miércoles, 26 de julio de 2017

LAS BRUJAS AGUACATERAS

LAS BOLAS DE FUEGO
-¡Quihubo compadre Casimiro! ¿Po’s qué anda haciendo? ¡Pásele, pásele a su probe casa!
-No compadre, nomás vengo de pasadita a pedirle dos favores.
-Usté nomás diga, y ya sabe.
-Po’s mire, los aguacates de mi güerta ya están a punto, y es tiempo de cortarlos pa’ llevarlos a Jerez pa’ venderlos. El favor que le pido es que me preste unas rejas porque las mías ya no sirven, ya están muy podridas y desclavadas.
-Mañana mesmo las cargamos en la troca, y yo mesmo le ayudo a pizcar. ¿Cuál es el otro favor?
-Po´s quero que me acompañe a velar la güerta hoy en la nochi, porque a unos muchachos malhoras les ha dado por meterse y cortan la fruta nomás por que sí, de puritita maldá, ni siquiera se la comen, nomás se desperdicia.
-¡Pinchis muchachos cabrones! Nomás péreme tantito, deje le aviso a mi vieja, me llevo mi cotorina y mi escopeta y nos vamos.
-Me saluda muncho a la comadre y de paso también a los ahijados.
Los dos compadres caminaron luego por una estrecha y larga calle del rancho “El Cargadero” y al llegar a un tendajón se pararon.
-Cómprese unos bolillos, una latita de chiles, un pellizco de sal en un papel de engoltura y un par de pecsis, ahí le dice al tendero que aluego le trayemos los cascos. Así, nos hacemos unas tortas de aguacates. Nomás buscamos unos que estén bien maduros, los despanzurramos en los bolillos, y ¡qué tortas nos vamos a aventar! ¡ni las del huicholito de Jerez!
Después de pagar en la tienda lo comprado, siguieron alegremente su camino, platicando y riendo, hasta llegar a la huerta de aguacates criollos de don Casimiro; ya para entonces el sol se comenzaba a ocultar entre los riscos de “Los Cardos”.
-Yo crio’que este es buen lugar para la vegilancia. Desde aquí se ve toda la barda del camino. Si se brincan aquí los vemos, acomódese compadre; mientras abro la latita de chiles, vaya escoja los aguacates que más le cuadren pa’ sambutirlos en los bolillos.
-¿Ya se fijó compadre cómo está el cielo tan claro, con remunchas estrellas?, yo crio’que vamos a pasar una noche tranquilona, po’s con tanta luz de la luna no crio’que los muchachos maldosos se animen a venir a rascarle los aguacates.
-Si compadre, se ve rebonito el cielo, con ganas de quedarse viéndolo toda la nochi. Mire, hasta estrellas fugaces se ven.
-¿Pa’ donde? No las deviso.
-Sí mire, esas como bolitas de fuego que se ven en el cielo por el rumbo de Ciénega.
-¡Ah como será pendejo compadre!, con perdón suyo, pero esas no son estrellas fugaces, ¡son brujas! ¡brujas! Y si se fija, vienen como pa’ca.
Ante la seriedad de don Casimiro, el otro comadre, se carcajeó bien y bonito.
-Po’s ora usté me ha de perdonar, pero el pendejo es usté, ¿cómo va a creyer en brujas en estos tiempos en que la modernidá nos ha demostra’o que esas cosas no existen? ¡No compadre, usté anda mal y perdóneme que me riya de usté, pero esas son estrellas fugaces!
-O’ra verá. Nomás pa’ que vea, las voy a tumbar, ya verá.
Y el compadre seguía riéndose, mientras don Casimiro se levantaba y anunciaba:
-Voy a rezar una oración que me enseñó mi mamá y que es muy enefeitiva pa’ bajar brujas voladoras; usté no haga ruido ni se burle, pa’ que todo salga bien.
-Ta’ güeno compadre, no digo nada.
Don Casimiro le hizo señas de que se mantuviera callado, y luego, a toda voz empezó a gritar:
¡Oh! Santa Martha anamorada / que cuando en el mundo anduvites / todo se te concedía, / del cielo que es tu morada, / baja ya a la fregada / a esas brujas que ahí vites. / Alma de los cuatro vientos, / príncipe de los cuatro vientos, / príncipe de las tinieblas, / tú que andas por mares y tierras / baja ya de tus aposentos / a esas viejas que ahí andan. / Muerta negra, muerta blanca, / muerta de los cuatro vientos, / santa Martha, san Apolinar, / san Apolonio, siete sueños y siete flores, / siete penas y siete chamucos / sean los que me traigan enseguida / lo que en el cielo vuela. / Alma de Juan el minero, / alma de los cuatro vientos, / tú que andas por cerros y montañas, / no dejes que con sus mañas / se apropien de tus tesoros / esas brujas voladoras.
-Oooiga compadre, ¡me está asostando! Mire, las dos bolas de lumbre se hicieron regrandotas y parece que van a cayer aquí cerquitas. ¡Ay compadre! Ya se apagaron.
-Ora a ver si se burla, venga conmigo, vamos a donde cayeron, véngase, no sea zacatón compadre.
Y don Casimiro, seguido de su aterrado compadre se dirigió a donde cayeron las bolas de fuego. Su sorpresa fue grande cuando en el lugar encontraron sentadas a dos jóvenes muchachas. El compadre al verlas les espetó:
-¡Ajá! ¿Con qué astedes son las que vienen a tumbar los aguacates? ¿De casualidá no vieron ónde cayeron orita unas bolas como de lumbre?
-¡No compadre! ¡no sea pendejo! –reviró don Casimiro- ¡Estas son las brujas! ¡Estas eran las bolas de lumbre! Y yo las conozco. ¿Son ástedes hijas de don Luciano el de Santa Rita? ¿Po’s en qué fregaos andan metidas? ¡Quien las viera en su rancho tan modositas! Si viviera su siñor padre se golvía a morir de saber que sus hijas tienen tratos con el maligno cachetes de cuero.
-No, don Casimiro, no es lo que usté piensa –contestó una de las muchachas- nosotras no le hacemos mal a naiden. No somos brujas dañeras, no tenemos tratos con el malo. De verdad. Nomás hacemos trabajos güenos, y vamos al valle a deshacer un trabajo de un enhechizado. Por favor, déjenos ir.
-Mire don Casimiro, tenemos harta urgencia de ir a Valparaíso. De caridá le pido que nos quite el conjuro con que nos bajó, –terció la otra bruja- déjenos seguir haciendo nuestro trabajo. Nosotras somos brujas de las blancas, de las que no hacen daño, de las que curan.
Ante la insistencia de las muchachas, don Casimiro se rascaba la cabeza y la nuca, pensativo, mientras el compadre seguía los diálogos con los ojos desorbitados y la babeante boca bien abierta.
-Po’s las dejaré ir solo si me juran que no le harán daño a ningún cristiano que vean por ahí.
-Don Casimiro, quítenos su conjuro que luego la noche se hace corta y no alcanzamos a hacer nuestro trabajito. Es más, cuando acabemos le trairemos unos guaraches de esos que hacen rechulos en el valle. ¡Ándele! Ya dijo mi hermana que somos de las güenas. Y po’s pa’ que vea, hasta le podemos ayudar con sus aguacates.
-No, no, nomás les pido que no hagan cosas malas, y ahí les va la oración pa’ que sigan volando:
“Tú que todo estás mirando / libera de todas mis redes / y deja que sigan volando / estas dos pobres mujeres. / Tú que todo conoces, / permite que ellas prosigan / y hacer el mal no consigan / si a algún cristiano molestan / que un burro les dé fuertes coces / y que mueran lentamente / de muy fuertes toses”.
-¡Ay don Casimiro! Usté le inventó lo último a la oración pa’ desgraciarnos. No confía en nuestra palabra, pero va a ver. –Dijo una de ellas mientras la otra se reía alegremente. Y de repente, se convirtieron en dos brillantes luces que al tomar altura se convirtieron en bolas de fuego que atravesaron en esa estrellada noche de oriente a poniente todo el firmamento.
Los compadres se quedaron atónitos, sin saber qué decir o hacer. Hasta que don Casimiro rompió el silencio:
-Mejor ámonos pa’ la casa. Ya me dio miedo. Y le voy a dicir la verdá compadre: mi mamá a cada rato me recitaba esas oraciones, pero como jugando, cantaditas, pero yo no creyí que de veras servirían pa’ bajar brujas.
-Sí compadre, mejor ámonos. ¿Ya vido? Por andar jugando con lo que no sabe. Aluego me va a salir con que también se sabe una oración pa´que se nos aparezca el chamuco patas de gallo…
Y los compadres salieron de la huerta, lentamente, cuidando sus pasos, volteando a cada momento a sus espaldas, revisando cada sombra de los arbustos, atentos a cualquier ruido, y solo se sintieron seguros cuando estuvieron acostados en sus respectivas camas.
LAS BRUJAS AGUACATERAS
Ya era entrada la mañana del domingo cuando don Casimiro fue despertado por su compadre que con fuertes toquidos deseaba tumbar la puerta de la casa.
-¡Compadre! ¡No la chingue! ¡Apenas estaba ricordando! Y es que en toda la noche no pude dormir nomás pensando en las hijas de don Luciano, las brujas esas, nomás cerraba los ojos y las veía como demoños, que se reían regacho, que me atizaban con jierros de lumbre… ¡ay compadre! ¿Po’s pa que me dispierta tan temprano?
-Usté ha de perdonar. Pero como me dijo que le ayudara con los aguacates ahí traigo en la camioneta un chingo de rejas pa’ ponernos a pizcar. Usté nomás dice.
-Po’s sí, deveras. Ni me acordaba ya. Ámonos pues pa’ la güerta.
Don Luciano nunca supo que sus hijas eran brujas...
Cuando llegaron a la huerta, los dos compadres se apearon de la camioneta y entraron volteando para todos lados.
-¿No nota algo raro compadre? Yo como que noto que algo no está bien, pero no sé qué.
-Po’s sabe qué será. Ámonos asomando al clarito onde cayeron las brujas, a ver si se ve quemao por las lumbre o qué.
Al llegar al claro, nada anormal encontraron. La yerba fresca como si no hubiera pasado nada y ahí donde cayeron las muchachas estaba un pequeño envoltorio de papel de estraza atado con mecate.
-Compadre, ¿ya vido ese envoltorio? ¿No lo habrán dejao las brujas esas?
-Po’s no sé, solo abriéndolo, pero me da miedo…
-Haga una cruz con la navaja y corte los mecates, así creo que nada malo nos pasará.
-Mire, son unos guaraches de los que hacen en el valle. Están bonitos, bien bordaos, se los regalo compadre. Ya pa’ que tire esos de cuatro puntadas con suela de llanta que no le sirven de nada.
-Ta usté jodido compadre si piensa que me voy a poner eso, sabrá Dios qué brujería tendrán.
-Oiga compadre, ¿ya se fijó en los árboles? Eso es lo que notaba raro cuando llegamos. Mire, se nos adelantaron en la pizca… ¡no hay ni un aguacate!
-Pero… ¿cómo? ¡No se ven rastros de que hayan entrado pizcadores! ¿Quién y cómo cortaron la fruta? Ni se ven güellas de que haya entrao alguna troca. ¡Ah pinchi gente hija de la chingada! Nomás pensando en la malditura.
-¡Po’s ámonos a Jerez a ver a los coyotes que nos compran los aguacates! Si los cortaron en la madrugada, seguro que se los habrán ido a ofrecer a ellos.
Los kilómetros que separaban a la ranchería de Jerez se les hicieron casi nada, y en poco tiempo los compadres ya andaban preguntando en las seleccionadoras de fruta sin que les dieran razón de haber comprado muchas rejas de aguacates. Hasta que se les ocurrió ir al tianguis dominical, y ahí casi a la salida de la calle Galeana, vieron a las hijas de don Luciano ofertando aguacates. Al ver a los compadres, sonrieron alegremente haciéndoles “quihubos” con los ojos, haciéndoles señas de que se arrimaran.
-¡Ajá! ¿Así que además de brujas rateras? ¡pinchis viejas desgraciadas! Pero esta me la pagan, voy con la polecía a dicir que me robaron los aguacates.
-¿Y qué les va a dicir? ¿Qué los cortaron en la madrugada y se los trajeron volando? ¿Qué son brujas y usté las conjuró? No, compadre, mejor vaya con ellas y dígales que le devuelvan sus aguacates.
-Véngase, vamos los dos, no me deje solo, pa’ agarrar valor.
-No, yo no voy, no li’hace que diga que soy coyón.
-Po’s yo tampoco me animo. Pinchis brujas, ¿no que no eran dañeras? Me jodieron con mi cosecha.
Y como los compadres no se acercaban y seguían discutiendo, una de las muchachas se acercó a don Casimiro y tocándolo por la espalda, le dijo:
-Don Casimiro, acuérdese que le dijimos que le podíamos ayudar con sus aguacates, y eso estamos haciendo. Mire, se está vendiendo muy bien al menudeo. Va a sacar mucho más que si lo hubiera vendido a los coyotes. Este dinero que le doy es como la mitá de lo que va a tener de los aguacates.
-Pe…ero, ¿cómo y a qué horas pizcaron y trajeron todo? Nomás dígame siquiera pa’ saber.
-No, don Casimiro. Eso no le diremos, no le gustaría saberlo. ¿Ya vido sus guarachis? Se los trujimos del valle, de los más caros que encontramos y crio’que es de la medida de sus patas.
Y así, don Casimiro y su compadre aprendieron en esa noche y día, que no todas las bolas de fuego son brujas malas, y cada que es tiempo de aguacates, suspiran añorando a las hijas de don Luciano, el de Santa Rita.