viernes, 24 de junio de 2016

"LA CHANCLA" Y TIBURCIO ULTRERAS

Juan José Acevedo de Loera era un jerezano cuyo valor rayaba en la temeridad. Se había convertido en el principal dolor de cabeza para los franceses que recientemente se habían apoderado de la región. Y no era para menos, ya que con un grupo de chinacos les hacía la vida de cuadritos.
El 26 de marzo de 1864 –sábado de gloria- llegaron los invasores a Jerez derrotando a los liberales que lo defendían, muchos de los que fueron ejecutados luego y otros pasados por las armas un día después en la hacienda de Malpaso. La columna franco mexicana era comandada por el capitán Crainvilles, quien muchos esfuerzos hizo por librar a la región de guerrillas de chinacos, pero siempre con resultados infructuosos, pues los jerezanos conocían todos los vericuetos de la región y donde quiera los emboscaban.
Juan José, nacido en el penúltimo mes de 1836 en Los Haro, era conocido como “La chancla”, precisamente porque cuando andaba en la sierra le gustaba mucho cantar esa vernácula canción mexicana. Aquí cabe aclarar que esa canción es muy antigua, y que Alfonso Esparza Oteo, realizó la transcripción y arreglo de canciones antiguas mexicanas, a un estilo de canción romántica, como “Las mañanitas”, “La zandunga”, “La chancla” y “Amores fingidos”, por eso muchos le atribuyen la autoría de esa pieza, aunque los que saben, dicen que es como de 1850 y procede de la región del bajío.
Su lugarteniente era Tiburcio Ultreras Botello (José Tiburcio Ultreras Voteyo, dice su registro), hijo de don Chon Ultreras y doña Chole Botello, nacido en la Ermita de Guadalupe (Ermita de abajo) en abril de 1837. Completaban la guerrilla, labriegos reclutados en las rancherías jerezanas y que estaban descontentos con la invasión francesa.
En sus correrías, mantenían en constante alarma a las tropas franco-mexicanas que atendiendo falsas alarmas acudían a lugares donde se suponían estaban, pero los guerrilleros aprovechaban y se apoderaban de los caballos de los galos, cuando los sacaban a pastar en la llanura opuesta del río grande, por el rumbo de El Montecillo.  Juan Acevedo a quien los galos apodaban “chaussure fou” (chancla loca) y le atribuían todos los ataques en la región, aprovechaba para asaltar a los arrieros y diligencias en el camino de Jerez a Zacatecas, de manera especial en el arroyo de Las Trancas y en la loma de Lo de Luna.
En tiempo de siembra, los guerrilleros se iba a sembrar, y fue en septiembre de 1864 cuando aprovechando la aparente tranquilidad y la abundante agua que llevaba el río grande, varios franceses se bañaban alegremente, cuando de repente apareció la gente de “La chancla” que se desprendieron de las faldas del cerro de “La campana” –arrastrándose como culebras- para llegar al lugar donde estaban disfrutando los bañistas. Apresaron a tres de ellos y así –sin calzones y descalzos- los hicieron subir la empinada cuesta del cerro. Aquellos desdichados apenas podían dar paso entre las filosas piedras que abundaban por la senda que les era marcada.
En la cima del cerro, “La chancla” ordenó que los ejecutaran y ahí quedaron, hasta el siguiente día en que la tropa gala subió a rescatarlos, pero solo pudieron bajar sus cadáveres. Cuenta don Juan N. Carlos que con los honores de ordenanza fueron llevados los cuerpos al templo parroquial para la celebración de las exequias fúnebres a las que asistió la tropa invasora y después, con las cajas y bayonetas enlutadas, fueron conducidos al panteón de Dolores donde se les dio sepultura.

Ese incidente hizo que se distanciaran los jefes, y Tiburcio Ultreras decidió rendir sus armas ante el comandante de la plaza –el coronel Heriller-. A cambio de su rendición recibió todas las seguridades debidas, con lo que Ultreras regresó a la Ermita de Guadalupe dispuesto a gozar de la vida pacífica del hogar.
Muchos de sus compañeros siguieron sus pasos, y así, la guerrilla de Acevedo se vio grandemente disminuída, por lo que éste con frecuencia visitaba los ranchos para hacerse de recursos, que la mayoría de las veces obtenía por medios reprensibles, pero siempre evitando en cuanto le era posible el contacto con las escoltas francesas que frecuente salían en su persecución.
Fue ya entrado marzo de 1865, en que don Tiburcio junto con algunos familiares hizo un viaje hasta el pueblo de Tequila, atravesando la sierra, a su regreso conduciría un cargamento de caña dulce y otras cosas. Pero andaba el diablo suelto ese día, porque cuando sesteaban por el rancho “Las canoas” se toparon con una partida de chinacos y por desgracia era la que comandaba “La chancla” y en la que había militado Ultreras. Sus compañeros le dijeron que se ocultara en previsión de que Juan Acevedo le guardara rencor. Ultreras se negó a esconderse, alegando que “nada pasaría, ya que todos somos compañeros viejos y nos une una vieja amistad”.
Refiere el historiador Juan N. Carlos que, ya casi acababa de pasar la gente de la guerrilla, cuando una de las mujeres que en calidad de “soldaderas” iba con ellos, fijándose en don Tiburcio, lo delató. Cuando “La chancla” lo vio, ordenó que fuera capturado e incorporado a la columna, siguiendo así su camino, pero llegando a las inmediaciones de la hacienda de Santiago, Acevedo ordenó que fusilaran a su antiguo lugarteniente, dejando su cadáver colgado de un árbol y prendido a él, un cartón donde escrito con carbón se leía: “Por traidor a la patria”.
Luego que sus compañeros pasaron por el lugar, se encontraron el cuerpo del desdichado Ultreras Botello, a quien descolgaron y secretamente llevaron consigo hasta la Ermita de Guadalupe, donde llegaron casi a los dos días, pero como el cadáver daba ya señales de descomposición, lo sepultaron clandestinamente en la madrugada en el interior de la capilla del rancho.

Juan Acevedo, andaba por tierras tapatías, porque acá en la región, ya casi no tenía compañeros, y en los ranchos donde antes le daban insumos, ya no lo podían ver por las atrocidades que cometía. Por eso acordó marcharse al estado de Jalisco, con deseo de incorporarse a los fuertes contingentes de chinacos que merodeaban por allá, pero quiso la mala suerte que al pasar el río de San Cristobal de la barranca, fue arrastrado por la corriente y su gente se dispersó tomando algunos el partido de seguir combatiendo a las tropas francesas al mando de algunos jefes tapatíos, mientras otros regresaron a Jerez.