viernes, 20 de mayo de 2016

EL DISCURSO QUE INCOMODÓ A LOS JEREZANOS

¿Qué dijeron ya? ¿Qué iba a escribir sobre el famoso debate que se celebró en días pasados? De ese debate, ya han hablado mucho los expertos en política. Aunque a mi parecer, sólo diré que no fue un debate, sino un recuento de promesas y más promesas, sueños guajiros que no se cumplirán. Por cierto, los asesores de algunos candidatos los deberían preparar mejor para que su presentación en público logre siempre su objetivo, porque dos de ellos estuvieron tímidos, medrosos, inconsistentes, para nada irradiaron lo que pretenden ser.
El discurso al que me refiero, fue enérgico, sorpresivo, muy fuera de su época, y del que narraré sus pormenores sucedió la tarde del lunes 15 de septiembre de 1890, en el entonces nuevo teatro Hinojosa.
La señorita Rafaela Ybarra fue apreciada en muchos círculos sociales jerezanos. Era una mujer no fea, pero tampoco bonita. Vestía modestamente, pero con elegancia. Dueña era de muchos atributos, ya que sabía tejer, bordar y coser como nadie. Tocaba el piano y cantaba. Se sabía todos los secretos de la repostería jerezana, así como de la elaboración de conservas y embutidos. Hablaba y escribía tres idiomas con bastante fluidez. No por nada fue nombrada “preceptora de primer orden y sinodal de las escuelas municipales del partido de Jerez”.
El licenciado Victoriano Ortiz Soto tomaría protesta como jefe político al siguiente día, por lo que acordó con su antecesor premiar a los mejores alumnos de las cuatro escuelas municipales, para ello organizaron un extenso programa con solemne distribución de premios en el teatro Hinojosa y así comenzar las festividades patrias.

La curiosidad movió a las jerezanas a acudir al recinto, y así, pronto se vieron ocupando sus lugares en platea, las señoras Gertrudis Zesati de Escobedo, doña Cuca Amozurrutia de Inguanzo, Librada Llamas de Reveles, María Llamas de Escobedo, Bibiana C. de Sánchez, Clara M. de los Ríos, Concepción Llamas de Llamas y otras más. Por supuesto, también asistieron guapas señoritas que lucían sus mejores ropajes y más caros perfumes y que echaban pícaras miradas a su alrededor. Ahí estaba Lupita Inguanzo, Chole de los Ríos, Pepita Inguanzo, Luz Colmenero, Conchita Ruvalcaba, Aurelia Robles, Conchita Mier, Clara Fernández, Herlinda Hinojosa, Angelita Llamas, Carmelita Brilanti, Mariana Félix, Carmen Roux, Dolores Caraza, Jesusita Cabrera y otras que el cronista no alcanzó a anotar.
Los machos, muy machos, estaban representados por don Antonio Román Castellanos, Francisco Llamas Carrillo, Eufemio de los Ríos, el Dr. Jesús Villalobos Escobedo, el Licenciado Guadalupe López Velarde, Alberto Sánchez, Néstor Berumen, Miguel Inguanzo, Sóstenes Colmenero, el Dr. José S. Peña, Mariano Tello, etc. Todos ellos con sus mejores trajes, bastones y sombreros, tal pareciera que los premios se los iban a otorgar a ellos.
Y como al siguiente día iba a ser feriado, los dependientes del comercio también estuvieron echándole ojitos a las damas. Alberto Bonilla, Aurelio Ramos, Andrés Colmenero, Aniceto Flores, Cayetano Pérez, Miguel Berumen, Espiridión Menchaca, Jesús Fernández, Juan Escobedo, Mariano de Haro, José Ma. Del Río, Mariano Sánchez, Pánfilo Varela, Petronilo Colmenero, Pascual Hinojosa, Rafael Amozurrutia, etc. Todos ellos en palcos y galería, pues en luneta estaban los niños y niñas de las escuelas.
La Asamblea Municipal había decidido que el discurso lo ofreciera la señorita Rafaela Ybarra, quien se plantó a la mitad del foro, y con potente voz que se alcanzaba a oír hasta el último rincón de gayola, comenzó su disertación:
“…Íntimamente convencida de mi insuficiencia, un temor respetuoso me hace temblar al dirigiros la palabra. Frente a frente de vuestra ilustración, y emocionada por el espíritu de progreso que se manifiesta hoy entre nosotros, celebrando uno de los triunfos de la ciencia, quisiera como los poetas, poder ofrecer en mis pobres conceptos las galas y las flores de una imaginación ardiente…”.
Los espectadores, pensando que se trataría de un aburrido discurso más, se arrellanaron en sus asientos, quizá para dormitar arrullados por la voz de la señorita Ybarra.
Pero, comenzaron a poner atención, cuando la preceptora y sinodal poniendo énfasis a su discurso, habló de la mujer, de su deseo de instruirse: -“¡Bendita sea la libertad en la ley! ¡Bendito sea el progreso! ¡Bendita sea la ciencia! ¡La ignorancia no es ya el patrimonio de la mujer!... ¡Mañana, Patría mía, nosotras en medio de nuestras familias, en la tribuna y en todas partes seremos también los apóstoles de la verdad, de la ciencia, de la moral y de la libertad!”.

Inacabables carraspeos llenaban las gargantas de los jerezanos, los que estrujaban sus chisteras y acariciaban sus bastones como símbolos fálicos golpeándolos de vez en cuando en el suelo de cantera del teatro. Abrían los ojos sorprendidos pues no se explicaban cómo una mujer se atreviera a hablar en público de igualdad de derechos de hombres y mujeres. Las damas sonreían cuidando que no las vieran sus maridos. Las señoritas cuchicheaban. Los niños y niñas ponían atención a la oradora aunque pareciera que no le entendieran nada.
“El pueblo entusiasmado por el espíritu del progreso… reclama el pan del alma: la instrucción. Sí, pero la instrucción para todos, porque para poseer la ciencia todos tenemos iguales derechos, no hay distinción de sexos, no debe haber privilegios para los que tienen buena posición social…”. Refunfuñando, los jerezanos se miraban unos a otros y se preguntaban de manera queda que si no había quien callara a la oradora que se atrevía a lanzar al aire esos conceptos, y más enfrente de sus niños.
El acabose fue cuando Rafaela Ybarra se dirigió a las damas, diciéndoles con su voz potente, una voz que no acallaban los susurros, ni los golpeteos de los bastones en el piso: “Apreciables madres de familia: hermosas niñas: Hemos rasgado el velo de las tinieblas, el porvenir nos aguarda, tened fe en el omnipotente, tened valor, no temáis…hablad a vuestros hijos desde la cuna hasta la muerte de fe, de progreso, de ciencia, de verdad, de patria, de honor, y sobre todo de verdad y de virtud. Ya veis: el problema de la felicidad está resuelto: la educación del hombre y sobre todo de la mujer”.
¿Cómo se atrevió la preceptora a hablar de progreso, verdad, ciencia, moral y libertad, si esas palabras y conceptos estaban vedados en el vocabulario femenino? Al término de su disertación, algunas damas aplaudieron y sonreían, pero eran prontamente acalladas por sus maridos. Rafaela Ybarra no se dio cuenta que fue la primera mujer que hablaba de igualdad entre hombres y mujeres.
Luego de pasadas las fiestas patrias, el Licenciado Victoriano Ortiz Soto llamó a su despacho a la señorita Ybarra, no se supo lo que le dijo, pero los testigos afirman que salió llorosa y triste. A los pocos días se fue con su familia a Juchipila. El bendito progreso, la bendita ciencia, la bendita educación para hombres y mujeres por igual no llegaron a Jerez entonces, es más, creo que todavía no llegan…