viernes, 11 de julio de 2014

EL COFRE DE MADERA DE SÁNDALO

LA FÁBRICA DE MUEBLES FINOS Y CARRUAJES “EL PROGRESO”
A fines del siglo XIX y principios del XX, dominaba la región el emporio comercial “Juan P. Escobedo Sucesores”, dueños de la Compañía Industrial de Fósforos, además de “El Palacio de Cristal” y el negocio de telas de don Ignacio Escobedo en el Portal de los Escobedo. Propietarios también de la fábrica de cigarros “La Nacional”, mediante la cual impulsaron por un tiempo el cultivo del tabaco en la región, que luego se utilizaba para fabricar cigarros de papel de arroz y lino.
La fábrica de muebles “El Progreso” era dirigida por Andrés M. Buhr, localizada en la calle de la Parroquia, en el número 24, finca que en 1896 compraron a Francisco Llamas Carrillo, y en esa fábrica utilizaban maderas finas del aserradero de La Tinajita, cercano a Monte Escobedo. El aserradero tenía excelente maquinaria, además de una estufa y secadora para el desfleme de la madera. “El Progreso” tenía como anexos una pequeña fábrica de aguarrás y otra de espejos.
Además, en la ciudad de Zacatecas, en el Portal de Rosales No. 2 tenía su sala de exhibición y venta de carros, carretones, carruajes finos y corrientes, muebles, catres de madera y fierro con colchón de alambre, maderas de todas clases desecadas en estufas especiales, duela, etc. Allá se anunciaba como “Carrocería y Mueblería Americana”
Los precios de sus artículos no estaban al alcance de cualquier paisano, pues un carro de cuatro ruedas, con capacidad de 4 mil 602 kilos costaba 450 pesos. Uno de la mitad de capacidad costaba $ 250. Los carretones de dos ruedas andaban entre los 220 y 80 pesos. Un guayín express de seis asientos se vendía en 500 pesos, un faetón de cuatro ruedas con capacete de cuero costaba 450. 
En el apartado de muebles, fabricaban ajuares para despacho, tapizados, imitación búfalo a 230 pesos. Ajuares finos tapizados de boret y felpa 450 pesos. Chaise longues, (como sofás y sillones) tapizados imitación bufalo $ 50. Roperos grandes de  madera de sabino a solo 40 pesos. Aguamaniles con tocador $ 13. Burós entre finos carpeta imitación mármol $ 6. Mesas de centro, carpeta imitación mármol $ 6. Sillas de todas clases, maderas, fierro, untura para carros y carruajes, etc.
Andrés M. Buhr y los hermanos Escobedo en su Fábrica de Muebles de Jerez.

EL ALSACIANO ANDRÉS M. BUHR
Don Luis Escobedo, principal propietario de este emporio comercial, le tenía mucha fe al alsaciano Andrés M. Buhr. Alsacia es una región de Francia, situada al este del país, en la frontera con Alemania y Suiza. William Buhr y Sophia Nonenmaker vieron con tristeza como su hijo Andrew M. Buhr se embarcó para no regresar más,
Andrew llegó a Nueva York y de ahí partiría con destino a la ciudad de México. Pero al llegar a Zacatecas, Escobedo le ofreció buen trabajo dirigiendo la fábrica que se instaló siguiendo los consejos de Buhr, quien además de ebanista, conocía mucho sobre la herramienta y maquinaria moderna.
El franco-alemán se quedó en Jerez y se casó con Aurelia Robles Maldonado. Al menos hay datos de tres de sus hijas: Rosa María, Ma. Aurelia y Aurora. Falleció el 22 de junio de 1912 a la edad de 59 años. De su familia poco se sabe luego de la revolución. Tal vez emigraron a otras tierras, como muchas otras gentes que salieron de Jerez solo con lo que traían puesto. En 1914, el gobierno del municipio le embarga la casa que fue de su propiedad, en la primera cuadra de la calle de la Parroquia, por falta de pago de contribuciones.
EL COFRE DE MADERA DE SÁNDALO
Poco tiempo bastó para que don Luis Escobedo advirtiera cómo crecía y se modernizaba su industria mueblera y carrocera bajo el mando de Buhr. Entonces le hizo un obsequio: un cofrecito de madera de sándalo, recubierto en su exterior con baqueta con caprichosos diseños repujados, como los hace el afamado talabartero Carlos Berumen, además con sus herrajes dorados y el interior de terciopelo rojo.
-No se vaya a molestar por este pequeño obsequio, pero es en prueba de mi gratitud porque ha trabajado con mucho entusiasmo y ha puesto sus conocimientos a favor de mi empresa. Dirá que cofres como este puede hacer miles, que para eso es ebanista. Pero este, lo que lo hace diferente, es que está lleno de monedas de oro que le servirán para que su estancia en Jerez sea agradable, sin carencias de ningún tipo.
El alsaciano sonrió, como negándose a recibir el cofre, diciéndole a don Luis que él se sentía muy satisfecho con su paga, y además con las comisiones que le daba. Que era mucho más de lo que él esperaba.
Escobedo insistió, entonces Andrés Buhr tomó el cofre y lo guardó en uno de los cajones de su escritorio que tenía ahí, en la fábrica de muebles. Este escritorio era de esos antiguos de muchos cajones que se cerraba con una cortina de tiras de madera, conocidos como “secreter”, aunque también les decían “bargueños”. Y aparentemente se olvidó del cofre y las monedas que éste contenía.
Mucho tiempo después, don Luis platicando con Andrés Buhr recordaba la cajita de madera. –Nos ha ido muy bien con la venta de muebles en Zacatecas y creo que se merece otra recompensa maestro. A propósito ¿Qué hizo con lo que le dí?
Buhr confesó que así como le había entregado el cofre, así lo guardó en un cajón de su “secreter”, y que ahí estaba, que de vez en cuando lo sacaba para que se orearan las monedas, pero que no había gastado nada. Por curiosidad se dirigieron al escritorio para ver el cofre, pero al abrir el cajón donde supuestamente estaba, no encontraron nada. Abrieron todos los cajones, y el cofre no apareció.
-¿Está seguro que aquí lo dejó? ¿Qué lo guardó en su escritorio? ¿No se lo habrá llevado a su casa de casualidad? Buhr negó todo, asegurando que siempre cerraba con llave su “secreter” y que para nada lo había sacado de ahí, porque no lo ocupaba.
Don Luis, se enojó bastante y gritaba que en su empresa no consentiría ladrones, suponiendo que alguno de los empleados encontró la manera de sustraer el cofrecito con su preciado contenido. Mandó llamar al jefe político, que era Juan Francisco Amozurrutia y este llegó con su fiel jefe de rurales Cruz Avalos, para que investigaran quien era el responsable del hurto.
Andrés Buhr, trató de mediar, precisando que el cofre era suyo, y que a lo mejor él lo había extraviado, que no quería se hiciera ninguna investigación ni se castigara a nadie. Pero Cruz Avalos ya llevaba el sable desenvainado y todas las sospechas recayeron sobre el velador de la fábrica, un pobre hombre todo atiriciado y medio pendejo que se llamaba Panchito Sánchez.
Se lo llevaron a la cárcel, y aunque el velador juraba que no sabía nada del tan mentado cofre, lo encerraron todo un año, porque por más golpes que le daban, no decía nada de la cajita robada. Lo dejaron salir por la intercesión del franco alemán que desistió de cualquier acusación que se le pudiera hacer al pobre infeliz. –“No puede ser que sea él el culpable, porque su familia pasa mil penurias. A veces no tienen ni para comer”.
Tiempo después, Luis Escobedo le sugirió a Buhr el cambio de mobiliario de su oficina, algo más moderno. –“Se les da una manita de gato a los muebles y los vendemos”.  Cuando los cargadores sacaron el “secreter” le entregaron al ebanista el cofrecito. –“Cuando ladeamos el mueble, saltó de uno de los cajones. Véalo a ver si no se maltrató con la caída”.

Don Luis Escobedo y Andrés Buhr se quedaron sorprendidos, pues el cofre siempre estuvo ahí. Tal vez se atoró al fondo del cajón, y cuando zangolotearon el escritorio se desatoró. Comprendieron que se había cometido una injusticia grande con Panchito Sánchez, decidieron ellos de común acuerdo entregar las monedas de oro al velador, quien no las quería, solo pidió un pedacito de tierra para sembrar allá por su rancho, cerca del cerro de El Tajo.

domingo, 6 de julio de 2014

LA BURRA CARTERA

-Hay que llevar estas cartas a Jerez, pero los soldados de López tienen bien cuidados todos los caminos. –Dijo el jefe mientras pasaba la mirada por entre los cristeros de su tropa que a sorbos bebían el atole calientito y comían las gordas, también calientitas que doña Pelancha les preparaba en ese perdido rancho de la sierra de Juanchorrey.
-A mí ni me vea, los agraristas de Rodarte ya me tienen echado el ojo, si voy seguro que se pierden las cartas y me matan a mí. No es por miedo, pero si las cartas son importantes de segurito caerían en manos enemigas.
Nadie se animaba a hacer esa entrega epistolar, Doña Pelancha mientras torteaba gordas se atrevió a decir: -Po’s si quere, yo las llevo, al cabo ¿quen va a pensar que esta vieja gorda y fea lleva algo que los soldados quisieran conocer? Écheme esas cartas y lo que haya qué entregar, orita mismo me trepo en mi burrita y me voy con los carboneros pa’ que me hagan compañía pa’ Jerez.
-Po’s es muy riesgoso lo que dice, porque a usté ya también la train entre ojos. Pero po’s si quere ayudarnos, ai’tan las cartas.
Doña Pelancha para pronto preparó su burra, y antes de treparse en ella, se echó las cartas al voluminoso seno. Uno que la estaba viendo le dijo: -Oiga, no se eche las cartas entre las chichis porque si la esculcan se las hayan, mejor escóndalas en el suadero de la burra.
-¿Y a poco crees que me voy a dejar que me metan mano? ¡No! primero me matan que agarrarme mis carnes. Además, ya está muy soba’o eso de echar cosas en los suaderos de los animales. Pero te voy a hacer caso, las voy a llevar escondidas donde me dices.
De rato, la caravana de carboneros y doña Pelancha venían ya por el rumbo el Huejote, cuando se encontraron a una columna de agraristas. Para colmo, el jefe de ellos conocía a la gordera.
-¡Quihubo Pelancha! ¿Cómo le ha ido? ¿Qué le cuentan los cristeros que seguido van a verla?
-No señor, no he visto a naiden, todo está silencioso en la sierra.
-¡No se haga, pinchi vieja cabrona! –gritó el agrarista, un tipo cacarizo y grandote. -¡Si todo mundo sabe que usté es la que mantiene la revolución! Usté les da de tragar a los cristos en su casa, y si no van usté se las lleva a donde anden. Usté les lleva parque y armas, cartas, comida, dinero y hasta ropa. ¡A poco cree que somos sus pendejos!
-Mire, siñor autoridá agraria, si yo tuviera ese poder que me dice, para mantener el mundo, no viviría en la sierra, entre los coyotis y los animales, no andaría con estas garritas de ropa y traería siquiera unas garritas de huaraches, no que siempre ando a pata pelona.
Y el agrarista siguió maltratando a la mujer, amenazándola de muerte, diciéndole todo tipo de palabrotas, hasta que la hizo enojar y ella también le contestó en el mismo tono.
-¡Viejo cacarizo hijo de la chingada! A mí no me asusta con sus peladeces. Si me ha de matar, po’s jálele al gatillo. ¿O le faltan güevos? Si le faltan le presto a esa gallinita búlica que traigo pa’ que lo surta a diario. Y si me acusa de algo, po’s aquí ‘stoy pa’ que me compruebe lo que me dice.
El jefe de las defensas, no acostumbrado a que nadie le respondiera, hasta bufaba enfurecido, lo mismo que su caballo, que también bufaba.
-¿Entonces no me va a matar? Haga pues el favor de quitarse a la chingada, porque se nos hace tarde pa’ mercar cosas en Jerez y entregar ese carboncito. Si astedes no tienen quihacer, no entretengan a los que sí tenemos. Como se la pasan nomás de arguenudos criando nalga montados en sus matalotes.
Y acicateando a su burrita, la Pelancha se integró al grupo de carboneros que en la cercanía la esperaban expectantes, siguieron su camino y ya por las cercanías del rancho La Joya sintieron un tropel. Eran los agraristas que la vinieron a alcanzar.

Doña Pelancha se bajó de su burrita, agarró un machete que traía, y blandiéndolo retó a los defensas. –Bueno, ¿Ahora que chingada mosca les picó? ¡¿Ora qué queren? ¿Ora sí vienen con los tanates suficientes pa’ matarme?
-¡Mira Pelancha! Ya estuvo bueno que nos hayas sobajado tanto, Ora te vamos a esculcar pa’ que nos des lo que trais. Así que tú dices, por las buenas o por las malas.
-¿Y quién va a empezar? ¿Tú? Primero vas y esculcas a tu madre y luego vienes por mí. Y al primero que se arrime, ya sabe cómo le va a ir. Serán muchos, pero con uno que me despanzurre, me sentiré contenta.
-Mira Pelancha, ya no nos maltrates tanto, a nosotros nos mandan y tenemos que obedecer, así que tú sola desvístete pa’ ver que no trais nada.
La mujer se quitó el sombrero ranchero sacudiéndolo con fuerza sobre las piedras de un lienzo: “-Gorra jija de la chingada, ¿qué les robates a estos pendejos?
-A ver, desfájese las naguas y la camisa y el chongo.
-¡Piojos cabrones! ¡Despiértensen!- Dijo, mientras se sacudió la ropa, la trenza y todo cuanto portaba en su cuerpo, sin que cayera al suelo nada que la delatara. -¿Ya vieron que no traigo nada? Ora que si me queren ver encuerada encuerada, po’s no se les va a hacer. Crio’que tengo mis derechos y no serán güeyes como astedes los que me van a hacer esa humillación.
Los agraristas, rascándose la cabeza, y sin musitar siquiera un “asté perdone” se devolvieron por el rumbo de El Huejote. Los carboneros esperaron a que doña Pelancha se acomodara y siguieron su camino hacia Jerez. La burrita, como la dejó sin rienda, se había echado a correr, y la encontraron hasta la acequia de la alameda de Jerez, muy contenta triscando zacate.

De esa manera las cartas llegaron a su destino, a una casa de la calle Reforma, allá por la plazuela, gracias a doña Pelancha que no se las guardó donde pensaba y gracias a la burrita que corrió oportunamente evitando que la esculcaran.

viernes, 20 de junio de 2014

NOMÁS POR ESO NO APLAUDIMOS…

Fue exitosa la temporada que la compañía italiana de Ópera de Ángela Peralta tuvo en el teatro Calderón de Zacatecas, en el verano de 1882. En esas presentaciones contó con el apoyo del eminente músico Fernando Villalpando como su director de concierto. Algunos días antes de que la compañía saliera a Monterrey, al término de la temporada en Zacatecas, la Peralta se entrevistó con Villalpando:
-Maestro, ¿conoce usted Jerez? ¿Cómo es? Me han contado mucho de esa ciudad, de su gente, por eso es que me gustaría que me hablara de esa ciudad.
-Señora, Jerez es un pueblo pequeño, una ciudad pintoresca y amable. Dicen que sus vecinos son muy cultos y hospitalarios. A medio día de camino. Si quiere, la puedo acompañar cuando usted lo disponga. Sé que tienen un teatro pequeño, pero no lo han terminado, la sala está funcional, pero faltan las casas de alojamiento de los artistas.
-¿Podemos ir mañana mismo? El señor Cayetano Escobedo ha puesto a mi disposición su carruaje.
-Será un placer para mí acompañarla, junto con mi esposa Josefa, a quien le dará mucho gusto poder conocerla personalmente. Pero habrá que salir antes de las cinco de la mañana, porque el camino es largo y malo.
-A esa hora estaremos ya saliendo hacia Jerez.
Así, en la madrugada del domingo 17 de septiembre de 1882, un carruaje salió del Hotel Zacatecano (actual edificio del Obispado), llevando en su interior a la diva, a Julián Montiel, a Villalpando y a su esposa Josefa González. Poco después del mediodía ya estaban en la pequeña villa, siendo recibidos por un grupo de personas encabezados por don Pedro Cabrera, jefe político del lugar, avisados convenientemente de su llegada por medio de un telegrama.
Los domingos en Jerez siempre parecían de fiesta, porque los pobladores de los pueblos vecinos y rancherías acudían a vender sus productos y a comprar lo necesario. Al caminar por las calles de la ciudad, la Peralta se sintió maravillada por todo lo que vio, la provincia en todo su esplendor.
El ruiseñor mexicano, al estar dentro del teatro, cantó a capela fragmentos de “Lucía de Lamermmour” y quedando maravillada pues los jerezanos afirmaban que la acústica del teatro era inmejorable. Su voz se esparcía por los arcos de la sala, llenaba la bóveda y se escapaba y claramente se podía oír hasta el jardín “Brilanti” convertido ese día en tianguis dominical.
Sigilosamente, poco a poco fueron entrando al espacio de luneta, azorados rancheros que se despojaban de su apiloncillado sombrero y que atraídos por la melodiosa voz que se escuchaba y llenaba sus sentidos, ingresaron al interior. Los ojos bien abiertos, con una expresión de sorpresa y admiración, la quijada caída. Con una mano se alisaban el rebelde cabello que desconocía la caricia del peine, y con la otra asían nerviosamente el ancho sombrero que se habían quitado en señal de respeto. Las mujeres, veían con ojos de ternura a la diva, y con lágrimas en los ojos mordían nerviosamente las puntas de sus rebozos, como si cada acorde les llegara muy dentro y les hiciera olvidar su pobreza, sus angustias, sus pesares.
Cuando la afamada soprano terminó de cantar, los que estaban cerca de ella aplaudieron a rabiar y lanzaban gritos de júbilo, no así los rancheros y gente del pueblo que estaban como hipnotizados.
-¡¡Aplaudan!! ¡¡Aplaudan!! –Los conminaban los que estaban cerca de la diva- ¡¡Es Ángela Peralta!! ¡¡Aplaudan!!
Los espectadores, callados, con los ojos posados en la regordeta figura de la soprano no decían nada. Fue el mismo Pedro Cabrera, quien dirigiéndose a ellos les preguntó. –¿Por qué no aplauden? ¿Acaso no les ha gustado lo que han oído? ¡Jamás en su vida volverán a oír una angelical voz como ésta! ¡Es una falta de respeto no aplaudir!
Tímidamente, uno se animó a contestar, mientras con el dorso de la mano se limpiaba de su rostro unas lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
-Tiene usté razón, patrón. Nunca de los jamases volveremos a oír algo como lo que hoy hemos oyido. Y por eso no aplaudimos, porque queremos llenarnos el alma de lo que aquí acabamos de oyir. Si aplaudimos, a lo mejor se quiebra el encanto, se quiebra el resplandor que ha dejado en nuestros corazones ese concierto de ángeles que nos ha dado aquí, la siñora. Muy dentro nuestro, resuena como si juera algo de cristal todo lo que oyimos, y ansina lo queremos dejar. Es como si cada uno de nosotros se llevara un pedacito del cielo que con su voz nos da a conocer esta siñora, que es más bien un ángel enviado por Diosito para regalarnos esta alegría tan inmensa.
Angela Peralta se sintió emocionada por esas palabras, y sonriendo dijo: -He cantado en Europa, en sus mejores salas, en muchas ciudades de México, y siempre me han ovacionado grandemente; reyes, emperadores, príncipes, presidentes y grandes empresarios han aplaudido mi actuación, me han regalado flores, joyas, sonrisas. Han puesto el mundo a mis pies. Pero este silencio, es el mejor obsequio que he recibido en mi vida. Este silencio suyo me ha llegado al corazón y lo llevaré por siempre como el mejor de los aplausos. Muchas gracias.
Las palabras se le quebraban, pero la diva agradeció el silencioso aplauso y siguió cantando, pero se notaba que lo hacía con más sentimiento, con más alegría. Fue un concierto espontáneo e inolvidable ofrecido para quienes tuvieron la fortuna de estar en el teatro. Hombres y mujeres se acercaban respetuosamente a besar la mano de la cantante. A don Fernando Villalpando, al igual que otros de los que ahí estaban, se le empañaron los redondos lentes, y cuando los limpiaba con un pañuelo, Ángela Peralta, le preguntó:
-Maestro Villalpando, ¿cree usted que podríamos hacer algo aquí? El teatro es pequeño, pero me parece formidable. Tiene una sonoridad asombrosa. Me gustará cantar aquí.
-Señora, me dicen que este coliseo tiene capacidad para más de cuatrocientas personas, pero como aquí la costumbre es que cada quien traiga su silla, se reduce a unas trescientas. Además, no tiene foso para los músicos, por lo que tendríamos que robar espacio al proscenio. Tendríamos que elegir obras en que no se necesite de toda la compañía, sino de unas treinta personas a lo más. Aparte, no hay transporte ni alojamiento. De ninguna manera sería redituable.
Don Pedro Cabrera, que escuchaba la plática intervino, asegurando que para los jerezanos sería un honor tener el privilegio de escuchar la voz de la Peralta. Que él ponía a su disposición los carros que se necesitaran para trasladar a la compañía, instrumentos y vestuario, además que no se preocuparan por el alojamiento, pues en los principales hogares jerezanos serían hospedados.
El siguiente domingo, Jerez estaba de lujo, pues Ángela Peralta y su compañía (adaptada para actuar en el teatro Hinojosa), iniciaban una breve temporada. ”El Trovador” de Verdi, fue la principal obra que interpretaría la soprano. En posteriores días complació a los jerezanos con “La Traviata”, “Lucía de Lamermmour” y “Rigoletto”. Su director de concierto fue Fernando Villalpando. No hubo función de beneficio, pero al abandonar la ciudad, dicen que la artista lo hizo con lágrimas pues la recepción y hospitalidad que le dieron en Jerez fue inolvidable. Inolvidable para una dama acostumbrada a las mejores salas de teatro de Europa y a los más nutridos aplausos.
EL NÍQUEL Y LA BODA
La compañía de Ópera Italiana de la Peralta partió a Monterrey, donde hizo una larga temporada; luego seguirían en su periplo a Chihuahua, donde estuvieron en abril de 1883. A fines de agosto llegaron a Mazatlán.

Juventino Rosas se salvó
En Mazatlán, el Ruiseñor Mexicano cantó desde el balcón del Hotel Iturbide a un público emocionado que escuchaba conmovido las notas de “La Paloma”…  pero, ya en el aire se advertía algo extraño: por descuido llegó al puerto una epidemia de fiebre amarilla, “el níquel” decían. Las autoridades portuarias habían conocido del caso de un norteamericano que había fallecido de ese mal en un barco, pero aún así permitieron fuera desembarcado y enterrado su cadáver. Los miembros de la compañía fueron cayendo enfermos, y muriendo algunos después, entre ellos el Dr. Pedro Chávez, el primer tenor Belloti… y la soprano. Su vida se extinguió a la 1:30 del 30 de agosto de 1883 en los altos del Teatro Rubio. Debido al carácter infectocontagioso de la enfermedad, fue velada en el Hotel Iturbide y llevada al panteón en hombros de cuatro soldados. Dicen que en artículo mortis se casó con su administrador Montiel, y como la diva ya no respondía, el cubano Manuel Lemus le movía la cabeza para que diera el sí. De su compañía de más de 80 personas, solo quedaron con vida 6, entre ellos el violinista Juventino Rosas y Julián Montiel quien mañosamente heredó toda la fortuna de Angela Peralta.

domingo, 20 de abril de 2014

EL CABALLO DEL SÁBADO DE GLORIA

-¡Híjole Miguel! ¡Cómo me gustaría andar un sábado de gloria trepado en un caballo pa’ que todas las chavas me vean de abajo pa’rriba, pa’ gritarles a los que me vean que se quiten porque ahí voy yo, pa’ presumir que soy un chingonazo!- decía un chavo amigo mío siempre que veía a los jinetes haciendo de las suyas el sábado de gloria. Mi amigo, Carlos, tuvo un ramalazo de suerte, pues de repente tuvo la oportunidad de que esa obsesión acariciada por él por varios años, se convirtiera en realidad. Sucede que por motivos de trabajo trabó amistad con un político que tenía un establo con muy cuidados ejemplares equinos. En una ocasión le platicó de su sueño, y el dueño de los animales le dijo que le prestaba un animal, el que escogiera y además le facilitaba todos los arreos necesarios, además de una muy labrada y cómoda silla de montar.
Para pronto, Carlos eligió a un zaino oscuro, de muy buena estampa. “-Desde que entré al establo el caballo me veía y me veía, y ni modo de hacerme tarugo, ese pedí”.

-Solo que el caballo que elegiste es muy pajarero, así que te lo presto con tres meses de anticipación, para que lo cuides, lo bañes, lo cepilles, le des de comer y lo montes todos los días para que se acostumbre a ti- Le dijo el dueño de los animales.
Carlos se sentía el hombre más afortunado del mundo, y diariamente desde muy temprano iba a un corral que le rentaron allá por la colonia Lagunita, cerca de donde había muchos eucaliptos que recientemente talaron. Le daba su alfalfa fresca al animal para que no se entripara, lo proveía de agua, lo cepillaba, lo acariciaba. Por las tardes jinete y caballo daban un paseo por toda la colonia Lagunita y a veces hasta a Ciénega llegaban o se aventuraban por el camino al tanque de San Juan. El chavo terminó con la novia porque la muchacha no estaba dispuesta a compartir su amor con un caballo que era merecedor de más besos, arrumacos y caricias. Se la pasaba todo su tiempo libre con “El peluso” (que así se llamaba el zaino).
Y que se llega el tan ansiado sábado. Desde muy temprano Carlos se preparó. Se calzó unos zapatos nuevecitos que acababa de comprar en la zapatería “La Suiza”, que aunque no eran botines charros, de lejos sí daban el gatazo. Lo que no consiguió fue un buen sombrero, así que se puso su cachucha recién lavadita de los gigantes de New York. “El chiste es que tape el sol” –pensó-.
El peluso se veía reluciente, bien cepillado, con sus crines muy peinadas, bien comido y bebido y la silla de montar que parecía nueva sería la envidia de todos los que la vieran. También mi amigo se había provisto de un cartón de caguamas “Victoria” para degustarlas mientras llegaban los amigos con los que se había apalabrado para asistir a la cabalgata charra.
Como a eso de las diez de la mañana se dirigieron los alegres cabalgantes hasta el puente del río grande, donde se integraron al grueso de la caballada y pasearon muy a sus anchas por las céntricas calles de Jerez. Eso de andar a caballo le gustó a Carlos, y más le gustó que lo vieran cuando abrevaba del oscuro envase de la caguama. Se acabaron las cervezas y sus acompañantes manifestaron que era mejor comprarse unas botellas de tequila para andar más a tono.
Para eso de las tres de la tarde ya andaba el grupo bien briago haciendo desfiguros arriba de los animales pero todavía traían hartas ganas de seguir entrándole al tequila, Carlos demostró su agilidad y desmontando rápidamente frente a una licorería les encargó su caballo mientras él compraba un par de castellanas de tradicional. Pero eran muchos los que tenían esa misma necesidad, así que la licorería estaba abarrotada.
-¡Chino cabrón, dame pronto dos botellas de tequila, no seas hijo de la chingada! –Yo sí sel chino, pelo no cablón, ni sel hijo de la chingala y no te vendo nada pol decil cosas feas. Y comenzó la discusión, uno aferrado a comprar la bebida y el otro a no venderla…
* * * * * *
Ya cuando la tarde refrescaba y comenzaba a anochecer, pasé frente al bar “El Venadito” y en la puerta estaba su dueño don Jesús, quien con la amabilidad que siempre lo caracterizó me habló para que me acercara. –Oiga Miguelito, ahí adentro está bien borracho un amigo suyo. Pidió una botella y se sentó en una de las mesas de la pared. Está a llore y llore, y a todo el que se arrima le mienta la madre y le dice cosas. Hable con él, porque a alguna persona no le va a parecer que lo ofenda y a lo mejor lo golpean. Ya ve que hoy todos andan endemoniados. Hágame ese favor.
Fue tan convincente don Chuy Félix, que no pude negarme, entré y ahí estaba Carlos, semiacostado en la mesa, semidormido, semiborracho, semilloroso y desesperado.
-Carlos, ¿cómo anda?- Me animé a preguntarle; luego de reconocerme, entre lágrimas y maldiciones me contó toda su tragedia.
-¡Me robaron el caballo, Miguel! ¡Me lo robaron! ¡Me lo robaron unos hijos de la chingada! ¡Y ahora no sé qué hacer! ¿Con qué cara voy a decirle al dueño que me lo robaron? ¡Y no nomás el caballo, se lo llevaron con todo y silla! ¿Con qué dinero voy a pagar todo eso?
A lo que fui entendiendo, es que se bajó del cuaco para comprar tequila en una licorería, les encargó el caballo a los compas con los que andaba, pero como estos ya andaban bien cuetes no agarraron la rienda, y cuando Carlos salió del lugar donde fue a comprar tequila –y que no le vendieron por mentarle la madre al encargado- ya no estaba su caballo. A todos les preguntó, pero nadie supo nada. Anduvo buen rato buscando al animal, pero no lo vio, y derrotado fue a la cantina más próxima a ahogar su desesperación y penas.
-¡Si tuviera una pinche pistola ya me hubiera dado un balazo! ¡Me voy a ir pa’l norte a trabajar para pagar el caballo! ¡Pinches amigos que tengo, no me cuidaron el caballo!
Le pregunté que si le había avisado a la policía o al dueño del animal, a lo mejor alguien conoció el caballo que andaba sin jinete y lo llevó a entregar.
-¡No! ¿Pa’ qué chingaos? ¡Pueque los mismos policías se lo hayan robado! Y al dueño… ¿Con qué cara voy a decirle que me robaron el caballo? ¿A ver? ¡Dígame!
Me ofrecí a acompañarlo a su casa, para que descansara un rato si es que se iba al país de los güeros o para que buscara un cuchillo cebollero en caso de que quisiera suicidarse. Todo el camino fue de lamentos, palabrejas y palabrotas. Cuando íbamos llegando a la colonia Lagunita, a lo lejos se oía el relincho de un caballo. Y sí, ahí estaba el Peluso, parado frente a la puerta del corral y relinchado de gusto al advertir que mi amigo se acercaba.
Carlos no cabía en sí de alegría. Hasta lo borracho se le quitó… vio al caballo, lo abrazó, lo acarició, le dijo palabras amorosas, y luego lo metió al corral donde le quitó los arreos, le quitó lo sudado, lo cepilló y le dio agua y pastura. -¿Ya ve Carlos que los caballos son muy inteligentes? Él al verse libre buscó su querencia… y aquí lo estuvo esperando… ¡Y usted mentándole la madre a todo mundo porque se lo habían robado!

El domingo, muy tempranito Carlos fue a entregar el caballo, la silla y todo lo que le prestaron… y ahora dice que no quiere saber nada de sábados de gloria… “Nomás me acuerdo de el peluso, y me da una crudota de esas gachas”.


sábado, 19 de abril de 2014

A PROPÓSITO DE LA FERIA DE PRIMAVERA

Pocos son los datos que se tienen para conocer cómo eran las Fiestas de Abril en el siglo XIX, pero la tradición de la quema de judas y el paseo charro viene de entonces. En la época porfirista se habla de que tuvieron mucho esplendor, pero son muy escuetos los relatos y fotografías que de entonces hemos obtenido. El sábado 19 de abril de 1913 fue fatídico para los jerezanos ya que al ser tomada la ciudad de forma muy violenta y cruel, casi desapareció. Quienes sobrevivieron, pululaban como fantasmas, soportando atropellos constantes, mucha hambre, enfermedades y así terminaron bastantes costumbres que le daban aires de cultura y grandeza a esta pequeña provincia. Y fue también en abril, el viernes 14 (de Dolores) de 1916 cuando los villistas tomaron por enésima vez la ciudad, y la desmantelaron por completo. Por 22 días hubo un saqueo generalizado, desapareciendo así ricos mobiliarios, bibliotecas completas, pinturas, imágenes religiosas y cuanto veían mal parado los secuaces de Sabino Salas. Poco fue lo que se salvó de esa rapiña. Tres meses después, el hambre y una grave epidemia acabó con las dos terceras partes de la población de Jerez.

Don Francisco Reveles, cura de Jerez, inyectó entusiasmo entre la población para que se siguieran celebrando las fiestas de abril, y el 21 de abril de 1921 bendijo la campana mayor de la Parroquia, evento enmarcado en las fiestas, que dependían de la iglesia, ya que el ayuntamiento tenía especial preferencia por la celebración de las fiestas patrias.
Desde esa fecha, los jerezanos hacían esfuerzos por devolverle a Jerez el esplendor perdido, reactivando la pequeña industria y el comercio. Aunque había otro grupo, el de los agraristas, que tenían el mando político y más interesados estaban en hacerse de las antes fructíferas tierras de las Haciendas, convirtiéndolas después en ejidos improductivos y yertos.
En 1925, fue electa la primera reina de las Fiestas de Abril, y su coronación se realizó en uno de los andadores de la alameda. Ella fue Petrita Félix Sánchez, quien tres años antes fuera reina de las fiestas patrias.
Luego, se vinieron los conflictos de “la cristiada”, y todo el entusiasmo por revitalizar Jerez se fue al carajo. Entre los agraristas y las tropas de Anacleto López le dieron en toda la torre a la población. Fue hasta 1935 cuando tenemos noticias de que se reorganizaron las fiestas de primavera, con el auxilio de los militares acuartelados en Jerez al mando del Teniente Mario Ballesteros, quien coronó en esa ocasión a Cuquita Amozurrutia en el kiosco del jardín principal. De ahí, la organización de las fiestas de primavera fue corriendo a cargo de los comerciantes, y fue cobrando la importancia que tenía antes de la revolución, por ello en 1937 el gobernador del estado, Gral. Félix Bañuelos se dio su vueltecita por Jerez para coronar a la reina Josefina Escobedo Carlos (una niña de tan solo 15 años de edad).
Sábado de Gloria en Jerez. Lienzo de Martha Georgina Muro.
El siguiente año, los organizadores de las fiestas se integraron en un “Comité Directivo para las Fiestas de Primavera”. El defeño profesorJosé G. Gómez (autor de la “Marcha Jerez”) estuvo al frente de ese comité. Desde entonces se logró que personas representativas de la sociedad jerezana se encargaran del festejo anual. Nueva mentalidad, nuevos eventos, en los que destacó la “Exposición Agrícola Industrial y Ganadera”, que realmente fue la primera, aunque tales exposiciones se han computado desde 1959. En los años cuarenta decae la fiesta, y solo hay noticias de que en 1944 se eligiera reina, siendo ella Rosa María del Río Lira, coronada por el presidente y cacique Jesús Vela en el Teatro Hinojosa.
En 1950, al término de la segunda guerra mundial, los jerezanos insisten en evolucionar y modernizar su fiesta, organizando eventos que se convertirían en tradicionales. Para los que deveras eran charros se organizó “el juego de la sortija” en la alameda, que consistía en colgar listones de colores con una argolla de pocos centímetros de diámetro y el jinete tenía que ir a toda carrera en su caballo armado de una vara… y meter la vara en la sortija… ahora, los que dicen que son charros andan en friega lazando los judas, con el cuaco parado, y ni así le atinan… En 1952 se convocó a las gentes más conocidas y más activas de Jerez para formar el Patronato pro feria, llamándole ya “Feria Regional de Primavera”, patronato encabezado por el doctor José Acevedo Solís, el profesor Fernando Robles Zepeda, Antonio de Haro Saldívar y José Huízar.
En 1954 se realizó la primera carrera automovilística Zacatecas-Jerez que hizo muy famosa a la feria jerezana a nivel nacional, evento que sería interrumpido el 30 de abril de 1973 a causa de un grave accidente.
Como en 1957 el campo no fue favorecido con las lluvias, las fiestas de 1958 casi fueron suspendidas, no hubo elección de reina, limitándose a varios eventos aislados. Pero para que no murieran las tradiciones jerezanas, en 1959 se forma por primera vez la Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material que por muchos años fuera la encargada de la organización de la Feria de Primavera.
Realmente era un honor el pertenecer a esta Junta, y por ello, quienes eran convocados para algún cargo, aceptaban de muy buena gana.

Quema de Judas en el Portal de las Palomas (Bar La Covacha). Abril de 1964. Foto Robles.
Cabe mencionar que durante la feria de Primavera de 1967, se realizaron los Juegos Florales “Suave Patria”, siendo los primeros. Al ganador de esos juegos se le entregó la “Flor de Oro” elaborada por don Pascual Torres, quien hiciera también la corona de la Virgen de la Soledad.

Es curioso, cuando la población de Jerez era menor, el Patronato de la feria (Junta de mejoramiento moral, cívico y material) estaba integrado por casi una veintena de personas, cada una con una comisión qué cumplir. La feria dejaba utilidades jugosas. Ahora que la población es mayor, el patronato lo integran solo dos o tres gentes que actúan a su libre albedrío, sin pensar en el beneficio de Jerez, en el enriquecimiento y conservación de las tradiciones y costumbres. Una inversión multimillonaria es la que presume el gobierno municipal para el presente festejo. Pues hay qué pensar con optimismo, otorgarles el beneficio de la duda y esperar que de verdad el gasto que se está haciendo para pagarles a los artistas de primera línea que estarán en el Teatro del Pueblo se traduzca en beneficios para Jerez, beneficios para los comerciantes establecidos, comerciantes informales, prestadores de servicios, trabajadores en general. Que se finque la infraestructura necesaria para que el evento crezca y no solo sea “pan y circo”.

FOTO 1. Las hermanas Paulita y Lolita Briseño y la tÍa Vita (vestidas de blanco con sombrero) disfrutando de una corrida de feria en la Plaza de toros "La Reforma" que estaba en la calle del Toro No. 9. La gráfica es de los primeros años del siglo XX

FOTO 4. S.G.M. ROSITA FRANCO, Reina en 1950 y su princesa Cira González. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

NI DE JEREZ O TEPETONGO, ¡DE VILLANUEVA!

Periódico "Orientación" en el que aparece la entrevista a Dámaso Muñetón.
Fotografía de Bernardo del Hoyo Calzada
DÁMASO MUÑETÓN, ARTÍFICE DE LA ARQUITECTURA EN ZACATECAS...

En el periódico zacatecano “Orientación” del 3 de septiembre de 1932 aparece una entrevista que aclara definitvamente el origen de Dámaso Muñetón, cuya fecha y lugar de nacimiento se basaba en suposiciones. La copia de ese periódico la tiene Bernardo del Hoyo Calzada.
El reportero hace una descripción del personaje diciendo que “...viste sencillas prendas de kaki amarillo obscuro, camisa blanca y limpia a rayas azules y sombrero de paja. De estatura pequeña, de tez morena, curtida bajo los soles de dos siglos. Lentes con arillos de metal y bigote entrecano. El conjunto de su persona revela inteligencia: su frente es despejada y sus ojillos adquieren movilidad que penetra todas las cosas, con profundidad y sin malicia.”
Y ya entrado en la plática, Dámaso cuenta al entrevistador que “Nació en el rancho de “LA BOQUILLA”, DE LA JURISDICCIÓN DE VILLANUEVA, el día 11 de diciembre de 1863”.  Y refiere luego que sus padres lo dedicaron al trabajo del campo hasta los 20 años. En la ciudad de Jerez se inició como ayudante de cantero, con José María Ortega, durando con él dos años en los que se dedicó especialmente a “rostrero”. Más tarde se dedicó a realizar trabajos por cuenta propia, sin conocimientos previos de ninguna especie y por la sola intuición de los problemas que se le presentaban. Enfatiza que jamás estudió técnicamente el dibujo y siempre se abstuvo de hacer preguntas a sus compañeros de trabajo.
Catedral de Zacatecas antes de 1904.
-¿Cuales son los trabajos más importantes que hallevado a cabo en su vida? –inquiere el periodista y el arquitecto empírico contesta: “Trabajos importantes he hecho muchos, pero si usted desea que le diga el que más quiero, es el de la torre de Catedral del lado Norte, que realicé en cinco meses, el año de 1904, en que era Gobernador de Zacatecas el señor don Eduardo G. Pankhurst y Jefe Político el ingeniero don Luis Córdoba”. El reportero pregunta sobre cómo hizo para copiar las diferentes figuras de la torre antigua de catedral y el entrevistado precisa que: “Esa vez tanto el ingeniero Córdoba, como el Sr. Pankhurst, me daban el consejo de poner un castillo de madera alrededor de la torre vieja, para tomar las figuras por medio de moldes de yeso; pero a mí me pareció que este procedimiento requería un triple trabajo, y entonces me propuse y así lo llevé a efecto, tomar las figuras de la antigua torre por medio de dibujos en miniatura, subiendo por una escalera colgante. Después ampliaba los dibujos al tamaño conveniente y los distribuía entre los canteros. De esta manera fui dirigiendo el trabajo durante cinco meses, hasta quedar terminado. En las obras trabajaron como promedio, de veinte a treinta canteros y dos albañiles con dos peones.
Sobre el costo de la obra dice que con todo y lo que se distribuyó como “bolos” al descubrirse la torre, el importe fue de trece mil pesos y que él no cobró nada extraordinario más que su sueldo de dos pesos con cincuenta centavos durante el tiempo que duró la construcción de la torre.
Y en su casa de la Merced Vieja No. 20 amplía la información al reportero, mostrándole una hoja de papel amarillento, rayado en forma de tabular en la que se lee:
Dámaso Muñetón termina su obra en catedral.
 “Solideo Honor Gloria”
Señor mío Jesucristo, esta obra que voy a hacer dígnate purificarla y bendecirla”.
Y después de este católico apéndice, viene la esencia de una vida, con expresión de fechas, lugares, trabajos y guarismos:
De 1881 a 1932, concluyó 7 capillas nuevas, 2 reformadas, 50 altares nuevos, 3 altares reformados, 2 colegios, 3 escuelas, 5 torres nuevas, 1 terminada (la de Catedral); 2 cúpulas, 2 bodegas o almacenes, 5 tiendas de comercio, 17 casas particulares de familia, 3 kioscos, 3 pórticos, 6 monumentos grandes para familias, 8 lápidas y monumentos, 4 pararrayos, 1 presa nueva, 1 presa continuada, 1 rastro, 1 noria y bebedera, una estación terminal (la de Saltillo), 1 baño, 3 mercados y un puente!....Ese bagaje arquitectónico, en distintos lugares del Estado y la Estación terminal de Saltillo, cuyo anteproyecto alcanzaba un costo de $ 13,000,000.00.
* * * * * * *
A las 8 de la noche del 28 de enero de 1939, en un cuarto de los altos del mercado “Victoria” de Concepción del Oro, murió a consecuencia de vómito de sangre consecutiva a una bronquitis crónica senil el arquitecto Dámaso Muñetón.
Dámaso Muñetón.
Sus biógrafos a veces presumen de tener datos fidedignos sobre su nacimiento, vida y muerte. Pero nada mejor que este artículo en el que es el biografiado quien indica la fecha y lugar donde nació. Ni en Jerez, ni en Tepetongo, en la jurisdicción de Villanueva.
El matrimonio de Vicente Muñatones y Joaquina Murguía se aposentó en el siglo XVIII en la hacienda de Buenavista, donde forjó una gran familia que en los registros de bautismo anotan como “españoles”. Entre los hijos de don Vicente está José Ydubige Muñatones quien se casa con Juana de Armas. De este matrimonio nace José de Jesús Muñatones allá por 1813 y que se casa en 1836 con Ydubijes Salazar que muere en 1838. Él contrae matrimonio en segundas nupcias en febrero de 1843 con Leonarda González, originaria de El Caquixtle y vecina de Buenavista desde la infancia. Es probable que aunque su lugar habitual de residencia fuera Buenavista, los “Muñetones”, “Muñatones” ó “Moyetones” (como en los diferentes registros los nombran), trabajaran de jornaleros en haciendas y ranchos cercanos, como en el Estanque de los Aparicio, El Niño Jesús, etc. De ahí que Dámaso naciera en el cercano rancho de la Boquilla de Villanueva.
Por desgracia, el registro de su nacimiento no aparece ni en Tepetongo, Villanueva o Jerez, causa a que muchos libros han sido robados o se perdieron. Ahora tenemos esta copia del periódico “Orientación” en el que el mismo Dámaso dice la fecha y lugar de su nacimiento.


martes, 7 de mayo de 2013

DON RUBEN GONZALEZ DE LA TORRE


Ilustración de Vicky Berumen Félix
Hace pocos días falleció el maestro Rubén González de la Torre. Un hombre sencillo que supo ganarse un lugar muy importante entre los jerezanos gracias a su bonhomía, a su dedicación, a su humildad y a muchos otras cualidades con que fue dotado.
Fue el segundo hijo de don Salomón González Salazar y de doña Consuelo de la Torre Berumen. Don Salomón y doña Consuelo se preocuparon, como todos los González de La Estancia, de que su familia a pesar de ser numerosa (14 hijos) tuviera la mejor educación.
Contaba don Rubén, que lo de ser artista lo traía en las venas, pues desde niño preparaba obras de teatro con muñecos que él mismo hacía. Les inventaba los diálogos y hasta cobraba a los niños que acudían a sus representaciones: “Según el chango era la pedrada” –recordaba- “Un cinco o un diez, lo que trajeran era bueno”.
Don Rubén y su esposa Zita Valdés Jaramillo
En la escuela Tipo hizo su primaria, “como todos mis hermanos, y como éramos muchos, mi papá casi siempre era el presidente de la sociedad de padres de familia. Podría decir que la escuela era nuestra”. Luego don Salomón envió a su hijo a que siguiera estudiando en la Normal de San Marcos. “El inglés nomás no se me dio y por eso solo llegué hasta segundo. Además que nos levantaban muy temprano, como a las cinco de la mañana para cultivar lo que después nos comeríamos. Y lo que son las cosas: mejor me fui de mojado a Texas, yo que odiaba el inglés”.
“Allá solo duré cosa de un año, me regresé a Jerez con unos cuantos dólares y el alma llena de rencor por la discriminación que nos hacían los gringos”.
Don Salomón tenía un negocio de abarrotes muy bien surtido, por el callejón de la Parroquia. “El Muelle” se llamaba, y Rubén su hijo, a pocos pasos, -en la esquina del callejón y calle del Placer- estableció su propia tienda de abarrotes a la que llamó “La Playa”. –“Ya teníamos la playa y el muelle, solo nos faltaba el mar. Y nada que aparecía el mar de gentes que esperaba atender en mi tienda, porque como don Salomón estaba bien aclientado, no dejaba nada para mí. Para entonces tenía veinte años, me entretenía dibujando en el papel de envoltura y haciéndoles caricaturas a los poquitos clientes que llegaban”.
Don Salomón advirtiendo que de abarrotero no se iba a mantener, le aconsejó que se fuera a la ciudad de México, a ver si allá le iba mejor con sus dibujos. “Allá llegué con un tío, y a los poquitos días corrí con suerte, pues pude inscribirme en un curso de historieta en la escuela libre de arte y publicidad. Al principio éramos muchos los interesados, pero al último solo quedamos seis”.
Desde entonces ingresó al mundo de la historieta, aprendiendo de muchos maestros como el reconocido dibujante Antonio Gutiérrez Salazar, recordado por sus dibujos en medio tono impresos en sepia en la mayoría de las publicaciones de “Lágrimas, Risas y Amor”, con guiones de Yolanda Vargas Dulché y Guillermo de la Parra. En esa editorial “Argumentos” (EDAR) don Rubén encontró acomodo por más de veinte años, dibujando, dibujando y dibujando.


A mediados de los ochenta, decide junto con su familia regresar a su tierra, donde en la casa que había adquirido puso su taller de dibujo. En ese taller se hacía la revista “Fuego” que semana a semana circulaba con un tiraje de más de 500 mil ejemplares. El guión se lo enviaban de México, y aquí don Rubén hacía los monos, y sus ayudantes (que eran de la familia) se repartían el trabajo complementario: escenografía, vestuario, letras, detalles, sombras, etc. Cada 15 día se enviaban por Omnibus de México las láminas de varios números. Aproximadamente don  Rubén y familia participaron en 800 números de esa revista.
Ahí mismo en su hogar, en su taller, recibía a jóvenes con aptitudes artísticas y los aconsejaba para que encauzaran esas aptitudes. El maestro Rubén colaboró ampliamente con el Instituto Jerezano de Cultura donde por muchos años estuvo al frente del Taller de Dibujo.
Afortunadamente, fue una persona noble, nada egoísta, por lo que sus conocimientos no se fueron con él, sino que en diferentes etapas de su vida los compartió y han servido para que quienes se acercaron a él, hayan podido abrevar de sus conocimientos.
Sit tibi terra levis, RUGOTO.

domingo, 20 de enero de 2013

viernes, 16 de noviembre de 2012

LA CIUDAD HAMBRIENTA


Las hordas villistas que se enseñorearon de Jerez durante la revolución solo causaron que se acabara el pequeño comercio e industria familiar que aquí había, que emigraran los que pudieron, que murieran los que no pudieron huir. Los villistas que se alternaban en el poder solo querían sentirse poderosos y hacerse de ranchos, casas y de dinero. No les importaba el bienestar de los jerezanos, así que las epidemias se sucedían unas a otras.
En elegantes fincas los soldados hacían sus cuarteles; costales y costales de maíz eran tirados en las banquetas para que comieran los caballos, pero era más el que pisoteaban y desperdiciaban. En una ocasión, el cabecilla Dionisio García ordenó a sus hombres que les dieran maíz a los caballos en frente del mesón de San Luis. Y pa’ pronto sacaron varios costales de ixtle llenos de maíz y los tiraron en la calle. Un anciano se le acercó al jefe villista. –“Señor don Nicho, perdóneme mis palabras. Pero no desperdicie el alimento. Ora verá que se nos va a venir un hambre, que Dios nos tenga de su santa mano”.
El cabecilla se burló del viejito y dándole un fuetazo lo tiró al suelo ordenando a sus hombres que le dieran de tragar maíz al viejito. –“Señor, no puedo, ya no tengo dientes. Por vida de su santa madre no me haga esta humillación”. Riéndose, los villistas hicieron que tragara el grano sin importarles las lágrimas de impotencia del anciano, el cual fue asesinado luego a balazos y su cuerpo quedó ahí, coloreando de rojo el maíz que en grandes cantidades tiraron por la calle de San Luis.
Y como dijera el anciano, en 1916 el fantasma del hambre se unió a los demás fantasmas creados en los años de lucha y comenzó a hacer de las suyas. Además los soldados de cualquier bando acababan con cuanto animal encontraban en su camino, sin imaginar que ellos serían también los afectados. No se conseguía nada, aparte de que los billetes valían un día y al siguiente no. Las monedas de plata eran las más estables. Una medida de maíz (5 litros) valía en plata un peso y en papel de 20 para arriba. Los revolucionarios jerezanos no se quedaron atrás y don Justo Ávila emitió su moneda: unos cartones con valor de cincuenta y veinte centavos, a los que el vulgo dio en llamar “las palomas del tío Justo”.
En los primeros meses el maíz y el fríjol comenzaron a escasear, las antaño señoriales mansiones se encontraban convertidas en cuarteles, sus lujosas salas y salones servían para apacentar la caballada. Los ricos comerciantes habían emigrado, otros con menos suerte, eran muertos ante la ambición de algún jefe pseudo revolucionario (como Nicho García o Daniel Vanegas quien festejó su cumpleaños con una gran matanza). Los ranchos estaban deshabitados, pues sus moradores se vinieron a Jerez con la esperanza de encontrar más medios de sustento y algo de protección. La agricultura no existía, porque quien quisiera sembrar tendría que contar con protección militar, cosa imposible. El gobierno estatal no pudo enviar apoyos a Jerez, sufriendo un saqueo desde el viernes de dolores (14 de abril) por parte de Sabino Salas, Dionisio García, Justo Ávila y su gente. En ese lapso (22 días), lujosos muebles fueron convertidos en leña, antiguos libros y documentos quemados. En los últimos días de ese mes comenzaron a caer las primeras víctimas de la hambruna.
Restablecido el gobierno, se trataron de poner en práctica medidas de salubridad sin éxito. Los primeros días, en el Registro Civil tomaban nota de tres a cuatro decesos, mismos que fueron aumentando hasta treinta y cinco diarios en el mes de octubre. Nadie estaba a salvo (el mismo personal de la Jefatura fue suplido varias veces, pues también sufrían los efectos de hambre).
Sentados bajo los portales y en los jardines, muchos indigentes esperaban alguna ayuda que nunca les llegó. Ahí acuclillados morían. Por doquier eran encontrados cadáveres en caminos, mesones, plazas, calles, etc., diariamente en dos carretones se recogían los cuerpos que se encontraban en la vía pública y en grandes fosas del panteón de Dolores y de la Soledad eran echados, cubriéndolos solo con una delgada capa de cal.
Niños de tierna edad se pasaban el día recogiendo cáscaras para darles la segunda pasada. Las cáscaras de tuna eran roídas hasta quitarle todo lo comible. Dicen que en ese entonces se inventaron las máquinas de tortear, porque donde se oía el palmoteo se juntaba la gente a pedir un taquito. No faltó quien hubiera que denunciara donde tenían maíz y entonces por la fuerza lo sacaban y seguía el saqueo. También hubo familias que repartían lo poco que tenían para aliviar en algo la necesidad de los jerezanos, tal es el caso de las hermanas Mier, Conchita y Virginita, en cuya casa (en la calle del Espejo) se repartía comida todos los días. Grandes filas de pedigüeños se formaban en las afueras de su casa, hasta que salía Dimas (así se llamaba el cocinero) y les daba su ración.
Según anotaciones existentes en los archivos del Registro Civil, el noventa por ciento de quienes murieron ese año fueron víctimas de “diarrea”, fiebre intestinal, dolor de costado o hidropesía (no había quien extendiera certificados de defunción indicando las causas reales de las muertes). Pero las actas que más tristeza da ver, son las que especifica que la causa de la muerte era “por hambre”.
Nopales, mezquites y magueyes contribuyeron a alimentar a los pocos jerezanos que habían resistido durante mas de tres meses los estragos de la falta de comestibles, de la insalubridad, de la pobreza y de la inseguridad. Los cueros de cananas, huaraches y zapatos eran convertidos en “apetitosas” sopas que al menos servían para “traer algo calientito en la panza”. De la hacienda de Malpaso enviaban mezcal (cabezas de maguey tatemado), que también servían como alimento.
La ciudad estaba lánguida, muchas de sus fincas completamente derruídas (como la Jefatura Política), algunos de sus edificios dañados por las balas, los emplomados barandales deshechos por el efecto de los cañonazos. Pequeñas casas también se reducían a escombros ante el abandono de sus habitantes muertos quizá. Muchos ranchos desaparecieron, así como quienes los moraban.
Aproximadamente en la región de Jerez, más de nueve mil personas murieron en 1916, victimas del hambre, la peste o cayeron abatidos a balazos. López Velarde entonces escribió:

“…Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.

Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha….”
               Ramón López Velarde