miércoles, 26 de julio de 2017

LAS BRUJAS AGUACATERAS

LAS BOLAS DE FUEGO
-¡Quihubo compadre Casimiro! ¿Po’s qué anda haciendo? ¡Pásele, pásele a su probe casa!
-No compadre, nomás vengo de pasadita a pedirle dos favores.
-Usté nomás diga, y ya sabe.
-Po’s mire, los aguacates de mi güerta ya están a punto, y es tiempo de cortarlos pa’ llevarlos a Jerez pa’ venderlos. El favor que le pido es que me preste unas rejas porque las mías ya no sirven, ya están muy podridas y desclavadas.
-Mañana mesmo las cargamos en la troca, y yo mesmo le ayudo a pizcar. ¿Cuál es el otro favor?
-Po´s quero que me acompañe a velar la güerta hoy en la nochi, porque a unos muchachos malhoras les ha dado por meterse y cortan la fruta nomás por que sí, de puritita maldá, ni siquiera se la comen, nomás se desperdicia.
-¡Pinchis muchachos cabrones! Nomás péreme tantito, deje le aviso a mi vieja, me llevo mi cotorina y mi escopeta y nos vamos.
-Me saluda muncho a la comadre y de paso también a los ahijados.
Los dos compadres caminaron luego por una estrecha y larga calle del rancho “El Cargadero” y al llegar a un tendajón se pararon.
-Cómprese unos bolillos, una latita de chiles, un pellizco de sal en un papel de engoltura y un par de pecsis, ahí le dice al tendero que aluego le trayemos los cascos. Así, nos hacemos unas tortas de aguacates. Nomás buscamos unos que estén bien maduros, los despanzurramos en los bolillos, y ¡qué tortas nos vamos a aventar! ¡ni las del huicholito de Jerez!
Después de pagar en la tienda lo comprado, siguieron alegremente su camino, platicando y riendo, hasta llegar a la huerta de aguacates criollos de don Casimiro; ya para entonces el sol se comenzaba a ocultar entre los riscos de “Los Cardos”.
-Yo crio’que este es buen lugar para la vegilancia. Desde aquí se ve toda la barda del camino. Si se brincan aquí los vemos, acomódese compadre; mientras abro la latita de chiles, vaya escoja los aguacates que más le cuadren pa’ sambutirlos en los bolillos.
-¿Ya se fijó compadre cómo está el cielo tan claro, con remunchas estrellas?, yo crio’que vamos a pasar una noche tranquilona, po’s con tanta luz de la luna no crio’que los muchachos maldosos se animen a venir a rascarle los aguacates.
-Si compadre, se ve rebonito el cielo, con ganas de quedarse viéndolo toda la nochi. Mire, hasta estrellas fugaces se ven.
-¿Pa’ donde? No las deviso.
-Sí mire, esas como bolitas de fuego que se ven en el cielo por el rumbo de Ciénega.
-¡Ah como será pendejo compadre!, con perdón suyo, pero esas no son estrellas fugaces, ¡son brujas! ¡brujas! Y si se fija, vienen como pa’ca.
Ante la seriedad de don Casimiro, el otro comadre, se carcajeó bien y bonito.
-Po’s ora usté me ha de perdonar, pero el pendejo es usté, ¿cómo va a creyer en brujas en estos tiempos en que la modernidá nos ha demostra’o que esas cosas no existen? ¡No compadre, usté anda mal y perdóneme que me riya de usté, pero esas son estrellas fugaces!
-O’ra verá. Nomás pa’ que vea, las voy a tumbar, ya verá.
Y el compadre seguía riéndose, mientras don Casimiro se levantaba y anunciaba:
-Voy a rezar una oración que me enseñó mi mamá y que es muy enefeitiva pa’ bajar brujas voladoras; usté no haga ruido ni se burle, pa’ que todo salga bien.
-Ta’ güeno compadre, no digo nada.
Don Casimiro le hizo señas de que se mantuviera callado, y luego, a toda voz empezó a gritar:
¡Oh! Santa Martha anamorada / que cuando en el mundo anduvites / todo se te concedía, / del cielo que es tu morada, / baja ya a la fregada / a esas brujas que ahí vites. / Alma de los cuatro vientos, / príncipe de los cuatro vientos, / príncipe de las tinieblas, / tú que andas por mares y tierras / baja ya de tus aposentos / a esas viejas que ahí andan. / Muerta negra, muerta blanca, / muerta de los cuatro vientos, / santa Martha, san Apolinar, / san Apolonio, siete sueños y siete flores, / siete penas y siete chamucos / sean los que me traigan enseguida / lo que en el cielo vuela. / Alma de Juan el minero, / alma de los cuatro vientos, / tú que andas por cerros y montañas, / no dejes que con sus mañas / se apropien de tus tesoros / esas brujas voladoras.
-Oooiga compadre, ¡me está asostando! Mire, las dos bolas de lumbre se hicieron regrandotas y parece que van a cayer aquí cerquitas. ¡Ay compadre! Ya se apagaron.
-Ora a ver si se burla, venga conmigo, vamos a donde cayeron, véngase, no sea zacatón compadre.
Y don Casimiro, seguido de su aterrado compadre se dirigió a donde cayeron las bolas de fuego. Su sorpresa fue grande cuando en el lugar encontraron sentadas a dos jóvenes muchachas. El compadre al verlas les espetó:
-¡Ajá! ¿Con qué astedes son las que vienen a tumbar los aguacates? ¿De casualidá no vieron ónde cayeron orita unas bolas como de lumbre?
-¡No compadre! ¡no sea pendejo! –reviró don Casimiro- ¡Estas son las brujas! ¡Estas eran las bolas de lumbre! Y yo las conozco. ¿Son ástedes hijas de don Luciano el de Santa Rita? ¿Po’s en qué fregaos andan metidas? ¡Quien las viera en su rancho tan modositas! Si viviera su siñor padre se golvía a morir de saber que sus hijas tienen tratos con el maligno cachetes de cuero.
-No, don Casimiro, no es lo que usté piensa –contestó una de las muchachas- nosotras no le hacemos mal a naiden. No somos brujas dañeras, no tenemos tratos con el malo. De verdad. Nomás hacemos trabajos güenos, y vamos al valle a deshacer un trabajo de un enhechizado. Por favor, déjenos ir.
-Mire don Casimiro, tenemos harta urgencia de ir a Valparaíso. De caridá le pido que nos quite el conjuro con que nos bajó, –terció la otra bruja- déjenos seguir haciendo nuestro trabajo. Nosotras somos brujas de las blancas, de las que no hacen daño, de las que curan.
Ante la insistencia de las muchachas, don Casimiro se rascaba la cabeza y la nuca, pensativo, mientras el compadre seguía los diálogos con los ojos desorbitados y la babeante boca bien abierta.
-Po’s las dejaré ir solo si me juran que no le harán daño a ningún cristiano que vean por ahí.
-Don Casimiro, quítenos su conjuro que luego la noche se hace corta y no alcanzamos a hacer nuestro trabajito. Es más, cuando acabemos le trairemos unos guaraches de esos que hacen rechulos en el valle. ¡Ándele! Ya dijo mi hermana que somos de las güenas. Y po’s pa’ que vea, hasta le podemos ayudar con sus aguacates.
-No, no, nomás les pido que no hagan cosas malas, y ahí les va la oración pa’ que sigan volando:
“Tú que todo estás mirando / libera de todas mis redes / y deja que sigan volando / estas dos pobres mujeres. / Tú que todo conoces, / permite que ellas prosigan / y hacer el mal no consigan / si a algún cristiano molestan / que un burro les dé fuertes coces / y que mueran lentamente / de muy fuertes toses”.
-¡Ay don Casimiro! Usté le inventó lo último a la oración pa’ desgraciarnos. No confía en nuestra palabra, pero va a ver. –Dijo una de ellas mientras la otra se reía alegremente. Y de repente, se convirtieron en dos brillantes luces que al tomar altura se convirtieron en bolas de fuego que atravesaron en esa estrellada noche de oriente a poniente todo el firmamento.
Los compadres se quedaron atónitos, sin saber qué decir o hacer. Hasta que don Casimiro rompió el silencio:
-Mejor ámonos pa’ la casa. Ya me dio miedo. Y le voy a dicir la verdá compadre: mi mamá a cada rato me recitaba esas oraciones, pero como jugando, cantaditas, pero yo no creyí que de veras servirían pa’ bajar brujas.
-Sí compadre, mejor ámonos. ¿Ya vido? Por andar jugando con lo que no sabe. Aluego me va a salir con que también se sabe una oración pa´que se nos aparezca el chamuco patas de gallo…
Y los compadres salieron de la huerta, lentamente, cuidando sus pasos, volteando a cada momento a sus espaldas, revisando cada sombra de los arbustos, atentos a cualquier ruido, y solo se sintieron seguros cuando estuvieron acostados en sus respectivas camas.
LAS BRUJAS AGUACATERAS
Ya era entrada la mañana del domingo cuando don Casimiro fue despertado por su compadre que con fuertes toquidos deseaba tumbar la puerta de la casa.
-¡Compadre! ¡No la chingue! ¡Apenas estaba ricordando! Y es que en toda la noche no pude dormir nomás pensando en las hijas de don Luciano, las brujas esas, nomás cerraba los ojos y las veía como demoños, que se reían regacho, que me atizaban con jierros de lumbre… ¡ay compadre! ¿Po’s pa que me dispierta tan temprano?
-Usté ha de perdonar. Pero como me dijo que le ayudara con los aguacates ahí traigo en la camioneta un chingo de rejas pa’ ponernos a pizcar. Usté nomás dice.
-Po’s sí, deveras. Ni me acordaba ya. Ámonos pues pa’ la güerta.
Don Luciano nunca supo que sus hijas eran brujas...
Cuando llegaron a la huerta, los dos compadres se apearon de la camioneta y entraron volteando para todos lados.
-¿No nota algo raro compadre? Yo como que noto que algo no está bien, pero no sé qué.
-Po’s sabe qué será. Ámonos asomando al clarito onde cayeron las brujas, a ver si se ve quemao por las lumbre o qué.
Al llegar al claro, nada anormal encontraron. La yerba fresca como si no hubiera pasado nada y ahí donde cayeron las muchachas estaba un pequeño envoltorio de papel de estraza atado con mecate.
-Compadre, ¿ya vido ese envoltorio? ¿No lo habrán dejao las brujas esas?
-Po’s no sé, solo abriéndolo, pero me da miedo…
-Haga una cruz con la navaja y corte los mecates, así creo que nada malo nos pasará.
-Mire, son unos guaraches de los que hacen en el valle. Están bonitos, bien bordaos, se los regalo compadre. Ya pa’ que tire esos de cuatro puntadas con suela de llanta que no le sirven de nada.
-Ta usté jodido compadre si piensa que me voy a poner eso, sabrá Dios qué brujería tendrán.
-Oiga compadre, ¿ya se fijó en los árboles? Eso es lo que notaba raro cuando llegamos. Mire, se nos adelantaron en la pizca… ¡no hay ni un aguacate!
-Pero… ¿cómo? ¡No se ven rastros de que hayan entrado pizcadores! ¿Quién y cómo cortaron la fruta? Ni se ven güellas de que haya entrao alguna troca. ¡Ah pinchi gente hija de la chingada! Nomás pensando en la malditura.
-¡Po’s ámonos a Jerez a ver a los coyotes que nos compran los aguacates! Si los cortaron en la madrugada, seguro que se los habrán ido a ofrecer a ellos.
Los kilómetros que separaban a la ranchería de Jerez se les hicieron casi nada, y en poco tiempo los compadres ya andaban preguntando en las seleccionadoras de fruta sin que les dieran razón de haber comprado muchas rejas de aguacates. Hasta que se les ocurrió ir al tianguis dominical, y ahí casi a la salida de la calle Galeana, vieron a las hijas de don Luciano ofertando aguacates. Al ver a los compadres, sonrieron alegremente haciéndoles “quihubos” con los ojos, haciéndoles señas de que se arrimaran.
-¡Ajá! ¿Así que además de brujas rateras? ¡pinchis viejas desgraciadas! Pero esta me la pagan, voy con la polecía a dicir que me robaron los aguacates.
-¿Y qué les va a dicir? ¿Qué los cortaron en la madrugada y se los trajeron volando? ¿Qué son brujas y usté las conjuró? No, compadre, mejor vaya con ellas y dígales que le devuelvan sus aguacates.
-Véngase, vamos los dos, no me deje solo, pa’ agarrar valor.
-No, yo no voy, no li’hace que diga que soy coyón.
-Po’s yo tampoco me animo. Pinchis brujas, ¿no que no eran dañeras? Me jodieron con mi cosecha.
Y como los compadres no se acercaban y seguían discutiendo, una de las muchachas se acercó a don Casimiro y tocándolo por la espalda, le dijo:
-Don Casimiro, acuérdese que le dijimos que le podíamos ayudar con sus aguacates, y eso estamos haciendo. Mire, se está vendiendo muy bien al menudeo. Va a sacar mucho más que si lo hubiera vendido a los coyotes. Este dinero que le doy es como la mitá de lo que va a tener de los aguacates.
-Pe…ero, ¿cómo y a qué horas pizcaron y trajeron todo? Nomás dígame siquiera pa’ saber.
-No, don Casimiro. Eso no le diremos, no le gustaría saberlo. ¿Ya vido sus guarachis? Se los trujimos del valle, de los más caros que encontramos y crio’que es de la medida de sus patas.
Y así, don Casimiro y su compadre aprendieron en esa noche y día, que no todas las bolas de fuego son brujas malas, y cada que es tiempo de aguacates, suspiran añorando a las hijas de don Luciano, el de Santa Rita.

sábado, 15 de julio de 2017

PÁNFILO EL CRISTERO Y LA LANA DE LOS AGRARISTAS

“No, mire, Pánfilo no le contó bien las cosas como pasaron cuando fue a cocorear a los agraristas a su mero cubil. Déjeme decirle cómo fue, porque yo anduve allí. En los primeros días de marzo de 1929 supimos nosotros -que éramos cristeros-, que iba a llegar una conducta con fusiles, municiones y dinero para armar y pagar a las defensas sociales. Decían que era harto dinero, por lo que anduvimos buscando la manera de agenciarnos la lana y las armas, que tanta falta nos hacían.
Pánfilo tovía andaba chueco a resultas de un balazo que le metieron en una pierna y del que lo había curado una ñora que nos ayudaba y vivía en una casita del parián de la plazuela de la reforma. Y como días antes habían acuchilla’o a la ñora, Pánfilo andaba bien encabrona’o por eso y se ofreció pa’ servir de cebo y entretener a los jefes agraristas.
La presidencia municipal, o sea la guarida de esas gentes, estaba en una casona al sur del santuario, donde ahora es el correo y el telégrafo. Tenía puerta falsa por la calle Hidalgo, y supimos que por esa puerta habían ingresado las mulas con el cargamento que traían. La escolta militar que venía custodiando el cargamento, llegó hasta ahí y luego se fue a su cuartel junto a la capilla del diezmo.
Cuartel del 13avo Regimiento militar, en el Diezmo
P’os anduvimos zorreando toda la tarde pa’ ver cómo estaba el relajo. Al parecer Tiburcio González –que entonces era el jefe- tramaba algo con sus compinches, po’s mandaron a los defensas a descansar, mientras ellos planeaban cómo se repartirían el dinero, digo, si no ¿pa’ qué se quedaban solos? Po’s pa echar cuentas alegres.
Nosotros éramos cuatro y le anduvimos dando güeltas y güeltas y tomando tequila pa’ aguantar el pinchi frío hasta poco antes de la medianoche, en que Pánfilo se arrancó con su caballo por toda la calle del santuario, mientras nosotros nos íbamos muy calladitos a la calle de atrás. Pánfilo rayó el penco mero enfrente de la presidencia y ahí lo anduvo caracoliando güen rato mientras disparaba al aigre y gritaba con munchos güevos: “¡Viva Cristo Rey!” Los que estaban adentro, apagaron los quinqués, y se escondieron atrás de los barandales, pero no se animaban a dispararle, y menos cuando Pánfilo les soltó un tiro o dos a la mera puerta. Les gritaba “¡Estoy solo, cabrones! ¡Salgan hijos de la chingada! ¡Vengan, mátenme si son tan hombrecitos!”
Naiden salió, yo crio’que estaban asombra’os de la temeridad de este amigo y no sabían ni qué hacer. Pánfilo descargó la mazorca de su pistola, y sacó otra con la que tovía les aventó un par de tiros y los retaba. Luego, muy tranquilamente al trote de su caballo se fue por toda la calle del santuario y la de Guanajuato sin que naiden lo molestara.
Mientras, nosotros abrimos el portón de la calle Hidalgo. Mire, nada de vigilancia. Ahí estaban las mulas en los macheros. En una troje estaban las armas y los cartuchos. Y ahí mismo cuatro costaleras de cuero con moneditas de oro y plata, y también hartos fajos de billetes. Po’s mientras el Pánfilo los entretenía por el frente, ajaeceamos tres de las mulas más descansadas que encontramos, las cargamos con las costaleras del dinero y morrales con cartuchos.
Ora’ verá, no nos llevamos las armas, porque eran unos riflitos rusos, digo que eran rusos, porque en la culata decía “Russian musin” o algo así, nuevecitos, pero muy culeros, que no servían pa’ nada. Nomás nos llevamos el parque pa’ hacerles la maldá y así, esos riflitos ni pa’ leña les servirían ya que las balas que usaban eran cónicas, muy raras y difíciles de conseguir.
El dinero fue escondido en una da las casitas del parián de la Reforma.
Salimos muy quita’os de la pena y hasta les cerramos el portón muy bien, no juera que algún cristiano –o ateo- se les metiera y les hiciera alguna maldosa maldá. Nos juimos por la calle Hidalgo, el jardín chico y la calle de la Acordada, de ahí siguimos por la calle Mina y bajamos por la Reforma, donde metimos las mulas a la casa del parián, las descargamos, y luego las golvimos a sacar y a varazos las hicimos que buscaran la querencia.
Ya pa’ intonces Pánfilo estaba ahí, monta’o en su caballo, esperándonos bien escondidito entre unos álamos, a un ladito de la acequia que por ahí corría.
Las balas de los riflitos rusos las echamos a un pozo y yo crio’que ahí se hicieron barro. Las monedas las dejamos enterradas en la casita del parián, en el corral, a un lado de un arbolito. Los billetes los echamos en dos costalitos y los cargamos en los caballos, y nos juimos muy tranquilamente pa’ salir al camino viejo de Jomulquillo. Guardamos las monedas pa’ cambiarlas aluego por parque del que nos sirviera pa’ nuestros rifles y que los mismos soldados del general López nos vendían, nomás era cosa de esperar que se enfriara el asunto. Los billetes nos los llevamos para ir comprando provisiones en cualquier tienda.
Cuando íbamos al trote de los caballos pasando la acequia de la alameda, se oyeron rete hartos tronidos. Un chingo de balazos. Y se oían en la lejanía tropeles de caballos. Nosotros nomás nos carcajeamos y seguimos tranquilamente nuestro camino por todo el camino de Jomulquillo, hasta perdernos en la sierra, acompañados por la lejana tronata y por los aullidos de los coyotes, que en ese tiempo andaban bien cebados por tanto cristiano que se encontraban muerto en los cerros y cañadas.
A los pocos días supimos que Bucho y su gente, cuando creyeron que no había peligro, se fueron a las caballerizas a ensillar sus caballos para perseguir a Pánfilo, se encontraron con la sorpresa que les habíamos comido el manda’o.

Montaron en sus animales y salieron en chinga, disparando sus armas al aigre, bien encorajinaos. Las mulas las encontraron en el jardín chico, triscando el zacate y pasojeando a sus anchas; las varejonearon de puro coraje, pero las orejonas nomás levantaban las patas y ni decían nada… po’s como iban a dicir algo si las mulas no hablan.
Dicen que los empedrados de Jerez nomás chispiaban con los cascos de los caballos que andaban corriendo por toda la ciudad. Sabrá Dios cuántas güeltas le hayan dado al pueblo los agrarios, sin encontrar ni un indicio de su dinero. No encontraron a naiden que les diera razón.
Tovía, de pilón, fueron a despertar al general Anacleto López y éste los pendejeó bien y bonito, les mentó la madre hasta que se cansó, y también ordenó que los encerraran por brutos y crio’que hasta los quería ajusilar, pero nomás quedó en eso, pero esa ratería que hicimos fue de muncho quebranto pa’ los agraristas y a nosotros nos fortaleció, porque luego les hicimos ver su suerte bien negra. A los poquitos días, crio’que fue el 16 de marzo, con la gente de Emilio Barrios nos acercamos a Jerez y tuvimos un encuentro con tropas del gobierno que mandaba el chueco Ángel Pérez, les hicimos como siete muertitos y aluego ejecutamos a un tal Manuel Muñiz que andaba con ellos muy bravo.
En abril, por el rumbo de Buenavista nos enfrentamos con agraristas, y la misma, les ganamos. Ellos tuvieron sus bajas y nosotros solo dos muertitos y quedó herido el coronel Barrios. Y tan fuertes nos sentíamos que el 5 de abril le mandamos un recado al presidente de Jerez, que era Panchito Guerrero, conminándolo a rendirse y que entregara la ciudá.
En todo ese mes les pusimos una buena peina a los agraristas y a los solda’os. Allá en el arroyo de Godina, cerquita de El Tesorero, perdieron la vida más de 150 soldados, todo por la inexperiencia de un general Montalvo, que yo crio’que no sabía nada de mandar gente, porque los mandó directamente a que los matáramos. Haga de cuenta que como patitos en el tiro al blanco, así fue esa guerra de El Tesorero que aluego le cuento cómo pasó.
Camino viejo a Jomulquillo.
Po’s sucedió que las altas actoridades decidieron en los últimos días de junio que ya había acabado la guerra. A nosotros no nos preguntaron nada. En agosto el coronel Barrios ya se había almistia’o  y nos invitaba a que entregáramos las armas. Unos le entregaron rifles viejos, de esos inservibles, pero munchos mejor nos escondimos. Po’s ¿cómo? La almistía esa no la entendíamos. ¿Cómo les íbamos a dar la mano a esos hijos de la chingada que días antes habían jurao que nos iban a despellejar? Nooo… pos la vida lo hace a uno desconfia’o. Aluego supimos que a munchos de los almistiados los iban matando. Los asesinaban en sus labores, en la ciudá, en donde quiera.

Ya le digo, yo crio’que gran parte del dinero que enterramos en la casita del parián ahí está, pues no lo usamos y aluego a ninguno de nosotros nos dio por ir a sacarlo. ¿Pa’ qué si ya no se ocupaba?”

viernes, 7 de julio de 2017

EL MIEDO NO ANDA EN BURRO, NI A PIE...

“Hay munchas cosas que los que escriben libros no saben. Y le voy a platicar, pa’ que se dé una idea de cómo eran más o menos. Yo estaba muchachón cuando empezó la revuelta de la cristiada. Vivíamos en un ranchito que está atrás de la sierra. Uno de mis hermanos y yo nos juimos con Emilio Barrios, que había levantado mucha gente por esos rumbos. Conocí a Sabino Salas, un pelao muy taimado, muy ladino, muy serio y que ya había estado en la refolufia. Pero yo andaba con los de Barrios.
“Los agraristas eran gente como nosotros, ellos nos enfrentaban porque el gobierno los obligaba. Les decían que si les habían dado las tierras, lo menos que tenían que hacer era defenderlas. Y les lavaban el coco diciéndoles que “los faldillones” (o sea, nosotros los cristeros) se las queríamos quitar. Claro que había unos muy bravos como Manuel Saldívar, Cesáreo Pinedo, Bucho González y otros. Esos sí eran de tenerles miedo. El mismo gobierno les dio unos rifles dizque “rusos”, muy curiosos pero que usaban unas balas cónicas que si le atinaban a un cristiano, lo destrozaban.
Desde la boca de San Pedro, todo el valle se había hecho agrarista, Pero, mire, no eran gente mala cuando no andaban peliando. Nos saludábamos, platicábamos y toda la cosa
“-Quihubo Pánfilo? (yo me llamo así) -¿pa’onde vas?”
-“Po’s voy a Jerez a comprar un mandado”.
“-¿Y a poco en ese burro vas a cargar todo el bastimento? No, hombre, mira, te arriendas pa’mi casa y le dices a mi suegro que digo yo que te preste las dos mulas prietas, bien ajarciadas. Vas y compras tu mandado, y aluego cuando ya llegues a la sierra, nomás las sueltas y solitas van a regresar. Conocen la querencia”.
Y así, pero cuando había pelea, los oficiales del ejército no eran nada pendejos: los aventaban por delante con sus riflitos rusos. Mire, les llegamos a quitar muchos de esos, pero no nos servían, porque esas balitas cónicas nomás no las podíamos conseguir.
Emilio Barrios, era muy astuto, sabía cuándo y cómo atacar. Cuando veía que al frente del ejército venían los oficiales nos decía que mejor era retirarnos, porque eran “tropas regulares”, de escuela, soldados que sí sabían disparar. Cuando no se veían los oficiales por delante sabíamos que la teníamos ganada, porque eran tropas irregulares o de “leva”. Los soldados de leva eran levantados en pulquerías, billares y cantinas de Oaxaca, Michoacán o Guerrero, nomás les encasquetaban  el chacó y el rifle y los trepaban en trenes muy lejos de sus tierras para que no se devolvieran. En las batallas les daba mucho miedo, porque por delante nosotros les disparábamos, y por detrás sus mismos oficiales les disparaban y los andaban arriando pa’ que no se devolvieran. Estos soldados, se llenaban de miedo, aventaban el rifle y corrían desesperados que nos daba harta lástima.
Por nuestra parte, atrás de la vanguardia, o los de avanzada, venían los “carroñeros”. Les decíamos así porque iban quitando rifles, cananas, parque, uniformes, botas, caballos, todo lo que podían, a heridos y muertos. De esa manera nos hacíamos de lo que necesitábamos.
Parque siempre nos faltaba, pero lo conseguíamos de una forma que ni se imagina. Mire, el general López se había acuartelado en Ciénega, y aquí en Jerez estaba al mando el Coronel Enrique Medina del Octavo de Caballería. Su segundo era el capitán Angel Pérez. Estaban en el cuartel de la capilla del Diezmo y las amasias, esposas y queridas de los soldados vivían en unos cuartitos de la vecindad de San Antonio (donde ahora está el mercado). Ya para entonces los pelones usaban unos rifles americanos muy modernos, y de esos sí conseguíamos balas.
Po’s de vez en cuando los jefes nos mandaban a varios, a recoger dinero en una casita del pariancito, aquí en la plazuela del mercado. Nos daban un paliacate bien pesadito y llenito de monedas de oro y de ahí nos íbamos discretamente al mesón. Ahí, la esposa de un soldado de caballería, creo se llamaba Marcial Tirado, nos vendía todas las balas que necesitábamos. A lo mejor tendría fábrica, porque nos surtía bien, pero se llevaba su buen costalito de oro. Nos regresábamos por la calle del Toro, con nuestros huacales muy llenitos, amortiguados con trapos pa’ que no tintinearan los cartuchos. Y mire, en mucho tiempo nadie nos molestó, nadie nos dijo nada. A veces, como siempre andábamos de noche, por ahí algunos de la guardia nos lanzaban el ¡quien vive!, les respondíamos la contraseña: “¡Un amigo con máiz!”, y sin más nos dejaban pasar, sin vernos siquiera. Ese soldado, yo pienso que fue descubierto por sus jefes o no les pasó bien la mochada, la cosa es que el 14 de julio del 29 lo fusilaron, pero ya pa qué, ya la guerra había terminado, ya no necesitábamos parque.
El 10 de noviembre de 1927, que andábamos con gente de Quintanar y Perfecto Castañón, tuvimos un enfrentamiento en el rancho de San Juan con tropas del gobierno. Ahí resulté herido de mis dos piernas. En la izquierda la bala me atravesó el hueso. Po’s luego que recogieron mis compañeros el campamento, al ver que no me podían controlar el sangrerío, decidieron traerme para Jerez, por el arroyo de Jomulquillo, en una parigüela. Cobijados con la oscuridad llegamos hasta la casita esa de la plazuela del Mercado. Ahí, en la recámara, acostado sobre un petate, una mujer me empezó a poner telarañas e “hirlas” de manta, y así se me taponeó el boquete que traía. Yo aullaba de dolor, pero me lo calmaron casi con un litro de aguardiente, y siempre que me dolía me daban mis buenos buches de alcohol pa’ que aguantara. Me entablillaron y así estuve un buen tiempo en esa casita, mientras me podía mover. El pariancito lo formaban muchas casas con sus frentes iguales. En la que llegábamos estaba más o menos a la mitad.
La gente de Jerez que colaboraba con la causa, le llevaba a la mujer que me curó, dinero para parque. Llegaba la gente, mujeres muy vestidas de negro y tocaban. “¿Quién es?” –preguntaba desde adentro mi curadora-. De afuera le contestaban “Soy la vecina y traigo noticias”. Luego que les daban el pase, dejaban dinero, monedas de oro y plata, joyas y billetes.
Mientras se juntaba lo necesario para comprar una buena dotación de parque el dinero y joyas se guardaban en una olla grande que estaba enterrada junto a un árbol a la mitad del corral. Los caballos se encargaban de pisotear la tierra y nadie se imaginaba que ahí había una fortuna. Cuando avisaban que había parque, la mujer escarbaba, destapaba la olla y sacaba lo necesario.
Mientras yo me estaba curando, llevaron a otros heridos, y ahí estábamos a veces, aullando en coro. En una ocasión, cuando yo casi podía caminar, llevaron a un pobre hombre, agujereado de la panza. La mujer no lo pudo curar, pues cómo, así que llevaron al doctor Conrado Hernández, que aunque trabajaba para el municipio, era gente de confiar. El doctorcito le abrió más la panza, le estuvo sacando todo el triperío pa’ lavarlo con alcohol o sabe con qué diantres. Y nomás viera, en el corral yo y todos a gomite y gomite. Po’s mire, el doctor Conradito le cosió todo el entrecijo y aunque el hombre sufrió mucho con fiebres, como en un mes ya andaba casi como si nada. Bendito sea Dios. Sé que otros no tuvieron esa suerte, y en un rincón del corral los enterraron sin ponerles nada, ni una crucecita. Por ahí deben andar sus ánimas pidiendo porque los lleven a campo santo.
Po’s todavía era tiempo de frío, cuando llegaron por mí, que si ya podía montar me arrendara pa’ la sierra, y pa’lla me fui. Participé en la corrida que la tropa de Trinidad Castañón hizo por Santa Rosa, Juana González y el Sauz. Andábamos como de día de mercado, pues requisamos cuanto caballo encontramos, con todo y montura. Cada rato cocoreábamos a la federación, que nomás no se arrimaban. El 16 de enero del 29 llegamos casi hasta Jerez y nos encontramos con unos soldados del Chueco Angel Pérez. Les matamos siete gentes y aprisionamos a varios. Les quitamos unos caballos muy bonitos que traían, pero luego mejor se los devolvimos porque no servían para nada, eran caballos de exhibición. Nomás se tragaban el máiz de oquis pa’ pasojear.

A los pocos días, me enteré que habían matado a la mujer que me curó, y mire, yo le tenía muncho, pero remuncho agradecimiento porque no nomás a mi me curó, sino a munchos otros que ahí llevaban. La mataron a cuchilladas, ni siquiera su vida valió una bala. Un día bien enmuinado, anduve con varios compañeros en Jerez, tomando tequila, y sería medianoche, cuando nos íbamos a regresar me llenó el sentimiento. Llegué trepado en mi caballo sin que mis compañeros me pudieran detener hasta donde era la Presidencia (donde ahora es el correo). Ahí vi de lejos al Bucho González y otros agraristas, los que al oír el ruido de mi caballo se encerraron. Mero enfrente, les caracolié el caballo y sacando la pistola la disparé al aire, mientras les gritaba: “¡¡Viva Cristo Rey!!”. Nadie salió, es más, hasta un balazo a la puerta le di. Y seguí gritando: “¡¡Estoy solo cabrones!! ¡¡Viva Cristo Rey!!”. Nadie salió… mis compañeros me alcanzaron en sus caballos y obligaron al mío a seguirles, pero yo les seguía gritando y disparando mi pistola. Y mire, salimos de Jerez muy tranquilos por la calle de Tres Cruces. Nadie nos persiguió. El miedo no andaba en burro, ni a pie…

viernes, 23 de junio de 2017

LA VIRGEN DEL MOLINO

A mediados de 1927, los agraristas comandados por Manuel Rodarte se había apropiado de toda la región. Como integrantes de la defensa social, eran echados por delante en las incursiones que el ejército del general Anacleto López realizaba para acabar con el peligro que representaban los cristeros.
Ya le tenían tirria al antiguo villista Sabino Salas levantado en armas ahora como cristero, pues como perfecto conocedor de la sierra, siempre se les escabullía, los toreaba, les ponía “cuatros”; así que decidieron ir a “echar una corrida” por la sierra, siguiendo los consejos de un espía que les había asegurado que los pardos de Sabino Salas “sesteaban” en un ranchito de aguas por aquel rumbo.
Muy de madrugada, los agraristas salieron de Jerez con la intención de llegar a la sierra apenas clareara el día pensando en sorprender a los guerrilleros de Salas. Recorrieron buena distancia, sin encontrar nada, hasta que en la lejanía vieron una pequeña humareda y se dirigieron al galope pensando que ahí estaban los contrarios. Muy humilde era el ranchito de aguas. Un pequeño jacal, un gallinero, algunos puercos… pero nada de cristeros, solo dos ancianos.

Para pronto los agraristas se apearon de sus caballos y se fueron sobre los cochinos y las gallinas, no se podían ir con las manos vacías. Los viejitos los veían hacer, sin atinar a decirles nada, con mirada temerosa. Gritos, sollozos y maldiciones se dejaron oír de pronto. Uno de los agraristas había encontrado escondida en el gallinero a una niña de unos 14 años, morena, algo regordeta y cuentan que era bonita de cara.
-¡Mira nomás lo que me jallé! ¡Esta me gusta como para casarme con ella!- dijo uno de los agraristas, mientras de manera soez acariciaba el cuerpo de la niña, y amarrándola fuertemente de las manos la subió a su caballo. La niña lloraba aterrada y gritaba pidiéndole auxilio a su abuelito.
-¡Agüelito, no dejes que me lleven! ¡Agüelito, diles que no me lleven!-. Pero los energúmenos sujetos se reían a carcajadas de la adolescente. Esta, brincó del caballo, cayendo aparatosamente, cosa que fue celebrada ruidosamente y con grandes risotadas por los robacochinos y robagallinas. -¡Mira que tu novia no quiere ir a caballo!-. -¡Pos si no quere ir ansina, pos onque sea me la llevo arrastrando hasta Jerez!-.
Luego de cargar las gallinas bien amarradas de las patas, y de echar los cochinos arriba de los caballos, los agraristas emprendieron el regreso, sin hacer caso de los gritos y súplicas del anciano, haciendo oídos sordos a los gritos y lágrimas de la niña, que amarrada de las manos y atada a una cuerda era obligada a seguir al montado a caballo.

La Lechuguilla, parecía un rancho fantasma. Muchos de sus pobladores andaban en la sierra. Solo ancianos y mujeres grandes veían por las puertas entrecerradas la caravana que desde muy lejos se hacía notar por los gritos plañideros de la niña que llevaban casi arrastrando tras de un caballo. Sus gritos se perdían en la lejanía, subían hasta las estribaciones del cerro del Despeñadero donde los ecos multiplicaban las súplicas. -¡Agüelito, agüelito, agüelito!.... ¡No dejes que me lleven!
Valientemente un grupo de viejos del rancho se acercó con los agraristas. -¡Buenos días les de Dios, sus mercedes! Y dirigiéndose al jefe le dijeron: -Mire patrón, no sabemos qué delito haiga cometido esa criaturita que llevan arrastrando. No sabemos qué atrocidá haya hecho para que la traigan así. Pero les pedimos de caridá que no la lastimen más. Miren, nosotros somos gente muy probe, pero les damos lo que queran, pueden entrar a todas nuestras casas, tomen lo que queran de lo poquito que tenemos. Pero, por vida de Dios, ya no maltraten a esa criatura, tengan consideración que es una niña. Es un favor muy grande que les pedimos y muncho les vamos a agradecer.
-¡Ta güeno! –Respondió el líder de los agraristas -vamos viendo qué nos pueden dar-. Y luego luego, se dedicaron a revisar casa por casa, rincón por rincón.
Pronto tenían un mayor botín de gallinas y cochinos. Y uno hasta una negra piedra de molino cargó en una mula.
El mismo que dirigía a los agraristas, le espetó a los rancheros: “Pos no encontramos nada que valiera la pena, como pa' soltar la muchacha, así que con su venia, nos vamos. Y si saben lo que les conviene, mejor no digan nada, porque nosotros semos la autoridá”.
Ahora, los de la defensa rural, siguieron su camino a Jerez, pero “a paso de cochino”, porque venían arreando varios animales que se alcanzaron a “carrancear” en La Lechuguilla… y acompañados con los sollozos y gritos de la niña que seguía pidiéndole a su abuelito que no dejara que se la llevaran.

A pocos pasos del camino real que venía de Tepetongo a Jerez, el cabecilla de los agraristas, quizá ya harto de los gritos de la niña que llevaban sacó la pistola y revirando el caballo disparó varias veces mientras le gritaba que ya se callara, que no había ningún agüelito que la salvara. Nadie supo si disparó nomás para asustarla, la cosa es que una bala pegó sobre el cuerpo de la indefensa víctima.
-¡Ya me dejates sin novia!-. Dijo el que la llevaba amarrada. –Ansina ya no me sirve de nada!. Soltando a la vez la cuerda y dejando caer el cuerpo inanimado de la niña. Tal vez se atemorizaron por lo que habían hecho, que, dejaron parte del botín ahí. -¡Vámonos prontito pa' Jerez!. –Ordenó uno. Y así, el que llevaba la piedra de molino en la mula, la desató y la tiró sobre el cuerpo inanimado de la niña.
Por supuesto que a sus jefes en Jerez, solo les dijeron que no habían encontrado ni rastros de los cristeros. Nada dijeron de los animales robados. Nada de la niña martirizada y muerta. Nada de su proceder arbitrario y cruel.
El anciano, que con sus cansados pasos había caminado tras de la tropa de agraristas, logró llegar por la tarde hasta donde estaba el cuerpo de su nieta, con gruesas lágrimas que surcaban su arrugado rostro manifestaba su dolor.  Estuvo cubriendo los despojos con piedras. Varias gentes de La Lechuguilla le ayudaron en tan dura faena. En la parte de arriba dejaron la piedra de molino que sirvió de base para asentar una tosca cruz hecha con unas ramas de mezquite.
La leyenda cuenta, que quienes pasaban por ahí, rezaban un ave maría por el alma de la niña y colocaban una piedra sobre la tumba. Pronto se dijo que la Virgen del Molino (por la piedra que seguía ahí) era muy milagrosa. Los pastores le rezaban cuando se les perdían sus animales. Las mujeres cuando estaban enfermas. Casi siempre había personas hincadas ante sus restos orando en solicitud de alguna gracia. Y no le causó ninguna gracia al Cura de Jerez, un hombre gordo, feo y de voz de trueno, el señor Cura Amado Macías, quien prohibió terminantemente se rezara ante la ya muy conocida “Virgen del molino”.
Con el tiempo, se reconstruyó ese camino, y la reconstrucción acabó con la tumba, que ya muy pocas personas recuerdan donde estaba.


viernes, 16 de junio de 2017

LA CIUDAD HAMBRIENTA

Las hordas villistas que se enseñorearon de Jerez durante la revolución solo causaron que se acabara el pequeño comercio e industria familiar que aquí había, que emigraran los que pudieron, que murieran los que no pudieron huir. Los villistas que se alternaban en el poder solo querían sentirse poderosos y hacerse de ranchos, casas y de dinero. No les importaba el bienestar de los jerezanos, así que las epidemias se sucedían unas a otras.

En elegantes fincas los soldados hacían sus cuarteles; costales y costales de maíz eran tirados en las banquetas para que comieran los caballos, pero era más el que pisoteaban y desperdiciaban. En una ocasión, el cabecilla Dionisio García ordenó a sus hombres que les dieran maíz a los caballos en frente del mesón de San Luis, donde tenía su cuartel general. Y pa' pronto sacaron varios costales de ixtle llenos de maíz y los tiraron en la calle. Un anciano se le acercó al jefe villista. –“Señor don Nicho, perdóneme mis palabras, pero no desperdicie el alimento. El año viene malo, no ha llovido. Ora verá que se nos va a venir un hambre, que Dios nos tenga de su santa mano”.
El cabecilla se burló del viejito y dándole un fuetazo lo tiró al suelo ordenando a sus hombres que le dieran de tragar maíz al viejito. –“Señor, ha de disculpar su mercé, pero no puedo hacer lo que usté ordena, ya no tengo dientes. Por vida de su santa madre no me haga esta humillación”. Riéndose, los villistas hicieron que tragara el grano sin importarles las lágrimas de impotencia del anciano, el cual fue asesinado luego a balazos y su cuerpo quedó ahí, coloreando de rojo el maíz que en grandes cantidades tiraron por la calle de San Luis.
Y como predijera el anciano, en 1916 el fantasma del hambre se unió a los demás fantasmas creados en los años de lucha y comenzó a hacer de las suyas. Además los soldados de cualquier bando acababan con cuanto animal encontraban en su camino, sin imaginar que ellos serían también los afectados. No se conseguía nada, aparte de que los billetes valían un día y al siguiente no. Las monedas de plata eran las más estables. Una medida de maíz (5 litros) valía en plata un peso y en papel de 20 para arriba. Los revolucionarios jerezanos no se quedaron atrás y don Justo Ávila emitió su moneda: unos cartones con valor de cincuenta y veinte centavos, a los que el vulgo dio en llamar “las palomas del tío Justo”.
En los primeros meses el maíz y el fríjol comenzaron a escasear, las antaño señoriales mansiones se encontraban convertidas en cuarteles, sus lujosas salas y salones servían para apacentar la caballada. Los ricos comerciantes habían emigrado, otros con menos suerte, eran muertos ante la ambición de algún jefe pseudo revolucionario (como Nicho García o Daniel Vanegas quien festejó su cumpleaños con una gran matanza). Los ranchos estaban deshabitados, pues sus moradores se vinieron a Jerez con la esperanza de encontrar más medios de sustento y algo de protección. La agricultura no existía, porque quien quisiera sembrar tendría que contar con protección militar, cosa imposible. El gobierno estatal no pudo enviar apoyos a Jerez, sufriendo un saqueo desde el viernes de dolores (14 de abril) por parte de Sabino Salas, Dionisio García, Justo Ávila y su gente. En ese lapso de 22 días, lujosos muebles fueron convertidos en leña, antiguos libros y documentos quemados. En los últimos días de ese mes comenzaron a caer las primeras víctimas de la hambruna.
Restablecido el gobierno, se trataron de poner en práctica medidas de salubridad sin éxito. Los primeros días, en el Registro Civil tomaban nota de tres a cuatro decesos, mismos que fueron aumentando hasta treinta y cinco diarios en el mes de octubre. Nadie estaba a salvo (el mismo personal de la Jefatura fue suplido varias veces, pues también sufrían los efectos de hambre).
Sentados bajo los portales y en los jardines, muchos indigentes esperaban alguna ayuda que nunca les llegó. Ahí acuclillados morían. Por doquier eran encontrados cadáveres en caminos, mesones, plazas, calles, etc., diariamente en dos carretones se recogían los cuerpos que se encontraban en la vía pública y en grandes fosas del panteón de Dolores y de la Soledad eran echados, cubriéndolos solo con una delgada capa de cal.
Niños de tierna edad se pasaban el día recogiendo cáscaras para darles la segunda pasada. Las cáscaras de tuna eran roídas hasta quitarle todo lo comible. Dicen que en ese entonces se inventaron las máquinas de tortear, porque donde se oía el palmoteo se juntaba la gente a pedir un taquito. No faltó quien hubiera que denunciara donde tenían maíz y entonces por la fuerza lo sacaban y seguía el saqueo. También hubo familias que repartían lo poco que tenían para aliviar en algo la necesidad de los jerezanos, tal es el caso de las hermanas Mier, Conchita y Virginita, en cuya casa (en la calle del Espejo) se repartía comida todos los días. Grandes filas de pedigüeños se formaban en las afueras de su casa, hasta que salía Dimas (así se llamaba el cocinero) y les daba su ración.

Según anotaciones existentes en los archivos del Registro Civil, el noventa por ciento de quienes murieron ese año fueron víctimas de “diarrea”, fiebre intestinal, dolor de costado o hidropesía (no había quien extendiera certificados de defunción indicando las causas reales de las muertes). Pero las actas que más tristeza da ver, son las que especifica que la causa de la muerte era “por hambre”.
Nopales, mezquites y magueyes contribuyeron a alimentar a los pocos jerezanos que habían resistido durante mas de tres meses los estragos de la falta de comestibles, de la insalubridad, de la pobreza y de la inseguridad. Los cueros de cananas, huaraches y zapatos eran convertidos en “apetitosas” sopas que al menos servían para “traer algo calientito en la panza”. De la hacienda de Malpaso enviaban mezcal (cabezas de maguey tatemado), que también servían como alimento.
La ciudad estaba lánguida, muchas de sus fincas completamente derruídas (como la Jefatura Política), algunos de sus edificios dañados por las balas, los emplomados barandales deshechos por el efecto de los cañonazos. Pequeñas casas también se reducían a escombros ante el abandono de sus habitantes muertos quizá. Muchos ranchos desaparecieron, así como quienes los moraban.
Aproximadamente en la región de Jerez, más de nueve mil personas murieron en 1916, victimas del hambre, la peste o cayeron abatidos a balazos. López Velarde entonces escribió:
 
“…Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.
Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.

Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha….”


               Ramón López Velarde


viernes, 2 de junio de 2017

LA SOLDADERA DE LO DE LUNA

Luego de que Jerez sufriera grandemente por los desmanes de la revolución, todavía en 1919  la región estaba infestada de gavillas de bandidos que por donde quiera hacían de las suyas. Uno de sus puntos favoritos era la mesa cercana a la ranchería de Lo de Luna, por donde pasaba el camino real a Zacatecas. El Noveno Regimiento que protegía a la población jerezana, tenía en esa ranchería un destacamento al mando del subteniente Sierra. Esta fuerza militar hacía rondas constantes por todo el rumbo, pero eso no amilanaba a los bandoleros, que se las ingeniaban para robar y asesinar a los viandantes y era tanta su temeridad que se enfrentaban al ejército.
El 24 de diciembre de ese año (1919), fue una jornada muy fatídica para el destacamento del subteniente Sierra, pues tuvieron que enfrentarse a una numerosa gavilla de bandoleros en la mesa contigua a Lo de Luna. En la lucha fallecieron el sargento J. Jesús Cruz, el cabo Froilán Galindo, así como los soldados Antonio Regis Ledesma, Pedro Ramírez, Quirino Salazar, y Andrés, Epigmenio y Joaquín de los que se ignora su apellido. Además de otros que heridos tuvieron que ser trasladados a Jerez. Los militares fallecidos fueron sepultados en el panteón de Lo de Luna, en una fosa grande. El agente municipal, que era Daniel Ortiz se aprestaba para venir a Jerez a dar parte de lo ocurrido, pero el subteniente Sierra que venía con los pocos soldados que le quedaron resguardando a los heridos le dijo que no era necesario, que él lo haría. Tal vez se le olvidó pues hasta un año después las autoridades jerezanas conocieron de ese hecho.
Muchos de los soldados, que eran gente del pueblo, arrancada de su lugar de origen por la leva, traían tras de sí a sus mujeres e hijos, como Antonio Regis, que era acompañado por su fiel soldadera, la misma que cuando murió lloró lágrimas amargas por el amor que le tenía, por el incierto destino que le esperaba a ella y a un niño de brazos. Sola, en un lugar desconocido, casi desértico, sin nadie que se compadeciera de ella. Tocó puertas, en todo el rancho y solo una viejecita se acomidió a darle cobijo y abrigo. La soldadera trató de agradecer y le ayudaba en sus labores a la viejecita, que compartía sus parcas posesiones con ella.

La viuda de Regis, a pesar de todo, quería volver a su lugar de origen, con su gente, -dicen que era de tierras michoacanas-, y se acomedía a realizar cualquier trabajo que poco a poco le asignaban los vecinos de Lo de Luna. Ahorraba todo lo que podía con la esperanza de ir a Jerez a buscar información sobre la manera de volver a su tierra.
El domingo de Ramos de 1921, le encargó mucho su pequeño hijo a la viejecita que la había acogido, mientras ella iba a Jerez. Desde muy temprano, caminando, descalza, con alegría pensaba que pronto volvería con los suyos.
A su protectora le había prometido que le compraría en Jerez telas, hilos y si se podía hasta una escoba decente para barrer bien los pisos de tierra, pues solo usaban de esas de popotillo que las obligaba a barrer encorvadas.
Pero… no se supo por muchos días de la mujer. La viejecita creía que a lo mejor se había ido para su tierra dejándole el niño, y como ella no lo podía mantener, lo envió con el agente Daniel Ortiz a Jerez, para que preguntara qué había pasado con la madre y de paso le buscara un hogar al infante.
Ortiz, en Jerez, anduvo preguntando pero nadie le daba razón. Hasta que platicando con Pascual Félix, que era Juez de Letras, este recordó un hecho acontecido días antes…
El domingo de Feria, el 27 de marzo, Eulogio Espinoza se había presentado ante el presidente de Jerez que era el comerciante J. Merced Juárez (tenía sus abarrotes donde ahora es el Carta Blanca), para reportarle que en el camino que va a Zacatecas, tirada bajo un mezquite, había una mujer que tenía ya varios días muerta.
 Don Merced mandó hacer lo que se hace en esos casos, recoger el cadáver y llevarlo al descanso del panteón, lugar donde el práctico Jesús Juárez le hizo el reconocimiento. Concluyeron que la mujer se había protegido de la tormenta que hubo el miércoles 23, pero que un rayo la había fulminado.
Nadie supo su nombre, no hubo quien la conociera. Ella era de cuerpo regular, color trigueño, pelo y cejas negras; frente, nariz y boca regular. Vestía saco blanco, enaguas negras con pinturas blancas, descalza… Y, traía una escoba y un quimilito con varios objetos. Como nadie la reclamó, fue inhumada en una fosa común en el panteón de la Soledad.

Daniel Ortiz dejó el niño a cargo de don Merced Juárez, quien lo llevó a una de las casonas de la calle del espejo, donde luego era conocido como “Toñito el de Regis”. Después, no se sabe qué pasó con él…