viernes, 23 de septiembre de 2016

LA MUERTE DEL CAPITÁN HIGINIO PLACENCIA JÁUREGUI

Los villistas y carrancistas se odiaban a muerte, a pesar de que en años anteriores habían compartido la lucha en contra de la usurpación huertista. Ahora, Venustiano Carranza se había erigido como jefe del ejército constitucionalista, luego de la convención de 1917. Y eso para nada le agradó a Pancho Villa, pues le caía muy gordo el viejito barbas de chivo.
Y sus huestes, bastante diezmadas desde la derrota de Celaya, lucharon ahora, pero contra los carrancistas, aunque ya no era la famosa división del norte, ya solo eran pequeños grupos que se escudaban en serranías y parajes escabrosos y se dedicaban a apropiarse alegremente de lo ajeno.
Desde los primeros días de junio de 1916, el general Agustín Albarrán y su tropa llegan a Jerez con la finalidad de restablecer el orden y darle vida a la moribunda y tantas veces vilipendiada ciudad. La ciudad estaba empobrecida, sus fincas semiderruídas y las gentes que todavía vivían, vagaban entre el hambre, la pobreza y las enfermedades. 1916 fue tristemente conocido como el año del hambre, 1917 como el del tifo y 1918 como el de la influenza, cada año con su muy numeroso contingente de muertes. El general Albarrán, originario de Huizuco, en el estado de Guerrero, había formado parte del estado mayor del general Lázaro Cárdenas, de él se decía que era buen jinete, audaz en el combate y excelente catador de todo tipo de bebidas espirituosas.
El ejército carrancista implementó medidas sanitarias, para tratar de contrarrestar las epidemias. El mismo Albarrán se contagió de tifo, entonces mortal. Y el 15 de octubre de 1917 fallece. Su sepelio fue muy fastuoso y concurrido, pues los jerezanos lo llegaron a apreciar muchísimo. Él vivía en la casa de frente a la Parroquia, donde ahora es un hotel de muchas estrellas.
A cargo de la jefatura de armas quedó el coronel Alfredo García, quien siguió resguardando el orden de Jerez, manteniendo con su tropa a los reductos villistas fuera de la región. Los “pardos” de Sabino Salas eran amos y señores de toda la sierra de Los Cardos, y hasta allá iban las tropas carrancistas a combatirlos.
En la primavera de 1918 la población se alarmó, -y con justa razón-, pues crecientes rumores se oían asegurando que los pardos saquearían de nueva cuenta a la ciudad, como ocurrió el viernes de dolores de 1916, en que por 22 días seguidos destruyeron Jerez y se llevaron lo que quisieron.
El coronel García –para tranquilizar a los jerezanos- dio instrucciones al capitán Higinio Placencia de que con tropa a su mando hiciera contínuos rondines por los alrededores de la ciudad en prevención de algún posible ataque.
Este capitán Higinio Placencia, nacido en 1879 allá por Jalostotitlán, fue un hombre impulsivo, de valor temerario, y junto con su tropa de jinetes recorrían los caminos cercanos. Ya andaban por El Durazno, Los Haro o se aventuraban a ir hasta la hacienda de El Tesorero. O cabalgaban por los rumbos de Jomulquillo, El Cargadero y La Boca. También se les veía por la Ermita, El Tambor y la Hacienda de La Labor. A veces hasta en Lo de Luna, El Magueyito y el Encino Mocho dejaban sus huellas.
La tarde del 12 de abril de 1918 la tropa carrancista regresaba de su acostumbrada inspección por el rumbo de La Boca, cuando con los últimos destellos del sol alcanzaron a advertir la presencia de jinetes armados que desde las alturas vigilaban su paso.
El capitán Higinio Placencia decidió hacerles frente, pero uno de sus subalternos le aconsejó que lo más apropiado sería retirarse, pues los “pardos” conocían bien la sierra y ellos no, además que tenían la ventaja de estar en las alturas de las escarpadas rocas, y por si fuera eso poco, la noche se venía encima y eso sería completamente trágico para la tropa.
Placencia desoyó los consejos, y poniendo el ejemplo, acicateó su caballo arengando a su gente para que se prepararan para el combate. Una decisión temeraria que le costó la vida, una estruendosa lluvia de plomo cayó sobre él y los que lo seguían. Los soldados que iban a la vanguardia cayeron mordidos por las balas. La restante tropa hizo fuego a discreción sobre los contrarios haciéndolos huir.
Al recoger el campo, encontraron a cinco de los suyos heridos, entre ellos al capitán Placencia que tenía una herida en la cabeza de la que escapaba la sangre profusamente. Le proporcionaron los primeros auxilios como pudieron, y ya cobijados por las sombras regresaron a Jerez.
En el cuartel carrancista, que estaba en la tercer cuadra de la calle del Espejo (Luis Moya), el capitán Placencia agonizó por dos días, muriendo ahí, con el cráneo roto. Pero los villistas no atacaron Jerez en esos días, gracias a la valentía de Placencia que los amedrentó aunque le llevó en eso la vida. Una de las últimas acciones de los rebeldes en la región fue capturar a Bernardo Varela, de la defensa social. Esto fue el 20 de mayo… le arrancaron la epidermis de la planta de los pies, golpeándolo hasta que lo mataron. Esto fue en la ranchería conocida como Juan Blanco. Al año siguiente, los pocos que quedaban se rindieron.
EL ROMANCE DEL POETA
Días después, el poeta y sacerdote Alfredo R. Placencia, recibe crueles noticias: sus dos queridos hermanos murieron… uno tras otro. El 14 y 20 de abril respectivamente. Su hermana Cristina, que en vida religiosa llevó el nombre de “Sor Eulalia” e Higinio, que murió en Jerez. El poeta adolorido escribe dolientes poemas en un libro llamado “Del cuartel y el claustro”.
Hay varios poemas en los que habla de la muerte de su hermano Higinio, “Montañas de Jerez” es uno de ellos, de los que entresaco algunos versos:
“…Las calles de Jerez flotan en sangre / y en sangre el viento y las montañas flotan. / Del norte vino la implacable guerra, / y una noche sin astros y sin horas / se ha despedazado allí, que puede verse / por el valle acostada y por las lomas… / Era el doce abril cuando vinieron / las enemigas sombras / que nadie presinitió. / Jerez dormía / y  dormía la tropa. / Y atizaron la lucha, / que fue sangrienta y larga, como pocas. / De las noches del tiempo y de la vida / dos noches se han fundido en una sola. / Cinco soldados quedaban solamente / sobre aquella ciudad ardida y sola; / los mismos que rodaron en la brega, / besados por la Patria y por la gloria…”
“…Era tu hermano uno / de los últimos bravos que la tropa, / de aquellos cinco bravos que cayeron, / besados por la Gloria. / Allí donde cayó, no hubo dolientes, / ni hubo rezos, ni lágrimas, ni antorchas. / Yo lo abracé al caer. / Llevaba rotos / el corazón y el cráneo; y en la ropa  / tenía mucha sangre  / de la que puso las montañas rojas”.
“¡Montañas de Jerez, tristes montañas / que por primera vez mi labio nombra!: / Ni la menuda lluvia ni el rocío / caigan sobre vosotras. / De allí el doce de abril, bajó la muerte / con su callada procesión de sombras. / Vuelvan todos la espalda, todos odien / las montañas odiosas”.
“No amamantó a ninguno el casto seno / de la difunta madre cuidadosa / con más dulce piedad ni con más mimo / que al último soldado de la tropa. / A no ser el poeta, nadie os sueñe / ni ose nombraros nadie por su boca. / Flota Jerez en sangre… / Montañas jerezanas, quedad solas”.

viernes, 29 de julio de 2016

LAS DILIGENCIAS MAREADORAS

Muchos relatos que he publicado se refieren al siglo XIX, así como a sus medios de transporte. Por desgracia las generaciones actuales desconocen bastante de lo que antes había, a veces pienso que el oficio de historiar es como predicar lejos, allá por el cerro del Picacho, en la sierra de Los Cardos.
Pues bien, para ir de Jerez a Zacatecas, el medio de transporte más cómodo era “la diligencia” que era un carruaje de cuatro ruedas, las delanteras de la mitad del tamaño que las traseras. Las diligencias de los Sánchez Castellanos eran tiradas por cinco mulas. Por lo general tenían 3 “varas” lo que facilitaba atar ahí dos animales de tiro. Si la carga era pesada, de la vara de en medio (que siempre remataba en un gancho) se pegaban las “guías”, que consistían en una “bolea”, o una viga ligera que se enganchaba en el gancho mencionado, de donde salían las cadenas para sujetar a los tres animales de enfrente, hasta “el collar y los palotes” que se colocaban en el pecho de los animales, y que servían de soporte para que las mulas jalaran el carro.
Refieren las crónicas que conducir este tipo de carretas con “guía” era un refinado arte, ya que cuando la diligencia llegaba a una bajada, uno de los conductores, el “palafrenero” aplicaba el freno, que consistía en una palanca al lado derecho del conductor, frenando así las ruedas para evitar que la diligencia agarrara velocidad y se fuera sobre los animales, pero no era cosa nomás de apretar la palanca, había qué combinar el frenado con el avance de los animales, que en su carrera podían estirar el vehículo y se podría causar un accidente, al volcarse la caja de la carreta o la “carlinga” de la diligencia, o quebrarse los ejes, o desprenderse las ruedas, o romperse los rayos de madera.
Diligencia jerezana por el rumbo de Ciénega
Para ayudar en la conducción del vehículo, adelante iba un mozo a veces corriendo y a veces montado en una caballería de las delanteras del tiro del carruaje, éstos se llamaban “postillones” porque antecedían a la diligencia a la llegada de las “postas”. A las mulas desde su nacimiento las acostumbraban a obedecer al ritmo de las más obscenas palabras que se les ocurrían a los cocheros, postillones, aurigas, palafreneros y ayudantes. Los múltiples “chingaos” eran las más decentes voces que recibían los orejudos animales.
López Velarde dice que los postillones van “cantando bienandanza o desamor”… pudiera ser, pero a las mulas no les cantaban, les recordaban a sus antecesoras yeguas, ellos cantarían en sus ratos de descanso.
Estos personajes llegaban corriendo en chinga hasta el ranchito llamado “Las cocinas”, punto de reposo o “posta” de las diligencias de Jerez a Zacatecas y viceversa. Ahí les gritaban a las mujeres: “¡Órale viejas argüenderas y argüenudas! ¡Ya dejen el chisme y calienten la comida! ¡Ahí viene la diligencia y trae catrines y curras muy hambriados! ¡Chínguenle al fogón que ya no tarda!”
Las mujeres que viajaban en la diligencia, llegaban bien mareadas, y había que ayudarles a bajar, pues “la carlinga”, como iba montada en muelles resortes, se meneaba de adelante para atrás y de un lado para el otro, y aunque trataran de demostrar dignidad y entereza, bajaban vomitando y haciéndose del cuerpo. Para aliviar sus penalidades, había un corralito medio escondido por unos frondosos pirules en el ya mencionado lugar de posta, no muy alejado del lugar donde se comía. En ese corralito lleno de gallinas, podían devolver el cuerpo o armadas de una vara que un oportuno niño siempre les ofrecía a cambio de unos centavos, hacer en cuclillas y bien ocultas de la vista ajena lo que en soledad siempre se hace cuando la panza lo pide. Claro está que el niño también les ofrecía algunos olotes para la limpieza íntima.
Ya en la cocina, las matronas les ofrecían jarros de té de manzanilla y menta para que se les asentara el estómago y pudieran consumir luego el caldo de gallina, que hervía en los peroles, o comerse unos huevos, de esos recién puestos por las gallinas que picoteaban lo que había en el suelo allá en el corralito de los pirules.
Si en la “carlinga” se mareaban los pasajeros y en especial las pasajeras, el meneo era mucho más intenso en el pescante, por lo que era de admirar la valentía de algún temerario que se animaba a treparse arriba. Algunos tramos del camino real de Jerez a Zacatecas estaban empedrados, por lo cual las mulas debían ir herradas, pues si no, se lastimaban y desgastaban los cascos de las pezuñas mucho más pronto que cuando se viajaban en caminos de tierra o tepetate.
En el hermoso poema “Retorno al terruño” el jerezano poeta hace referencia a que las damas tenían vestuario especial para viajar en diligencia:
“De tu magnífico traje / recogeré la basquiña / cuando te llegues, oh niña ,/ al estribo del carruaje…” La “basquiña” era una falda o enagua amplia y larga hasta los pies confeccionada en tela burda, generalmente en lienzo de color negro, para proteger las piernas de las mujeres de cualquier imprevisto.
VIAJE A JEREZ
Severo Amador también relata en verso un viaje a Jerez en diligencia:

“Ya nos vamos pa Jerez, / ya llegó la diligencia, / con su risonante tiro. / Nuestros tambachis arregla. / En un cotense muy limpio / o en una manta trigueña /pon el itacate, madre, / con condochis y con nejas”.
Risonante tiro: resonante tiro, se refiere a las mulas, que además del estruendo que hacían, llevaban collares con cascabeles. Tambachis: por tambache, bulto, equipaje. Cotense: tela burda de cáñamo, paliacate. Itacate: provisión de comida que se lleva para un viaje o un paseo, o que ha sobrado de una fiesta y se da a algunos invitados.
“Que no falte en él un pollo / ni aguacates, ni rellena; / pon unos huevos cocidos, / queso e tuna y la botella / de mezcalito de Pinos / con la que el alma si alegra”.
Bueno, esto no necesita explicación alguna, se refiere a lo que aconseja traer en el “itacate” para consumo en el camino.
“Que no se te olvide el bable / con nuestras ropitas viejas. / Yo acá llevo en otro bulto / mi talachi y mis anchetas / pa darle duro en las fincas / de las señoritas Breñas”.
Bable: un baúl. Talachi o talache: herramienta para labrar la tierra. Anchetas: objetos diversos. Señoritas Breñas: Se refiere a Margarita Breña Gordoa e Ignacia, que están sepultadas en el interior de la capilla de Ciénega, por lo que se deduce que va a trabajar el viajante a la hacienda de Ciénega.
“Que no se te olvide nada / cuanto a tragar se rifiera / porque allá por “Las Cocinas”, / las comadres argüenderas / cobran ojos de la cara, / de alechuza por chuletas”.
Una recomendación a la madre, para que no tengan que comer en Las Cocinas por lo caro que cobran “las comadres argüenderas”.
“Si miras que va crecido / el río, mi probe vieja, / no ti asustes: por lo menos / al pasar la diligencia, / iremos a dar abajo, / como a tres leguas y media… Mas no li hace: dando brincos / por entre milpas y peñas, / a los seis días estamos / en Jerez, con esa güelta. / Llegaremos rimojados / hasta los tútanos!... Fiesta!”.
En tiempo en que el río grande (el de Jerez) crecía mucho, la diligencia como era un vehículo ligero, fue  arrastrada, más de una vez y los pasajeros eran rescatados por los nadadores casi a trescientos metros al sur, pero de manera jocosa, el autor dice que tres leguas y media (más de quince kilómetros).
“Todo entra en la divirsión / cuando uno va en diligencia! / Ora si nomás arriban / el cochero y las dos ruedas / di adelante, que nenguno / tenga derecho a su queja. / Nos daremos aplastón / con las puras posaderas / en mitá d’ese camino / que ni el Infierno quijiera. / También ti alvierto, siñora, / que lleves árnica y vendas / porque de cada reparo / la maldita diligencia / que si llega uno con vida… será que con vida llega”.
Eran muy comunes las descomposturas, las quebradas de rayos o que las ruedas se soltaran.
“Ya después verás nomás / qué Villa tan más risueña, / qué callecitas tan chulas / retecuantísimas güertas! Cuánto perón! Cuántas uvas! / Un guacal por tu peseta! / De membrillos ni se diga: / Dan a plomo la docena! / Nomás te vas por la tapia de Ciénega Chica, y de peras / bergamotas te darán / por un tlaco cuatrocientas: / te digo qu’es una gloria / esa güerta de las Breñas!”.
La esperanza de conseguir trabajo con las señoritas Breña en Ciénega, hace que hable bien del pequeño pueblo de Jerez, de sus huertas, llenas de perones, de uvas… bergamotas: Son frutas cítricas similares a las peras, al igual que su tallo. Son agrias y la aromática piel se usa para obtener aceites. Tlaco: moneda pequeña.
Ya vamos para Jerez, no se desesperen...
“Aquí en el Rial no hay trabajo, / las minas están el güelga, / y a querer o no, pos uno / ve la vida ranchera… /Zas! Tus babuchas di orillo / mete en tus pieses, mi vieja / Ponte tu vestido negro, / tu mantilla carlanguienta….  / Onde está la damajuana y la cotorra charlera?”
No hay trabajo en Zacatecas, a buscarle en otro lado. Las babuchas de orillo son zapatillas de estar en casa que llevan un reborde hecho con hilo basto y de colores.  Mantilla carlanguienta: Mantilla harapienta. Damajuana: Vasija grande de vidrio o loza, de boca estrecha y muy barriguda para almacenar principalmente vino. 
“Al mesón de la avenida, / ¡oh gran González Ortega!, / trenquiando a tomar iremos / l’incarnada deligencia, / aforrada toda de manta / que se cai de puro vieja! / Al santo Niño de Atocha / incomienda tu alma entera / pa que nos saque con bien / d’esta viajata a las juerzas, / pos dicen que si se atasca / un carretón cualesquiera, si aparece el Santo Niño / y aplana l’atolladera!”
Las diligencias se pintaban de vivos colores, y se forraban de manta, pero la manta se percudía por el sol el polvo y la lluvia, y se pudría pronto. Hasta la fecha el Santo Niño de Atocha es muy invocado para  no tener dificultades en viajes. Hay exvotos o retablos donde está el Niño desatascando carretones.
Y por fin, el viaje:

“Cuando en Catedral las cinco / de la alborada resuenan, / y la Campana Mayor / a la capital despierta, / por las calles empinadas, / dando tumbos y revueltas, / con ruido infernal galopan / las mulas roñosas, secas, / que heróicas van arrastrando / a la antigua Diligencia: / es el pasado que huye / con su encanto de leyenda!”.
Con el siglo XX desaparecieron las diligencias y se usaron estos camioncitos, pero los viajes eran iguales...

viernes, 1 de julio de 2016

LA FOTO DE 1877

La verdad ya me tienen harto los que presumen ser poseedores de la verdad absoluta en cuanto a historia local se refiere. Ese par de güeyes (porque nomás una yunta ajusto) nomás opinan para que digan que todavía resuellan. Más bien, están como los burros viejos que rebuznan y rebuznan pa’ que no les dé un llegue algún manadero.
Hace pocos días, Bernardo del Hoyo me envió una fotografía que encontró de pura casualidad en los archivos de la Fototeca del INAH. Una fotografía vieja y borrosa que aparentemente no decía nada. Al observarla con atención, nos pudimos dar cuenta que era una foto ¡de un Jerez completamente desconocido! ¡Del Jerez de 1870!
Para un historiador, ese hallazgo es muy importante y emocionante, pues permite recrear fielmente la historia. La foto la presenté en redes sociales, y para pronto un par de homofóbicos sujetos soltaron sus críticas venenosas y negativas, dudando hasta que la gráfica fuera de Jerez. Les tengo paciencia a esos pobres e indefensos animalitos del Señor, pero la paciencia también se acaba y me puedo enojar y decirles en su cara cosas feas de sus burriles antecesoras.
Bueno, la fotografía que me envió Bernardo, nos presenta un Jerez completamente desconocido. Deduzco que el fotógrafo subió a la azotea de la casa de la esquina de la calle de Guanajuato y plaza de armas, montó su tripié y sobre él su costosa cámara de cajón. Tomó una placa de norte a sur, en la que se aprecia el santuario con una sola torre. Y luego giró un poco su tripié y cámara, unos veinte grados al sureste y tomó lo que era la plaza de armas, al fondo la finca de los Escobedo y de los Berumen, todos con sus portales de medio punto. Y más al fondo se aprecia la torre de la parroquia, el remate de su frontis y la cúpula.
Ya nos comunicamos con la fototeca del INAH a ver si tienen esa gráfica con mejor  resolución, para estudiarla con cuidado y poder ofrecer más detalles sobre la misma. Pegué tal foto con la que ya conocemos del santuario con una torre, y me atrevo a asegurar que son compañeras, que las dos fueron tomadas por el mismo fotógrafo, a la misma hora y el mismo día.
Por lo pronto, podemos observar lo siguiente:
1. No existía el jardín. En 1887 el jefe político Rafael Páez comenzó a realizar las obras preparatorias para sembrar un jardín en la plaza. A pesar de los obstáculos, a fines de ese año ya estaba terminado un acueducto de “cal y canto” que desde la calle de las Higueras (Mina) y por el ala sur de la calle del Álamo (Hospicio ó Emilio Carranza) llevara el agua para regar el jardín. De igual manera se estaban construyendo faroles para el alumbrado y sofás de hierro y madera. Las dificultades seguían, llegando a tal grado el enojo, que un día Rafael Brilanti mató el caballo del jefe político por disputas sobre el jardín. (Los Brilanti tenían su residencia en el lado oriente de la plaza, por lo que el jardín les afectaba la visibilidad). En los primeros meses de 1888 se emprendieron las obras con tal ímpetu, que Rafael Páez dice: “…en el centro se está construyendo un kiosco, desde marzo se le formó un octágono de 48 columnas de piedra de cantería que formó el zócalo del referido kiosco, en ese mismo mes comenzó a levantarse el pabellón de madera, fierro y zinc”.
2. El santuario tenía solo la torre del lado sur. La del lado norte fue construida por iniciativa del dinámico presbítero Andrés Vicente López y se terminó en 1885. Al lado norte se pueden apreciar solo los arcos para las campanas del reloj.
3. El edificio de la jefatura política tiene en la parte superior de cada puerta “mirillas u ojos de buey” que servían para la ventilación. Esas mirillas fueron tapiadas cuando se reconstruyó por primera vez, en 1928.
4. El portal de los Escobedo (extremo izquierda) se reconstruyó a principios del siglo XX, y se inaugur{o como lo conocemos, el 13 de abril de 1910, imponiéndosele el nombre de “Portal Humboldt”, por iniciativa del franco-alemán Andrés Buhr, quien era el soporte de las variadas industrias de los Escobedo. El franco-alemán se quedó en Jerez y se casó con Aurelia Robles Maldonado. Al menos hay datos de tres de sus hijas: Rosa María, Ma. Aurelia y Aurora. Falleció el 22 de junio de 1912 a la edad de 59 años. De su familia poco se sabe luego de la revolución. Tal vez emigraron a otras tierras, como muchas otras gentes que salieron de Jerez solo con lo que traían puesto. En 1914, el gobierno del municipio le embarga la casa que fue de su propiedad, en la primera cuadra de la calle de la Parroquia, por falta de pago de contribuciones.
5. Las bancas de la plaza eran de cantera. Cuando se construyó el jardín, las acomodaron en la plazuela del mercado (plazuela Reforma). Todavía existen pedazos de ellas en el callejón del lado poniente (atrás de la escuela).
6. Se puede apreciar en lo que es la plaza, algunos “quitasoles” o sombras de vendedores de jarros y ollas principalmente.
7. En ambas fotos se aprecian los faroles del alumbrado, montados sobre columnas de cantera.
En fin, bastanntes son los detalles que encontramos en esas fotografías, que nos ofrecen una imagen del Jerez en que vivieron nuestros abuelos o bisabuelos, allá por 1877.
Hasta el momento, sé de la existencia de más de 10 fotos que tienen qué ver con Jerez, anteriores a 1890 y son:
1. La presente foto de la plaza de armas.
2. La fotografía estereoscópica del Santuario con una torre.
3. Otra fotografía estereoscópica del exterior del Teatro Hinojosa.
4. Otra más, donde se puede ver el lado sur de la parroquia y la calle de la Aurora.
5. Otra tomada desde el barrio del “Rescoldillo”.
6. La de la fábrica de muebles “El Progreso”, por la calle de la parroquia. Fotografía de Weimer.
7. La de la fábrica de carruajes de los Sifuentes.
8. Otra de los Sifuentes simulando la compra-venta de un carruaje.
9. La del interior del teatro Hinojosa, posiblemente de Weimer.
10. La de la imagen de la virgen de la Soledad, del italiano Santini.
11. La del exterior de la capilla del Diezmo, etc.
Y, el grabado aparecido en el hebdomadario francés “Le Monde Illustré” del 21 de mayo de 1864, que ilustra “Una compañía del 1er. Batallón de cazadores a pie dispersa un cuerpo de guerrilleros en Jerez (Estado de Zacatecas).” El pie del grabado reza: “Une compagnie du 1er. Bataillon de chasseur á pied disperse un corps de partisans a Jerez (État de Zacatecas)”.



Tengo en mi poder muchas otras fotos de Jerez que poco a poco daré a conocer, para que les dé coraje a mis dos eternos y furibundos detractores.

viernes, 24 de junio de 2016

"LA CHANCLA" Y TIBURCIO ULTRERAS

Juan José Acevedo de Loera era un jerezano cuyo valor rayaba en la temeridad. Se había convertido en el principal dolor de cabeza para los franceses que recientemente se habían apoderado de la región. Y no era para menos, ya que con un grupo de chinacos les hacía la vida de cuadritos.
El 26 de marzo de 1864 –sábado de gloria- llegaron los invasores a Jerez derrotando a los liberales que lo defendían, muchos de los que fueron ejecutados luego y otros pasados por las armas un día después en la hacienda de Malpaso. La columna franco mexicana era comandada por el capitán Crainvilles, quien muchos esfuerzos hizo por librar a la región de guerrillas de chinacos, pero siempre con resultados infructuosos, pues los jerezanos conocían todos los vericuetos de la región y donde quiera los emboscaban.
Juan José, nacido en el penúltimo mes de 1836 en Los Haro, era conocido como “La chancla”, precisamente porque cuando andaba en la sierra le gustaba mucho cantar esa vernácula canción mexicana. Aquí cabe aclarar que esa canción es muy antigua, y que Alfonso Esparza Oteo, realizó la transcripción y arreglo de canciones antiguas mexicanas, a un estilo de canción romántica, como “Las mañanitas”, “La zandunga”, “La chancla” y “Amores fingidos”, por eso muchos le atribuyen la autoría de esa pieza, aunque los que saben, dicen que es como de 1850 y procede de la región del bajío.
Su lugarteniente era Tiburcio Ultreras Botello (José Tiburcio Ultreras Voteyo, dice su registro), hijo de don Chon Ultreras y doña Chole Botello, nacido en la Ermita de Guadalupe (Ermita de abajo) en abril de 1837. Completaban la guerrilla, labriegos reclutados en las rancherías jerezanas y que estaban descontentos con la invasión francesa.
En sus correrías, mantenían en constante alarma a las tropas franco-mexicanas que atendiendo falsas alarmas acudían a lugares donde se suponían estaban, pero los guerrilleros aprovechaban y se apoderaban de los caballos de los galos, cuando los sacaban a pastar en la llanura opuesta del río grande, por el rumbo de El Montecillo.  Juan Acevedo a quien los galos apodaban “chaussure fou” (chancla loca) y le atribuían todos los ataques en la región, aprovechaba para asaltar a los arrieros y diligencias en el camino de Jerez a Zacatecas, de manera especial en el arroyo de Las Trancas y en la loma de Lo de Luna.
En tiempo de siembra, los guerrilleros se iba a sembrar, y fue en septiembre de 1864 cuando aprovechando la aparente tranquilidad y la abundante agua que llevaba el río grande, varios franceses se bañaban alegremente, cuando de repente apareció la gente de “La chancla” que se desprendieron de las faldas del cerro de “La campana” –arrastrándose como culebras- para llegar al lugar donde estaban disfrutando los bañistas. Apresaron a tres de ellos y así –sin calzones y descalzos- los hicieron subir la empinada cuesta del cerro. Aquellos desdichados apenas podían dar paso entre las filosas piedras que abundaban por la senda que les era marcada.
En la cima del cerro, “La chancla” ordenó que los ejecutaran y ahí quedaron, hasta el siguiente día en que la tropa gala subió a rescatarlos, pero solo pudieron bajar sus cadáveres. Cuenta don Juan N. Carlos que con los honores de ordenanza fueron llevados los cuerpos al templo parroquial para la celebración de las exequias fúnebres a las que asistió la tropa invasora y después, con las cajas y bayonetas enlutadas, fueron conducidos al panteón de Dolores donde se les dio sepultura.

Ese incidente hizo que se distanciaran los jefes, y Tiburcio Ultreras decidió rendir sus armas ante el comandante de la plaza –el coronel Heriller-. A cambio de su rendición recibió todas las seguridades debidas, con lo que Ultreras regresó a la Ermita de Guadalupe dispuesto a gozar de la vida pacífica del hogar.
Muchos de sus compañeros siguieron sus pasos, y así, la guerrilla de Acevedo se vio grandemente disminuída, por lo que éste con frecuencia visitaba los ranchos para hacerse de recursos, que la mayoría de las veces obtenía por medios reprensibles, pero siempre evitando en cuanto le era posible el contacto con las escoltas francesas que frecuente salían en su persecución.
Fue ya entrado marzo de 1865, en que don Tiburcio junto con algunos familiares hizo un viaje hasta el pueblo de Tequila, atravesando la sierra, a su regreso conduciría un cargamento de caña dulce y otras cosas. Pero andaba el diablo suelto ese día, porque cuando sesteaban por el rancho “Las canoas” se toparon con una partida de chinacos y por desgracia era la que comandaba “La chancla” y en la que había militado Ultreras. Sus compañeros le dijeron que se ocultara en previsión de que Juan Acevedo le guardara rencor. Ultreras se negó a esconderse, alegando que “nada pasaría, ya que todos somos compañeros viejos y nos une una vieja amistad”.
Refiere el historiador Juan N. Carlos que, ya casi acababa de pasar la gente de la guerrilla, cuando una de las mujeres que en calidad de “soldaderas” iba con ellos, fijándose en don Tiburcio, lo delató. Cuando “La chancla” lo vio, ordenó que fuera capturado e incorporado a la columna, siguiendo así su camino, pero llegando a las inmediaciones de la hacienda de Santiago, Acevedo ordenó que fusilaran a su antiguo lugarteniente, dejando su cadáver colgado de un árbol y prendido a él, un cartón donde escrito con carbón se leía: “Por traidor a la patria”.
Luego que sus compañeros pasaron por el lugar, se encontraron el cuerpo del desdichado Ultreras Botello, a quien descolgaron y secretamente llevaron consigo hasta la Ermita de Guadalupe, donde llegaron casi a los dos días, pero como el cadáver daba ya señales de descomposición, lo sepultaron clandestinamente en la madrugada en el interior de la capilla del rancho.

Juan Acevedo, andaba por tierras tapatías, porque acá en la región, ya casi no tenía compañeros, y en los ranchos donde antes le daban insumos, ya no lo podían ver por las atrocidades que cometía. Por eso acordó marcharse al estado de Jalisco, con deseo de incorporarse a los fuertes contingentes de chinacos que merodeaban por allá, pero quiso la mala suerte que al pasar el río de San Cristobal de la barranca, fue arrastrado por la corriente y su gente se dispersó tomando algunos el partido de seguir combatiendo a las tropas francesas al mando de algunos jefes tapatíos, mientras otros regresaron a Jerez.

viernes, 17 de junio de 2016

LA LLORONA DE LA CALLE DEL CIPRÉS

Uno de esos historiadores que creen sabérselas de todas me aseguró que en Jerez en los años de la invasión francesa no pasó nada, que los franceses amistaron y hasta emparentaron con los jerezanos. Eso no es cierto, sí pasaron varios acontecimientos bélicos, y de ahí se desprende esta hermosa leyenda:
LA LLORONA DE LA CALLE DEL CIPRÉS
Cuando los franceses al mando del capitán Crainvilles llegaron a Jerez, el 26 de marzo de 1864, hubo tímida resistencia por parte de los campesinos y habitantes de la región, así como de las tropas leales a González Ortega, pues los ricos comerciantes, poseedores de haciendas y acaudalados negociantes vieron con mucho agrado la intervención de los galos. En menos de dos meses, Hilario Llamas (constructor y dueño de la finca conocida como “De las Palomas”) firmaba a nombre de Jerez el acta de adhesión al Imperio de Maximiliano. Claro, a él ya lo habían nombrado antes Prefecto, con lo que podría resolver muchos agravios que tenía con quienes habían sido autoridades antes.
Los franceses en su aventura de guerra, venían acompañados de feroces zuavos que no se tentaban el alma para despachar al otro mundo a cuanto cristiano les pusieran enfrente. Eran estos zuavos soldados mercenarios de Argelia. Y se caracterizaban por usar unos pantalones colorados muy voluminosos, chaqueta corta sin cuello, faja de lana muy ancha, polainas de lona blanca y un gorrito tipo fez con su borla. (Como si fuera un vaso al revés). Los zuavos hicieron muchas tropelías en la región y eran temidos, pues el tener la desgracia de enfrentarse a ellos era condena inequívoca de muerte.
Sucede que los franceses se quejaban de que tiradores anónimos les causaban bajas cuando hacían sus rondas, esto especialmente cuando vigilaban las alturas del Santuario. Por buen tiempo no se supo de donde provenían los disparos que causaban muertes a los invasores. Hasta que una noche, alguien detectó que desde un alto ciprés situado en el callejón de las Campanas era de donde disparaban. Hay que aclarar que este callejón de las Campanas fue llamado así porque en el siglo XVIII ahí se establecieron las fraguas para fundir varias esquilas que luego serían colocadas en los templos de Jerez. Luego se conocería como calle del Ciprés o de las Artes.
Los franceses dispusieron vigilancia especial nocturna y pronto tuvieron éxito. Un  grupo de zuavos logró capturar en una oscura noche a rebeldes jerezanos que se subían al entonces vigoroso ciprés y desde ahí disparaban con sus rifles a las patrullas de invasores que rondaban. Se guiaron por el resplandor de los disparos.  Sin esperar nada, en cuanto los apresaron, ahí mismo les dieron muerte degollándolos con sus filosas cimitarras. Por desgracia, un pacífico jerezano acompañado de su esposa venía entrando por la acequia de esa calle sin darse cuenta de lo que ocurría. Cuando vio a los soldados, apremió a su mujer para desandar sus pasos, interponiéndose para lograr que ella escapara, pues los zuavos creyéndolo un enemigo más lo corretearon hasta alcanzarlo. Eso no les fue muy difícil, porque los argelianos bereberes están acostumbrados a correr en las ardientes arenas del desierto delante de los camellos para que estos caminen a su vez.
La mujer cuando vio que apresaban a su marido, se regresó, suplicándoles de mil maneras a los soldados que no le hicieran nada a su media naranja. De nada valieron sus peticiones, sus lágrimas, sus súplicas. Los zuavos recorrieron todo el callejón de las campanas, dieron vuelta por la pequeña calle “Cerrada del Santuario” (hoy conocida como calle Hidalgo) y al llegar casi a la puerta de la sacristía del Santuario, asesinaron al apresado atravesando su pecho con una de sus afiladas armas. Luego, lo colgaron de un grande y añoso mezquite que antes ahí había. E hicieron saber a los cuatro vientos, que así moriría cualquiera que atentara contra el imperio.
La infeliz jerezana plañía, rogaba a la Virgen de la Soledad para que a ella le diera también la muerte, y a pesar de las amenazas de los zuavos, no se alejó del lugar. Por varios días sus lágrimas, gritos, y peticiones de clemencia llenaron con sus ecos el barrio, sin que nadie intentara consolarla ni bajar los despojos del desafortunado del mezquite donde pendía como siniestro trofeo. ¡¡¡Ayyy de mis hijos!!! ¡¡¿¿Qué será de mis hijos sin su padre??!! ¡¡No me desampares Virgencita de la Soledad!!
Se cuenta que en el anonimato de una noche, valientes manos descolgaron los macabros restos y también se llevaron a la desconsolada viuda que dicen, murió de angustia e inanición a los pies de su marido. Se dice que fueron sepultados dentro de la huerta que perteneciera a don León Cabrera, muy cerca del ciprés, donde con el cobijo de las aguas de la acequia servirían de nutriente abono para el árbol.
Mucho escándalo causaría esas muertes entre los jerezanos pudientes, los que pidieron a los franceses no tomar acciones tan radicales, exigiéndole a don Hilario Llamas renunciara por su ineptitud, cosa que hizo, siendo nombrado como prefecto don Julian Brilanti, un jerezano mesurado y respetado en toda la región. Don Julián organizó guardias nocturnas de la policía a partir del 20 de julio de 1865. Todavía sería año y medio el que se soportaría la presencia de los extranjeros, pero en noviembre de 1866, las fuerzas liberales ya tenían el poderío en la región, mismo que se consolidó el 27 enero de 1867, en que Benito Juárez, huyendo de sus perseguidores se refugiara en Jerez donde se hospedó en la casa de don Marcelino Murguía, quien había sido nombrado recientemente Jefe Político. Al siguiente día, llegaron mil quinientos soldados liberales.
Los vecinos de las calles del Ciprés e Hidalgo, aseguran que en las noches oscuras se escuchan gritos pidiendo auxilio, lamentos y sollozos en las cercanías de la sacristía, luego se percibe como si quien llorara o se lamentara recorre la calle Hidalgo y sigue por la del Ciprés, perdiéndose los ruidos casi al llegar al Ciprés. Hay quien asegura que es el alma de la desafortunada mujer que perdiera a su marido en esa cruenta noche en que se encontraron con los zuavos. ¡¡¡Ayyy de mis hijos!!! ¡¡¿¿Qué será de mis hijos sin su padre??!! ¡¡No me desampares Virgencita de la Soledad!!.


EL BURRO DE LOS CODOS NEGROS. Hace pocos días, en la presentación de un libro a la que acudió el ya famoso y fementido poeta de los codos negros, un cronista le preguntó: “-Y tú, ¿Cuándo haces tu libro?” A lo que el poeta archivista contestó: “En cualquier rato, si este burro puede ¿por qué yo no?”. –Refiriéndose a la persona que estaba presentando su obra, obra que fue el fruto de muchos años de investigación. Este poeta –el de los codos negros- tiene bastantes años de robarse impunemente los archivos para su uso personal y nunca ha podido hacer ni siquiera un mamotreto de poesía. Lo que debe hacer es tener más cuidado con lo que dice y a quien se lo dice. Aunque traiga lentes, le pueden tumbar los dientes. (Salió el verso y eso que yo no soy el poeta de “las callezuelas en que se gastan las suelas, cuando les duelen las muelas y les pican las… espuelas”).

viernes, 3 de junio de 2016

DE ANCESTRAL CUNA, CARITA DE CIELO

Los viejos podían presumir su ancestral origen, pues cuidadosamente anotaban en libros familiares todo lo referente a sus antecesores. Y así, don Refugio Berumen contaba que procedía de la estirpe de Bernardo Berumen de Vera. Sus bisabuelos paternos eran los legendarios Juan Joseph Berumen de Mier y María Luisa Carlos Valdés. Y sus abuelos lo fueron Juan Berumen y Gabriela de Haro, los maternos Rudecindo Berumen y Josefa Carlos. Sus padres estaban pues, emparentados entre sí: Librado de la Cruz y Adelaida Berumen.
Don Refugio se casó con Soledad Valdés de la Torre, que para no variar, también procedía de la estirpe de los Berumen.
La pequeña capilla de La Estancia de los Berumen se engalanó el jueves 7 de enero de 1915. A pesar del frío, todos los habitantes del lugar se dieron cita en el interior del templo para atestiguar con curiosidad la unión de Refugio y Soledad, misma que fue bendecida por el Cura de Tepetongo José Félix. El novio, tenía 20 años de edad, y la novia todavía no cumplía los 18 años, pero en el acta quedó asentado que tenía 19.
En esos años de guerras, de hambre, de escasez de todo, era una aventura el contraer matrimonio, pues no había certidumbre de lo que el destino depararía en el futuro, pero con todo y eso, el matrimonio de don Refugio y doña Soledad persistió y pronto su hogar se vería lleno de hijos. Elvira nacida en 1916, Carlota en 1918, Anita nacida el 26 de julio de 1921 y Porfirio en 1924.
ANITA, LA DE LOS HERMOSOS OJOS AZULES
Carlota Berumen, hermana de Anita, el día de su boda.
Los orígenes de los Berumen se remontan hasta la pequeña villa de Bierum, (que todavía existe), en la provincia de Groningen, en el antiguo Flandes por ello muchos de los descendientes son (somos) de piel muy blanca y ojos de color claro. Las hijas de don Refugio no fueron la excepción. Ana María destacó de entre sus hermanas pues sus ojos eran de un azul muy profundo, y en su juventud era de porte altivo y muy bella figura. A ella desde niña le gustaba venir a Jerez a pasar largas temporadas con su abuela materna, doña Petra de la Torre, que gustosa se la traía del rancho a su casa en el callejón del Rebote 107, para que le hiciera alegre compañía. Después, la familia adquiriría otras casas, en la última cuadra de la calle del Espejo y de la del Santuario (junto al templo de la Santa Escuela).
La muchacha, a pesar de que no tenía ni quince años, despertaba la admiración de los que la trataron, ya que aunado a sus cualidades físicas, estaban las morales y culturales, pues sus padres les habían inculcado a sus hijos el hábito de leer y escribir. Algunas noches -y pese a la estricta vigilancia de su abuela-, la calle del Espejo se llenaba con los ecos de las armoniosas canciones que frente a los barandales de su casa dedicaban los jerezanos.  En especial un tango de Agustín Lara que comenzaba a ser escuchado en las antiguas radiolas la que motivó a que la apodaran "Carita de Cielo". 
"Carita de cielo
muchacha temprana;
aquella mañana
bajo un limonero,
te dije: Te quiero.
Carita de cielo
rosa tempranera
si al cielo miraras,
en el cielo vieras
sonriendo tu cara..."
Y uno de sus admiradores y vecino, Emilio Torres, parodió hábilmente la canción, quizá porque los ojos azules de Anita evocaban la celeste bóveda, y así cantaban los enamorados trovadores jerezanos:
"Mientras que yo te amaba
mi bella Ana María,
mi corazón te daba
y mi alma te ofrecía.
Porque eres tú mi vida,
mi dicha y mi ilusión,
la joven más querida,
Anita consentida
escucha mi canción.
Anita le dije:
mi vida te espera,
no sé que me aflige
-así yo le dije
antes que muriera.
Más ella muy triste
de mí se alejó,
y un recuerdo en mi alma
y un beso en mi boca
por siempre quedó..."
Algo de trágico tuvo esa parodia, pues los rescoldos de las recientes guerras dejaban como recuerdo lúgubre una estela de hambre y de muerte. Los pueblos y rancherías de la región apenas comenzaban a restañar las hondas heridas causadas por la revolución y la rebelión cristera. Los campesinos se aventuraban a trabajar los campos solo con amplias garantías de protección. La ganadería casi no existía, pues por diversión o para demostrar las bondades de su puntería, muchos gavilleros mataban a los pocos animales que aún había. Dentro de su ignorancia y egoísmo, ellos no sabían que fincaban a pasos acelerados el hambre, y quizá su muerte y la de sus familiares.
Las epidemias no se hicieron esperar. Los esfuerzos por combatirlas, eran nulos. Poco a poco, toda la región fue invadida por el tifo, en aquel entonces mortal. Faltaban médicos, los medicamentos eran pocos y el dinero para conseguirlos, no existía. Los campos se volvieron a sembrar, pero ahora de cruces. Cruces sobre piedras que en las más de las ocasiones alguna piadosa persona ponía cubriendo los despojos de quien no había logrado llegar a su hogar. Despojos que más de una vez saciaron la voracidad de coyotes, perros y aves de rapiña. 
Anita, por esos días, estaba en La Estancia con su familia, y con urgencia fue trasladada a Jerez, pues la fiebre tifoidea se apoderó despiadadamente de ella. Muchos fueron los esfuerzos realizados por el Médico militar Luis Durán -único en la región- para contrarrestar su enfermedad. Bastantes los cuidados prodigados por todos sus familiares y amistades, que desfilaban junto al lecho de aquella "Carita de cielo". Pero ya la palidez de la muerte regenteaba sus facciones. Grandes ojeras marcaban su rostro, los brazos fláccidos descansaban en su exánime pecho. A Manuel Rincón –que era su novio- solo se le permitió verla desde una habitación contigua para que no la perturbara. En su agonía ella pedía: "Yo quiero agua de ese chorrito, de ese chorrito..." La tarde del 10 de noviembre de 1936 fue más fría que otras, como si el cielo estuviera triste por el fin de Anita. La casona situada casi al término de la calle de El Espejo se vestía de luto. Las muestras de duelo parecían interminables. Impresionante fue la ceremonia fúnebre que en la Parroquia del lugar se realizó para despedir el cuerpo de Ana María Berumen. El cortejo bastante concurrido, se caracterizó porque todas las asistentes vestían de negro en señal de muda condolencia. Al final, ante copiosas lágrimas, el cuerpo de Anita fue depositado en una fosa, la que prontamente se llenó de flores, destacando sobre una de ellas una corona de gardenias con un listón que decía simplemente: "A mi carita de cielo".
LA SERENATA DIARIA
Manuel Rincón Varela no pudo aceptar la muerte de su bella novia, y desde ese 10 de noviembre acostumbró llevar casi a diario una corona de gardenias que cuidadosamente acomodaba sobre la lápida de la tumba de Anita. También lo acompañaba una “típica” la que cantaba la versión parodiada de “Carita de cielo”. Las malpasadas, las borracheras, los enfriamientos, fueron causa de que Rincón Varela falleciera la madrugada del 26 de octubre de 1939. Quienes lo vieron morir, entre ellos el doctor Pedro Quiroz, dijeron que falleció con una sonrisa en los magros y descarnados labios y pidiendo lo sepultaran lo más cerca posible de "Carita de cielo".
Quienes conocen Jerez, han visto que cerca del monumento funerario de don Rafael Páez está la tumba de Ana María Berumen "Carita de Cielo". Hace pocos años cambiaron la lápida en la que se podían apreciar unas letras que dicen: "Rcdo. M. R.", quien siguiera a su linda novia tres años después. La tumba de Manuel Rincón Varela se encuentra como a treinta y cinco pasos hacia el poniente, muy cerca de la cripta de los Escobedo, como si alguien premeditadamente lo alejara del cuerpo de ella un paso por mes.

Sé que hay una foto de Anita Berumen, que celosamente es conservada por sus familiares, ojalá y algún día podamos copiarla y ofrecerla como un testimonio más en esta investigación.
Dibujo hecho por Victoria Eujenia Berumen para ilustrar este tema.

lunes, 30 de mayo de 2016

LA ROCA DEL PÚLPITO O PIEDRA AGUILERA

Cuentan que en tiempos de la revolución, muchos campesinos aprovecharon la revoltura para hacerse de riquezas, y formaron bandas de forajidos, más que de revolucionarios, como las de Daniel Vanegas, las de Sabino Salas y otros, que se dedicaban a la rapiña, al asesinato, se robaban a las muchachas más bonitas de los pueblos, y las dejaban abandonadas luego en casitas de agua perdidas en la sierra; para ello usaban la violencia más extrema.
Sabino Salas sobrevivió a la revolución, y todavía en la cristiada le dio mucha lata a la federación y refieren que en sus escondrijos por las sierras de Los Cardos y de El Venado, guardó muchas riquezas en espera de tiempos mejores.
Un carbonero de La Lechuguilla, platicaba que una ocasión estaba cortando leña para quemarla y sacar de ahí el carbón vegetal luego, cuando vio venir a cuatro personas a caballo y otras a pie jalando unas mulas que se veía venían bien cargadas. Le preguntaron que si sabía dónde estaba la roca que le llamaban “el púlpito” (que pocos saben de su existencia). Y al contestarles afirmativamente, le pidieron que los guiara. El carbonero –presintiendo que se trataba de bandidos- dijo que no podía, porque tenía que preparar el carbón que ya hasta pagado lo tenía. Pero con voz enérgica y violenta le dijeron que con lo que le pagarían tendría para no trabajar en mucho tiempo. No habiendo más remedio, los fue llevando por los vericuetos de la sierra hasta la mentada piedra… Ahí le dijeron: “Arrima pa’ca tu sombrero”, y de uno de los costales que llevaban las mulas, sacaron un puñado de monedas y se las echaron en la mugrosa copa del sombrero. “Tome amigo, por el favor recibido, pero usté no nos vio, no escuchó nada de lo que hablamos, porque si algo dice que nos perjudique, hasta ese día vive, ya váyase, que nosotros vamos a seguir solos”.
El humilde carbonero se regresó hasta donde estaba cortando leña, como ya era muy noche se quedó a dormir ahí en el cerro, para comenzar al otro día tempranito y quemar la leña durante el día. Con los primeros rayos del sol, vio de regreso a los cuatro jinetes, con las mulas ya descargadas… pero los otros acompañantes no. Pasaron de largo sin verlo, ya que se había ocultado, y jamás los volvió a ver.
Años después contó a sus familiares ese episodio, porque la gente que subía a la sierra por ese lugar sentía algo raro, a veces ni los burros o caballos querían pasar. Dicen que de noche se oían quejidos. Los cazadores que por ahí pernoctaban juraban ver una lumbre azulada y sentían mucho miedo, por lo que en lugar de acercarse a ver qué originaba ese fenómeno que consideraban cosa del demonio, mejor huían.
Así, comenzó a correr el rumor que ahí había dinero, y que ese dinero era de una gavilla de asaltantes que tenía su cubil en el cerro grande, allá por la Ermita de los Correa, pero que decidieron cambiar su escondrijo hasta las inaccesibles laderas de la sierra de Susticacán, donde está la roca púlpito.
Fue por los años 70, unos buscadores de tesoros originarios de Zacatecas y de Durango, cargados de aerofotografías de esas que acababa de sacar el DETENAL (Departamento de Estudios del Territorio Nacional), consiguieron una persona que los guiara hasta donde se suponía debería estar ese tesoro enterrado y ahí durmieron. Sería como a las 4 de la mañana cuando despertaron y luego luego sacaron sus aparatos –cuenta el guía- y chillaban y gruñían, por lo que se pusieron a rascar el suelo, que estaba bien blandito, hasta que encontraron a un metro de profundidad más o menos, una piedra laja, grande, con muchas piedritas alrededor. Y cuando estaban haciendo la lucha por sacarla, oyeron que desde el plan se escuchó un galope de caballo y vieron que venía al galope un jinete en un caballo negro, pero que se quedó como a unos 20 metros de distancia, sin decirles nada… solo viendo.
“Buenos días señor, -le saludaron- ¿le podemos servir en algo?”. Y no les contestaba nada... solo los miraba en la oscuridad de la madrugada. De pronto oyen de nuevo el galope del caballo y al buscar al jinete, lo ven subiendo el cerro, pero como si volara, y al llegar arriba nomás se les quedó mirando. Y de repente se comenzaron a formar unos nubarrones negros, dejando caer un aguacero muy fuerte, con granizo. Los buscadores se asustaron y recogieron todo su equipo para refugiarse en un lugar mejor. Ya era entrada la mañana cuando la tormenta terminó, y fueron a donde estaban excavando. No encontraron el hoyo que habían hecho, ni señas de él. “Aquí hay algo sobrenatural, algo extraño y maligno”, dijeron y se regresaron a Jerez, quedando de volver después, cuando no fuera temporada de tormentas.
Dicen que ese gran púlpito ya no existe. Esta piedra era un peñasco grande sentado sobre una diminuta base, de la que hay fotografías todavía. Hay rocas similares que se han ido cayendo, conocidas también como “los púlpitos”.
Buscadores de ese tesoro han acudido con equipo moderno, pero como no saben la ubicación exacta, se pasan rastrillando toda la sierra… sin encontrar nada… o…¿Quién sabe?

En la  porfirista revista “EL TIEMPO ILUSTRADO” del 23 de septiembre de 1909, en las página 562 y 563, aparece un reportaje sobre esta piedra:
LA ROCA DE LOS CARDOS: Entre las no pocas curiosidades que la naturaleza ostenta en nuestro país, figura la roca representada por uno de nuestros grabados.
Esta curiosidad geológica fue descubierta hace poco por el Sr. Ing. D. Ambrosio Romo, quien le puso el nombre de “Roca Aguilera” como un honor que quiso tributar al actual director del instituto geológico.
La “Roca Aguilera” se encuentra en una cañada de la sierra de “Los Cardos”, en el Partido de Jerez, Estado de Zacatecas. Es un bloc de granito de 8 metros por 6 y por 4, y pesa, aproximadamente 400,000 kilos.
Como se ve en nuestra ilustración es esta roca una verdadera curiosidad geológica, pues la gran masa está sostenida solamente por una no muy gruesa columna de 4.60 m. de altura, enteramente aislada.
La fotografía que reproduce nuestro grabado, fue tomada por dos inteligentes “amateurs” el Sr. Enrique Espinosa y el Sr. Luis M. Flores y Cía, de Zacatecas, y a quien debemos el poder dar a conocer a nuestros lectores la curiosa “Roca Aguilera”. Esta, según se nos informa, es conocida entre los naturales con el nombre de “Piedra Púlpito”.
La ilustración aparece en la página 566.

NO PIERDO LA ESPERANZA DE SEGUIR VENDIENDO LIBROS. Dirán que cómo chingo y jodo ofreciendo mis libros, pero si no los anuncio yo, nadie lo hace. A fines del 2015 apareció el Tomo V de Leyendas y Relatos de Jerez “De bandidos, tesoros y otras cosas”. Lo puede comprar donde venden nuestras publicaciones: en los portales del mercado donde expenden periódicos y revistas, en Video REC (por la calle de San Luis), en la Casa Museo de Ramón López Velarde, donde ofertan artesanías frente al portal Humboldt y en Reforma No. 51 centro (frente al Porky). Solo en Reforma 51 tenemos una interesante promoción en la compra de los cinco tomos de leyendas les obsequiamos una copia de una revista aparecida en 1969 sobre Ramón López Velarde y los libros se los damos a precio muy especial.

viernes, 20 de mayo de 2016

EL DISCURSO QUE INCOMODÓ A LOS JEREZANOS

¿Qué dijeron ya? ¿Qué iba a escribir sobre el famoso debate que se celebró en días pasados? De ese debate, ya han hablado mucho los expertos en política. Aunque a mi parecer, sólo diré que no fue un debate, sino un recuento de promesas y más promesas, sueños guajiros que no se cumplirán. Por cierto, los asesores de algunos candidatos los deberían preparar mejor para que su presentación en público logre siempre su objetivo, porque dos de ellos estuvieron tímidos, medrosos, inconsistentes, para nada irradiaron lo que pretenden ser.
El discurso al que me refiero, fue enérgico, sorpresivo, muy fuera de su época, y del que narraré sus pormenores sucedió la tarde del lunes 15 de septiembre de 1890, en el entonces nuevo teatro Hinojosa.
La señorita Rafaela Ybarra fue apreciada en muchos círculos sociales jerezanos. Era una mujer no fea, pero tampoco bonita. Vestía modestamente, pero con elegancia. Dueña era de muchos atributos, ya que sabía tejer, bordar y coser como nadie. Tocaba el piano y cantaba. Se sabía todos los secretos de la repostería jerezana, así como de la elaboración de conservas y embutidos. Hablaba y escribía tres idiomas con bastante fluidez. No por nada fue nombrada “preceptora de primer orden y sinodal de las escuelas municipales del partido de Jerez”.
El licenciado Victoriano Ortiz Soto tomaría protesta como jefe político al siguiente día, por lo que acordó con su antecesor premiar a los mejores alumnos de las cuatro escuelas municipales, para ello organizaron un extenso programa con solemne distribución de premios en el teatro Hinojosa y así comenzar las festividades patrias.

La curiosidad movió a las jerezanas a acudir al recinto, y así, pronto se vieron ocupando sus lugares en platea, las señoras Gertrudis Zesati de Escobedo, doña Cuca Amozurrutia de Inguanzo, Librada Llamas de Reveles, María Llamas de Escobedo, Bibiana C. de Sánchez, Clara M. de los Ríos, Concepción Llamas de Llamas y otras más. Por supuesto, también asistieron guapas señoritas que lucían sus mejores ropajes y más caros perfumes y que echaban pícaras miradas a su alrededor. Ahí estaba Lupita Inguanzo, Chole de los Ríos, Pepita Inguanzo, Luz Colmenero, Conchita Ruvalcaba, Aurelia Robles, Conchita Mier, Clara Fernández, Herlinda Hinojosa, Angelita Llamas, Carmelita Brilanti, Mariana Félix, Carmen Roux, Dolores Caraza, Jesusita Cabrera y otras que el cronista no alcanzó a anotar.
Los machos, muy machos, estaban representados por don Antonio Román Castellanos, Francisco Llamas Carrillo, Eufemio de los Ríos, el Dr. Jesús Villalobos Escobedo, el Licenciado Guadalupe López Velarde, Alberto Sánchez, Néstor Berumen, Miguel Inguanzo, Sóstenes Colmenero, el Dr. José S. Peña, Mariano Tello, etc. Todos ellos con sus mejores trajes, bastones y sombreros, tal pareciera que los premios se los iban a otorgar a ellos.
Y como al siguiente día iba a ser feriado, los dependientes del comercio también estuvieron echándole ojitos a las damas. Alberto Bonilla, Aurelio Ramos, Andrés Colmenero, Aniceto Flores, Cayetano Pérez, Miguel Berumen, Espiridión Menchaca, Jesús Fernández, Juan Escobedo, Mariano de Haro, José Ma. Del Río, Mariano Sánchez, Pánfilo Varela, Petronilo Colmenero, Pascual Hinojosa, Rafael Amozurrutia, etc. Todos ellos en palcos y galería, pues en luneta estaban los niños y niñas de las escuelas.
La Asamblea Municipal había decidido que el discurso lo ofreciera la señorita Rafaela Ybarra, quien se plantó a la mitad del foro, y con potente voz que se alcanzaba a oír hasta el último rincón de gayola, comenzó su disertación:
“…Íntimamente convencida de mi insuficiencia, un temor respetuoso me hace temblar al dirigiros la palabra. Frente a frente de vuestra ilustración, y emocionada por el espíritu de progreso que se manifiesta hoy entre nosotros, celebrando uno de los triunfos de la ciencia, quisiera como los poetas, poder ofrecer en mis pobres conceptos las galas y las flores de una imaginación ardiente…”.
Los espectadores, pensando que se trataría de un aburrido discurso más, se arrellanaron en sus asientos, quizá para dormitar arrullados por la voz de la señorita Ybarra.
Pero, comenzaron a poner atención, cuando la preceptora y sinodal poniendo énfasis a su discurso, habló de la mujer, de su deseo de instruirse: -“¡Bendita sea la libertad en la ley! ¡Bendito sea el progreso! ¡Bendita sea la ciencia! ¡La ignorancia no es ya el patrimonio de la mujer!... ¡Mañana, Patría mía, nosotras en medio de nuestras familias, en la tribuna y en todas partes seremos también los apóstoles de la verdad, de la ciencia, de la moral y de la libertad!”.

Inacabables carraspeos llenaban las gargantas de los jerezanos, los que estrujaban sus chisteras y acariciaban sus bastones como símbolos fálicos golpeándolos de vez en cuando en el suelo de cantera del teatro. Abrían los ojos sorprendidos pues no se explicaban cómo una mujer se atreviera a hablar en público de igualdad de derechos de hombres y mujeres. Las damas sonreían cuidando que no las vieran sus maridos. Las señoritas cuchicheaban. Los niños y niñas ponían atención a la oradora aunque pareciera que no le entendieran nada.
“El pueblo entusiasmado por el espíritu del progreso… reclama el pan del alma: la instrucción. Sí, pero la instrucción para todos, porque para poseer la ciencia todos tenemos iguales derechos, no hay distinción de sexos, no debe haber privilegios para los que tienen buena posición social…”. Refunfuñando, los jerezanos se miraban unos a otros y se preguntaban de manera queda que si no había quien callara a la oradora que se atrevía a lanzar al aire esos conceptos, y más enfrente de sus niños.
El acabose fue cuando Rafaela Ybarra se dirigió a las damas, diciéndoles con su voz potente, una voz que no acallaban los susurros, ni los golpeteos de los bastones en el piso: “Apreciables madres de familia: hermosas niñas: Hemos rasgado el velo de las tinieblas, el porvenir nos aguarda, tened fe en el omnipotente, tened valor, no temáis…hablad a vuestros hijos desde la cuna hasta la muerte de fe, de progreso, de ciencia, de verdad, de patria, de honor, y sobre todo de verdad y de virtud. Ya veis: el problema de la felicidad está resuelto: la educación del hombre y sobre todo de la mujer”.
¿Cómo se atrevió la preceptora a hablar de progreso, verdad, ciencia, moral y libertad, si esas palabras y conceptos estaban vedados en el vocabulario femenino? Al término de su disertación, algunas damas aplaudieron y sonreían, pero eran prontamente acalladas por sus maridos. Rafaela Ybarra no se dio cuenta que fue la primera mujer que hablaba de igualdad entre hombres y mujeres.
Luego de pasadas las fiestas patrias, el Licenciado Victoriano Ortiz Soto llamó a su despacho a la señorita Ybarra, no se supo lo que le dijo, pero los testigos afirman que salió llorosa y triste. A los pocos días se fue con su familia a Juchipila. El bendito progreso, la bendita ciencia, la bendita educación para hombres y mujeres por igual no llegaron a Jerez entonces, es más, creo que todavía no llegan…