viernes, 21 de octubre de 2016

LA MISA DE ÁNIMAS DE DOÑA LUPE

Doña Guadalupe Gómez fue mi vecina por muchos años, cuando mi familia vivía por la idílica calle Mina de agradables recuerdos. Ella era de carácter afable y bondadoso, la sencillez de su vida la trocaba en preparar todo tipo de comidas, dulces, conservas, buñuelos y cajetas. Todas ellas muy apreciadas por las linajudas familias de Jerez.
Cada rato de su casa se esparcían gratos olores, -estaban preparando conservas o cajetas de membrillo- y todos los niños del barrio acudíamos como si recibiéramos telepática llamada. Muy acomedidos a ayudar, pero como por encanto desaparecíamos cuando éramos convidados con el apetecible dulce.
Yo la recuerdo igual, con sus ropajes de color oscuro, su delantal de bolitas blancas y su rebozo búlico. Vivía con ella una hija soltera, quien -como fiel cómplice-, le ayudaba en sus labores culinarias; entre las dos también atendían a su docena y media de gallinas, -“las muchachas” les nombraban-, que gordas y blancas picoteaban a sus anchas por todo el patio, disputándose los restos de frutas o comidas en proceso. Tenían gatos, pero por inexplicables razones no se comían a “las muchachas” caseras, sino que daban cuenta de las gallinas de los vecinos (en aquellos tiempos era común tener uno o dos cochinos y su respectiva colección de gallinas con sus pollos, en casas céntricas de Jerez).
Los felinos siempre me han inspirado odio y temor por su carácter comodino e indiferente. Y por curiosos. Mal se descuida uno y ya fue el gato a meter sus bigotes en la comida. El odio parecía que era retribuido. El patio de la casa donde yo vivía estaba bien surtido de piedras, y los malvados mininos se las ingeniaban para torearlas. En sus incursiones por el vecindario, esos animales se escurrían por lugares impensados. -¡Córrele que ya se metió el gato a la cocina!- Y ahí vamos armados con la escoba, a tratar de darles un escarmiento. Pero los taimados felinos se complacían al vernos en acción. Escobazo por acá, gato por allá. Pedrada, ¡chin, ya quebré una maceta!, y el gato nada. Eso fue parte de mi infancia.
En la casa de doña Lupe crecía una higuera frondosa -no por nada la calle se llamaba antes “de las higueras”-. El blanco fruto de ese árbol también fue motivo de discordia (pero ahora entre mis hermanos), pues la higuera dejaba colgar sus ramas generosas, bien colmadas, por sobre la tapia que dividía las casas, como diciendo: ¡Órale!, ¿No quieren? Y ahí estábamos peleando por la escalera, ¡hoy me toca a mí!, ¡no, tú los cortaste antier! Hasta que llegaba la conciliadora y autoritaria correa, mejor conocida como “santa rita” a dirimir opiniones. Ni higos ni escalera.
Doña Lupe, junto con su hija, vivían una recoleta y piadosa vida. Todos los días acostumbraban acudir a la misa primera, a la que más trabajo cuesta ir, porque cuando le hablan a uno, es cuando tiene lo mejorcito de su sueño o cuando las cobijas están haciendo su mejor labor de protección y calentamiento. Desde temprana hora ya estaban barriendo la calle y el patio de su casa con escobas cortas de popotes, luego que pelando las manzanas y membrillos, que preparando la masa para los buñuelos, que haciendo tamales, que batiendo menjurjes hasta que agarraran su punto, que lavando los pañales de las gallinas (porque las cacaraqueantes aves usaban mantillas por la noche), que preparando una comida para fulano, etc. Caían rendidas al término de sus labores diarias, para levantarse al otro día con el alba.
En aquel entonces los relojes no se usaban por raros y caros. Las campanadas del reloj del Santuario marcaban el ritmo de vida citadino y se escuchaba por toda la pequeña ciudad. ¡Ah!, pero cuando Arturo Guerrero no subía a la torre a arreglarlo, nos volvíamos un caos. Solo los viejos, acostumbrados a ver las horas en la penumbra nocturna con el movimiento estelar y en el día con las sombras, hacían sus actividades como si nada.
Doña Lupe frecuentaba la casa donde yo vivía. A llevar el bocadito y luego empezaba el “güiri güiri” con mi mamá, a veces contaba historias cuyo final no me esperaba a escuchar. Eran tiempos de inocente infancia en que “los duendes”, “el coco”, “el viejo del costal”, “la mano pachona”, “los húngaros” y otros personajes amilanaban a cualquier niño. En una de esas veces, la vecina contó detalladamente lo que trataré de narrarles:
* * * * * * * * * *
En septiembre y octubre los membrillos ya están maduros, y para que no se echaran a perder había que convertirlos en cajeta. A todas horas llegaban camionetas repletas de rejas llenas de fruto. Doña Lupe y su hija no se daban abasto. En esporádicas ocasiones uno que otro acomedido las auxiliaba.
Fue un 6 de octubre cuando el trabajo se les recargó, laborando hasta muy noche, y luego de rezar sus múltiples oraciones procedieron a dormirse. Al otro día –domingo por cierto-, doña Lupe desorientada por el cansancio de la jornada anterior, creyó oír que llamaban a misa y con todo su desgaste físico se preparó para acudir. Insistió mucho sobre el lecho de su hija, para que la acompañara, pero esta también se encontraba bastante fatigada, por lo que pudo más el sueño que la devoción.
La señora Gómez se cobijó con su inseparable rebozo, y al salir de su hogar, raro se le hizo el silencio y oscuridad que en las calles había. -“Ya se me hizo tarde y ya está toda la gente en la Parroquia”- pensó sin dar mucha importancia a la oscuridad, pues hay días de otoño que son más oscuros que otros.
Con la rapidez que le daban sus años, llegó hasta la Parroquia, donde pudo apreciar que acudían muchas personas desconocidas. La iluminación del recinto se le hizo extraña. “La planta de luz a veces funciona y a veces no”- Se comentó a sí misma. Se sentó en una banca cercana al púlpito, ahí era su lugar acostumbrado. Ese día la misa era de Nuestra Señora del Rosario, y ella como fiel devota comenzó a hacer sus oraciones esperando el acto litúrgico.
Al entrar el sacerdote le causó extrañeza, “¿un padre nuevo en misa de seis?”. Bueno, había cambios en el curato, se conformó. Pero al comenzar la ceremonia, no pudo darle seguimiento, pues el sacerdote solo oraba en latín y de espaldas, frente al altar. Solo se volvió cuando ella recuerda que dijo:
“Oremos ahora ante Nuestra Señora del Rosario por el eterno descanso de nuestras almas”. La Misa siguió monótona y larga, y con el amortiguado resplandor de los cirios, más el cansancio, doña Lupe quedó completamente dormida.
Bruscos jalones la hicieron despertar. “¡Señora, señora, despierte!”. Era el sacristán que le hablaba. Doña Lupe avergonzada, pues no acostumbraba dormirse en misa, buscaba una excusa, pero al preguntarle el sacristán que cómo le había hecho para entrar, ella se quedó atónita. “¿Que como le hice para entrar? Por la puerta, yo entré cuando vinieron todos a misa”. El sacristán le aseguró que apenas iba a dar la primera llamada y que todavía no abría el templo, que era muy temprano aún.
Doña Lupe afirmaba que mucha gente había acudido a la Parroquia junto con ella, pero que eran desconocidos y que las puertas estaban abiertas, pero ante la seguridad del sacristán, ella confundida creyó toda su vida haber asistido a una misa de ánimas que acudían a orar ante la Virgen del Rosario.

A pesar de eso, siempre siguió asistiendo a la primera misa matinal, haciendo comidas, preparando cajetas y cuidando a sus gallinas.


viernes, 14 de octubre de 2016

“¡La Virgen se la dio!” –Leyenda jerezana-

En torno a las imágenes religiosas se tejen historias legendarias, cuyo denominador es el mismo: el hacer entender que la imagen llegó a determinado lugar por su voluntad y medios divinos. Esta era una manera muy usual que se utilizaba para convencer a los sencillos naturales de éstas tierras las bondades de la religión que recién llegaba.
Por distintos puntos de la geografía la leyenda es similar: de alguna manera llegó una imagen, la cual no quiso irse ya. (La aparición misteriosa en un ayate, la imagen “de bulto” transportada en una caja a lomos de una mula, el encuentro en una cueva o en un tronco hueco). En Europa son muy comunes las imágenes de “Vírgenes negras” que fueron encontradas bajo tierra, persistencia quizá de cultos anteriores al cristianismo. Pero nuestra intención no es ahora la de estudiar este aspecto, sino el de ofrecer una narración que mucha similitud guarda con otras que quizá el lector ya haya leído o escuchado:
La imagen de la Virgen de la Soledad de Jerez poseía dos pulseras, un magnífico trabajo de orfebrería, en las que predominaban los diamantes bellamente cortados y trabajos en chapa de oro con hilillos de perlas. Estas pulseras se las había donado a la Virgen la piadosa dama, doña Gabriela Colón de Larrategui, quien en su testamento dictado en 1787, dispuso que le fueran entregadas esas joyas a la imagen.
Esas pulseras aún aparecen en un inventario realizado a principios del siglo XIX, pero ya no en el de 1904, en el que solo se menciona a una, muchos creen que fue un sacristán el que la hizo perdediza, pero de ello nos platican lo siguiente:
Los años posteriores a la culminación de la independencia, fueron como todos los coronamientos de luchas fraticidas: de hambre, de inseguridad, de epidemias. Así estaba el hogar de Miguel Escobedo, quien vivía al lado de su esposa Josepha de Bargas y sus hijas Francisca, Juana y María Dolores en el barrio de San Miguel, en la parte poniente de la villa. Tanto Miguel como su esposa salían diariamente en busca del sustento, pero como las siembras eran escasas no había quien les proporcionara trabajo a los desposeídos, si acaso uno o dos mendrugos de pan que eran atesorados para que sirvieran de alivio momentáneo del hambre de las pequeñas hijas de Escobedo.
La desesperación era tanta, y tantas sus penas, que se veían atenazadas con las enfermedades contínuas que a su hogar llegaban. En una de sus congojas llegó suplicante hasta el interior del Santuario y se posó arrodillado y lloroso bajo la imagen de la Virgen de la Soledad. (Entonces el manifestador o camarín y altar mayor eran muy diferentes, de menores dimensiones y sin vidrios). Entre sollozos contaba sus cuitas y sus pesares a la jerezana imagen, cuando sorprendido vio que a sus manos cayó una de las pulseras de la Virgen.
Al alzar la vista le pareció que Nuestra Señora de la Soledad le sonreía benévola y protectora.
-“Gracias Señora, por el don preciado que me has hecho con el que sabré sacar adelante a mi familia”. Creemos que así agradeció el súbito regalo celestial.
De inmediato, terció uno de sus burros y se dirigió a Zacatecas para tratar de vender la pulsera. En Zacatecas abundaban los joyeros, expertos conocedores de metales y piedras preciosas, por lo que no fue difícil llegar a un lugar donde ofreció en venta la prenda.
-¿De dónde sacaste esta belleza?- le preguntaron.
-Me la dio una señora, respondió con aplomo.
Al valuador le pareció sospechoso que alguien harapiento pudiera poseer algo tan valioso por lo que llamó sigilosamente a los alguaciles, los que llevaron a las cárceles a Miguel de Escobedo mientras se investigaba el origen de la joya. No batallaron mucho en sus indagatorias, pues prontamente alguien la identificó como una de las piezas que Gabriela Colón regalara a la Virgen de la Soledad de la Villa de Xerez.
Escándalo causó en toda la sociedad zacatecana que alguien se atreviera a realizar un sacrílego hurto, y además “cínicamente” dijera que la imagen le había regalado la pulsera. Las deliberaciones en este caso no fueron muchas, pues se comprobó plenamente que a la imagen le faltaba una de las pulseras, además que el delincuente ya estaba preso. Se le sentenció a la pena máxima que sería aplicada en la plaza de la Villa. La pulsera se volvió a poner en la mano de la imagen, asegurando bien el broche.
Así, una fría mañana de enero, Miguel de Escobedo era conducido por un grupo de alguaciles a la horca, que se encontraba en medio de unos añosos árboles frente a la casa consistorial.
Como última voluntad y casi con alaridos, pidió a sus guardianes le concedieran el ver la imagen jerezana. El alcalde constitucional, que lo era Pedro José Zesati del Castelú, vio como cosa natural eso, pues suponía que el delincuente arrepentido quería pedir perdón a la Virgen antes de ser ejecutado.
En el interior del templo, su esposa Josepha, junto con sus hijas, oraban calladamente mientras ríos interminables de lágrimas surcaban sus pálidas mejillas.
Ahí fue llevado Miguel de Escobedo, con las manos con grilletes. Mucha fue la concurrencia, pues todos deseaban llenar de improbios al sacrílego que osó robar una pulsera a la Virgen. Al estar hincado frente a la imagen, su plegaria, más que una oración parecía un desesperado alarido:
-“¡Mira Señora lo que han hecho de mí! ¡Tú sabes la verdad de todo! ¡Cuando sea muerto acógeme en tu seno y no desampares a mi esposa e hijas!
Todos los que maldecían a Miguel de Escobedo fueron testigos esta vez, de que de las manos de la imagen de la Virgen se deslizaba nuevamente la pulsera e iba a caer exactamente en las manos del reo.
-¡Verdaderamente ella se la dio! ¡Esto es un milagro!-, coreaban a voces, mientras que el acusado era socorrido por sus hijas y su esposa, sin que los guardias atinaran a hacer nada.

Mucho se discutió al respecto, y se concluyó que, si era voluntad de la Virgen regalar la pulsera, así debería ser. Y así pudo, Miguel de Escobedo recomenzar una nueva y ejemplar vida, ya que uno de los principales de la villa, Martín de Careaga le compró la prenda a crecido precio, misma que su familia conservó por muchas generaciones como testimonio de una decisión que era completamente divina. 

viernes, 7 de octubre de 2016

CRÍ-CRÍ TAMBIÉN VIVIÓ EN JEREZ

Hace pocos días a nivel nacional se festejó el aniversario del compositor Francisco Gabilondo Soler “Cri-crí”: Gracias a sus canciones infantiles logró cautivar el corazón de niños y adultos. Lo que pocos saben, es que en Jerez pasaba muy gratas temporadas…
FRANCISCO GABILONDO SOLER… ¿ENAMORADO DE JEREZ?
“¿Quién es el que anda aquí? ¡es Cri-Crí, es Cri-Crí! ¿Y quién es ese señor? ¡el Grillo Cantor!”.  Francisco Gabilondo Soler, creador de ésta y muchas otras canciones infantiles como “El Ratón Vaquero”, “La Hormiga”, etc., tuvo como una de sus fuentes de inspiración los bellos paisajes y el azul cielo de la tierra de Ramón López Velarde, Jerez, donde pasó grandes temporadas dedicadas a los niños jerezanos que ya convertidos en hombres maduros guardan en lo más profundo de su corazon el recuerdo de este compositor infantil,
“Piernas muy largas,
alto muy alto, lo saben,
níveas sus canas como las nubes,
hay en su cara ojos azules”
Este verso fue compuesto por GABSOL como se hacía llamar Crí-Crí en Jerez a las señoritas Félix, grandes amigas personales, quienes compartieron su sabiduría y amor hacia los niños, presenciando los festivales con canciones infantiles que diariamente a mediodía de aquel 1956 ofrecía a los niños.
Josefina Félix, hija de doña Herminia Cabrera Viuda de Félix, a quien por su deseo de trabajar ininterrumpidamente en las labores del hogar, recibió de parte del “Grillo Cantor” el mote de “Doña Hormiga”, por hacendosa.
Las hermanas Josefina y María de la Luz Félix estaban presentes en los festivales infantiles realizados por GABSOL o PANCHO MANCHO, ya que en la casa de ellas, sita en la calle del Santuario, Crí-Crí pasó largas temporadas, donde en el techo de su recámara montó un rústico observatorio astronómico para ver a Marte que en octubre de 1956 se acercaba a la tierra.
Ellas nos platican que Francisco Gabilondo Soler era muy afecto a comer dulces de leche que fabricaba “Doña Hormiga” la madre de ellas, de lo cual salió que el Grillo Cantor inventara la frase “viva la hebra, doña Hormiga”, queriendo decir que el postre se encontraba en su punto, listo para saborearlo
“Al pasar por una esquina,
encontré a López Velarde,
dijo: lleva esto a Josefina
porque a mí se me hace tarde”.
Verso que le compuso a Josefina Félix a quien quería como a una hermana, en un día de su cumpleaños, aparte de un reloj despertador para Navidad.
El famoso Crí-Crí personalmente afirmó ante los jerezanos que al estar viendo un mapa de la República Mexicana se dió cuenta de que existía un lugar donde ya se notaba el aroma de sus flores, lo claro del cielo y sobre todo “muy romántico para la inspiración de cada poeta”, por lo cual lo escogió para crear infinidad de canciones infantiles.
En la casa de las hermanas Félix, en el patio principal existe todavía un pozo de agua clara y fresca donde (dicen) Gabilondo Soler se inspiró para crear esa canción que en su letra dice:
“En el agua clara,
que brota en la fuente
un lindo pescado
sale de repente”
Por cierto que Pancho Mancho evitaba tomar agua del pozo que le había servido de inspiración, porque de hacerlo estaba seguro de que jamás se iría de Jerez hacia la capital de México, donde tenía contratos con la XEW, estación de radio que lo dió a conocer nacionalmente y posteriormente en el extranjero al grabarle sus discos y cintas magnéticas.
Las estrellas de Jerez eran la fuente de mayor inspiración de Cri-Crí; todas las noches, hiciera y no frío, salía de su recámara y escalaba la pared para llegar hasta la azotea donde tenía montado su rústico observatorio, pasándose horas enteras contemplando los planetas y estrellas, a quienes les componía versos y canciones que después interpretaba en presencia de los niños.
“Jerez me encanta por su silencio, por su belleza representada en las mujeres y por sus aromáticos campos donde las hadas y los duendecillos pasean diariamente conmigo, y a quienes les canto mis creaciones, sintiéndome como un verdadero grillo saltarín”, así lo manifestó durante su estancia el ídolo de los niños, Francisco Gabilondo Soler.
En tiempos de frío, como el invierno de 1956, que la temperatura fue muy baja y donde más se sintió fue en Jerez, Cri-Crí se hacía de su gruesa bufanda, una gorra estilo español y su chamarra de lana que le regalaron los niños jerezanos, y trepaba a la azotea “para pronosticar el tiempo del día siguiente”, pero antes de abandonar su recámara decía a las hermanas Félix y a doña Herminia: “Ya se va don Venancio a la azotea”.
En los corazones de quienes conocieron a Gabilondo Soler en los años que estuvo en Jerez existen gratos recuerdos de una infancia dulce y blanca como las canciones de Cri-Crí.

BIBLIOGRAFIA: “EL SOL PARA TI” -Suplemento dominical- 1971.  Narración de HUGO DIAZ DE LEON.

Francisco Gabilondo Soler nació en Orizaba, Ver., El 6 de octubre de 1907, entre sus múltiples actividades se dice que fue calculista del Observatorio Astronómico de Tacubaya, Capitán de corbeta, Campeón de natación a los 17 años, de Box a los 18, formó también un grupo de Jazz. A las 13:40 horas del 14 de diciembre de 1990 falleció, víctima de un paro cardiaco. Su deceso ocurrió en San Miguel Tecuila cerca de Texcoco, y sus restos fueron cremados en el Panteón de Dolores de la ciudad de México

miércoles, 5 de octubre de 2016

LAS BURRERIAS DE LOS PRESIDENTES

Cuando llegan los nuevos presidentes municipales a cumplir con su encargo, la mayoría de las veces se encuentran con la novedad de que su antecesor les dejó la presidencia bien limpiecita, hasta sin ratas ni cucarachas. A veces también las cortinas de las ventanas del despacho desaparecen, plumas, lápices y papel del baño. Y se encuentran también con la novedosa novedad de que hay un chingo de deudas, la mayoría impagables, de compras medio raras, que les dejaron de herencia para que tengan en qué entretenerse y no anden pensando malos pensamientos.
Es entonces que comienzan a hacer uso del ingenio para allegarse recursos que les permitan que los años de su administración sean llevaderos, y si se puede, po’s llevarse algo para los años de vacas más flacas. Algunos contratan “super asesores” medio locos para que les echen la mano y los guíen en la difícil tarea de gestionar programas, mover la lana y hasta conseguir préstamos con su consiguiente y abultado diezmo.
Otros, muy a su estilo, hacen decretos y leyes para hacerse de fondos, como ocurrió hace no muchos años en un pequeño municipio del norte de Jalisco:
Resulta que el alcalde de ese lugar, leyó en un periódico -que por cosas del destino le cayó en las manos-, unas declaraciones del titular de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Desarrollo rural en el distrito de Colotlán. El funcionario comentaba la necesidad de concientizar a los criadores de burros, de acabar con ese tipo de animales, para darle lugar a los becerros. Abundaba en sus declaraciones asegurando que los becerros dejan mejores utilidades.
Al alcalde se le prendió su velita en la cabeza, y para pronto emitió un decreto en el que prohibió la circulación de burros en su municipio. Los vecinos fueron a reclamarle sobre esta disposición, ya que la mayoría eran gente humilde y usaban a los burros como su medio de transporte.
-“Tamos d’acuerdo en que quera modernizar el pueblo, pero tome en cuenta que nosotros no tenemos ni becicletas, ni trocas pa’ ir a los potreros. Los burros son como nosotros, bien humildes, no tenemos agostaderos para criar nuestros animales, y han sobrevivido tomando agua en las orillas del río o en los charcos de los callejones, triscando zacate, yerbitas y lo que se encuentran”.
El presidente desoyó la petición, y como todos en el municipio seguían circulando en sus burritos, decidió decomisarlos y meterlos al mostrenco. Los policías del poblado se dedicaron a arrear jumentos. Ya cuando llevaba unos cuarenta y cinco, los mandó a las empacadoras de Fresnillo y Jerez. Pero, como se había gastado dinero en su manutención en el mostrenco y en el transporte, se quedó con lo que le pagaron por ellos.
Por si fuera poco, el alcalde escogió una burrita muy bonita de entre las decomisadas y la dejó para él. La herró con el fierro del ayuntamiento sobre la marca que ya tenía el animal y la usaba “para los mandados aquí nomás cerquitas”.
-“Oiga, po’s si está prohibido que andemos en burro, ¿por qué usté sí puede andar en burra y lo que es más, en burra ajena?”
-“¡Ah!, es que hay una gran deferencia: ¡yo soy la autoridá! Las leyes las hago yo y las aplico a mi saber. En la ley dice que “todos los ceudadanos tienen prohibido andar en burro”, pero no dice nada del presidente que no es un ceudadano como todos los demás”.
A pesar del descontento de los habitantes de ese municipio, el decomiso y venta de burros por parte de la autoridad siguió, hasta que se acabaron. Entonces, el alcalde encargó a sus policías acudir a un municipio vecino, cosa que hicieron y ahí se apropiaron de buena cantidad de borricos.
Pero los dueños de estos animales no agacharon las orejas, les pelaron los machetes, les dijeron de cosas de su mamá y de pilón se fueron al ministerio público y denunciaron penalmente al alcalde y sus secuaces.
 -“Los burros vendidos fueron arreados, por órdenes del presidente municipal y por personal subalterno a su cargo, sin derecho ni razón y como lo hemos manifestado, el dinero obtenido por la venta ilegal de burros, no ha sido –al menos- reportado a la tesorería ni se ha informado al cabildo al respecto”.
Cabe decir que los inconformes no recibieron de vuelta sus burros, ni el dinero de la venta, y su denuncia siguió el curso que siguen casi todas las denuncias…

DON ZEFERINO Y EL CIPRÉS
Hace tiempo narraba la historia de don Zeferino el leproso, dueño de la tienda “El Ciprés”, que estaba en la esquina suroeste de las calles Rosales y El Ciprés. Zeferino se cubría con un paño blanco, ya que por la lepra le faltaban partes de los labios y se le podía ver la mandíbula superior del lado derecho. Era un charro consumado y siempre vestía de negro, trayendo al hombro (según costumbre de la época) costosos sarapes de vistosos colores. Cuando andaba tomando le gustaba compartir su botella con los clientes. Era de mucha fama el judas que ponía con su dinero los sábados de gloria frente a su tienda.
Desde muy en la madrugada comenzaba el relajo, pues contrataba la música de viento que dirigía el famoso “Pancho María” Carlos de Susticacán. (Un antecedente real del actual tamborazo).
En el “judas” de don Zeferino se reunía la flor y nata de los rancheros y bajo pueblo de Jerez al son de la tambora y de su cantante, “El Zalate”, don Andrés Nava. El sotol corría en abundancia y a grado tal, que don Zeferino acababa ese día con todo el que tenía en existencia y casi todo regalado pues ya al último ni lo vendía. Era muy conocido que cuando ese señor estaba ya muy tomado sacaba una castaña de sotol y otra de pinos que ponía frente a la tienda y con un jarro a disposición de todo el que quisiera de tales brebajes. El traía una botella en la mano y montado a caballo hacía piruetas admirables mientras le ofrecía a todo mundo que por cierto bebían ya sin temor al contagio tan temido. La música del pueblo instalada sobre un alto tapanco deleitaba a la multitud con el “Caballo Mojino”, “María Reducinda” y otras piezas de trueno por el estilo; pero a las diez de la mañana y en cuanto daban el repique de Gloria en la Parroquia, se oían por toda la ciudad los truenos que daban por “ejecutado” al Judas, de don Zeferino que toda la mañana había bailoteado sobre la punta de un morillo adornado de papeles de colores y con ramajos de pirúl.
Los que quieren saber sobre el origen del sábado de gloria jerezano, del tamborazo y costumbres locales pueden buscar más abundando en esta narración, buscando en archivos familiares, consultando con los cronistas, pero lo malo es que los méndigos güevones siempre desean que les tenga uno la mesa servida.
MARIA REDUCINDA. Platiqué con músicos de antaño y ninguno me supo dar razón de esa pieza que tocaba el tamborazo de don Pancho María, allá en la última mitad del siglo XIX. Hasta que me topé con unos apuntes familiares en que además de valses, chotís, danzas, mazurcas, aparecen sones y jarabes, escritos con su correspondiente anotación musical. ¡“María Reducinda” son unas mañanitas! Y la letra dice así: “¡Ah qué caray, María Reducinda! / chatita, ya amaneció, / ya los pajarillos cantan, / ya la luna se metió…”. Lo malo es que no se leer música, porque encontré también su partitura, a ver si mi hermano Carlos –que sabe solfeo-  viene y la tararea para saber cómo era.

LIBROS NUEVOS. Todavía quedan ejemplares del Tomo V de Relatos de Aparecidos y Tesoros “De bandidos, tesoros y otras cosas”. Lo puede comprar donde exhiben nuestras publicaciones: en los portales del mercado donde venden periódicos y revistas, en Video REC (por la calle de San Luis), en la Casa Museo de Ramón López Velarde, donde venden artesanías en el portal Humboldt y en Reforma No. 51 centro (frente al Porky). Si desea adquirir los cinco libros de leyendas, en Reforma 51se los damos a un precio muy especial.

viernes, 30 de septiembre de 2016

EL BURRO DE ORO

En esta ocasión les ofrezco un relato sobre un personaje mítico, aclaro que no es de la región, cualquier coincidencia con burros de oro regionales eso será, pura coincidencia…
EL FAMOSO BURRO DE ORO
Francisco Velarde y de la Mora, más conocido en los anales históricos como “el burro de oro” fue un personaje mítico y anecdótico de mediados del siglo XIX cuya vida transcurrió por los rumbos de La Barca, Jalisco y Zamora, Michoacán. Hay genealogistas (como el fementido poeta de los codos negros que presume en Ojuelos, Jal., que es “Director” de sabe qué archivo histórico “particular”) que afirman que está en la lista de antecesores de nuestro poeta Ramón López Velarde.
Francisco de Velarde y de la Mora
Este burro de oro (Velarde, no el archivista que no llega ni a gato), nació en cuna de oro: sus padres fueron don José Crispín de Velarde, notable abogado y prominente miembro del real consulado y de la diputación provincial de 1813, y de doña Josefa de la Mora y Torres, dueña de importantes propiedades y haciendas en una amplia zona entre Michoacán y Jalisco, así como parte del lago de Chapala. Cuando sus padres murieron, toda esa inmensa fortuna quedó en sus manos, ya que solo tenía dos hermanas que desde niñas fueron enviadas al convento.
Y como el dinero es para gastarse, para pronto Velarde lo fue gastando en lujosos carruajes, fincas palaciegas, así como en ornamentada ropa. Todavía en Guadalajara se puede admirar una de las casas-palacios que ahí tenía, muestra notable de la arquitectura neoclásica, en la esquina de las calles Hidalgo y Pino Suárez, donde ahora está el Palacio Legislativo. La quinta Velarde y la espléndida finca de campo en Tlaquepaque, ocupada hoy por el Museo de la Cerámica, estaban exquisitamente amuebladas al estilo europeo.
En La Barca, Jal., tenía su guarida principal: una mansión conocida como “La Moreña”. Ahí hizo plasmar los más bellos murales al temple que existen en todo el país, en pasillos y corredores, debidos al pincel de Gerardo Suárez, el más notable pintor jalisciense de la época (mediados del siglo XIX). La leyenda urbana creada en torno a Velarde, lo pone como un ignorante e iletrado general imperialista, de escasa inteligencia y gran fortuna en oro y plata, cuyos sueños de gloria lo llevaron a tener su propio regimiento y a invitar a conocer sus dominios al emperador Maximiliano.
Los historiadores no tienen gran información sobre sus descendientes, afirman que se casó con Nicolasa Ylicarrituri con quien tuvo cuatro hijos, así como 3 hijos más con otras señoras de nombres Carmen Romero y Praxedis Torres. Se afirma que tenía una vastísima colección de obras de arte, pero todo ello fue expropiado por los “liberales” de la época y prácticamente nada quedó, todo se saqueó, robó y fue mal vendido.
El burro de oro, Velarde fue objeto de una emboscada encabezada por el general Manuel Márquez, quien lo fusiló el 14 de junio de 1867 en Zamora, Michoacán.
Muchas anécdotas y leyendas se le han atribuído, se dice que era tan rico que llegó a comprar mulas de sus propias recuas, porque ignoraba que fueran suyas: En uno de sus frecuentes viajes a Guadalajara, se encontró con una recua de magníficas mulas alazanas. Encantado por aquel hermoso conjunto se encaró con el jefe de los arrieros y trató de comprarlas, pero el arriero se negaba a venderlas a pesar de que Velarde le enseñaba bolsas con monedas de oro. Molesto por las negativas, Velarde le preguntó por el dueño de las mulas, a lo que el arriero contestó: “Po’s la mera verdá, mi amo, yo no sé cómo se llama mi patrón, sólo sé decirle que lo conocemos como “el burro de oro”, lo que ocasionó una fuerte carcajada del patrón y que el atribulado arriero recibiera una buena cantidad de monedas doradas.
Uno de los murales existentes en "La Moreña".
En tiempos del imperio, quiso granjearse al emperador Maximiliano, por lo que continuamente le enviaba valiosos obsequios y la invitación para que fuera a conocer sus propiedades. Maximiliano nunca le contestó que acudiría, pero tampoco le dijo que no, por lo que Francisco Velarde gastó miles de pesos en preparativos. Invirtió fuertes cantidades para dejar en excelentes y palaciegas condiciones la residencia que tenía en la esquina de Hidalgo y Pino Suárez de la perla tapatía. Importó muebles de Europa, adquirió vajillas hechas de plata con incrustaciones de oro. Cuentan que puso a trabajar día y noche a un gran número de sastres y costureras para hacer un enorme toldo, que pretendía cubriera al emperador en su camino desde Guadalajara hasta La Barca, para que “el güerito barbón” no estuviera expuesto a los rayos del sol.
LAS TRES CARGAS DE ORO
Para junio de 1867, el imperio de Maximiliano había llegado a su fin, y por todo el país se había desatado una persecución buscando a todo aquel que hubiera servido al imperio y al intervencionismo para darle su castigo como traidor a la patria.
En Zamora, Michoacán, fue aprehendido don Francisco Velarde y de la Mora, y en cuanto se supo de su detención, llovieron acusaciones en su contra. Gentes que anteriormente se vieron favorecidas por él, fueron de los primeros en indiciarlo. El burro de oro, le pidió el perdón y la gracia de su vida a Benito Juárez, mediante el general Manuel Márquez de León, quien le aconsejó escribiera una carta a Juárez y en ella expuso que a cambio de ese perdón, le daría a la nueva república su propio peso en oro, del que tanto se necesitaba para la reconstrucción de todo el país, devastado por la guerra contra los franceses y conservadores.
Con carácter de urgente, mandó pedir a Guadalajara tres cargas de oro que tenía en su hacienda “La Quinta Velarde”. Inmediatamente salieron de Guadalajara cinco hombres arriando tres mulas cargadas de oro. Refieren que salieron a medianoche, cuando la ciudad estaba en completo silencio y a oscuras. Caminaban a toda prisa, pues tenían que llegar a tiempo a Zamora para obtener la libertad de su patrón. A Ocotlán llegaron por la noche del 16 de junio, en donde durmieron y salieron muy temprano para tratar de llegar ese mismo día a Zamora.
Cuando iban llegando a la hacienda de San Andrés, un jinete los alcanzó para entregarles y leerles un mensaje que les enviaba doña Nicolasa Ylicarrituri, que les ordenaba se regresaran a Guadalajara, pues Velarde ya había sido fusilado, sin que se le diera oportunidad de recibir el salvoconducto de Juárez.
De alguna manera, unos bandoleros se enteraron de la carga que llevaban y los venían siguiendo desde su salida de Ocotlán. El asedio era notorio, por lo que los arrieros enterraron el oro en las faldas del cerro de San Andrés, dicen que a dos varas de profundidad junto a un gran zalate (el zalate es un árbol muy frondoso y de larga vida) y después de enterrado el oro llenaron los sacos con piedras y siguieron su camino con rumbo a la hacienda de San José de las Moras, también propiedad del mítico burro de oro. Los bandoleros los alcanzaron y al dominarlos y abrir los costales, se dieron cuenta que los habían engañado, llenos de furia los acuchillaron y asesinaron, aunque luego se arrepintieron porque no tuvieron quién les dijera dónde habían escondido el oro. El mensajero -como iba montado en buen caballo- puedo escapar y referir lo acontecido a su patrona doña Nicolasa. Según la Leyenda estas tres cargas de oro aún permanecen en ese lugar entre San Andrés y Jamay cerca del antiguo camino real y bajo un gran zalate.

viernes, 1 de julio de 2016

LA FOTO DE 1877

La verdad ya me tienen harto los que presumen ser poseedores de la verdad absoluta en cuanto a historia local se refiere. Ese par de güeyes (porque nomás una yunta ajusto) nomás opinan para que digan que todavía resuellan. Más bien, están como los burros viejos que rebuznan y rebuznan pa’ que no les dé un llegue algún manadero.
Hace pocos días, Bernardo del Hoyo me envió una fotografía que encontró de pura casualidad en los archivos de la Fototeca del INAH. Una fotografía vieja y borrosa que aparentemente no decía nada. Al observarla con atención, nos pudimos dar cuenta que era una foto ¡de un Jerez completamente desconocido! ¡Del Jerez de 1870!
Para un historiador, ese hallazgo es muy importante y emocionante, pues permite recrear fielmente la historia. La foto la presenté en redes sociales, y para pronto un par de homofóbicos sujetos soltaron sus críticas venenosas y negativas, dudando hasta que la gráfica fuera de Jerez. Les tengo paciencia a esos pobres e indefensos animalitos del Señor, pero la paciencia también se acaba y me puedo enojar y decirles en su cara cosas feas de sus burriles antecesoras.
Bueno, la fotografía que me envió Bernardo, nos presenta un Jerez completamente desconocido. Deduzco que el fotógrafo subió a la azotea de la casa de la esquina de la calle de Guanajuato y plaza de armas, montó su tripié y sobre él su costosa cámara de cajón. Tomó una placa de norte a sur, en la que se aprecia el santuario con una sola torre. Y luego giró un poco su tripié y cámara, unos veinte grados al sureste y tomó lo que era la plaza de armas, al fondo la finca de los Escobedo y de los Berumen, todos con sus portales de medio punto. Y más al fondo se aprecia la torre de la parroquia, el remate de su frontis y la cúpula.
Ya nos comunicamos con la fototeca del INAH a ver si tienen esa gráfica con mejor  resolución, para estudiarla con cuidado y poder ofrecer más detalles sobre la misma. Pegué tal foto con la que ya conocemos del santuario con una torre, y me atrevo a asegurar que son compañeras, que las dos fueron tomadas por el mismo fotógrafo, a la misma hora y el mismo día.
Por lo pronto, podemos observar lo siguiente:
1. No existía el jardín. En 1887 el jefe político Rafael Páez comenzó a realizar las obras preparatorias para sembrar un jardín en la plaza. A pesar de los obstáculos, a fines de ese año ya estaba terminado un acueducto de “cal y canto” que desde la calle de las Higueras (Mina) y por el ala sur de la calle del Álamo (Hospicio ó Emilio Carranza) llevara el agua para regar el jardín. De igual manera se estaban construyendo faroles para el alumbrado y sofás de hierro y madera. Las dificultades seguían, llegando a tal grado el enojo, que un día Rafael Brilanti mató el caballo del jefe político por disputas sobre el jardín. (Los Brilanti tenían su residencia en el lado oriente de la plaza, por lo que el jardín les afectaba la visibilidad). En los primeros meses de 1888 se emprendieron las obras con tal ímpetu, que Rafael Páez dice: “…en el centro se está construyendo un kiosco, desde marzo se le formó un octágono de 48 columnas de piedra de cantería que formó el zócalo del referido kiosco, en ese mismo mes comenzó a levantarse el pabellón de madera, fierro y zinc”.
2. El santuario tenía solo la torre del lado sur. La del lado norte fue construida por iniciativa del dinámico presbítero Andrés Vicente López y se terminó en 1885. Al lado norte se pueden apreciar solo los arcos para las campanas del reloj.
3. El edificio de la jefatura política tiene en la parte superior de cada puerta “mirillas u ojos de buey” que servían para la ventilación. Esas mirillas fueron tapiadas cuando se reconstruyó por primera vez, en 1928.
4. El portal de los Escobedo (extremo izquierda) se reconstruyó a principios del siglo XX, y se inaugur{o como lo conocemos, el 13 de abril de 1910, imponiéndosele el nombre de “Portal Humboldt”, por iniciativa del franco-alemán Andrés Buhr, quien era el soporte de las variadas industrias de los Escobedo. El franco-alemán se quedó en Jerez y se casó con Aurelia Robles Maldonado. Al menos hay datos de tres de sus hijas: Rosa María, Ma. Aurelia y Aurora. Falleció el 22 de junio de 1912 a la edad de 59 años. De su familia poco se sabe luego de la revolución. Tal vez emigraron a otras tierras, como muchas otras gentes que salieron de Jerez solo con lo que traían puesto. En 1914, el gobierno del municipio le embarga la casa que fue de su propiedad, en la primera cuadra de la calle de la Parroquia, por falta de pago de contribuciones.
5. Las bancas de la plaza eran de cantera. Cuando se construyó el jardín, las acomodaron en la plazuela del mercado (plazuela Reforma). Todavía existen pedazos de ellas en el callejón del lado poniente (atrás de la escuela).
6. Se puede apreciar en lo que es la plaza, algunos “quitasoles” o sombras de vendedores de jarros y ollas principalmente.
7. En ambas fotos se aprecian los faroles del alumbrado, montados sobre columnas de cantera.
En fin, bastanntes son los detalles que encontramos en esas fotografías, que nos ofrecen una imagen del Jerez en que vivieron nuestros abuelos o bisabuelos, allá por 1877.
Hasta el momento, sé de la existencia de más de 10 fotos que tienen qué ver con Jerez, anteriores a 1890 y son:
1. La presente foto de la plaza de armas.
2. La fotografía estereoscópica del Santuario con una torre.
3. Otra fotografía estereoscópica del exterior del Teatro Hinojosa.
4. Otra más, donde se puede ver el lado sur de la parroquia y la calle de la Aurora.
5. Otra tomada desde el barrio del “Rescoldillo”.
6. La de la fábrica de muebles “El Progreso”, por la calle de la parroquia. Fotografía de Weimer.
7. La de la fábrica de carruajes de los Sifuentes.
8. Otra de los Sifuentes simulando la compra-venta de un carruaje.
9. La del interior del teatro Hinojosa, posiblemente de Weimer.
10. La de la imagen de la virgen de la Soledad, del italiano Santini.
11. La del exterior de la capilla del Diezmo, etc.
Y, el grabado aparecido en el hebdomadario francés “Le Monde Illustré” del 21 de mayo de 1864, que ilustra “Una compañía del 1er. Batallón de cazadores a pie dispersa un cuerpo de guerrilleros en Jerez (Estado de Zacatecas).” El pie del grabado reza: “Une compagnie du 1er. Bataillon de chasseur á pied disperse un corps de partisans a Jerez (État de Zacatecas)”.



Tengo en mi poder muchas otras fotos de Jerez que poco a poco daré a conocer, para que les dé coraje a mis dos eternos y furibundos detractores.

viernes, 17 de junio de 2016

LA LLORONA DE LA CALLE DEL CIPRÉS

Uno de esos historiadores que creen sabérselas de todas me aseguró que en Jerez en los años de la invasión francesa no pasó nada, que los franceses amistaron y hasta emparentaron con los jerezanos. Eso no es cierto, sí pasaron varios acontecimientos bélicos, y de ahí se desprende esta hermosa leyenda:
LA LLORONA DE LA CALLE DEL CIPRÉS
Cuando los franceses al mando del capitán Crainvilles llegaron a Jerez, el 26 de marzo de 1864, hubo tímida resistencia por parte de los campesinos y habitantes de la región, así como de las tropas leales a González Ortega, pues los ricos comerciantes, poseedores de haciendas y acaudalados negociantes vieron con mucho agrado la intervención de los galos. En menos de dos meses, Hilario Llamas (constructor y dueño de la finca conocida como “De las Palomas”) firmaba a nombre de Jerez el acta de adhesión al Imperio de Maximiliano. Claro, a él ya lo habían nombrado antes Prefecto, con lo que podría resolver muchos agravios que tenía con quienes habían sido autoridades antes.
Los franceses en su aventura de guerra, venían acompañados de feroces zuavos que no se tentaban el alma para despachar al otro mundo a cuanto cristiano les pusieran enfrente. Eran estos zuavos soldados mercenarios de Argelia. Y se caracterizaban por usar unos pantalones colorados muy voluminosos, chaqueta corta sin cuello, faja de lana muy ancha, polainas de lona blanca y un gorrito tipo fez con su borla. (Como si fuera un vaso al revés). Los zuavos hicieron muchas tropelías en la región y eran temidos, pues el tener la desgracia de enfrentarse a ellos era condena inequívoca de muerte.
Sucede que los franceses se quejaban de que tiradores anónimos les causaban bajas cuando hacían sus rondas, esto especialmente cuando vigilaban las alturas del Santuario. Por buen tiempo no se supo de donde provenían los disparos que causaban muertes a los invasores. Hasta que una noche, alguien detectó que desde un alto ciprés situado en el callejón de las Campanas era de donde disparaban. Hay que aclarar que este callejón de las Campanas fue llamado así porque en el siglo XVIII ahí se establecieron las fraguas para fundir varias esquilas que luego serían colocadas en los templos de Jerez. Luego se conocería como calle del Ciprés o de las Artes.
Los franceses dispusieron vigilancia especial nocturna y pronto tuvieron éxito. Un  grupo de zuavos logró capturar en una oscura noche a rebeldes jerezanos que se subían al entonces vigoroso ciprés y desde ahí disparaban con sus rifles a las patrullas de invasores que rondaban. Se guiaron por el resplandor de los disparos.  Sin esperar nada, en cuanto los apresaron, ahí mismo les dieron muerte degollándolos con sus filosas cimitarras. Por desgracia, un pacífico jerezano acompañado de su esposa venía entrando por la acequia de esa calle sin darse cuenta de lo que ocurría. Cuando vio a los soldados, apremió a su mujer para desandar sus pasos, interponiéndose para lograr que ella escapara, pues los zuavos creyéndolo un enemigo más lo corretearon hasta alcanzarlo. Eso no les fue muy difícil, porque los argelianos bereberes están acostumbrados a correr en las ardientes arenas del desierto delante de los camellos para que estos caminen a su vez.
La mujer cuando vio que apresaban a su marido, se regresó, suplicándoles de mil maneras a los soldados que no le hicieran nada a su media naranja. De nada valieron sus peticiones, sus lágrimas, sus súplicas. Los zuavos recorrieron todo el callejón de las campanas, dieron vuelta por la pequeña calle “Cerrada del Santuario” (hoy conocida como calle Hidalgo) y al llegar casi a la puerta de la sacristía del Santuario, asesinaron al apresado atravesando su pecho con una de sus afiladas armas. Luego, lo colgaron de un grande y añoso mezquite que antes ahí había. E hicieron saber a los cuatro vientos, que así moriría cualquiera que atentara contra el imperio.
La infeliz jerezana plañía, rogaba a la Virgen de la Soledad para que a ella le diera también la muerte, y a pesar de las amenazas de los zuavos, no se alejó del lugar. Por varios días sus lágrimas, gritos, y peticiones de clemencia llenaron con sus ecos el barrio, sin que nadie intentara consolarla ni bajar los despojos del desafortunado del mezquite donde pendía como siniestro trofeo. ¡¡¡Ayyy de mis hijos!!! ¡¡¿¿Qué será de mis hijos sin su padre??!! ¡¡No me desampares Virgencita de la Soledad!!
Se cuenta que en el anonimato de una noche, valientes manos descolgaron los macabros restos y también se llevaron a la desconsolada viuda que dicen, murió de angustia e inanición a los pies de su marido. Se dice que fueron sepultados dentro de la huerta que perteneciera a don León Cabrera, muy cerca del ciprés, donde con el cobijo de las aguas de la acequia servirían de nutriente abono para el árbol.
Mucho escándalo causaría esas muertes entre los jerezanos pudientes, los que pidieron a los franceses no tomar acciones tan radicales, exigiéndole a don Hilario Llamas renunciara por su ineptitud, cosa que hizo, siendo nombrado como prefecto don Julian Brilanti, un jerezano mesurado y respetado en toda la región. Don Julián organizó guardias nocturnas de la policía a partir del 20 de julio de 1865. Todavía sería año y medio el que se soportaría la presencia de los extranjeros, pero en noviembre de 1866, las fuerzas liberales ya tenían el poderío en la región, mismo que se consolidó el 27 enero de 1867, en que Benito Juárez, huyendo de sus perseguidores se refugiara en Jerez donde se hospedó en la casa de don Marcelino Murguía, quien había sido nombrado recientemente Jefe Político. Al siguiente día, llegaron mil quinientos soldados liberales.
Los vecinos de las calles del Ciprés e Hidalgo, aseguran que en las noches oscuras se escuchan gritos pidiendo auxilio, lamentos y sollozos en las cercanías de la sacristía, luego se percibe como si quien llorara o se lamentara recorre la calle Hidalgo y sigue por la del Ciprés, perdiéndose los ruidos casi al llegar al Ciprés. Hay quien asegura que es el alma de la desafortunada mujer que perdiera a su marido en esa cruenta noche en que se encontraron con los zuavos. ¡¡¡Ayyy de mis hijos!!! ¡¡¿¿Qué será de mis hijos sin su padre??!! ¡¡No me desampares Virgencita de la Soledad!!.


EL BURRO DE LOS CODOS NEGROS. Hace pocos días, en la presentación de un libro a la que acudió el ya famoso y fementido poeta de los codos negros, un cronista le preguntó: “-Y tú, ¿Cuándo haces tu libro?” A lo que el poeta archivista contestó: “En cualquier rato, si este burro puede ¿por qué yo no?”. –Refiriéndose a la persona que estaba presentando su obra, obra que fue el fruto de muchos años de investigación. Este poeta –el de los codos negros- tiene bastantes años de robarse impunemente los archivos para su uso personal y nunca ha podido hacer ni siquiera un mamotreto de poesía. Lo que debe hacer es tener más cuidado con lo que dice y a quien se lo dice. Aunque traiga lentes, le pueden tumbar los dientes. (Salió el verso y eso que yo no soy el poeta de “las callezuelas en que se gastan las suelas, cuando les duelen las muelas y les pican las… espuelas”).

viernes, 1 de abril de 2016

EL PRIMERO DE ABRIL ES LA FECHA SIMBÓLICA EN QUE SE CELEBRÓ EL 444 ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DEFINITIVA DE JEREZ

El viernes primero de abril de este año (2016), el H. Ayuntamiento de Jerez realizó una sesión solemne de cabildo con el único fin de determinar la fecha en que se celebraría la fundación de nuestra ciudad, con los resultados del Congreso al cual se convocó oportunamente a historiadores, cronistas, estudiantes y público en general para que aportaran todas las pruebas conducentes para dar luz al respecto.
Nueve trabajos fueron leídos durante el Congreso, y la comisión dictaminadora estuvo integrada por profesionistas representando a la Facultad de Historia de la UAZ, así como al Archivo Histórico de Zacatecas y a la Asociación Nacional de Cronistas. Ellos, luego de leer y examinar a conciencia los trabajos académicos determinaron por unanimidad que BERNARDO DEL HOYO CALZADA y LUIS MIGUEL BERUMEN FÉLIX merecieron ser los triunfadores, pues sus trabajos reunían las características de investigación adecuadas y aportaban pruebas necesarias para el conocimiento de los primeros años de nuestra ciudad.
Bernardo del Hoyo y Luis Miguel Berumen presentaron bien documentados trabajos que merecieron ganar.
A sus espaldas la placa conmemorativa, que "alguien" intentó quitar y desaparecer.
Además deliberaron entre ellos y propusieron al Cabildo que se eligiera el año de 1572 COMO EL AÑO DEFINITIVO DEL POBLAMIENTO Y FUNDACIÓN DE LA VILLA DE XEREZ, así como que se recordara a los fundadores españoles Pedro Carrillo Dávila, Martín Moreno y Pedro Caldera en el domingo anterior al sábado de gloria, pero como la fecha es movible, las autoridades propusieron que fuera el primero de abril.
Después de escuchar el informe sobre el citado Congreso “La fragua de una ciudad”, y de apreciar la lectura del dictamen de los jurados, el cabildo por unanimidad declaró como fecha conmemorable el 1º. de abril.
Pero, como en todo, hay gentes que le abonan siempre a lo negativo, y creen ser poseedores de la verdad absoluta, para pronto un individuo de esos hizo un comentario en las redes sociales que decía: “Lo peor de éste mundo es engañar, y peor cuando se usa la mentira, Jerez no se fundó en 1572, quizás nunca ocurrió, no hay nada para demostrar lo que el Ayuntamiento pretende dejar como inútil legado a la posteridad…”.
Portada del trabajo que yo presenté.
Mucho me hubiera gustado que el autor de esos comentarios se tomara la molestia de asistir al multicitado Congreso, o participara esgrimiendo sus argumentos con un escrito entendible y con documentos probatorios en mano y en el que mostrara el porqué de sus aseveraciones, como lo que asegura que él tuvo en sus manos la cédula en el que el rey ordena la fundación de Jerez, pero que no se distinguía el año porque estaba borrado. Eso, es mentira porque Jerez no fue fundado por instrucciones del monarca español, sino que su fundación y poblamiento fue ordenada por la Audiencia de la Nueva Galicia.
Respecto a lo que dice que “no hay nada para demostrar lo que el Ayuntamiento pretende dejar como inútil legado a la posteridad”, ocurre que por su enfermedad no puede comprender muchas cosas y no ha podido consultar fuentes o archivos de primer órden, donde se encuentran papeles originales que hablan de los primeros años de vida de la villa de Xerez así como de su poblamiento y fundación. En el archivo de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia de Madrid, está el manuscrito original de las “Relaciones Geográficas de la Villa de Jerez, bajo la signatura 9.25-4/4662-VIII, que sido uno de los vehículos más importantes para el conocimiento de los primeros años de vida de Jerez. Francisco del Paso y Troncoso y René Acuña hicieron transcripciones de ella. Comentada por el Profr. Valentín García Juárez en “Historia de la Fundación de Jerez” y extractada por don Eugenio Del Hoyo en “Jerez corona a su reina”. (Revista realizada en 1961). En Jerez existe una copia facsimilar extraída directamente de los originales que están en Madrid y que posee Luis Miguel Berumen Félix.
Foja de las Relaciones...
Dichas relaciones fueron escritas por gente que vivió en Jerez, y que recordaban los acontecimientos de su fundación, acaecida pocos años antes. Además en el archivo de Guadalajara de la “Primigenia Audiencia de la Nueva Galicia” están los “testimonios de los negocios que provee la Real Audiencia de Galicia” donde se habla de la fundación de la villa y del sueldo que se le ha de pagar a su alcalde mayor, que son documentos fehacientes escritos a pocos días de la primera fundación de Jerez, ocurrida a fines de 1569. (Luego se despoblaría por la guerra chichimeca y se poblaría definitivamente en 1572).
Muchos prestigiados cronistas e historiadores, como Philip Wayne Powell, Joaquín García Icazbalceta, Fray Alonso de la Mota y Escobar, Juan López de Velasco, Peter Gerhard, Rafael Diego Fernández Sotelo, Fray Antonio Tello, Primo Feliciano Velázquez, etc., han escrito sobre la fundación de Jerez apoyados en fuentes de primer orden, documentos existentes y que el agorafóbico sujeto dice que no existen.
La decisión del ayuntamiento de Jerez la considero muy acertada, histórica y además nos devuelve una identidad perdida por caprichos y mentiras de algunos que siempre están criticando lo que se hace para el bienestar común.
El trabajo que yo entregué para este Congreso es una larga investigación, de muchos años, y que consta de 34 fojas (resumidas), en las que se incluyen los antecedentes, los hechos, propuestas, conclusiones, acompañado de sus correspondientes citas a pie de página, la extensa bibliografía que se consultó (documentos originales y copias facsimilares), los archivos en que se buscaron y encontraron referencias, así como revistas, impresos y papeles sueltos en que se habla de la fundación y poblamiento de Jerez. Estoy muy contento por haber contribuido en algo a la búsqueda de nuestra identidad histórica, por lo que me parece de muy mal gusto en que alguien asegure lo que él cree es su verdad.
Por parte de la Crónica Jerezana y con el apoyo del departamento editorial del Instituto Jerezano de Cultura, se están buscando los apoyos necesarios para la publicación de la memoria del Congreso, en la que tendrán cabida los trabajos que participaron, los dictámenes y conclusiones, todo con su respectivo respaldo documental.
Hay gente que está como los burros viejos, que nomás rebuznan para que no les den un llegue… es a este tipo de gente a quien se le atribuye el tratar de quitar la placa alusiva a este evento (solo le quitaron las tuercas y la voltearon).

miércoles, 9 de marzo de 2016

HISTORIADORES DETERMINAN FECHA DE FUNDACIÓN DE JEREZ


Dentro del Congreso “La Fragua de una Ciudad”, convocado por el Ayuntamiento jerezano 2013-2016, mediante los trabajos triunfadores se propuso como fecha de fundación del municipio, el año de 1572.
El secretario de gobierno Samuel Berumen de la Torre, el cronista adjunto del municipio Héctor Manuel Rodríguez Nava,  Jesús Espinoza Serafín Regidor  y la comisión dictaminadora, integrada por el cronista del Estado Manuel González Ramírez, el docente investigador de la Unidad Académica de Historia Roberto Carrillo Acosta y el representante del Archivo Histórico de Zacatecas Oscar Edilberto Santana Gamboa, estuvieron presentes durante la revisión de los proyectos.
De manera unánime se otorgó el primer lugar al trabajo titulado “La Fundación de Jerez, Zac.” cuyo autor es Bernardo del Hoyo Calzada, y también de forma unánime se otorgó el segundo lugar al trabajo titulado “Poblamiento y Fundación de Jerez” de Luis Miguel Berumen Félix.
Para este ejercicio se atendieron todas las aportaciones, pruebas y testimonios presentados por los participantes, y dicha Comisión propuso al Ayuntamiento jerezano que el año de fundación de la Villa de Jerez de la Frontera sea 1572, considerando este año como la consolidación del asentamiento español en este territorio, que si bien los primeros intentos se llevaron a cabo entre 1569 y 1570, el año de 1572 es histórico porque representa el inicio del desarrollo ininterrumpido de este asentamiento, que desde entonces se ha mantenido con el valor, tenacidad y trabajo que caracteriza a su población hasta hoy en día.

A través de estos proyectos, fue  también como se propuso que en el domingo previo al Sábado de Gloria, se rinda anualmente homenaje a quienes pusieron los cimientos de la ciudad, entre ellos Pedro Carrillo Dávila, Pedro Caldera y Martín Moreno, todo esto dentro del preámbulo de las fiestas máximas de Primavera de Jerez.