sacerdote-. Poco sabían del difunto, que se llamaba Antonio Marín, le dijeron, pero no sabían de dónde era ni si era casado o no.
El bachiller ordenó que movieran el cuerpo a la capilla de la hacienda, colocando ahí el Santísimo Sacramento, y realizando el ritual acostumbrado para que el difunto trascendiera las puertas de la gloria.
Luego de esto, se dirigió a la casa del dueño de la estancia, el capitán Pedro Álvarez de Ron, el que estaba acompañado de otro sujeto, Antonio Graceda. Aprovechó que estaban cenando, para disfrutar también de los opíparos platillos. En la sobremesa, el sacerdote comenzó a reclamarle a Álvarez de Ron el por qué no se le avisó con tiempo para poder auxiliar espiritualmente al muerto.
-¡Padre! No se le avisó porque le muerte fue por habérsele quebrado una pierna de una caída, y llamamos al padre Antonio para que lo confesara. Y el padre no quiso ir argumentando que estaba malo de las muelas, y eso que estaba aquí en la casa -dijo Graceda-.
El dueño de la casa terció afirmando enérgicamente:
-Mira Nicolás, yo te conozco desde que éramos niños, y solo por eso he soportado tus gritos en mi casa. No estoy aquí para que me reclames nada. Yo no sabía del muerto, solo que la mujer del caporal Nicolás Prieto, pidió una mortaja de sayal. Ahora, que ya cenaste, recoge tus cosas, llévate tu muerto que aquí no habrá posada para los ministros de la iglesia.
A Nicolás Carlos de Godoy no le extrañó la actitud del dueño de Buenavista, así que, tristemente se dirigió a la capilla, recogió el Santísimo, y ayudado por algunos trabajadores cargó el cuerpo del difunto en su mula. Álvarez de Ron dio instrucciones de que no le prestaran ningún animal, así que el pobre sacerdote emprendió el camino de regreso a pie, tras la cansada mula que venía cargada con el cuerpo del desconocido Antonio Marín, para sepultarlo en la capilla del hospital de la Villa de Xerez.
Por suerte se encontró en la oscuridad de esa noche a otro Antonio: Al carretero Antonio López, que venía de Zacatecas.
-Padre, al paso que lleva se va a congelar y llegará a Xerez hasta la madrugada. Llévese una de las mulas de atrás que vienen descansadas, ahí cuando vaya a la villa la recojo. Nomás me la cuida y le da de comer.
Pasada la medianoche el sacerdote llegó a su destino, los dientes le castañeaban del intenso frío, por lo que ya no quería saber más que de acomodarse en un mullido colchón y cobijarse con unas mantas búlicas. En la primitiva parroquia se encontró a Joseph Cordero y a Joseph Medrano, que le ayudaron a desmontar, y también se acomidieron a hablarle al sacristán, Antonio (otro Antonio) de Castañeda para que abriera la iglesia y guardara el Santísimo Sacramento en el Sagrario. Y al muerto amortajado, Antonio Marín, se lo llevaron al hospital de San Miguel (donde ahora es el Santuario) para sepultarlo.
Al siguiente día, que no estaba tan frío como el anterior, el sacristán Antonio de Castañeda fue con el sacerdote Carlos de Godoy para darle los pormenores de lo que hizo:
-Ayer que nos llevamos al difunto a la iglesia del hospital, hicimos una mala maniobra cuando íbamos a bajarlo de la mula. Y se nos cayó. Se oyó como si quebraran una caña cuando el cuerpo chocó con el suelo. Y luego un aterrador aullido. Todos corrimos, porque el muerto gritaba y maldecía, maldecía mucho. Así que me armé de valor y le propiné un garrotazo en la cabeza, tan fuerte que el ente demoniaco que lo poseía escapó a toda prisa. Como usted dijo que ya le había dado los auxilios espirituales, lo enterramos en la parte sur del atrio del templo del hospital.

-¡Muy bien hecho, hijo mío! Ese muerto yo lo encontré bien muerto desde ayer en la tarde, y no tenía por qué andar maldiciendo cuando ya estaba amortajado y ya le habíamos rezado.

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