jueves, 19 de enero de 2017

DOÑA LIBRADA LA COSTURERA Y SU MÁQUINA SINGER

Durante los reacomodos postrevolucionarios, en Zacatecas se sufrió por hambre, por miseria, por inseguridad, por desintegración de familias. La otrora capital de la plata quedaba completamente en ruinas luego de la toma “a sangre” que hicieran los villistas el 23 de junio de 1914, con su posterior saqueo y serie de infames asesinatos ordenados por el mismo centauro del norte.

Jerez, de haber sido una provincia bella, cultural, amigable, conocida como “la Atenas de Zacatecas”, en la que florecía la agricultura, la ganadería, el comercio y las pequeñas industrias, pasó a ser un sórdido pueblo lleno de ruinas negras y humeantes, que luchaba por sobrevivir. Sus calles ya no guardaban los ecos de las melodías que de muchos pianos sacaban manos jerezanas. Ni siquiera se oía el barullo de los niños en las escuelas. Las casas ya no tenían sus puertas abiertas como antaño en que presumían los canoros cantos de las aves que se multiplicaban por el zaguán y los patios. Gentes de torva mirada, de desconocidas costumbres, de ignorancia supina se adueñaron del pueblo.

La mayoría de los comercios que surtían a todas las poblaciones del cañón de Tlaltenango, y en los que se encontraba de todo, habían sido quemados por los villistas, los que se hacían garras entre ellos mismos para apropiarse de las mejores fincas, de los mejores ranchos, de las mejores tierras y hasta de las mejores mujeres.

¿Qué podían hacer los habitantes de Jerez sin los medios básicos de sustento? Poco a poco fueron emigrando. Primero a las grandes ciudades enlazadas por el ferrocarril. Después, a Ciudad Juárez, y de ahí a todo Estados Unidos. Hay muchas historias que hablan del desarraigo, de la desintegración familiar, de las humillaciones y hambres que sufrieron nuestros antecesores que tuvieron que salir de su tierra.

LA COSTURERA

Las hijas de doña Librada García y don Teódulo González fueron sacadas oportunamente de la región por un tío que se ofreció a llevarlas hasta El Paso, y de ahí a la entonces pequeña ciudad de Los Angeles. Las tres muchachas eran de muy buen ver, por lo que ya les habían echado el ojo varios capitancejos villistas con muy malas intenciones, las peores del mundo; así que la decisión de sacarlas del país fue aprobada por doña Librada y su marido, los que no quisieron salirse de Jerez. -“Aquí están los huesos de mis padres y de mis abuelos, si quieres vete tú Libradita, que yo me quedo. Aunque sea comiendo cáscaras de tuna, pero Dios proveerá”.- Decía don Teódulo. Claro que su mujer no lo dejaría solo, así que el matrimonio se quedó en Jerez y sobrevivieron varios años, con la ayuda de Dios y con la constante actividad de la ama de casa, que sabía coser, tejer y bordar muy bien. Eso también lo sabían sus vecinos y sus amistades por lo que continuamente le mandaban hacer camisas, calzones, vestidos y lo que se necesitara, además de delicados manteles, toallas y demás.


Las hijas se acomodaron en un negocio de costura, lo que ahora se conoce como “maquiladora”. Pero en aquel entonces sí les pagaban muy bien, lo que hacía que las contínuas cartas que enviaran a sus padres vinieran siempre acompañadas de varios billetes verdes. –“Benditas hijas que tenemos que no nos han desamparado”. Expresaba don Teódulo con los ojos llenos de lágrimas cada que su mujer leía las misivas enviadas desde Los Angeles. Don Teódulo no sabía leer, porque en esos tiempos pocos eran los que leían y más pocos los que podían escribir con soltura. En varias cartas, las muchachas le decían a su madre, que le mandaban dinero para que se comprara una “Singer”, que con ella podría coser en un rato lo que se tardaba en hacerlo a mano una semana. Pero ¿qué es una “Singer”? El marido se rascaba la cabeza y salía a cavilar y a preguntarle a sus conocidos si sabían que era una Singer y dónde las vendían.
Los dólares se los cambiaba un voraz comerciante establecido en el centro de la pequeña ciudad y como don Teódulo no estaba al tanto del tipo de cambio (pues nadie sabía de eso), el del comercio le decía: “Tú me das un dólar yo te doy un peso y así todos contentos”. Pues sí, y además que nadie más cambiaba dólares. Pero de cualquier forma tenía su guardadito.

-¿Cuándo me compras la Singer Teo? –inquiría su mujer- las niñas me están a pregunte y pregunte en las cartas que si ya me la compraste, ¿qué les digo?. El pobre señor se salía a la calle rascándose la cabeza y pajueleando el sombrero en los guardapolvos de las casas. –Mire compadre, aquí nunca va a encontrar lo que busca –le dijo un amigo-, mejor vaya a Zacatecas y ahí es posible que sí sepan que es una “Singer”.


Muy temprano doña Libradita le preparó unas gorditas para el camino, ya que el camioncito (una troquita Ford con redilas arreglada para llevar pasaje) se tardaba muchas horas en llegar a Zacatecas. Don Teódulo guardó dentro de su pantalón de pechera un paliacate lleno de pesos, dólares y monedas que usaría para comprar la “Singer”. Cuando llegó a la capital, preguntando preguntando llegó a un lugar donde vendían máquinas de coser. –“Oiga, ¿es cierto que aquí venden “Singer”? –Sí señor, tenemos muchos modelos, muy bonitos, recién importados y muy baratos. ¿Gusta verlos? Y ante el asombro de don Teo que por primera vez veía la tan ansiada máquina de coser, le fueron mostrando lo que había en la sala de exhibición.

-¡Quiero ésta! –exclamó cuando vio una flamante Singer modelo 201, con su mueble de cinco cajones, su pedal de fierro vaciado, y toda ella llena de dorados adornos en la lustrosa y negra máquina. Sacó su paliacate y frente al empleado que lo atendía, empezó a separar pesos y moneda, dejando aparte los dólares. –Mire, como veo que trae dólares deme solo 65. Pero si me la paga en pesos son 234, ya ve que el dólar está a tres sesenta.

Como si le hubieran dando un fuerte trancazo, don Teódulo respingó. -¡¡A ver, a ver!! ¿Cómo está eso? ¿Pos que no vale igual el dólar que los pesos? ¿Cómo que a tres sesenta? ¡¡Viejo desgraciado e hijo de la chingada!! ¡¡Con razón hasta le daba gusto cuando me los cambiaba!! Pero ora verá cuando regrese a Jerez-.

El vendedor le aseguró que ya hacía varios años que el dólar estaba así y cuando don Teo se calmó le ofreció que en una troquita de la compañía, por cinco pesos más le podrían llevar su máquina hasta Jerez.

Doña Librada no cabía en sí de alegría cuando llegó su máquina. La pusieron en medio de la sala, y abrieron los barandales para que todo mundo la viera. Las mujeres la chuleaban, que qué bonita estaba, que qué bonitas flores y letras tenía pintadas, que los cajoncitos olían a madera fina…

Don Teódulo se la pasó los siguientes días en la cárcel, porque en cuanto llegó a Jerez, luego de dejar la “Singer”, fue a buscar al voraz comerciante que le cambiaba los dólares. –¡No vengo a pedirte que me regreses el dinero que me robaste al cabo el dinero va y viene, nomás vengo a ponerte una chinga pa’ que sepas que tu pendejo ya se te acabó y luego voy a gritar por todo Jerez lo ratero, desgraciado e hijo de la chingada que eres!- Y como anunció, le puso una chinga muy buena. La policía intervino y se llevaron a don Teódulo a bote. Pero como todo Jerez se estaba dando cuenta de lo ocurrido, el comerciante tuvo que abogar porque lo sacaran.


Otra sorpresa esperaba al encarcelado cuando regresó a su casa. Pues doña Librada, ya repuesta del asombro de su “Singer”, confesó que no sabía cómo se usaba, ni para qué era. Tuvo que ir otra vez don Teódulo a Zacatecas y con amenazas llevar al empleado de la casa comercial donde compró la Singer, para que aleccionara a su mujer sobre el uso de la máquina. Claro que el empleado le cobró otros diez pesos, además que lo surtió de agujas, bobinas, aceite, carretes de hilo, tijeras y hasta telas que luego de ser adiestrada, empleó muy bien su señora, la que en lo sucesivo fue conocida en Jerez como “doña Librada la de la Singer”.


martes, 17 de enero de 2017

ASÍ ES LA LEY, DIJO DOMINGO

-¡Andale hija, recuérdate!, ¿qué no oyis ladrar los perros allá enfrente en la huerta?. Dispiértate y vamos a ver qué es. No sea un coyote dañero que quiera meterse al gallinero.
-¡Pero amá! Mire, es muy de noche, está muy oscuro. Capaz que el coyote nos haga algo a nosotras por andar ahí de aprontonas.
Sin hacer caso a los reclamos de su hija, doña Chabela Olivo, prendió una tea en los rescoldos de la fogata. Se cruzó su rebozo y volvió a insistir -¡Búyete mi'ja que la ladradera se oye más fuerte!.
Todavía en esa época, en 1869, era un pecado gravísimo el rezongarle a los papás, por lo que la muchacha toda amuinada se levantó del petate en que reposaba y se dispuso a acompañar a su madre. Ambas ocupaban una pequeña casita en Arroyo Seco de Abajo, enfrente de una huerta bien tupida de nopales. La anciana (porque doña Isabel ya tenía sus 60 años) con la tea bien encendida se dirigió resuelta a la huerta, seguida muy de cerca por su temerosa hija.
-¡Oiga amá!, ¿y si nos regresamos? Ya los perros no ladran, ya se fue el coyote. ¡Mejor ámonos ya amá!
La madre le contestó que deberían ir a ver el motivo de que los perros se alborotaran, y ahí están las dos buscando y rebuscando entre la nopalera.
-¡¡Algame la Santísima Vírgen!! ¡¡Pero mira nomás qué mal alma la de la desgraciada que dejó esto aquí!! ¡¡Mira nomás!!  Doña Isabel Olivo no salía de su asombro, y su hija, asustada primero y curiosa después, se acercó para ver qué era lo que tenía tan asombrada a su madre. -¿Y ora qué amos a hacer? ¿Qué vamos a hacer con esta pobre e indefensa criaturita que una mala madre dejó aquí para que se la comieran los coyotes? ¿Qué hacemos amá?
Y es que al ir iluminando con su tea, la sexagenaria encontró sobre una piedra grande a una recién nacida envuelta en un pedazo de sábana vieja.
-P'os llévatela pa' la casa, yo voy a recordar al comisario pa' que nos diga qué hacer. –Dijo doña Chabela.
Luego de haber despertado a don Juan Mejía, que era el comisario, este pensó que lo mejor era encaminarse pa' Tepetongo, donde llegaron ya en la mañana, para que ahí las autoridades decidieran lo que conviniera con la recién nacida.
-Primero que nada, hay que hacer un acta –dijo el juez de Tepetongo, que era Onofre de la Torre- y en el acta comenzaron a anotar: “…envuelta en una sabanita vieja en pañales de unas hilachitas de mantilla de un pedazo de muselina de lana vieja, un paño amarrado a la cabeza, un fajero de percal. La niña aparenta tener pocas horas de nacida. En un nudo del paño trae una boletita que se lee que no está bautizada…”.
-En estos casos, si usted encontró a la niña, usted la adopta. ¿O no es así don Domingo? -Preguntó como pidiendo opinión el juez Onofre a un viejo panzón que ahí estaba y que debía tener autoridad. Domingo Berumen se llamaba.
-¡Así es! La ley dice que si usted la encontró usted responde por ella-. Dijo Berumen luego de un fuerte carraspeo producto de mal morder y fumar un apestoso puro. Doña Isabel protestó aduciendo su edad, sus achaques y enfermedades. –Po's si no, que la adopte su hija.
-Po’s si no hay di’otra mejor la adopto yo. Mi hija tovía no se casa, ¿y ya ve la gente? Van a andar con habladurías, a decir que ya se metió con hombres. La adopto yo y archívemela como Teodora-. Luego de firmar la mentada acta los que supieron (el juez y el fumador) el grupo se devolvió al rancho. La hija de doña Chabela se deshacía en mimos y cariños hacia la criatura que todavía iba envuelta en los harapos en que la encontraron.
Cuando llegaron al rancho, el comisario se encontró con que lo estaban esperando para contarle que por ahí había pasado un hombre a caballo, y que traía atada el sujeto a cabeza de silla a una mujer. Que algo andaban buscando, porque el hombre enojado le gritaba a la mujer que dónde estaba el niño. Qué dónde se había aliviado. Y la golpeaba con un sable repetidas veces. Y que la mujer, que además iba descalza, llorosa y sufriente le decía que jamás se lo diría, que así la matara nunca sabría nada.
A los cuatro días, don Juan Mejía avisado por un vecino, encontró en un cerro al norte de la ranchería los restos del cadáver de una mujer. Lo más que pudo hacer fue colocar piedras sobre lo que habían dejado coyotes y perros. Luego, se dirigió a Tepetongo para dar parte del acontecimiento.
 -En esos casos se hace un acta- dijo don Onofre de la Torre- y como el cadáver de la desconocida difunta ya está enterrado no hay delito qué perseguir, por qué no se sabe de qué murió. ¿O no es así don Domingo? –La ley es muy clara- respondió el panzón Berumen- que estaba muy entretenido tomándose un pulque. –Eso que nos dice usted de que hay un sospechoso que la iba golpeando y la llevaba a cabeza de silla días antes no nos consta, ni nos consta de qué murió la occisa y como ya está enterrada ya nada queda por hacer.
Y como la interpretación que daba Don Domingo a la ley, era ley, nunca se supo quién era la mujer, quien el jinete y si buscaban a la niña que encontrara doña Isabel Olivo.
Lo que sí… es que doña Chabela notaba que por las noches la niña a la que llamó Teodora y crió con leche de burra y tés de manzanilla se ponía inquieta y lloraba y lloraba. Cuando lloraba, en la cercanía de la nopalera ladraban los perros, aullaban en la lejanía los coyotes y algún lobo desvalagado… y parecía que la voz del viento repetía gemidos y lloros lastimeros que mucho atemorizaban a las mujeres. Ellas decidieron venirse a Jerez donde su niña creció ya sin aullidos coyotiles, ya sin temores nocturnos y se convirtió en la matrona y cabeza de una reconocida familia jerezana.

viernes, 13 de enero de 2017

CUANDO EL BURRO REBUZNA, LA TORMENTA AMENAZA...

Esto que relato cuentan sucedió a fines del siglo XIX y son pocos los que recuerdan lo que realmente ocurrió.
Refieren que Anastasio Carrillo, que vivía en el ranchito llamado Plan de Carrillo, se dedicaba a fabricar carbón allá por las estribaciones de la sierra y él mismo lo traía a Jerez. Para ello tenía su recua de veinte burros, de muy buena alzada, muy obedientes y sufridos para la carga.
Un buen día pasó por el lugar un tipo todo andrajoso, que a duras penas cargaba un cacaxtle en la espalda. Anastacio estaba apenas haciendo el cono de leña para el carbón, cuando al verlo acudió a auxiliarlo, dándole agua. El desconocido agradeció el gesto y le pidió algo para comer. El carbonero buscó en su morral y solo le quedaba una gorda dura que prontamente le ofreció. El andrajoso comió con avidez, se notaba que en muchos días no había probado alimento.
Ya sentados a la sombra de un añoso pino, Anastacio le preguntó por qué andaba tan andrajoso, sin huaraches, perdido en la sierra y además cargando un cacaxtle.
El tipo le contó que había perdido el rumbo, porque venía del lado de Durango, atravesando la sierra tepehuana, y que luego de llegar a Valparaíso con intenciones de pasar por la Cueva Grande con destino a Jerez, unos bandidos lo asaltaron, le quitaron su mula y él trabajosamente escapó con ese cacaxtle o canasto que fue lo único que pudo rescatar. Que ya varias noches había dormido a la intemperie con el temor de ser devorado por algún lobo y sin comer nada. Insistía en que tenía que llegar a Jerez al Santuario de la Virgen de la Soledad, pues una manda debía “por un favor muy grande que la virgencita le hizo a mi familia”.
El carbonero, que era serrano de buen corazón decidió ayudarlo y le prestó uno de sus burritos. “-Mire, no necesita varejonearlo ni nada, el burro conoce el camino, nomás siga las veredas que van pa' donde se asoma el sol. Llegando a Jerez, nomás despáchelo, y el burrito solito se viene”. El de la manda dijo que para que no hubiera desconfianza, le dejaba el cacaxtle en prenda con la única condición que no podría ver su contenido hasta que el burro fuera regresado. Al carbonero no se le hizo necesario eso, pero el viajero tanto insistió que al fin quedó el cacaxtle en un rincón del jacal de Anastacio.

Pasaron varios días cuando un alegre joven llegó montando el burro que sin rienda había vuelto a la querencia. Ya ahí le explicó al carbonero que el burro lo encontró amarrado en unos mezquites donde se acaba la calle de Tres Cruces de Jerez, y que en un morralito había una moneda de oro y un mensaje en el que se pedía que se entregara el animal al carbonero que vivía en Plan de Carrillo. El joven se fue con su moneda de oro bien ganada, mientras el carbonero sacaba las cosas que había en el cacaxtle, comprendiendo el por qué el viajero se había cansado cargándolo. Toda la parte de arriba estaba llena de ropa muy lujosa, de atuendos propios de una iglesia. Y abajo una pesada botija llena de monedas de oro y plata.

Asustado, el carbonero decidió enterrar la botija, en un hoyo que hizo dentro del jacal. La ropa pensó que era mejor dejarla en un templo. Entonces montó su burrito, -el mismo que había prestado-, y se dirigió a El Cargadero. Ya venía llegando a donde los arroyos confluían en la presa que pocos años tenía de construída, cuando en un recodo del camino tres desconocidos lo asaltaron. Se dice que el burro no dejó que se le acercaran y con mordiscos, coces y aventones maltrató a los asaltantes, que le propinaban fuertes garrotazos a su vez. Fueron tantos y tan graves los golpes que los maleantes perdieron la vida y el burro agonizante, trastabillando caminó metiéndose en la presa donde desapareció.
Anastacio asombrado, no podía creer lo que ocurría, y menos se lo creyeron los policías de la Acordada que lo apresaron llegando a El Cargadero. Encontraron tres hombres muertos, muy golpeados. Y aunque el hombre juraba que había sido el burro, como no vieron ningún burro, solo el cacaxtle con ropa, dedujeron que este los había matado para robarles las prendas. Los de la acordada, que andaban a la caza del escurridizo Lino Rodarte, no buscaban quien se las hizo, sino quien se las pagara, decidieron fusilaron junto a El Portillo. Anastacio pidió como última gracia que le permitieran vestir alguno de los atuendos que estaban en el canasto. Y así, vestido con una túnica blanca y un lienzo morado fue fusilado el carbonero.
Su cuerpo estuvo ahí como macabro recuerdo por muchos días, hasta que un acomedido ranchero dio aviso a sus familiares, que ahí mismo, hicieron un hoyo entre las piedras para depositar los pocos despojos que habían dejado los lobos y coyotes.
Por varios años, quienes pasaban por El Portillo, aseguraban que se les aparecía “un nazareno” implorando clemencia. Todavía hace poco se podían ver unas peñas a las que los lugareños le llamaban “del nazareno”.
También cuentan que cuando la tormenta amenaza, y la presa se llena y el agua corre a raudales se oye el potente rebuznido de un burro, como si presagiara el peligro. Por eso los viejos que vivían en El Cargadero aseguraban que “cuando el burro rebuzna, la tormenta amenaza”.
Los buscadores de tesoros han pasado sus aparatos por todo el Plan de Carrillo buscando la botija de monedas de oro que enterrara el carbonero Tacho Carrillo, aunque lo más probable es que algún afortunado ya la haya sacado y se la haya gastado…
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sábado, 7 de enero de 2017

UN REGALO DE AÑO NUEVO

Los años posteriores a los conflictos revolucionarios y cristeros dejaron en la región una acre cauda de muerte y dolor.
Los odios entre los bandos contendientes continuaban latentes y eran frecuentes los enfrentamientos armados entre las defensas sociales agraristas comandadas por Manuel Rodarte, Ursulo Pinedo, Santiago Pichardo y Antonio Cisneros contra los rescoldos de los “pardos” de Sabino Salas.
Al estallar la revolución, Salas se había levantado en armas apoyando a los villistas de don Justo Avila que tenían el dominio de la región jerezana.
Al término de esa lucha, Sabino Salas y su gente enterraron sus armas en sus inexpugnables fortalezas de la sierra de Juanchorrey y Los Cardos, de donde eran amos y señores.
Pero el país aún se convulsionaba ante la inexperiencia de sus gobernantes, que en un ansia desenfrenada de demostrar su poder, tomaban decisiones precipitadas que muchas de las veces no eran adecuadas ante la inmadurez de los mexicanos que fácilmente eran fanatizados; entonces cualquier chispa bastaba para encender la hoguera. Esta chispa surgió cuando el Estado de “golpe y porrazo” pretendió quitarle atribuciones a la Iglesia y se desató el conflicto bélico conocido como “la rebelión cristera”.
Los levantamientos se sucedían en casi todo el país, pero con mayor fuerza en Jalisco, Colima, Michoacán, Guanajuato y Zacatecas donde la lucha fue intensa y fueron muchos los daños en la economía y agricultura.
Al cambiar la presidencia del gobierno de la República se suavizó un poco la situación, pero quedó el resentimiento, el dolor, la desconfianza...
Así, las relaciones entre los “agraristas” no eran nada buenas con los cristeros, ya que los agraristas de Manuel Rodarte tenían la consigna de acabar con todo brote guerillero y especialmente si se trataba del “bandolero” Sabino Salas, Pancho Jacobo, Everardo Sánchez y demás seguidores oriundos de El Chiquihuite.
Bastantes veces habían intentado llegar hasta la guarida de los “pardos” y siempre fracasaban por no conocer los recovecos de las sierras del oeste de Jerez.
Una mañana de diciembre de 1927, Rodarte y algunos de los prominentes jefes agraristas se reunieron en el edificio que albergaba la Jefatura Politica de Jerez. Luego de muchas deliberaciones y propuestas acordaron recompensar muy generosamente a un individuo vecino de una ranchería cercana a Los Cardos para que utilizando toda su astucia y paciencia, se infiltrara entre las taimadas gentes de Sabino Salas y les diera santo y seña de todos los andurriales de los pardos.
Harto difícil le fue al espía convencer luego a los cristeros para que lo admitieran como uno de los suyos, pero después de muchos ruegos y pruebas, este se encontraba ya cabalgando al lado de los pardos, recorriendo intrincadas veredas, explorando casi desconocidas cuevas, vadeando límpidos y lejanos arroyos...
-Con su venia patrón- llegó,diciendo el infiltrado -pos’ sé de muy cierto que pasado mañana estarán varios pardos allá por la Mesa de los Encinos, yo crio’ que los pueden pescar si entran astedes por la Cañada y suben con cuidado por el arroyo de Tierra Prieta hasta las Cieneguitas. Ahí los agarran re’fácil por atrasito, desde el cerro El Carrizal.
Una partida de agraristas junto con tropas federales fue movilizada de inmediato para que tomaran posiciones siguiendo las instrucciones dadas por el espía, mientras que éste se reintegraba con los rebeldes, con la confianza de que su doble juego no sería descubierto.
Al siguiente día, los cristeros que se encontraban en la Mesa de los Encinos en espera de sus compañeros, fueron víctimas de una emboscada cayendo muchos muertos, mientras que los restantes eran perseguidos irónicamente hasta el rancho de Los Muertos.

Solo tres fueron llevados ante la presencia de Rodarte quien engolosinado con el triunfo ordenó los colgaran en el Jardín Principal «para ejemplo y escarmiento de los demás rebeldes».
Un frío domingo de enero de 1928, los que madrugaron notaron que los árboles del jardín lucían tétricos retoños, mismos que duraron colgados todo el día, hasta que el jefe Ursulo Pinedo, ordenó los sepultaran en una fosa común.
Mucha extrañeza causó que el espía no acudiera tal y como habían convenido, pues ese mismo día, los dirigentes agraristas se reunieron en la casa de Rodarte para festejar el ya próximo exterminio de todos los cristeros. Varios aldabonazos alertaron a los ahí reunidos, y Rodarte creyendo que era su informante, personalmente abrió la puerta.
«-Gúenas nochis, siñor, pos’ fíjese que nos encargaron que le trajéramos estos costalitos de carbón de mezquite que manda regalar el jefe de Susticacán. Asté diga donde se los ponemos-». Dijo uno de los carboneros cuando se le dió acceso a la casa. El dueño de ella, visiblemente disgustado por la interrupción les ordenó que descargaran sus burros ahí en la calle y dejaran los costales recargados arriba de la banqueta, lo que hicieron los arrieros con rapidez y gusto. Terminando, nuevamente inquirieron por Rodarte, al que le dieron las «güenas nochis» y le pidieron además “para sus aguas» y al amenazarles éste, prontamente ajaercearon sus burros perdiéndose en las nocturnas tinieblas.
Probablemente el carbón llegaba “como caído del cielo”, porque de rato los festejantes ordenaron a los criados de la casa colocaran varios anafres o “braceros” con carbón en sitios estratégicos para mitigar el fuerte frío.
Casualmente, al abrir el primer costal, los sirvientes horrorizados, encontraron entre el carbón la cabeza del espía que los agraristas enviaron a infiltrarse entre las tropas cristeras. Pánico y alarma causó este hallazgo, y los siguientes, pues en los demás costales, venían los miembros de ese desafortunado ser que había sido descuartizado al descubrir -quizá- su traición.
De inmediato la gente al mando de Rodarte se puso a buscar a los arrieros o carboneros responsables del envío, mismos que no hallaron por ninguna parte. En esa ocasión el cazador resultó cazado, ya que muchas gentes aseguraron después que uno de los carboneros era el propio Sabino Salas que así demostraba su desprecio por las medidas de seguridad adoptadas por los gobiernistas.
Tiempo después, el 25 de agosto de 1929, el jefe cristero entregó armas y parque a Emilio Barrios, quien fue comisionado por el gobierno para tramitar la rendición, esto en un lugar conocido como “El Alamillo» en la sierra de Juanchorrey.
Pero, los antiguos rebeldes, de cuando en cuando sufrían mortales “accidentes”, pese a que se habían acogido al indulto ofrecido por el gobierno; pocos fueron los que sobrevivieron. Se asegura que el desconfiado jefe de “los pardos” escondió lo mejor de su armamento, municiones, dinero y varias cosas en perdidas cuevas de Los Cardos, quizá para tiempos mejores.
Sabino Salas murió en El Chiquihuite el 2 de septiembre de 1932, recibiendo auxilio espiritual del Pbro. Encarnación Mireles, quedando hoy solo el recuerdo de sus andanzas por las serranías de la región.
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viernes, 16 de diciembre de 2016

EL PLEITO DE LAS GALLINAS

En el Jerez porfiriano de fines del siglo XIX y principios del XX, la aristocracia tenía sus residencias en el “Barrio del Oro”, preferentemente en la calle “Cerrada de la Parroquia” o “Del Espejo”, como se le llamaba por un espejo francés que había en una de sus casas, motivo de una hermosa leyenda que ya ha sido publicada.
Por la acera del lado oriente, y muy cercana a la parroquia, estaba el hogar de las señoritas Mier, Concepción y Virginia, quienes eran altamente caritativas y todos los jerezanos las tenían en alto aprecio por sus bondades.  De ellas se dice que en 1916, cuando el famoso “año del hambre”, se formaban a las afueras de su casa grandes filas de pedigüeños, que aplaudían cuando salía Dimas (un cocinero joto que tenían) y les repartía una generosa ración de comida. También eran dueñas de la Huerta de la Virgen (que luego venderían a don Carlitos Acevedo) y en tiempo de frutas, la regalaban toda a las personas necesitadas.
Bueno, las hermanas Mier eran bendecidas y saludadas por todo mundo, menos por los Berumen, dueños del Marecito, San Felipe, el rancho de los Muertos y otros lugares. Ellos vivían indistintamente en sus ranchos o en las casas que tenían en Jerez, una de ellas en la misma calle del Espejo, pero en la acera del lado poniente y ya casi esquina con el callejón “Del Recuerdo” o calle del Sol.
Desde los tiempos del legendario Sinecio Berumen, casado con Ana María de Valdez, habían alcanzado mucho poderío económico y político. Don Pastor Berumen, hijo de los mencionados, se casó con Ambrocia Ynguanzo con quien tuvo ocho hijos: Francisca, Juana, Anita, Cosme, Sacramento, José Julio y Marcelo. Cuando muere doña Ambrocia, don Pastor se casa con Eugenia de Avila y así tienen más propiedades, pues doña Eugenia era heredera de gran fortuna y fincas.
Don Pastor Berumen
Hijo de don Sacramento Berumen Valdés fue don Ygnacio Berumen, nacido allá por 1868. Cuentan que don Ygnacio tenía un carácter muy fuerte, mal hablado, mal encarado y era precisamente él quien odiaba a las señoritas Mier por dadivosas.
¡Son hipócritas! Aseguraba, y cada vez que las veía trataba de burlarse de ellas. Don Eugenio del Hoyo en su libro “Jerez el de López Velarde” habla de “Las gentes de Jerez, miel y veneno a la vez” y refiere algunas anécdotas como la de que “cuando alguna persona de alta posición estaba enferma, los vecinos cerraban con morillos la calle, para que no lo molestara el ruido de los carros que con sus ruedas de hierro provocaban un estruendo infernal al ir rodando por el empedrado”.
Realmente no fue así. Un día don Ygnacio estaba en la casa de la calle del Espejo, como a las diez de la mañana, recargado sobre el dintel de la puerta, cuando vio a las señoritas Mier, que por la acera de enfrente caminaban muy orondas con sus ampones y finos vestidos, protegiéndose del sol con unas coquetas y afrancesadas sombrillas.
No se supo que pasó. Unos afirman que del corral de la casa de los Berumen Escobedo se salieron unas gallinas que en alharaquiento tropel corrían y volaban rumbo al zaguán con intenciones de comerse lo verde que colgaba de las recién regadas macetas.
Lo que muy claro escucharon las hermanas Mier, es que casi al paso de ellas se escuchó el potente vozarrón de don Ygnacio. “¡¡Las gallinas!! ¡¡Ahí vienen las gallinas!!, ¡¡Malditas gallinas, no dejen que se pasen porque van a ensuciar todo!!”.
Conchita y Virginita, muy ofuscadas, ofendidas y aterradas, dieron la media vuelta y a toda carrera se devolvieron a su casa, llorosas y avergonzadas. Y así llorando le refirieron al Cura de la Parroquia el agravio del que luego don Ygnacio negaría, pero ante la insistencia del Cura, solo dijo entre dientes: “Pos si ellas se creen gallinas, no es mi culpa”.
A los pocos días, Don Ygnacio fue despertado muy temprano por el estrepitoso rodar de la volanta en la que las Mier se dirigían a la Hacienda de Santa Fe. Entonces colocó un morillo de lado a lado de la calle. “¡Malditas gallinas! Ellas no tienen qué pasar por aquí, si solo salen a la Parroquia, no tienen pasada por aquí”. Para afianzar el morillo y que nadie lo moviera escarbó en la calle y colocó pequeños postes, ayudado con un zapapico que pidió fiado a Juan Sifuentes Casillas y que todavía para 1918 no pagaba.
Y nadie pasó por la calle del Espejo. De nada valieron las reconvenciones de la autoridad municipal, ni el reclamo de los vecinos. Don Ygnacio se montó en su macho y no quitó el morillo que obstruía el paso casi al final de la primera cuadra de esa calle.
“Mira Ygnacio” –le dijo su padre don Sacramento- “Quita esas vigas de la calle y mejor ponlas en el potrero de San Felipe, allá hacen más falta porque se están perdiendo los animales” –“Pos acá lo que quiero es que no se salgan las gallinas”. –“¡Qué gallinas ni que ocho cuartos! Quita esas vigas o te borro del testamento y te quedas sin nada”. Y así, don Ygnacio tuvo que hacerle caso a su padre y soportar de cuando en cuando el estruendo del carro de las Mier. Aunque luego se fue a vivir a la casa de la calle del Santuario donde murió  apaciblemente  en una tarde de otoño de 1947.
En la calle del Espejo quedaron por muchos años los hoyancos de los postes y del morillo.
Calle del Espejo en 1928, donde vivían las señoritas Mier y los Berumen

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jueves, 8 de diciembre de 2016

ZARZUELAS, ÓPERAS Y OPERETAS

Este viernes los jerezanos pudieron apreciar un espectáculo que desde hace muchos, pero muchos años, no tenía lugar en el teatro Hinojosa de Jerez: una Ópera, una puesta en escena en que intervinieron la Compañía de Ópera Zacatecas y el Grupo Ciénega Teatro, “La Traviata” de Giuseppe Verdi. Eso me hizo recordar unos apuntes sobre el teatro…
Los jerezanos hicieron su teatro que mucho esfuerzo les costó. Y lo hicieron para ser usado casi de a diario en aquellas épocas en que no había radio ni televisión, ni libros vaqueros, policiacos, rojos, kalimanes ni nada.
En esos tiempos estaba de moda la zarzuela, que es una forma de música teatral, con partes instrumentales, partes vocales y partes habladas. Muchas de las compañías que venían a los teatros de Zacatecas (el Calderón y el que se improvisaba en el mercado) hacían pequeñas temporadas en Jerez, para aprovechar el viaje.
Así tenemos que en diciembre de 1894, la compañía Vigil-Pennoti hizo temporada en el teatro jerezano, pudiendo nuestros antecesores apreciar plenamente los gorgoritos que hacía la aplaudida tiple italiana Pina Pennoti. Los asistentes a las zarzuelas se ensimismaban con la trama y la música. Un día, una señora cuyo nombre no recogen los archivos, rasgó con un puñal la capa española y el traje que vestía un artista, por creer que era el burlador de su hija.
En septiembre de 1898, un corazón jerezano se quedó con el afamado artista Francisco Díaz de León, pues contrajo matrimonio con María Ynes Natalia Caraza de apenas 18 años, hija de don Antonio Caraza y de doña María Borrego.
Las compañías venían por muchos días, y en ocasiones alternaban diferentes aquí y en Zacatecas, como ocurrió en octubre de 1898 en que varios artistas de la compañía López del Castillo no estuvieron conformes con sus directores y se vinieron a Jerez a engrosar el cuadro teatral que actuaba acá.
En “El Diario del Hogar” se informa que el grupo “R. Spinette Mak” firmó contrato con los empresarios de Zacatecas, Salvador Hernández y Manuel Ortiz Gallardo, para dar 6 funciones: 3 de estas en el Teatro Calderón en combinación con el cinematógrafo que allí se exhibía con mucho éxito, y las tres restantes en el teatro de Jerez. Esto a fines de 1898.
En agosto de ese año, los jerezanos aplaudían la actuación del barítono Leandro Díaz, de la compañía de Felipe Silva, que se presentó casi por un mes.
En mayo de 1899 la compañía de zarzuela de la tiple Blanca Coremi hacía temporada en el teatro Hinojosa. La batuta la llevaban los maestros Lorenzo Arguimbau y Jesús Zamora. Participaba además el actor Francisco Díaz de León, al que aplaudía constantemente su joven esposa Natalia Caraza. Entre las zarzuelas que presentaron estaba “Jugar con fuego” y “Duo a la africana”. Hay que aclarar que una “tiple” es una dama que tiene la más aguda de las voces, o sea, una soprano.
Carlota Leal
En esa temporada, la compañía se quejó de un percance que pudo ser peligroso, debido a los conductores de las diligencias de la empresa Sánchez Castellanos, pidiendo que se tomaran mayores precauciones y que la empresa de esos vehículos tome medidas enérgicas para que los pasajeros no se vean amenazados de un inminente peligro. Y eso que todavía faltaban como cincuenta años para que aparecieran los camiones Línea Verde.
En mayo de 1903, la compañía juvenil de zarzuela zacatecana hizo una agradable temporada en el teatro Hinojosa, como nos lo hace saber un reportero de “El Diario del Hogar”:
“He tenido el placer de presenciar todas las representaciones que dio en esta simpática ciudad la Compañía Juvenil de Zarzuela Zacatecana, que dirigen los señores Joaquín Córdova e Inés H. Reyes. El día 17 de mayo debutó la Compañía con las zarzuelas “Gallina Ciega” y “Marcha de Cádiz”; la primera de las obras estuvo algo deficiente a causa de que los señores filarmónicos que debían venir a reforzar la orquesta no llegaron con oportunidad, según nos informaron, por haber perdido la diligencia de Zacatecas. (otra vez las diligencias, uuuh).
El día 21 se puso en escena la preciosa zarzuela “Marina” y “Torear por lo Fino”, y no pudimos apreciar debidamente la voz del tenorcito José Cabrera, porque la temperatura lo puso ronco; la simpática tiple Soledad Sánchez, lució mucho en su papel de “Marina”, haciendo en general la delicia de la concurrencia; los coros y demás partes, estuvieron muy bien, sobresaliendo los jóvenes Daniel Avila y Roberto Soto.
El día 24 se puso en escena el siempre aplaudido “Anillo de Hierro”. Con verdadera sorpresa escuchamos todos los números musicales y no nos quedó qué desear, porque el desempeño fue magistral.

El día 28 se pusieron en escena las zarzuelitas “Música Clásica”, “Los Carboneros” y “La Marcha de Cádiz”. En la primera lució como siempre por su “biz cómica” el joven Daniel Avila; las demás partes estuvieron muy acertables; “La Marcha de Cádiz” agradó muchísimo.
Ayer se presentó el “Alma en un hilo” y “De Madrid a París”. En la primera no dejó qué desear el siempre aplaudido joven Daniel Avila, que hizo gala de sus dotes cómicas y mantuvo al público en contínua hilaridad. En conjunto, el cuadro es bueno, la sociedad jerezana quedó muy complacida y deseando que progresen mucho los jóvenes artistas para que den honor a nuestra querida Zacatecas. Del éxito pecuniario creo que no deberán quejarse los empresarios, porque siempre tuvieron mucha y constante concurrencia”.
Aunque a veces, las compañías de teatro se iban sin pagar lo que debían a la empresa, que regularmente era la jefatura política. En junio de 1905 en Aguascalientes se realizó una función a beneficio de la tiple Sra. Herrera Moro, y ya que había algo de ingresos en la taquilla, se presentó la ley embargando la entrada que era como de quinientos pesos. El embargo se hizo en virtud del exhorto de la autoridad de Jerez, a causa de deudas que dejó pendientes la empresa.
Como pueden ver, la música, el bel canto, las representaciones teatrales tuvieron mucha acogida en Jerez a fines del siglo XIX y principios del XX. Esto que les presento es apenas un ligero esbozo de una investigación histórica sobre las compañías que han estado en nuestro coliseo.
NO TENGO OBLIGACIÓN. Hace pocos días me visitó una persona –cuyo nombre me reservo- solicitándome información histórica sobre una céntrica casa jerezana. Al contestarle que para realizar una investigación en forma sobre lo que solicitaba, necesitaba que me diera dinero para viáticos, copias de documentos, fotografías, etc.; se enojó diciéndome que era mi obligación el proporcionar TODA la información histórica que a lo largo de mis años he recopilado. Y más se encabronó cuando le expliqué que yo la investigación histórica la hago por mi gusto, escribo de lo que me da la gana y cuando se me da la gana, nadie me ha dado siquiera un méndigo quinto para ayudarme en mis investigaciones así que no tengo ninguna obligación. Ya si alguien quiere datos específicos, que se moche con una lana. Pero si no quieren pagar, que vayan con el cronista o con el dueño del archivo municipal, ellos a lo mejor sí pueden tener obligación, pues ellos sí reciben una lana por estar en sus encargos.

LIBROS. Hay en existencia todavía libros de “Conozco Jerez”, aunque quedan poquitos, el de “Relatos de Aparecidos y Tesoros”, el de “La Cocina Tradicional Jerezana”. Así que si se los pidieron aprovechen. Además tenemos en promoción los de “Leyendas y Relatos de Jerez”. Si va a Reforma No. 51, centro, les damos los cinco ejemplares por $ 350.00. Esta promoción solo es válida allí, ya que en los centros de distribución sigue con su precio normal que es de $ 120.00 ejemplar.

viernes, 2 de diciembre de 2016

LA ENCADENADA DE LA CALLE HIDALGO

La familia Miramontes llegó huyendo de la guerra, de las tropelías que se cometieron en aquellos años por los federales que supuestamente los debían proteger de los cristeros, pero que no hacían otra cosa que adueñarse de sus propiedades, casas, ranchos, tierras, ganado y hasta el guardadito que tenían escondido. Don Pablo, doña Luisa y sus hijos Blanca y Miguel juntaron lo poquito que los federales del nefasto general Anacleto López les dejaron. Y así, desde Mezquitic emprendieron su peregrinaje hasta llegar a Jerez, lugar donde pensaron estarían a salvo de la rapiña de la soldadesca.
En la segunda manzana de la calle Hidalgo les facilitaron una casa, de las tantas que entonces estaban derruídas, desocupadas o cuyos dueños prestaban con tal de que se las cuidaran para que no se cayeran. Esta finca era la parte trasera de una casona cuyo frente estaba por la calle del Santuario. El compromiso del préstamo era que le hicieran todas las reparaciones necesarias para que la casa se mantuviera en pie. En una habitación que daba para la calle, con piso de semideshecho ladrillo fue donde habilitaron como recámara para los cuatro.
Los Miramontes –padres e hijos- eran muy trabajadores, gente de “buena cepa”, por lo que pronto se ganaron la confianza y amistad de los vecinos. Doña Luisa –experta repostera- era muy solicitada por las familias ricas para que les ayudara en la preparación de platillos especiales y postres, mientras que su hija Blanca se hacía cargo de las labores caseras.
En una ocasión, cuando estaban almorzando para irse a sus trabajos, la niña le confió a su padre: -“Papá, por las noches se me aparece una señora muy hermosa, con el pelo muy largo y toda vestida de negro. Me pide que le ayude a descansar, porque ya tiene mucho sufriendo”-. Todos se rieron de lo dicho por la niña. –“M'ija, eso que me dice es un sueño que usté tiene. Y si no, ¿por qué a nosotros no se nos aparece si dormimos en el mismo cuarto?”. -“No, papá, estoy segura que no es un sueño, mire, me dijo que se llama Isabela. Es muy bonita, muy blanca y en el cuello trae un medallón con una pintura de su cara. Dice que le ayude y que me da el medallón para que me acuerde de ella, y unas monedas que están en una mesita”. –“No, m'ija, es un sueño nomás. Orita nadie da nada por nada. Usté no se asuste, que ahí estamos todos para cuidarla. Cuando vuelva a soñar así, nomás pellízquese y verá que es una quesadilla”.
La niña insistía en la aparición, pero los padres lo tomaban a broma, y a veces hasta le preguntaban que si no se le había vuelto a aparecer Isabela. Don Pablo Miramontes en una de las veces que fue a confesarse, le comentó al sacerdote lo que ocurría con su hija. –“Esa niña tiene afiguraciones. Llévala al catecismo de Conchita Orozco para que no ande pensando en fantasmas ni espantos. Verás que pronto se olvida de eso”.
Blanca –la niña- acudió desde entonces todos los sábados a la escuelita que en una casa frente al jardín chico manejaba Conchita Orozco. Le gustaba convivir con las demás niñas y en su inocencia les contaba lo de la mujer que se le aparecía. Al principio todas escuchaban su relato con caritas de susto. –“¿Y no te asustas cuando la ves?” –le preguntaban –“No, ella se ve muy triste, y yo no sé como consolarla y me dan ganas de llorar”.
En la recámara en que dormían, habían notado que algo raro pasaba, pues cuando “chinaban” con peine los ladrillos, al echar agua esta se resumía de inmediato, como si el piso estuviera hueco. Un día, Blanca estaba dándole con el peine a los ladrillos de la recámara, cuando notó que en un rincón al tallarle a los ladrillos la mezcla se desprendía como si no estuviera bien preparada. Por curiosidad quitó los ladrillos y vio que estaban asentados sobre una pieza de madera vieja. –“¡Ma, venga tantito, córrale!” –le habló a su madre, la que a su vez a gritos le habló a don Pablo.
Don Pablo, quitó más ladrillos hasta dejar al descubierto toda la placa de madera.  Se rascaba la cabeza, sin atreverse a hacer más. Pero luego, usando un pico que prontamente le arrimó Miguel, levantaron la madera. Un hedor fétido, de podredumbre, de humedad les llenó los sentidos. “Mira nomás –dijo don Pablo- pos' si esto parece un sótano. Al prender y arrimar un quinqué (aparato de petróleo), notaron que había una escalera de cantera por la que descendieron al oscuro y húmedo cuarto. Al iluminar hacia una pared don Pablo gritó a su esposa e hija que se devolvieran, que no vieran, pero ellas ya habían visto. Blanca, sin que el padre lo advirtiera se acercó a la pared. Estaba fascinada, nunca había visto un esqueleto y menos colgado de la pared. Una calavera con abundante cabellera con el ruido se desprendió y cayó al húmedo piso.
-Es Isabela- dijo la niña –es Isabela y la voy a ayudar. Y sin que el padre, la madre o el hermano pudieran hacer nada, Blanca se dirigió a donde quedaba el resto del esqueleto colgado de un grisáceo y viejo vestido que debió ser negro. Tomó las mangas del vestido y las liberó de la cadena que las sostenía. Cayeron los huesos al piso, y al caer se oyó un ruido como un suspiro grande. Hacia los pies de la niña cayó un hermoso camafeo, con una miniatura en óleo en que se retrataba a una hermosa mujer. –“Es el medallón de Isabela” –expresó Blanca recogiendo la joya.
Al acostumbrarse a la semioscuridad, pudieron ver que era una especie de sótano, de pequeña habitación, con un viejo camastro, unas sillas de madera y una mesita, donde estaba una talega de cuero. –“Y ahí están las monedas que me iba a regalar”. –Aseguró la niña.
Don Pablo acudió con el sacerdote, pues no sabía qué se hacía en esos casos. Al sacerdote –que era don José Amado Macías Cabrera- no le gustaba la burocracia, así que le aconsejó que los huesos los llevara al panteón de Dolores, envueltos en un lienzo, y le dijera al camposantero que le hiciera el favor de enterrarlos en un campito. Picado por la curiosidad, agarró su estola y sus bártulos para ir a bendecir los restos de la infortunada mujer. –“Antes había muchos casos así, mujeres emparedadas, encadenadas que morían de terror, de hambre, asfixiadas, así que no pierda tiempo yendo con las autoridades, capaz que hasta de la casa lo corren”.
El sacerdote bajó al sótano, donde dio los auxilios espirituales al esqueleto de la mujer. Ya luego comenzó a curiosear mientras bendecía todos los rincones. –“Don Pablo, ¿no sería mucho pedir que me regalara una de esas sillas? Desde que bajé me fijé que son de excelente hechura, y muy antiguas”.
El presbítero se fue al Santuario muy contento llevando su silla, que en la calle un acomedido le ayudó a cargar. Por años, el padre Amado Macías usaba esa silla para descansar, leer o reflexionar.
La familia Miramontes levantó el esqueleto con mucho cuidado colocándolo dentro de un lienzo, luego lo envolvieron y lo llevaron al panteón de Dolores. –“Son los restos de una mujer que falleció sabrá Dios cuando. El padre Macías me dijo que los trajera para que les diera cristiana sepultura”- dijo don Pablo al camposantero, dándole además unas monedas de plata para que sobre la sepultura le pusiera una lápida en la que a insistencia de la pequeña Blanca se debería grabar: “Bella Isabela, descansa en paz. Familia Miramontes”.

El sótano fue arreglado y servía como recámara y cuarto de juegos de los niños, quienes junto con su familia vivieron en esa casa por muchos años, hasta que tuvieron que emigrar nuevamente...

lunes, 7 de noviembre de 2016

LOS HÉROES JEREZANOS DE LA REVOLUCIÓN ¿CUALES?

Me aventaron un torito: que les diera nombres de héroes jerezanos de la revolución. Y por más que le pienso y pienso, nomás no doy una…. Tendré que ir con algún estudioso historiador, porque no entiendo bien lo que sea “héroe”, y según la enciclopedia más consultada un “héroe es una persona que realiza una acción valiente y muy bien agradecida”.
Me proponen que recuerde a Lino Rodarte… pero este personaje símbolo de nuestra naturaleza ranchera, nada tuvo que ver con las luchas fratricidas que comenzaron en 1910. Fue muerto mucho tiempo antes, luego de una gacha felonía que le fabricaron, en marzo de 1886. Su padre, don Felipe Rodarte, sufrió calladamente por 25 años la humillación que le hicieron sentir las autoridades porfiristas y hacendados, que a todo momento le recordaban que su hijo había estado fuera de la ley. El ranchero que ofrecía el peso de su hijo en reales por su vida falleció de fiebre el 6 de Marzo de 1911 a las nueve de la mañana y fue sepultado en el panteón de San Juan.
Tropas maderistas en la alameda de Jerez. 1911

¿Podrían ser héroes revolucionarios los miembros del club anti reeleccionista jerezano que comulgaban de las ideas de los Flores Magón? Los historiadores nos hablan de José Othón Cabral, Luis Brilanti, Jesús Lazalde Castañeda, Catalino Hernández, Florencio Berumen, Marcelino Ozuna, Nicolás Aguilar y Benjamín Berumen que fueron detenidos por tropas del general Jesús Aréchiga, así como gente al mando del temido Juez de Acordada Cruz Avalos Bazán y de Goyo Morales, jefe de los carnitas. Desgraciadamente no hay más datos sobre estos preclaros hombres que ya pensaban en un Jerez diferente.
¿Podría ser héroe revolucionario J. Isabel Tovar, quien con su tropa “maderista” tomó Jerez en la madrugada del domingo 21 de Mayo de 1911? A pesar de que estuvo desde ese día hasta el sábado 27, de que impuso un préstamo forzoso a los comerciantes jerezanos, de que liberó a los presos, de que permitió el saqueo de varios comercios y el “montepío”, no se sabe nada más de su actuación en la revuelta maderista. o.
¿Serían héroes los soldados Pedro Ureño de El Cargadero y Candelario Urbina que defendieron sus vidas y murieron asesinados a manos de la gente de Isabel Tovar en la madrugada de ese 21 de Mayo? Solo estaban cumpliendo con su deber sin saber a qué se enfrentaban.
¿Podrían ser héroes don Jacinto Carlos Flores y sus hijos que encabezaban la
Don Jacinto Carlos Flores, comerciante jerezano,
asesinado por los villistas.
defensa que se había organizado para proteger a la ciudad de las tropas villistas de Pánfilo Natera? Ellos protegían su patrimonio –fruto del trabajo de muchos años-, así como el de muchos jerezanos, que estaban desorientados, pues la revolución había triunfado ya con la ascensión de Madero al poder, y luego de la fatídica “Decena Trágica” había surgido la “contrarrevolución” en que nadie sabía quien estaba en lo justo, en lo legal. Ramón Carlos –así como muchos valientes jerezanos- murió el fatídico 19 de abril de 1913 a manos de los soldados de Natera. Un año después, luego de la toma de Zacatecas, don Jacinto Carlos y otro de sus hijos serían fusilados por los rencorosos villistas.
¿Serían héroes todos esos jerezanos que impotentes veían morir a sus familias a manos de los combatientes, que no se sabía casi nunca en qué bando andaban? ¿Serían héroes esas madres de familia que llorosas le daban sepultura a sus pequeños hijos o esposos que fallecían por la hambruna y epidemias resultado de esas guerras sin sentido? En los archivos hay infinidad de registros en los que cuando se hace referencia a las causas de muerte solo dice “por hambre”.
¿Podría ser considerado héroe el sacerdote José del Refugio Gallardo y su madre
El sacerdote José del Refugio Gallardo, asesinado por Daniel Vanegas.
doña Clara Barrientos asesinados arteramente por el “general revolucionario” Daniel Vanegas y quemados de manera vil y cobarde en una caldera?. El delito del sacerdote fue el proteger los bienes que le fueron encomendados y que a pesar de la situación de inestabilidad política mantenía trabajando en beneficio de la gente pobre de Jerez.
¿Podría ser llamado “héroe” ese general Vanegas que se sumó a la vorágine de intensas luchas por el poder y que en realidad en lo menos que pensaba era en el cambio del país, ya que sus intenciones eran conseguir poder y riquezas? Entre sus méritos están los asesinatos de gente pacífica, noble y trabajadora, como don Cuco Peña –dueño de la finca del lado norte del Santuario-; de don Ignacio Acosta y de don Ignacio Rodríguez, sacrificados frente a sus familias, sin importarles súplicas ni lágrimas ni nada. De doña Marianita Salinas, a quien de manera brutal asesinó a balazos frente a la casa de don Hilario Llamas, por la calle del Espejo. De don Enrique Raygoza quien tenía su comercio en la calle nueva y lo mataron a cuchilladas y balazos solo para no pagarle lo que habían consumido. De doña Rosa García Rincón, viuda de Severiano del Río, que se enfrentó con valentía a los “revolucionarios” para proteger la honra de su familia. De doña Ma. Guadalupe Rivero, viuda de José Julio Berumen, que se opuso a las atrocidades del general Vanegas y sus secuaces.
Don Enrique Raygoza con su familia, él fue
asesinado por Daniel Vanegas.
¿Podría considerar como héroe revolucionario a Dionicio García que al mando de su gente cometió cuanta tropelía se pueda uno imaginar y que por 22 días hizo un saqueo generalizado de Jerez?. Según algunos historiadores, 1920 se da como fecha en que concluyeron los enfrentamientos bélicos. Pero… todo quedó igual… o peor. Ambiciosos caudillos armaban intrigas para hacerse del poder y seguía el merequetengue.
Nuestra ciudad estaba en franca agonía, y un grupo resuelto de jerezanos emprendió la difícil tarea de no dejarla morir. Se restableció el comercio, aunque ya sin los grandes capitales de principios de siglo. Las calles quedaron como testigos de lo que había acontecido: barandales en los que el mordisco de las balas era notorio, así como edificios semidestruídos o semiquemados… los empedrados que embellecían las calles, destruídos, arrancados y trozados los cables de telégrafo y teléfono… todo lo que antes hablaba de modernidad fue destruido por la barbarie de villistas, carrancistas, maderistas, obregonistas, huertistas, orozquistas y deje de contar…
El moderno y recién construido mercado de carnes que estaba en la plazuela Reforma, el hospital civil, así como el hospital de los Sánchez Castellanos y la capilla del Diezmo fueron algunos de los edificios que murieron en esa hecatombe. El Teatro Hinojosa que también había sido incendiado se salvó gracias a la oportuna intervención de los jerezanos que apagaron como pudieron el fuego.
¿Serían héroes de la revolución, esos jerezanos y jerezanas que se dedicaron a reconstruir de sus ruinas a nuestra ciudad?

En mi opinión muy personal, las luchas que se dieron en la década de 1910-1920 no pueden ser consideradas como benéficas para Jerez, pues la transformación radical en todos los aspectos fue completamente negativa. Deberían pasar muchos, pero muchos años para que Jerez sanara sus heridas.

Genny, Tato y Miguel... no somos héroes pero aquí andamos...