viernes, 21 de abril de 2017

EL COFRE DEL MUDO

Crónicas de hace muchos ayeres refieren que hubo un tiempo en que las minas de Zacatecas eran tan grandes productoras de metal, junto con las de Guanajuato, que la plata que producían había dado ya la vuelta al mundo entero.
Pues bien, cuentan que por esos tiempos era costumbre dedicar a algún santo, ya un tiro, bien un campo de labor o toda una mina.
En una mina, (las fuentes no precisan cual) fue encontrada una nueva y rica veta, la cual encomendaron a Nuestra Señora del Patrocinio. Para esto, se reunieron los hombres de más rango y representación y recorrieron las poblaciones aledañas, buscando la contribución de los pudientes con una mínima parte de su riqueza, formando así un formidable tesoro, el que se ofrecería a la Patrona en el día de la dedicación.
En  la villa de Xerez, reunieron un espléndido lote de joyas el que fue depositado en un cofre de madera. Igualmente buena cantidad de oro y plata se juntó en dos costaleras de baqueta. Debidamente custodiado se depositó en la casa del sacerdote encargado de la Parroquia, donde se guardaría hasta el día programado para llevarse a Zacatecas y entregarse a la dedicación.
Pero, el diablo que está en todo, hizo que un célebre bandido que merodeaba por Tlaltenango, Colotlán y Bolaños recibiera santo y seña del lugar donde se ocultaba tan atractivo botín y ni tardo ni perezoso, asaltó el hogar del sacerdote, donde con lujo de violencia, se apoderó de las joyas, cuyo cofre ya había bendecido el ministro.
La noticia del sacrílego robo se extendió luego como un reguero de pólvora y hasta hubo un grupo de valientes que se dieron a la persecución de los bandidos, con resultados negativos, pues los asaltantes conocían a la perfección los vericuetos de las serranías cercanas.
Mal signo fue tal robo, y platicaban que la bonanza de la mina terminó pronto. E incluso varios accidentes en poco tiempo tuvieron lugar en los tiros. Los mineros con temor entraban a laborar luego de orar fervientemente a la Virgen del Patrocinio, y le echaban la culpa a los jerezanos cuando sucedía alguna desgracia.
Se decía que todo ello pasaba porque no se había cumplido con la dedicación de la nueva y supuestamente rica veta. Las autoridades de Zacatecas y los ricos propietarios de minas ofrecieron fabulosas recompensas a quien recuperara las joyas perdidas. De los bandidos, nada se sabía. Arrieros y viandantes no sabían dar razón de que se les mencionara en atracos recientes. “Parece que se los tragó la tierra”, decían.

Pasó el tiempo, el suceso casi se había olvidado, la mina incluso fue abandonada porque eran muchos los accidentes que en ella ocurrían. “Esos méndigos semilleros tienen la culpa, -decían los barreteros tuzos-, si la Virgen hubiera recibido su dote, nada malo pasaría”. Y platican que desde entonces comenzó su enemistad que duraría por siglos entre jerezanos y zacatecanos.
Un día, a la choza de un peón que vivía no solo con pobreza, sino en la más completa miseria, se presentó un hombre que revelaba ser de grandes posibilidades económicas, quien le preguntó si quería trabajar.
“-Claro que sí, señor. Dios sabe cuánto lo necesito”.
“Bueno, sígueme” le dijo. Y juntos llegaron hasta un tendajón que había en el callejón angosto, cerca del panteón. Ahí compraron una reata y luego siguieron una vereda que conduce al cerro de la Campana.
Treparon por la ladera hasta un lugar cercano a la cumbre; al llegar a un punto determinado, donde había una gran peña, el hombre desconocido, que en todo este tiempo había guardado silencio, en breves palabras dio a entender al campesino que entre los dos tenían que mover aquel peñasco, tirando de los extremos de la reata, que hicieron pasar por detrás de la roca.
Varias veces hubo que intentarlo hasta que al fin la piedra empezó a ceder, dejando al descubierto un pozo profundo y negro. El pobre peón sintió miedo cuando se le pidió que bajara, pero la idea de ganarse unos centavos le dio nuevas fuerzas. Usando un extremo de la soga, bajó por la boca del gran agujero, mientras el otro lo ató al tronco de un árbol vecino.
“Encontrarás allá abajo -le dijo el misterioso personaje-, un cadáver, que a lo mejor ya es esqueleto, varias talegas de dinero de las cuales puedes tomar lo que quepa en tu sarape como pago a tus servicios, pero lo que más me importa es que saques un cofre”.
El humilde mozo, temblando de miedo, descendió hasta el fondo. En efecto allí estaba el esqueleto, entre unos jirones de tela que debió ser su vestido. Las talegas estaban allí.
El miedo era mayúsculo, pero el hambre era más fea todavía, así que cumplió la orden recibida, incluyendo desde luego lo de llenar el sarape.
Después de un rato salió a la superficie, convulso, aterrado y sin poder abrir la boca para pronunciar palabra.
“Por fin pudo descansar tranquilo -dijo el hombre aquel con aspecto de gran señor-, lleva este cofre al altar de la Imagen Limpia de la Concepción de Jerez y entrégaselo al sacerdote que esté en turno. Pídele que ore por el descanso de un sacrílego ladrón”. Y exhalando un último gemido desapareció.
El infeliz testigo de ello, no pudo proferir palabra alguna ante tal acontecimiento. Sus ojos a punto de desorbitarse no concebían que fuera testigo de un hecho de ultratumba. Luego, un desmayo vino en su auxilio.
No supo cuantas horas estuvo inconsciente, pero cuando el frío de la noche lo hizo reaccionar, poco a poco fue asimilando lo que le había ocurrido. Quiso cobijarse con su sarape y al palparlo, recordó que estaba lleno de monedas. Entonces tomó el cofre bajo el brazo y sobre su espalda acomodó el sarape con el oro y plata que del pozo había sacado. Con precauciones dio los rodeos necesarios para que no lo vieran los vecinos del Puesto del Molino y Lo de Chávez.
Refiere la leyenda que al llegar a su jacal, enjaezó una escuálida mula que tenía como única propiedad y regresándose al cerro, ahí ya sin temor, sacó del pozo cuanto metal precioso pudo, cargando su orejudo animal. Luego, tapó con gran minuciosidad la oquedad que servía de entrada a ese escondite. Después, dicen que tomó el rumbo de Fresnillo. Tal vez la avaricia le hiciera olvidar la petición de entregar el cofre a la Parroquia de Jerez.
A pesar de que la mula era severamente castigada, no podía ir de prisa, y el campesino pretendía llegar a un lugar poblado antes de que llegara  la noche, pues su carga de temores era bastante.
En  un lugar conocido como “el cerro grande” al ver que el astro rey se ocultaba, procedió a juntar mucha leña para mantener una buena fogata que le ayudara a disipar su miedo nocturno, pues se encontraba solo, en ese paraje semi-desértico, y maldiciendo a su bestia porque no había logrado llegar a alguna ranchería. Al cobijo de la lumbrada, se sentía un poco más seguro, pero cualquier aullido de coyote o chiflido de la lechuza, lo inquietaban y hacía que se pusiera en guardia con su machete presto.
“Buenas noches, amigo”, -no supo por donde llegó el personaje que viera desaparecer cuando le entregó el cofre-, “veo que llevas mucha prisa por llevar ese carbón, pero no se te olvide entregar el  cofre donde ya te dije”. “Los designios divinos están mucho más allá de la ambición terrenal. Regresa, porque en ello va mi alma y la tuya. Regresa, entrega ese cofre y tu castigo será el vivir muchos años de remordimiento, solo y sin poder hablar”.
Así como apareció desapareció, sin que el asustado peón pudiera expresar nada. Corrió a revisar el tesoro, y solo encontró carbón y más carbón. Quiso gritar de terror o quizá de desilusión pero no pudo.
Su mula por el esfuerzo, estaba muerta, por lo que cargando solo el cofre, desanduvo el camino regresando a Jerez.
Refieren que un día muy de madrugada llegó un humilde campesino a la Parroquia de la Villa entregando un cofrecillo de madera con joyas al sacerdote encargado. Por señas se hizo entender, y cuentan que duró muchos años al servicio del templo como sacristán, y que su fidelidad como su mudez no se podían poner en duda. Pero que cuidaba fervorosamente las joyas que a la imagen de la Limpia Concepción le fueron puestas.

Platican además, que un afortunado viajero encontró dos costaleras de baqueta con monedas de oro y plata en el camino de Fresnillo, al pie del cerro grande, cercano a la Ermita de los Murillo. Cargó con lo que pudo, ocultándolo lo demás, y dicen que lo que ocultó hasta la fecha no ha sido encontrado.



viernes, 10 de marzo de 2017

LA PLAZUELA DEL MERCADO

-“La mera verdad, no me acuerdo de bien a bien, pero todo comenzó allá por principios de los ochenta del siglo XIX. Nosotros teníamos un tendajón de venta de carne en la mera plaza de Jerez, ahí enfrentito de la Jefatura Política. Ya teníamos tiempo en que don Pedro Cabrera nos decía que iba a hacer ahí un jardín, y le apostábamos que no hacía nada, que éramos muchos los que desde muchísimos años teníamos ahí nuestros negocios, que no nos podía quitar. Y él decía que no había problema, que iba a construir un mercado de carnes muy moderno, para que ya no le llenáramos de moscas la jefatura política.
-“Pos oiga usté, nomás nos reíamos de este buen señor, pero comenzamos a tomar en serio sus palabras, porque a pesar de que era muy buena gente, también era muy enérgico. Le decíamos que si nos cambiaba de la plaza, a donde nos mandara nos iría mal, porque la gente no estaba acostumbrada a comprar en otro lado. Y él contestaba diciendo que sí, que viéramos el ejemplo de Rafael Páez, y es que tenía una tienda de abarrotes muy bien surtida y con mucha fama, en la puritita esquina del Panteón de Dolores. Cuando puso su tienda se burlaban todos y le decían que a poco los muertos saldrían a comprar. Y mire, se aclientó con los del barrio de allá.
-“Fue más o menos por febrero del 84 cuando se llevaron a los presos de la cárcel a hacer “faenas” allá por el callejón de la Culebrilla, donde estaba un llano con muchos álamos circundándolo. Nos avisó que ahí iba a hacer los tabaretes para la vendimia, que nos fuéramos preparando para el cambio. ¡Ah! Y todavía advirtió que nos decía con tiempo para que no nos cayera luego de sorpresa. De pilón nos prometió que nos reduciría el impuesto a los que nos cambiáramos hasta en un setenta y cinco por ciento, para que no fuera mucho lo que perdiéramos mientras nos aclientábamos.
-“Para los meses de calor ya estaba el mercado, pero nomás no había quien nos moviera, y como el jefe político era ya don Pancho Amozurrutia, nos hacíamos de la vista gorda, pero un día que llegan los de la acordada y que nos mueven con todo y chivas. De nada valieron nuestros enojos, ruegos y dinero. Cuando fuimos a reclamar con el jefe, éste muy enojado dijo que con tiempo nos habían avisado y no hicimos caso, y  ahora el que quisiera ocupar un local de la plazuela que estaba por la Reforma, lo podía hacer, y todavía dijo que nos cobraría impuesto muy bajo, pero que sí no, nos multaría. Así, los que pagábamos cincuenta centavos nos rebajó hasta diez y ocho. Los que pagaban dos pesos, les prometió cobrar unos veinticinco centavos.
-“Mire, unos vendimieros lo convencieron de que no los cambiara tan lejos, que les diera oportunidad de estar en la Plaza Tacuba, nomás mientras veían como iba la cosa. Pero a los carniceros dijo que no, que nosotros debíamos estar en un lugar aparte, allá en la plazuela donde hizo los locales. Nos aventó un discurso de esos que se sabían muy bien, que la modernidad, que el Jerez del siglo XX, que había que hacer un jardín como los mejores de Europa. Y que comienzan los escarbaderos. Todo mundo se reía del jardín “uropeo”, pero la cosa iba muy en serio.

-“Ya para el 87 estábamos todos en la plazuela “del Mercado”, muchos se quedaron en la plaza Tacuba, pero allá por la Reforma además de los carniceros, llegaban los rancheros a vender sus animalitos, y las hortalizas que producían. Pos ahí empezó otro problema, cuando la vendedera era en la plaza, frente a la jefatura, estos señores dejaban sus animales y sus cosas en los mesones de las Mariposas, de Santa Rosa, de Mariquita, el de San Antonio, el del Silencio y el de San Luis, que les quedaban bien cerquita. Pero acá, se les hacía más fácil amarrar sus burros en los árboles de la plaza, y los días que duraban en Jerez, ahí vivían, de noche nomás tendían su petate y a roncar. Sus necesidades, pos ahí mismo las hacían, así que imagínese cómo estaría eso, un mosquerío de la fregada, y una peste que ni quien la aguantara. Entonces la carne no se refrigeraba, pos refrigerador de donde. Cuando había matanza, un muchacho se iba con una bocina de mano a gritar en todas las esquinas que había carne, y así los vecinos apartaban lo que iban a querer. Que una cabeza de res pa' los tamales, échele su tostón, la libra de carne la vendíamos a cinco centavos; la manteca la dábamos a diez centavos el kilo. Cuando no era tiempo de matanza vendíamos pollos, huevos y gallinas. Los huevos a centavo, los pollos a medio real y las gallinas a real. De todos modos, tanteábamos que no nos quedara carne, pero si nos quedaba, lo que hacíamos, era cubrir la canal de la res o del puerco en manteca y luego cubrirla con costales de yute, y taparlos con arena húmeda, para que estuviera fresca.  Pero con todo el mosquerío, se nos echaba a perder muy rápido, y ni chanza había de hacerla chicharrones o tasajo.
Por muchos años el mercado estuvo en la plaza
Tacuba y calle Juárez.
-“Fuimos con el presidente, que era Rafael Páez, un viejo muy fino, pero muy maldito y enérgico, y le dijimos del mosquerío y de lo que perdíamos a causa de los rancheros y sus burros. Pos' que manda llamar a los rancheros, éstos le dijeron que si dejaban sus burros en los mesones a lo mejor se los robaban, por eso los tenían ahí en la plaza del mercado, cerquitas pa' estarlos viendo y darles su alfalfa a sus horas.
-“No se de quien fue la idea, pero al norte de la plaza, hicieron 12 casas y una tienda para rentarlas a los rancheros que venían de otros lugares y se pasaban temporadas en Jerez. Diez de estas casas tenían vista para la plaza del mercado. Me acuerdo muy bien de las casitas, todas eran igualitas, ora verá, tenían zaguán, sala con su ventanita, su recámara, la cocinita, un patio con pozo y un buen pedazo de corral pa' guardar los animales. En aquellos tiempos se encargaba de las casas un apoderado de don Antonio Román Sánchez Castellanos, uno de los más ricos de Jerez.
-“De ese señor se cuentan cosas, que si viera... era medio hermano de don Antonio Sánchez Castellanos, el que hizo el hospital con su capilla allá por el barrio nuevo. Cuando se murieron don Antonio y doña María Guadalupe Bonilla, le heredaron todo a este Antonio Román, que ni se la creía. Tenían muchas casas y huertas por todo Jerez. Vivía este señor en la calle de la Aurora, en la casa esa grandota de cantera. Se casó con doña Maura Suárez del Real, pero a la pobre mujer le iba como en feria: cada que don Antonio andaba de malas, le daba sus sableadas. Ella luego le mandaba hablar con la nana a Jacinta Gurrola, del ranchito del Ojo de Agua para que viniera a Jerez a curarle la espalda. Doña Maura se quejaba con Jacinta y le decía: “de que me sirve tener bacinica de oro, si orino sangre”.  Don Antonio se murió en 1902 en la hacienda de El Cuidado, que era de su propiedad y todas sus propiedades pasaron a manos de sus hijos.
-“Pos ya con las casitas, la cosa fue diferente, ya esa plaza poco a poco fue agarrando vida, y en las tres esquinas de la plaza pusieron tiendas. Tres en la calle Culebrilla y Reforma y otra en la esquina de la calle del Hospicio, además que al mercado le siguieron metiendo muchos billetes. Pero todo eso se lo llevó la fregada cuando tomaron Jerez. Pa' luego luego quemaron todas las modernidades que había por aquí. El Mercado, el Hospital que estaba yendo pa' la alameda. Dejaron purititas ruinas. Luego, el campito del mercado quedó como un llano por mucho tiempo, bien abandonado. Ahí, en medio de la arboleda y de las acequias jugaban los deportistas, cuando no los metían a bote por andar jugando pelota como niños, hasta que se hizo la escuela y el barrio está como lo conocemos…”.
NOTA. El espacio donde está la Plazuela, era propiedad de don José María Caraza en 1874. En 1877 aparece como “un terreno nombrado del Hospicio, que es del fondo Público”.
En 1880, se hablaba de “la plazuela que se está formando en el punto llamado del Hospicio” en el barrio de Guanajuato.

Para 1882, ya era el “Barrio del Hospicio” y en 1887 se nombraba ya como “Plazuela de la Reforma”, al igual que la calle que la bordeaba por el lado norte y que anteriormente era conocida como “calle de la Constitución”.
"Hicieron 12 casitas para rentárselas a los rancheros..." en las dos que se ven, he vivido yo...

viernes, 17 de febrero de 2017

EL ORO DE LOS FRANCESES

Ya hace tiempo había escrito sobre la llegada de los franceses al mando del capitán Crainvilles a Jerez el 26 de marzo de 1864, hubo poca resistencia por parte de los campesinos y habitantes de la región, así como de las tropas leales a González Ortega que más bien actuaban como guerrilleros; la llegada de los galos fue motivo de fiesta para los ricos comerciantes, poseedores de haciendas y acaudalados negociantes. En menos de dos meses, Hilario Llamas (constructor y dueño de la finca conocida como “De las Palomas”) firmaba a nombre de Jerez el acta de adhesión al Imperio de Maximiliano. Claro, a él ya lo habían nombrado antes Prefecto, con lo que esperaba resolver muchos agravios que tenía con quienes habían sido autoridades antes.
Los franceses eran generalmente oficiales y el grueso de la tropa lo conformaban feroces zuavos que no se tentaban el alma para despachar al otro mundo a cuanto cristiano les pusieran enfrente. Eran estos zuavos soldados mercenarios de Argelia. Acostumbrados a todo, como los camellos. Y se caracterizaban por usar unos pantalones colorados muy voluminosos, chaqueta corta sin cuello, faja de lana muy ancha, polainas de lona blanca y un gorrito tipo fez con su borla. (Como si fuera un vaso al revés). Los zuavos hicieron muchas tropelías en la región y eran temidos, pues el tener la desgracia de enfrentarse a ellos era condena segura de muerte.
EL BOTIN DE MARION
La ciudad de Zacatecas estaba ocupada por las fuerzas del comandante Marion quien tomó muy a pecho la ley marcial dictada por Maximiliano, y a cuanto sospechoso de pertenecer a guerrillas liberales, mandaba pasar por las armas en menos de 24 horas. Pero Marion, tenía su corazoncito como todos los jefes franceses venidos a México. El no vino a despeinarse ni a ensuciarse las manos en una lucha interminable. El vino a hacer fortuna. Y en Zacatecas había mucho oro, plata, joyas.
Pues sucede que en los primeros días de noviembre de 1865, decidió sacar de la región el botín producto de los saqueos y rapiñas hechas en las principales casas de los zacatecanos. Lo enviaría a Guadalajara vía Jerez, aprovechando que el más latoso de los liberales, González Ortega, andaba muy ocupado luchando con sus tropas en el norte del estado, por lo que suponía no habría peligro para su traslado.
Una pequeña escolta de zuavos al mando de dos oficiales protegía una carreta que llevaba como única carga tres pesadas cajas de madera llenas de monedas y objetos de oro, plata y joyería. Muy temprano salieron de Zacatecas y parecía que todo el camino transcurriría en absoluta calma. Pero, cuando llegaron al plan de Lo de Luna, los estaba esperando escondidos una partida grande de chinacos. La superioridad numérica se impuso, y les quitó la bravura a zuavos, oficiales y hasta a los arrieros, los que escaparon ágilmente, unos a uña de caballo y otros a pata pelada.
Los chinacos quizá esperaban encontrar municiones y armas en las cajas, siendo grande su sorpresa y desconcierto al ver que le habían bajado algo mejor al enemigo. Decidieron llevarse la carreta, pero como les hacía lenta la marcha, en tierras del rancho El Cebollal, muy cercano a Jerez, hicieron un gran hoyo y ahí depositaron las cajas con su valioso contenido. Luego apisonaron la tierra muy bien y pusieron yerbas y nopales para disimular todo. Las mulas con la carreta fueron arreadas por el mismo camino real en dirección a Zacatecas, y luego dejadas en libertad para que buscaran la querencia.
LA VENGANZA

El Comandante Superior del ejército intervencionista en Zacatecas, no podía creer lo que había pasado, y aunque de inmediato mandó una considerable fuerza a ver si alcanzaban a los chinacos, no encontraron nada, a excepción de las extenuadas mulas que andaban por el rumbo de Malpaso medio desorientadas y ya desuncidas de la carreta.
Marion reforzó la seguridad en Jerez, pues suponía que ahí debían estar los guerrilleros que lo despojaron de su oro. En la mañana del domingo 17 de diciembre, algunos jinetes embozados para protegerse del frío entraron a la ciudad por la garita de Ciénega. A los guardias les pareció sospechosa la actitud de esos chinacos, y disimuladamente dieron la voz de alarma. Fue en la plaza donde los franceses lograron detener a tres de esos sujetos. Quizá para congraciarse con el jefe los enviaron de inmediato a Zacatecas como sospechosos del ataque y robo sufrido por la escolta de Marion con anterioridad.
En Zacatecas los interrogaron sin éxito, pero como el comandante quería escarmentar a todos los que parecieran guerrilleros, al verles sus caras de rancheros, de inmediato los sentenció. En las principales calles de la capital se voceó la sentencia y se pegaron afiches en los que se leía:

“MARION, Comandante superior de Zacatecas, á sus habitantes sabed: La Corte Marcial en su sesión de hoy 20 de Diciembre, ha sentenciado á Albino Borrego, Domingo Salinas y Rodrigo Chacal, el 1º vecino de Jerez, el 2º del Rancho de Adoves y el 3º del pueblo de Acaspulco, por el delito de robo en cuadrilla á mano armada, el 1º  a tres años de trabajos forzados, el 2º á la misma pena por un año, y el último á la pena de muerte. La ejecución tendrá lugar mañana á las ocho tras de la Ciudadela. Zacatecas, Diciembre 20 de 1865. El Comandante Superior, Marion”.
José Albino Borrego, era hijo de don Félix Borrego y María de la Luz Aguirre, de Los Haro, Jerez, nacido el 1º de abril de 1825. Rodrigo Chacal Covarrubias era de Acaspulco, Totatiche, Jal. Nacido en 1822, hijo de Juan Serafín Chacal y Anastacia Covarrubias. Estaba casado con María Gracia Marciala. Suponían los franceses que él capitaneaba la cuadrilla.
Al parecer, como ninguno de los tres confesó algo que tuviera qué ver con el despojo del oro de Marion, en la madrugada del jueves 21 fueron conducidos desde la cárcel (hoy Museo Pedro Coronel) hasta la parte posterior de la Ciudadela (actual escuela Enrique Estrada). Durante el trayecto, las campanas del templo de Santo Domingo y Catedral doblaron, haciendo más dramática la situación. Probablemente los tres fueron fusilados.
EL TESORO

         Dicen que el entierro está en el rancho del Cebollal, muy cerca del antiguo camino real, en una majada cercana a los límites del rancho de San Ignacio. Cuentan que los propietarios de la Hacienda de Ciénega, a la que pertenecía El Cebollal, sabían de su ubicación, pero no lo quisieron sacar, y cuando pretendieron hacerlo, ya no pudieron. ¿Estará todavía el tesoro del comandante Marion esperando por algún afortunado o ya alguien se lo llevó?



viernes, 27 de enero de 2017

DOÑA ATILANA Y SU FIEL SULTÁN

Doña Atilana era una mujer huraña, solitaria y siempre vestida de negro, de un negro intenso y total que hasta los cuervos le envidiaban. Vivía en una casita al final de la calle larga de la alameda, del lado donde corría la acequia. Para ingresar a su casa, por las mañanas ponía unos tablones a manera de puente, mismos que por la noche retiraba. Casi siempre se le veía acompañada de un perro amarillo, de esos de rancho, ladino, muy ladrador y muy bravo y que lucía orgulloso entre su pelaje las marcas y desgarres de haber participado y salido airoso en muchas perriles batallas. Dicen que el perro se llamaba “Sultán” y que doña “Tila” lo adoptó desde cachorro. El Sultán gustaba de dormir las diurnas siestas en los tablones que daban acceso a la casa, como si fuera el guardián del foso de un castillo, así que ni quien se arrimara.

Los vecinos contaban de doña Tila que se había casado muy joven, y junto con su marido habitaron la casita de la acequia de la alameda. Aunque estaba semiderruído el lugar, poco a poco lo fueron levantando. Doña Tila llenó el patiecito de macetas y todo el frente de la casa fue cubierto de macetas y flores. El matrimonio no pudo vivir su felicidad por mucho tiempo, pues al marido lo mataron. Que una bala perdida, dijo la autoridad, y ahí terminó el asunto, nadie investigó nada. Desde entonces ella vistió de negro llorando en silencio su desgracia y viudez. Se apartó de la gente, pero siguió viviendo en la casita que fuera el único recuerdo y legado de su hombre.
Poco después llegaría a su vida el famélico chucho que todo zarrapastroso le hizo mil monerías para que lo adoptara y le diera de comer. El “Sultán” pudo después manifestar su lealtad y gratitud: En una tarde lluviosa llegaron unos jinetes a la casita y sin bajarse de sus caballos, gritaron para que les abrieran la puerta. Cuando doña Tila abrió, a grito pelado le exigieron les entregara el encargo que ahí les había dejado su muerto marido. Ella aseguró no saber de qué se trataba. Ignoraba qué clase de encargo sería, pero no le creyeron, y con grandes risotadas desmontaron y entraron violentamente a la casa, empujando y golpeando a la señora. “¡Orita lo buscamos, y pobre de tí que no lo encontremos!”, dijeron mientras rompían las macetas y cuanto mueble se les atravesó.
Doña Tila, tirada en el zaguán, lloraba desconsolada y llena de miedo. Entonces el Sultán, que solo había estado viendo sin hacer nada, se acercó a su dueña y la estuvo mirando por unos momentos cómo lloraba y gemía. Como si le hubiera ordenado algo o el animal comprendiera algo, se dirigió rápido con cada uno de los malandros como si fuera un torbellino de rabia, las mordidas estuvieron al por mayor, y estos al ver que el animal estaba furioso e incontenible, no les quedó de otra que salir huyendo. Uno sacó su pistola y disparó tratando de matar al perro, pero el balazo solo le perforó una oreja, su primera medalla de guerra. Se fueron maldiciendo, con su buena ración de mordidas y jurando que regresarían. Desde entonces el perro fue el fiel guardián de doña Tila.
A pesar de que tenía fama de vieja amargada y mala, doña Tila era muy buena. Acostumbraba salir temprano los domingos a Misa a la Parroquia, y después compraba verduras y legumbres en la plaza Tacuba. De ahí pedía a un cargador la acompañara para que le ayudara, mientras ella compraba más provisiones en “La Bola”, que ya era de don Carlitos Acevedo.  En un carretón de mano, el cargador le llevaba sus compras hasta su casa, compras muy excesivas para una mujer sola. Pero, lo que no sabían es que doña Tila repartía todo lo comprado entre sus vecinos más cercanos, que vivían también en la pobreza. Los domingos al mediodía era muy esperado el regreso de la mujer. A veces también compraba azúcar, sal, manteca y otras cosas con don Enrique Berumen, y éste en varias ocasiones le preguntó que de dónde sacaba dinero si no tenía marido y ella no trabajaba, y siempre pagaba con monedas de plata. Doña Tila contestaba que tenía un sobrino en los Estados Unidos que le mandaba algo.
Fue para un sábado de gloria cuando la asesinaron. Unos rancheros borrachos que regresaban al Huejote, iban disparando al aire. Doña Tila no alcanzó a esconderse en su casa: cuando apenas cerraba la puerta, una bala le atravesó la cabeza. Quedó tirada en el zaguán. El Sultán se echó junto a ella y comenzó a aullar y gañitar (gañitar es cuando lloran los perros). Los vecinos tuvieron que lazar al bravo animal, ponerle un bozal y luego lo amarraron en el corral, para poder velar a doña Tila. Mientras la sepultaban en el Panteón de Dolores, gente malvada se aprovechó y se llevó las gallinas, macetas, muebles y todo lo que había en la casita de la alameda. Del Sultán nadie se acordó de echarle un taco. Ni tampoco se dieron cuenta cuando rompió el bozal y sus ataduras.
El encargado del panteón vio muchas veces al perro, echado sobre la sepultura de su dueña, pero ¿quién le dijo donde la habían sepultado? ¿Cómo llegaba al panteón? Lo corría a pedradas, pero el Sultán insistía en ir diariamente a la tumba. Por las noches se le veía acostado en los tablones de acceso a la casa, que ya nadie había quitado. Sus aullidos nocturnos se convirtieron en cosa cotidiana. Tampoco nadie supo cuando el perro murió. Un sobrino de doña Atilana llegó un buen día a ver la propiedad, a la que nadie entraba pues se decía que el perro que todas las noches aullaba seguía cuidando. El sobrino entró hasta la recamarita de su tía. Ahí encontró a mitad del cuarto el cadáver semimomificado del Sultán, y aunque pareciera que había muerto mucho tiempo atrás, los vecinos aseguraban que por las noches se le oía aullar.
El sobrino se puso a hacer limpieza de la casa, con intenciones de venderla o rentarla. Al asear el cuarto donde dormía su tía y donde encontró los restos del perro, notó que había una loza negra suelta y que contrastaba con los ladrillos del piso. Sin dificultad quitó la piedra y encontró una oquedad pequeña, recubierta con ladrillos, y lo más sorprendente y grato: la oquedad casi llena de monedas de plata y una que otra de oro.
Entusiasmado por el hallazgo, el sobrino se dedicó luego a derrumbar toda la casa, pensado tal vez que habría más tesoros enterrados en algún otro lugar. ¿Sería ese dinero el encargo que buscaban los malosos jinetes? Solo doña Tila supo, pero su secreto se fue con ella.

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jueves, 19 de enero de 2017

DOÑA LIBRADA LA COSTURERA Y SU MÁQUINA SINGER

Durante los reacomodos postrevolucionarios, en Zacatecas se sufrió por hambre, por miseria, por inseguridad, por desintegración de familias. La otrora capital de la plata quedaba completamente en ruinas luego de la toma “a sangre” que hicieran los villistas el 23 de junio de 1914, con su posterior saqueo y serie de infames asesinatos ordenados por el mismo centauro del norte.

Jerez, de haber sido una provincia bella, cultural, amigable, conocida como “la Atenas de Zacatecas”, en la que florecía la agricultura, la ganadería, el comercio y las pequeñas industrias, pasó a ser un sórdido pueblo lleno de ruinas negras y humeantes, que luchaba por sobrevivir. Sus calles ya no guardaban los ecos de las melodías que de muchos pianos sacaban manos jerezanas. Ni siquiera se oía el barullo de los niños en las escuelas. Las casas ya no tenían sus puertas abiertas como antaño en que presumían los canoros cantos de las aves que se multiplicaban por el zaguán y los patios. Gentes de torva mirada, de desconocidas costumbres, de ignorancia supina se adueñaron del pueblo.

La mayoría de los comercios que surtían a todas las poblaciones del cañón de Tlaltenango, y en los que se encontraba de todo, habían sido quemados por los villistas, los que se hacían garras entre ellos mismos para apropiarse de las mejores fincas, de los mejores ranchos, de las mejores tierras y hasta de las mejores mujeres.

¿Qué podían hacer los habitantes de Jerez sin los medios básicos de sustento? Poco a poco fueron emigrando. Primero a las grandes ciudades enlazadas por el ferrocarril. Después, a Ciudad Juárez, y de ahí a todo Estados Unidos. Hay muchas historias que hablan del desarraigo, de la desintegración familiar, de las humillaciones y hambres que sufrieron nuestros antecesores que tuvieron que salir de su tierra.

LA COSTURERA

Las hijas de doña Librada García y don Teódulo González fueron sacadas oportunamente de la región por un tío que se ofreció a llevarlas hasta El Paso, y de ahí a la entonces pequeña ciudad de Los Angeles. Las tres muchachas eran de muy buen ver, por lo que ya les habían echado el ojo varios capitancejos villistas con muy malas intenciones, las peores del mundo; así que la decisión de sacarlas del país fue aprobada por doña Librada y su marido, los que no quisieron salirse de Jerez. -“Aquí están los huesos de mis padres y de mis abuelos, si quieres vete tú Libradita, que yo me quedo. Aunque sea comiendo cáscaras de tuna, pero Dios proveerá”.- Decía don Teódulo. Claro que su mujer no lo dejaría solo, así que el matrimonio se quedó en Jerez y sobrevivieron varios años, con la ayuda de Dios y con la constante actividad de la ama de casa, que sabía coser, tejer y bordar muy bien. Eso también lo sabían sus vecinos y sus amistades por lo que continuamente le mandaban hacer camisas, calzones, vestidos y lo que se necesitara, además de delicados manteles, toallas y demás.


Las hijas se acomodaron en un negocio de costura, lo que ahora se conoce como “maquiladora”. Pero en aquel entonces sí les pagaban muy bien, lo que hacía que las contínuas cartas que enviaran a sus padres vinieran siempre acompañadas de varios billetes verdes. –“Benditas hijas que tenemos que no nos han desamparado”. Expresaba don Teódulo con los ojos llenos de lágrimas cada que su mujer leía las misivas enviadas desde Los Angeles. Don Teódulo no sabía leer, porque en esos tiempos pocos eran los que leían y más pocos los que podían escribir con soltura. En varias cartas, las muchachas le decían a su madre, que le mandaban dinero para que se comprara una “Singer”, que con ella podría coser en un rato lo que se tardaba en hacerlo a mano una semana. Pero ¿qué es una “Singer”? El marido se rascaba la cabeza y salía a cavilar y a preguntarle a sus conocidos si sabían que era una Singer y dónde las vendían.
Los dólares se los cambiaba un voraz comerciante establecido en el centro de la pequeña ciudad y como don Teódulo no estaba al tanto del tipo de cambio (pues nadie sabía de eso), el del comercio le decía: “Tú me das un dólar yo te doy un peso y así todos contentos”. Pues sí, y además que nadie más cambiaba dólares. Pero de cualquier forma tenía su guardadito.

-¿Cuándo me compras la Singer Teo? –inquiría su mujer- las niñas me están a pregunte y pregunte en las cartas que si ya me la compraste, ¿qué les digo?. El pobre señor se salía a la calle rascándose la cabeza y pajueleando el sombrero en los guardapolvos de las casas. –Mire compadre, aquí nunca va a encontrar lo que busca –le dijo un amigo-, mejor vaya a Zacatecas y ahí es posible que sí sepan que es una “Singer”.


Muy temprano doña Libradita le preparó unas gorditas para el camino, ya que el camioncito (una troquita Ford con redilas arreglada para llevar pasaje) se tardaba muchas horas en llegar a Zacatecas. Don Teódulo guardó dentro de su pantalón de pechera un paliacate lleno de pesos, dólares y monedas que usaría para comprar la “Singer”. Cuando llegó a la capital, preguntando preguntando llegó a un lugar donde vendían máquinas de coser. –“Oiga, ¿es cierto que aquí venden “Singer”? –Sí señor, tenemos muchos modelos, muy bonitos, recién importados y muy baratos. ¿Gusta verlos? Y ante el asombro de don Teo que por primera vez veía la tan ansiada máquina de coser, le fueron mostrando lo que había en la sala de exhibición.

-¡Quiero ésta! –exclamó cuando vio una flamante Singer modelo 201, con su mueble de cinco cajones, su pedal de fierro vaciado, y toda ella llena de dorados adornos en la lustrosa y negra máquina. Sacó su paliacate y frente al empleado que lo atendía, empezó a separar pesos y moneda, dejando aparte los dólares. –Mire, como veo que trae dólares deme solo 65. Pero si me la paga en pesos son 234, ya ve que el dólar está a tres sesenta.

Como si le hubieran dando un fuerte trancazo, don Teódulo respingó. -¡¡A ver, a ver!! ¿Cómo está eso? ¿Pos que no vale igual el dólar que los pesos? ¿Cómo que a tres sesenta? ¡¡Viejo desgraciado e hijo de la chingada!! ¡¡Con razón hasta le daba gusto cuando me los cambiaba!! Pero ora verá cuando regrese a Jerez-.

El vendedor le aseguró que ya hacía varios años que el dólar estaba así y cuando don Teo se calmó le ofreció que en una troquita de la compañía, por cinco pesos más le podrían llevar su máquina hasta Jerez.

Doña Librada no cabía en sí de alegría cuando llegó su máquina. La pusieron en medio de la sala, y abrieron los barandales para que todo mundo la viera. Las mujeres la chuleaban, que qué bonita estaba, que qué bonitas flores y letras tenía pintadas, que los cajoncitos olían a madera fina…

Don Teódulo se la pasó los siguientes días en la cárcel, porque en cuanto llegó a Jerez, luego de dejar la “Singer”, fue a buscar al voraz comerciante que le cambiaba los dólares. –¡No vengo a pedirte que me regreses el dinero que me robaste al cabo el dinero va y viene, nomás vengo a ponerte una chinga pa’ que sepas que tu pendejo ya se te acabó y luego voy a gritar por todo Jerez lo ratero, desgraciado e hijo de la chingada que eres!- Y como anunció, le puso una chinga muy buena. La policía intervino y se llevaron a don Teódulo a bote. Pero como todo Jerez se estaba dando cuenta de lo ocurrido, el comerciante tuvo que abogar porque lo sacaran.


Otra sorpresa esperaba al encarcelado cuando regresó a su casa. Pues doña Librada, ya repuesta del asombro de su “Singer”, confesó que no sabía cómo se usaba, ni para qué era. Tuvo que ir otra vez don Teódulo a Zacatecas y con amenazas llevar al empleado de la casa comercial donde compró la Singer, para que aleccionara a su mujer sobre el uso de la máquina. Claro que el empleado le cobró otros diez pesos, además que lo surtió de agujas, bobinas, aceite, carretes de hilo, tijeras y hasta telas que luego de ser adiestrada, empleó muy bien su señora, la que en lo sucesivo fue conocida en Jerez como “doña Librada la de la Singer”.


martes, 17 de enero de 2017

ASÍ ES LA LEY, DIJO DOMINGO

-¡Andale hija, recuérdate!, ¿qué no oyis ladrar los perros allá enfrente en la huerta?. Dispiértate y vamos a ver qué es. No sea un coyote dañero que quiera meterse al gallinero.
-¡Pero amá! Mire, es muy de noche, está muy oscuro. Capaz que el coyote nos haga algo a nosotras por andar ahí de aprontonas.
Sin hacer caso a los reclamos de su hija, doña Chabela Olivo, prendió una tea en los rescoldos de la fogata. Se cruzó su rebozo y volvió a insistir -¡Búyete mi'ja que la ladradera se oye más fuerte!.
Todavía en esa época, en 1869, era un pecado gravísimo el rezongarle a los papás, por lo que la muchacha toda amuinada se levantó del petate en que reposaba y se dispuso a acompañar a su madre. Ambas ocupaban una pequeña casita en Arroyo Seco de Abajo, enfrente de una huerta bien tupida de nopales. La anciana (porque doña Isabel ya tenía sus 60 años) con la tea bien encendida se dirigió resuelta a la huerta, seguida muy de cerca por su temerosa hija.
-¡Oiga amá!, ¿y si nos regresamos? Ya los perros no ladran, ya se fue el coyote. ¡Mejor ámonos ya amá!
La madre le contestó que deberían ir a ver el motivo de que los perros se alborotaran, y ahí están las dos buscando y rebuscando entre la nopalera.
-¡¡Algame la Santísima Vírgen!! ¡¡Pero mira nomás qué mal alma la de la desgraciada que dejó esto aquí!! ¡¡Mira nomás!!  Doña Isabel Olivo no salía de su asombro, y su hija, asustada primero y curiosa después, se acercó para ver qué era lo que tenía tan asombrada a su madre. -¿Y ora qué amos a hacer? ¿Qué vamos a hacer con esta pobre e indefensa criaturita que una mala madre dejó aquí para que se la comieran los coyotes? ¿Qué hacemos amá?
Y es que al ir iluminando con su tea, la sexagenaria encontró sobre una piedra grande a una recién nacida envuelta en un pedazo de sábana vieja.
-P'os llévatela pa' la casa, yo voy a recordar al comisario pa' que nos diga qué hacer. –Dijo doña Chabela.
Luego de haber despertado a don Juan Mejía, que era el comisario, este pensó que lo mejor era encaminarse pa' Tepetongo, donde llegaron ya en la mañana, para que ahí las autoridades decidieran lo que conviniera con la recién nacida.
-Primero que nada, hay que hacer un acta –dijo el juez de Tepetongo, que era Onofre de la Torre- y en el acta comenzaron a anotar: “…envuelta en una sabanita vieja en pañales de unas hilachitas de mantilla de un pedazo de muselina de lana vieja, un paño amarrado a la cabeza, un fajero de percal. La niña aparenta tener pocas horas de nacida. En un nudo del paño trae una boletita que se lee que no está bautizada…”.
-En estos casos, si usted encontró a la niña, usted la adopta. ¿O no es así don Domingo? -Preguntó como pidiendo opinión el juez Onofre a un viejo panzón que ahí estaba y que debía tener autoridad. Domingo Berumen se llamaba.
-¡Así es! La ley dice que si usted la encontró usted responde por ella-. Dijo Berumen luego de un fuerte carraspeo producto de mal morder y fumar un apestoso puro. Doña Isabel protestó aduciendo su edad, sus achaques y enfermedades. –Po's si no, que la adopte su hija.
-Po’s si no hay di’otra mejor la adopto yo. Mi hija tovía no se casa, ¿y ya ve la gente? Van a andar con habladurías, a decir que ya se metió con hombres. La adopto yo y archívemela como Teodora-. Luego de firmar la mentada acta los que supieron (el juez y el fumador) el grupo se devolvió al rancho. La hija de doña Chabela se deshacía en mimos y cariños hacia la criatura que todavía iba envuelta en los harapos en que la encontraron.
Cuando llegaron al rancho, el comisario se encontró con que lo estaban esperando para contarle que por ahí había pasado un hombre a caballo, y que traía atada el sujeto a cabeza de silla a una mujer. Que algo andaban buscando, porque el hombre enojado le gritaba a la mujer que dónde estaba el niño. Qué dónde se había aliviado. Y la golpeaba con un sable repetidas veces. Y que la mujer, que además iba descalza, llorosa y sufriente le decía que jamás se lo diría, que así la matara nunca sabría nada.
A los cuatro días, don Juan Mejía avisado por un vecino, encontró en un cerro al norte de la ranchería los restos del cadáver de una mujer. Lo más que pudo hacer fue colocar piedras sobre lo que habían dejado coyotes y perros. Luego, se dirigió a Tepetongo para dar parte del acontecimiento.
 -En esos casos se hace un acta- dijo don Onofre de la Torre- y como el cadáver de la desconocida difunta ya está enterrado no hay delito qué perseguir, por qué no se sabe de qué murió. ¿O no es así don Domingo? –La ley es muy clara- respondió el panzón Berumen- que estaba muy entretenido tomándose un pulque. –Eso que nos dice usted de que hay un sospechoso que la iba golpeando y la llevaba a cabeza de silla días antes no nos consta, ni nos consta de qué murió la occisa y como ya está enterrada ya nada queda por hacer.
Y como la interpretación que daba Don Domingo a la ley, era ley, nunca se supo quién era la mujer, quien el jinete y si buscaban a la niña que encontrara doña Isabel Olivo.
Lo que sí… es que doña Chabela notaba que por las noches la niña a la que llamó Teodora y crió con leche de burra y tés de manzanilla se ponía inquieta y lloraba y lloraba. Cuando lloraba, en la cercanía de la nopalera ladraban los perros, aullaban en la lejanía los coyotes y algún lobo desvalagado… y parecía que la voz del viento repetía gemidos y lloros lastimeros que mucho atemorizaban a las mujeres. Ellas decidieron venirse a Jerez donde su niña creció ya sin aullidos coyotiles, ya sin temores nocturnos y se convirtió en la matrona y cabeza de una reconocida familia jerezana.

viernes, 13 de enero de 2017

CUANDO EL BURRO REBUZNA, LA TORMENTA AMENAZA...

Esto que relato cuentan sucedió a fines del siglo XIX y son pocos los que recuerdan lo que realmente ocurrió.
Refieren que Anastasio Carrillo, que vivía en el ranchito llamado Plan de Carrillo, se dedicaba a fabricar carbón allá por las estribaciones de la sierra y él mismo lo traía a Jerez. Para ello tenía su recua de veinte burros, de muy buena alzada, muy obedientes y sufridos para la carga.
Un buen día pasó por el lugar un tipo todo andrajoso, que a duras penas cargaba un cacaxtle en la espalda. Anastacio estaba apenas haciendo el cono de leña para el carbón, cuando al verlo acudió a auxiliarlo, dándole agua. El desconocido agradeció el gesto y le pidió algo para comer. El carbonero buscó en su morral y solo le quedaba una gorda dura que prontamente le ofreció. El andrajoso comió con avidez, se notaba que en muchos días no había probado alimento.
Ya sentados a la sombra de un añoso pino, Anastacio le preguntó por qué andaba tan andrajoso, sin huaraches, perdido en la sierra y además cargando un cacaxtle.
El tipo le contó que había perdido el rumbo, porque venía del lado de Durango, atravesando la sierra tepehuana, y que luego de llegar a Valparaíso con intenciones de pasar por la Cueva Grande con destino a Jerez, unos bandidos lo asaltaron, le quitaron su mula y él trabajosamente escapó con ese cacaxtle o canasto que fue lo único que pudo rescatar. Que ya varias noches había dormido a la intemperie con el temor de ser devorado por algún lobo y sin comer nada. Insistía en que tenía que llegar a Jerez al Santuario de la Virgen de la Soledad, pues una manda debía “por un favor muy grande que la virgencita le hizo a mi familia”.
El carbonero, que era serrano de buen corazón decidió ayudarlo y le prestó uno de sus burritos. “-Mire, no necesita varejonearlo ni nada, el burro conoce el camino, nomás siga las veredas que van pa' donde se asoma el sol. Llegando a Jerez, nomás despáchelo, y el burrito solito se viene”. El de la manda dijo que para que no hubiera desconfianza, le dejaba el cacaxtle en prenda con la única condición que no podría ver su contenido hasta que el burro fuera regresado. Al carbonero no se le hizo necesario eso, pero el viajero tanto insistió que al fin quedó el cacaxtle en un rincón del jacal de Anastacio.

Pasaron varios días cuando un alegre joven llegó montando el burro que sin rienda había vuelto a la querencia. Ya ahí le explicó al carbonero que el burro lo encontró amarrado en unos mezquites donde se acaba la calle de Tres Cruces de Jerez, y que en un morralito había una moneda de oro y un mensaje en el que se pedía que se entregara el animal al carbonero que vivía en Plan de Carrillo. El joven se fue con su moneda de oro bien ganada, mientras el carbonero sacaba las cosas que había en el cacaxtle, comprendiendo el por qué el viajero se había cansado cargándolo. Toda la parte de arriba estaba llena de ropa muy lujosa, de atuendos propios de una iglesia. Y abajo una pesada botija llena de monedas de oro y plata.

Asustado, el carbonero decidió enterrar la botija, en un hoyo que hizo dentro del jacal. La ropa pensó que era mejor dejarla en un templo. Entonces montó su burrito, -el mismo que había prestado-, y se dirigió a El Cargadero. Ya venía llegando a donde los arroyos confluían en la presa que pocos años tenía de construída, cuando en un recodo del camino tres desconocidos lo asaltaron. Se dice que el burro no dejó que se le acercaran y con mordiscos, coces y aventones maltrató a los asaltantes, que le propinaban fuertes garrotazos a su vez. Fueron tantos y tan graves los golpes que los maleantes perdieron la vida y el burro agonizante, trastabillando caminó metiéndose en la presa donde desapareció.
Anastacio asombrado, no podía creer lo que ocurría, y menos se lo creyeron los policías de la Acordada que lo apresaron llegando a El Cargadero. Encontraron tres hombres muertos, muy golpeados. Y aunque el hombre juraba que había sido el burro, como no vieron ningún burro, solo el cacaxtle con ropa, dedujeron que este los había matado para robarles las prendas. Los de la acordada, que andaban a la caza del escurridizo Lino Rodarte, no buscaban quien se las hizo, sino quien se las pagara, decidieron fusilaron junto a El Portillo. Anastacio pidió como última gracia que le permitieran vestir alguno de los atuendos que estaban en el canasto. Y así, vestido con una túnica blanca y un lienzo morado fue fusilado el carbonero.
Su cuerpo estuvo ahí como macabro recuerdo por muchos días, hasta que un acomedido ranchero dio aviso a sus familiares, que ahí mismo, hicieron un hoyo entre las piedras para depositar los pocos despojos que habían dejado los lobos y coyotes.
Por varios años, quienes pasaban por El Portillo, aseguraban que se les aparecía “un nazareno” implorando clemencia. Todavía hace poco se podían ver unas peñas a las que los lugareños le llamaban “del nazareno”.
También cuentan que cuando la tormenta amenaza, y la presa se llena y el agua corre a raudales se oye el potente rebuznido de un burro, como si presagiara el peligro. Por eso los viejos que vivían en El Cargadero aseguraban que “cuando el burro rebuzna, la tormenta amenaza”.
Los buscadores de tesoros han pasado sus aparatos por todo el Plan de Carrillo buscando la botija de monedas de oro que enterrara el carbonero Tacho Carrillo, aunque lo más probable es que algún afortunado ya la haya sacado y se la haya gastado…
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LIBRO NUEVO: Ya se encuentra en los principales puntos de venta el libro “EN LOS TIEMPOS DE LA GUERRA”, que contiene una novela histórica y un cuento que a muchos les agradará leer y tener en su poder. No apto para viejitas santurronas y rezanderas, caballeros de Colón, representantes de la liga de la decencia, simpatizantes del Manual de Carreño, testigas ensombrilladas de Jehová y demás fauna acostumbrada a darse golpes de pecho…

sábado, 7 de enero de 2017

UN REGALO DE AÑO NUEVO

Los años posteriores a los conflictos revolucionarios y cristeros dejaron en la región una acre cauda de muerte y dolor.
Los odios entre los bandos contendientes continuaban latentes y eran frecuentes los enfrentamientos armados entre las defensas sociales agraristas comandadas por Manuel Rodarte, Ursulo Pinedo, Santiago Pichardo y Antonio Cisneros contra los rescoldos de los “pardos” de Sabino Salas.
Al estallar la revolución, Salas se había levantado en armas apoyando a los villistas de don Justo Avila que tenían el dominio de la región jerezana.
Al término de esa lucha, Sabino Salas y su gente enterraron sus armas en sus inexpugnables fortalezas de la sierra de Juanchorrey y Los Cardos, de donde eran amos y señores.
Pero el país aún se convulsionaba ante la inexperiencia de sus gobernantes, que en un ansia desenfrenada de demostrar su poder, tomaban decisiones precipitadas que muchas de las veces no eran adecuadas ante la inmadurez de los mexicanos que fácilmente eran fanatizados; entonces cualquier chispa bastaba para encender la hoguera. Esta chispa surgió cuando el Estado de “golpe y porrazo” pretendió quitarle atribuciones a la Iglesia y se desató el conflicto bélico conocido como “la rebelión cristera”.
Los levantamientos se sucedían en casi todo el país, pero con mayor fuerza en Jalisco, Colima, Michoacán, Guanajuato y Zacatecas donde la lucha fue intensa y fueron muchos los daños en la economía y agricultura.
Al cambiar la presidencia del gobierno de la República se suavizó un poco la situación, pero quedó el resentimiento, el dolor, la desconfianza...
Así, las relaciones entre los “agraristas” no eran nada buenas con los cristeros, ya que los agraristas de Manuel Rodarte tenían la consigna de acabar con todo brote guerillero y especialmente si se trataba del “bandolero” Sabino Salas, Pancho Jacobo, Everardo Sánchez y demás seguidores oriundos de El Chiquihuite.
Bastantes veces habían intentado llegar hasta la guarida de los “pardos” y siempre fracasaban por no conocer los recovecos de las sierras del oeste de Jerez.
Una mañana de diciembre de 1927, Rodarte y algunos de los prominentes jefes agraristas se reunieron en el edificio que albergaba la Jefatura Politica de Jerez. Luego de muchas deliberaciones y propuestas acordaron recompensar muy generosamente a un individuo vecino de una ranchería cercana a Los Cardos para que utilizando toda su astucia y paciencia, se infiltrara entre las taimadas gentes de Sabino Salas y les diera santo y seña de todos los andurriales de los pardos.
Harto difícil le fue al espía convencer luego a los cristeros para que lo admitieran como uno de los suyos, pero después de muchos ruegos y pruebas, este se encontraba ya cabalgando al lado de los pardos, recorriendo intrincadas veredas, explorando casi desconocidas cuevas, vadeando límpidos y lejanos arroyos...
-Con su venia patrón- llegó,diciendo el infiltrado -pos’ sé de muy cierto que pasado mañana estarán varios pardos allá por la Mesa de los Encinos, yo crio’ que los pueden pescar si entran astedes por la Cañada y suben con cuidado por el arroyo de Tierra Prieta hasta las Cieneguitas. Ahí los agarran re’fácil por atrasito, desde el cerro El Carrizal.
Una partida de agraristas junto con tropas federales fue movilizada de inmediato para que tomaran posiciones siguiendo las instrucciones dadas por el espía, mientras que éste se reintegraba con los rebeldes, con la confianza de que su doble juego no sería descubierto.
Al siguiente día, los cristeros que se encontraban en la Mesa de los Encinos en espera de sus compañeros, fueron víctimas de una emboscada cayendo muchos muertos, mientras que los restantes eran perseguidos irónicamente hasta el rancho de Los Muertos.

Solo tres fueron llevados ante la presencia de Rodarte quien engolosinado con el triunfo ordenó los colgaran en el Jardín Principal «para ejemplo y escarmiento de los demás rebeldes».
Un frío domingo de enero de 1928, los que madrugaron notaron que los árboles del jardín lucían tétricos retoños, mismos que duraron colgados todo el día, hasta que el jefe Ursulo Pinedo, ordenó los sepultaran en una fosa común.
Mucha extrañeza causó que el espía no acudiera tal y como habían convenido, pues ese mismo día, los dirigentes agraristas se reunieron en la casa de Rodarte para festejar el ya próximo exterminio de todos los cristeros. Varios aldabonazos alertaron a los ahí reunidos, y Rodarte creyendo que era su informante, personalmente abrió la puerta.
«-Gúenas nochis, siñor, pos’ fíjese que nos encargaron que le trajéramos estos costalitos de carbón de mezquite que manda regalar el jefe de Susticacán. Asté diga donde se los ponemos-». Dijo uno de los carboneros cuando se le dió acceso a la casa. El dueño de ella, visiblemente disgustado por la interrupción les ordenó que descargaran sus burros ahí en la calle y dejaran los costales recargados arriba de la banqueta, lo que hicieron los arrieros con rapidez y gusto. Terminando, nuevamente inquirieron por Rodarte, al que le dieron las «güenas nochis» y le pidieron además “para sus aguas» y al amenazarles éste, prontamente ajaercearon sus burros perdiéndose en las nocturnas tinieblas.
Probablemente el carbón llegaba “como caído del cielo”, porque de rato los festejantes ordenaron a los criados de la casa colocaran varios anafres o “braceros” con carbón en sitios estratégicos para mitigar el fuerte frío.
Casualmente, al abrir el primer costal, los sirvientes horrorizados, encontraron entre el carbón la cabeza del espía que los agraristas enviaron a infiltrarse entre las tropas cristeras. Pánico y alarma causó este hallazgo, y los siguientes, pues en los demás costales, venían los miembros de ese desafortunado ser que había sido descuartizado al descubrir -quizá- su traición.
De inmediato la gente al mando de Rodarte se puso a buscar a los arrieros o carboneros responsables del envío, mismos que no hallaron por ninguna parte. En esa ocasión el cazador resultó cazado, ya que muchas gentes aseguraron después que uno de los carboneros era el propio Sabino Salas que así demostraba su desprecio por las medidas de seguridad adoptadas por los gobiernistas.
Tiempo después, el 25 de agosto de 1929, el jefe cristero entregó armas y parque a Emilio Barrios, quien fue comisionado por el gobierno para tramitar la rendición, esto en un lugar conocido como “El Alamillo» en la sierra de Juanchorrey.
Pero, los antiguos rebeldes, de cuando en cuando sufrían mortales “accidentes”, pese a que se habían acogido al indulto ofrecido por el gobierno; pocos fueron los que sobrevivieron. Se asegura que el desconfiado jefe de “los pardos” escondió lo mejor de su armamento, municiones, dinero y varias cosas en perdidas cuevas de Los Cardos, quizá para tiempos mejores.
Sabino Salas murió en El Chiquihuite el 2 de septiembre de 1932, recibiendo auxilio espiritual del Pbro. Encarnación Mireles, quedando hoy solo el recuerdo de sus andanzas por las serranías de la región.
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