viernes, 22 de agosto de 2014

LA DILIGENCIA DE LOS SÁNCHEZ CASTELLANOS (Tercera parte)

Don Lorenzo Escobedo llegó a Jerez, y preguntó al cochero de la diligencia la forma de viajar a Monte Escobedo lo más rápido posible. Este le dijo que su compadre les podría rentar el carro en que habían cargado los dos pesados baúles, y para ello mandó a su corredor a preguntarle al compadre que estaba como guardia en la garita de Las Hacienditas, pasando el río grande.
No fue mucho rato el que se tardó el postillón en regresar, pero con una carreta de dos ruedas y tirada por dos mulas, y dirigiéndose al cochero le dijo:
-Que dice su compadre, que si hay que ir a la sierra, mejor con este carro, porque el otro no va a caber en los caminos de herradura, que las mulas de ese las desenganche y las llevamos amarradas para refresco. Y que le diga al de los cajones, que le deje algo en garantía. Ahí usté tanteéle. Yo ya voy aprevenido pa’ salir en cuanto carguemos acá esos baúles. Nomás que el catrín compre algo de bastimento, unas gordas y tasajo, digo yo.
-Ta güeno, yo mesmo me encargo del tasajo y orita le pido al señor Lencho el dinero pa’ mi compadre. ¿Ya trais una güena escopeta? Ya ves cómo se pone fello de Juanchorrey pa’delante.
-Si siñor, llevo en ese costal la escopeta y un remington, además de un talache, pico y pala, por si hay que abrir camino. Llevo pedernal y cadena pa’ hacer lumbrada cuando se ofrezca. Y unas cobijas búlicas.
-¡Ah! Dile a esos güevones que están ahí azorrillados en la banqueta que se acomidan, que te ayuden a descargar y cargar. Ahí les das una caña o a ver qué chingaos, pero que te ayuden.
El cochero se entrevistó con el dueño de los baúles, este hizo señas afirmativas y sacó de entre sus ropas una pequeña talega con moneditas de oro que le entregó. Seguro era la garantía que pidió el dueño del carretón.
Un poco rato después, la carreta salió por la misma calle del Refugio y dio vuelta por la del Hospicio hasta llegar a la acequia de la alameda y ahí tomó el camino para ir al rancho El Huejote.
-Oiga patrón, yo crioque lo mejor hubiera sido que nos juéramos por el camino rial, es que ya ve que las lluvias no tiene muncho que pasaron y por onde vamos es pura brecha y camino pa’ burros. Si usté quere, tovía nos podemos ir pa’l camino rial.
Ante la negativa del dueño de los baúles que a pesar de estar amarradas brincaban en la caja de la carreta a cada movimiento de ésta, siguieron por el rumbo de La Lechuguilla, pasaron ya con la noche encima por La Estancia. El mozo decidió acampar cerca de un arroyo, en las cercanías de Juanchorrey.
-No se ve nada y es muy peligroso meternos así a la sierra. Orita hay harto lobo, mejor cómase sus gordas y un tasajito pa’ que procure descansar. Hay que tener la lumbrada prendida por si los coyotes, los lobos o los crestianos. Cualquier cosa que oiga o vea, truénele a la escopeta.
Durmiendo y vigilando a ratos pasaron la noche, y en la madrugada del siguiente día comenzaron a subir la sierra del Venado. El camino no estaba hecho para carretas, y además con las recientes lluvias abundaban los lodazales. Las mulas tiraban del carretón, a base de latigazos y todo tipo de maldiciones y palabras raras.
-Hay un ranchito que le dicen “El Mastranto”, vamos a ver si podemos sestear ahí, pero como le digo, está bien cabrón el camino, ¿ya vido cuántas vueltas y vueltas hemos echao? Hasta parece que no avanzamos nada.
Y sí, el camino trazado bordeando riscos y arroyos pareciera que no llevaba a ninguna parte. Con pericia, el mozo manejaba a las mulas para que siguieran la angosta brecha en la que apenas cabía la carreta. En una peligrosa subida, la carreta no pudo avanzar, por lo pedregoso del camino.

-¡Ah qué la chingada! Las mulas no pueden subir por lo empedriegoso. Po’s mire. Bájese y póngale piedras a las ruedas atrás, pa’ que no se nos vaya el carro, yo voy a varejoniar a los animales pa’ que caminen. Suelte las de atrás, pero procure amarrarlas en algún árbol pa’ que no se nos vayan.
Don Lorenzo hizo lo que le pidió el carretonero y a veces empujando los dos, lograron que fuera subiendo el carro. Ya casi al llegar a la cima, las mulas castigadas dieron un fuerte tirón que hizo que la carreta se estremeciera y se rompiera el tablón trasero. ¡Y los preciados baúles salieron disparados, botando contra las piedras y peñascos! Los golpes los destruyeron parcialmente.
-¡Ave María Purísima! ¡Pero mire nomás! ¡Trayemos una muertita!- Dijo el mozo mientras sacaba su sudado y moqueado paliacate para taparse la nariz, pues el cadáver que venía dentro de uno de los baúles, que estaba emplomado en su interior había quedado entre unas piedras, ya en avanzado estado de descomposición. Intentó acercarse, pero don Lorenzo con un grito se lo impidió.
Él mismo quiso acomodar los restos dentro del baúl, pero fue imposible, porque estaba completamente despedazado, sus maderas se habían convertido en astillas, las láminas de plomo se rompieron. Ante la azorada e inquisitiva mirada del mozo, dijo:
-Mire buen hombre. Sí, traíamos a una muertita, fue mi esposa y me hizo jurar que cuando muriera la trajera a Monte Escobedo, donde quería que reposaran sus restos. Murió en Zacatecas, pero dicen que falleció de una enfermedad infecto-contagiosa y querían quemar su cuerpo. Me las arreglé para traérmela a escondidas en ese cajón cubierto de plomo. No quise pasar por las garitas de los pueblos donde seguramente me detendrían y no me dejarían cumplir con la última voluntad de mi mujer. Lo demás usted ya lo sabe.
-¿Enfermedad infecto qué…? ¿Quere decir que a lo mejor su infección se nos pega? No siñor, yo me arriendo pa’ Jerez y voy a dar parte a las actoridades. Eso que ha hecho ha de estar muncho muy penao por la ley, y yo no voy a ser su cómplice. Ya vé, a uno de probe se lo joden en la cárcel, usté como quera, como tiene harto dinero. Ahora entiendo por qué la prisa de llegar al Monte, sin pasar por las garitas de Tepetongo y Huejúcar. No, yo de aquí me arriendo… quédese con su apestosa muertita.
-No amigo, espérese, no me deje solo. Le pagaré bien. Mire, en el otro baúl vienen joyas y ropas y un cofrecito con toda mi fortuna, le doy lo que me pida, pero no me deje solo con el problema.
-Po’s lo que quería la dijunta muertita, era discansar en Monte Escobedo, ya estamos en terrenos del menucipio, así que yo crioque lo mejor es escarbar aquí a un lado del camino, donde la tierra no esté piedregosa y podamos abrir un buen agujero. Mire, mientras busco un buen lugar, usté ponga las mulas al fresco, pa’ que descansen. Acomode el cuerpo de la dijuntita también en la sombra y tápelo con algo, pa’ que no jieda tanto. Es más, saque los triques del otro baúl y ahí meta a la muertita.
El mozo se ató su paliacate en la cabeza, para que le cubriera la boca mientras trabajaba, y mientras empezó a excavar, don Lorenzo hizo todo lo que le pidió. De rato le estuvo ayudando a darle amplitud y profundidad al agujero. Cuando vieron que estaba bastante hondo, hasta donde se los permitió el tepetate, depositaron el baúl restante, con el cuerpo de la esposa de don Lorenzo, y muchas joyas en su entorno.
Lo cubrieron con tierra y con piedras, para que los coyotes y lobos no lo desenterraran. Los pedazos de madera del otro baúl los recogieron y los tiraron en un crecido arroyo en las cercanías. Ya era tarde cuando se sentaron a descansar.
-Oiga patrón, ¿y ora qué hacemos? ¿le seguimos pa’ delante o nos devolvemos? Total, ya su muertita quedó descansando debajo de esos encinos. Usté dígame y mañana temprano le seguimos.
-No. Tú te devuelves con el carretón. Nomás déjame una mula para irme por ahí. Le das a tu patrón lo que creas conveniente y lo demás es para ti, para que me guardes el secreto-. Dijo mientras le daba dos talegas de monedas de oro que había sacado de un cofre de madera que estaba en el segundo baúl.
-Ta güeno, yo jamás de los jamases diré a naiden lo que ha pasao.
Por la madrugada, se despidieron como afables amigos. Don Lorenzo se perdió en la sierra, montando a pelo una mula. Y el mozo desandó el camino en la carreta.
Después, nadie supo que pasó con Lorenzo Escobedo, algunos dicen que se perdió en la sierra y que se lo comieron los lobos allá por el río del alicante, otros aseguran que lo vieron por rumbos de Nayarit.
El mozo que había guiado la carreta guardó el secreto por varios años, pero en una borrachera que se puso habló de más, y de esa forma muchos conocieron esta historia. Les atraía el relato de la muerta enterrada con sus joyas, cerca del camino al Mastranto, cerca de un arroyo y bajo unos encinos… pero les daba miedo ir a buscar ese tesoro porque temían contagiarse de la enfermedad que llevó a la tumba a la mujer.
Como cuarenta años después, un general que se posesionó de una hacienda cerca de Tepetongo, andaba con sus soldados por el rumbo persiguiendo cristeros. Alguien le platicó la historia de la muerta del baúl y hasta le aseguró conocer el lugar exacto del entierro. Ordenó que los zapadores cavaran zanjas para encontrar el que suponía era gran tesoro.
Uno de sus segundones le preguntó: -Mi general, ¿no tiene miedo de infectarse de la rara e incurable enfermedad de la difunta?
Y éste con su tipluda y ladina voz contestó: -No, yo no, si acaso, se van a infectar los que están haciendo los hoyos. A mí que me den el dinerito y las joyas y ya. Si se los lleva la chingada, pos’ que se los lleve. Ya les tocaría.

Refieren los lugareños que el mencionado general no encontró nada, nomás quedaron los hoyos como recuerdo.

jueves, 14 de agosto de 2014

LA DILIGENCIA DE LOS SÁNCHEZ CASTELLANOS (Segunda parte)


La diligencia que había partido esa madrugada de Zacatecas iba con retraso, y es que don Lorenzo Escobedo pagó generoso flete para que le transportaran dos grandes y pesados baúles cuyo contenido quedó en el secreto guardado gracias a unas cuantas monedas de oro que pasaron de manos del dueño de los baúles a las manos del encargado de las diligencias. Se tuvo que cambiar el tronco de caballos por uno de mulas para que pudieran con el tirón, porque también llevaban diez pasajeros, más el cochero, el ayudante y el corredor.
Además los rayos de una rueda trasera se dañaron, por lo que tuvieron que parar cerca del ranchito “Las Cocinas” mientras que el carpintero de la Hacienda de Malpaso repuso los rayos y revisó las demás ruedas. Y para acabarla de fregar, en la posta de Las Cocinas no hubo mulas de repuesto, por lo que volvieron a cambiar por caballos.
Como el terreno era llano en su mayor parte, el viaje transcurrió en calma, si se le puede llamar calma el escuchar las gruesas interjecciones que de cuando en cuando el cochero dirigía a los animales, mismas que acompañaba con chasquidos de un gran látigo y que eran festejadas ruidosamente por los borrachines que viajaban en el techo de la diligencia.
A López Velarde le tocó viajar en diligencias de postín, porque escribe: “…y va la diligencia fatigosa / sobre la sierra, y van los postillones / cantando bienandanza o desamor, / súbita surge la lección esbelta / y firme de tus torres, y saludo / desde lejos tu altar…” (A la patrona de mi pueblo).

El carruaje paró en un sitio llamado “Las Hacienditas”, donde un par de guardias saludaron al cochero que se bajó del pescante y los saludó afablemente.
-¿Qué pasó compadre? Llega casi con tres horas de retraso. Ya casi es hora de comer. Su pasaje ha de venir bien molido.
-En la nochecita le cuento, cuando acabe su turno, sirve que nos echamos unos pulquitos en la plaza. Nomás viera qué ganas traigo de un buen curado.
-Po’s nomás diga. Ya sabe que los compadres no se dejan morir solos. Y ¿qué trai en la diligencia? ¿No trai contrabando como de costumbre? Jabón, tabaco, o algo escondido por ahí…
-No compadre, ya sabe que cuando cargo algo le aviso pa’ que usté saque también tajada. Traigo las sacas del correo, el equipaje de los pasajeros y po’s nomás…
-¿Y esos velizotes que vienen atrás y adelante? ¿Qué train? Dígale al dueño que baje pa’ revisarlos.
Al llamado del cochero, don Lorenzo bajó y al preguntarle sobre la propiedad de los baúles, contestó que eran de él. Cuando el guardia de la garita le indicó que los bajaran y abrieran para revisar su contenido, se lo llevó aparte y algo le dijo, mientras le daba unas monedas que el guardia escondió rápidamente, mientras hacía gestos de afirmación con la cabeza.
-Po’s sígale compadre, que ya la comida ha de estar fría en el Hotel Oriente. Todo está bien. Solo que va a haber un problema a lo que veo.
-¿Qué problema compadre? A ver dígame…
-Que el río traí muncha agua. Y su carro como viene de cargado a lo mejor se clava en el vado. Si quere le presto el guayín, ese de ahí, nomás me ayuda a enganchar las mulas. Mientras vayan subiendo toda la carga que trai, en especial esos velizotes, que si siguen en la diligencia van a llegar bien moja’os.
En un carretón de cuatro ruedas, tirado por dos mulas acomodaron toda la carga. Don Lorenzo estuvo muy atento a lo que se hacía con sus baúles, y decidió acompañar al ayudante del cochero en el carretón, para no descuidar ni un momento su equipaje.
Así, la diligencia pasó el río grande, que entonces sí era grande y ancho. Y no había puente. Atrás el carretón, controlado por el ayudante, que se daba vuelo gritándoles a las mulas todo el vocabulario aprendido del cochero, intercalando de vez en cuando palabrejas de su particular cosecha. Perros y niños que salieron de sabrá Dios donde y en ruidosa algarabía siguieron a los carros que con su ruidajo alertaban a la amodorrada y pequeña ciudad de Jerez. Entraron por la calle de San Luis y luego dieron vuelta por la calle del Refugio, parando frente al hotel Oriente, propiedad también de don Antonio R. Castellanos y socios.
Todos los pasajeros reclamaron sus equipajes. Algunos se dirigieron al interior del hotel, atraídos por el olor de la comida y en busca de habitaciones para alojarse. El señor Escobedo llamó al cochero:
-¡Oiga! Yo necesito ir hasta Monte Escobedo. De aquí, ¿cómo le hago?
-¡Újule! ¡Eso sí que va a estar bien cabrón! Pa’l Monte no hay modo. Mire, la diligencia del correo que va a Tlaltenango nomás sale los sábados muy temprano. Esa lo dejaría en Huejúcar. Ya más cerquita, pero no crioque lo quera llevar con esa carga tan pesada. No. Esa diligencia es ligera, nomás lleva el correo y cuando muncho a seis viajeros. Como el tronco es de cuatro caballos, no va a poder con sus triques.
-¡Necesito salir hoy mismo para allá! ¿No hay otra forma?
-Po’s la única forma es que rente un guayín como este y con cuatro mulas. Aunque es muy incómodo, porque va a resentir el camino, que como es sierra, está muy malo. A veces puritita brecha. Y es que en lugar de dar güelta hasta Huejúcar, nos vamos por la sierra de Juanchorrey, por el camino de los arrieros
-¿Y dónde puedo rentar el guayín que me dice?
-Po’s mire, Aquí hay carros, pero hasta mañana se los rentan. Es que todos los animales los descansan para que tengan bríos en la madrugada. Y si de veras le urge, po’s dígale a mi compadre, alcabo ya está su equipaje arriba del carro… Dígale, estas mulas están frescas. Y si salen en una hora pueden aprovechar toda la tarde. Campean un rato en la nochecita y muy temprano le siguen. Quen quite y mañana anocheciendo ya estén allá.
-Vamos con su compadre, a ver si jala con el carretón.
-Mire, deje que vaya uno de los postillones, al’cabo les gusta correr, sirve que descansan estas mulas y se traen otras dos y un cochero y un guardia.
-¿Y el guardia pa’qué? Yo voy en el pescante con el cochero.
-Po’s si sabe y trai armas no se hable más. Le digo, es que el camino está muncho muy feo, y además hay bandidos, de esos que le llaman “tulises”. No quera Dios y se los encuentre...


LA PRÓXIMA SEMANA CONCLUYE…

viernes, 8 de agosto de 2014

LA DILIGENCIA DE LOS SÁNCHEZ CASTELLANOS

Primera Parte
Los pasajeros de la diligencia que partiría del mesón de Jobito en Zacatecas hacia Jerez, estaban desesperados porque ya eran casi las cinco de la mañana y su transporte no salía.
-¡Cochero! ¿Qué pasa que no salimos? ¡Ya casi sale el sol y no acaba de acariciar sus animales!
-Dispense usté su mercé, pero es que como va la diligencia llena y un hijo de la chingada lleva dos baúles bien pesados como si estuvieran llenos de piedras, tuvimos que cambiar el tronco, en lugar de caballos llevaremos mulas pa’ que aguanten el tirón siquiera hasta Las Cocinas. Y hay que enjaecear bien a las mulas pa’ que tironeen parejo.
-Po´s ese hijo de la chingada al que te refieres soy yo. Y pobre de ti, arriero, de que algo les pase a mis baúles.
-No les pasará nada su mercé, van bien amarrados, uno atrás con la cuera y el otro abajo del pescante, onque yo opino que mejor debería rentar un guayín de cuatro ruedas pa’ llevar sus petacas, porque son mucho peso pa’ la diligencia.
-Po’s ora te friegas, porque ya pagué su transporte y el mío y me las vas a entregar en Jerez, limpiecitas, nada les debe pasar. ¿Oíste?
-Si patrón, pero eso va a estar bien cabrón, si hasta usté se va a llenar del polvo del camino, contimás esos pesados baúles que van afuera. Y ya trépese, que en un momentito salimos.
Momentos después, la tranquilidad de la calle de Tacuba era herida por el insoportable ruidajo que hacían las ruedas de la diligencia al chocar con el empedrado y los gritos del cochero que animaba a las ocho mulas que tiraban del carruaje. El corredor, que iba adelante del vehículo excitaba también a gritos a los animales para que no pararan de trotar. En esa ocasión, tuvo que ser cambiado el tronco de la diligencia de la flamante compañía “Sánchez Castellanos” porque llevaba 13 pasajeros: 6 acomodados en el interior, 4 sobre el techo, el cochero y su ayudante en el pescante, además del “corredor” que en ratos se trepaba a los estribos para descansar. Y por si fuera poco llevaba las valijas del correo, que entonces eran muchas y voluminosas, además del equipaje y carga muy pesada, entre la que estaban los dos pesados baúles de don Lorenzo Escobedo que pretendía establecerse en la región de sus antepasados, allá por Monte Escobedo, y que cuidaba celosamente su equipaje, como si llevara algo muy valioso.
-¡Mulas hijas de la chingada, muévanse cabronas! ¡Orale méndigas, muevan esas chingadas patas! ¡Erria! ¡Pinchis bestias, muévanse! ¡arre! ¡Parece que no tragaron desgraciadas!-. Y así, entre gritos, maldiciones y latigazos, la diligencia había agarrado camino a Jerez por el rumbo de la hacienda de Cieneguilla.
-¡Eh cochero! ¡Recuerde que dentro de la diligencia van tres damas! ¡No sea tan hocicón! ¡Modere su vocabulario!- gritó uno desde el interior del carruaje.
-¡Mire catrincito! Véngase al pescante pa’ que les rece unos padresnuestros y unas avesmarías a los animales pa’ ver si los mueve! ¡Y si no le gusta bájese a la chingada o tápese las orejas con cera o con lo que pueda pa’ que no me oiga! ¡Yo les grito a mis mulas, no a usté, así que no se dé por aludido!- Y luego de la aclaración, siguió el concierto de maldiciones que parecía disfrutaban a plenitud los animales, que hasta paraban más las orejas para escuchar con claridad todos los adjetivos que a gritos les dirigía el cochero.
Las grandes ruedas de madera, cubiertas con gruesos cinchos de hierro chocaban continuamente contra las piedras del mal formado camino, y al pasar por los múltiples hoyancos se movían hacia los lados como si quisieran salirse de los ejes. Los pasajeros del interior soportaban estoicamente todos esos bruscos movimientos y hasta aprovechaban para despedir atoradas flatulencias de acuerdo con el ritmo y ruido del carruaje. Las mujeres se tapaban la nariz con un pañuelo, como si con ello pretendieran tapar la entrada de polvo o malos olores, y sonreían levemente cada que escuchaban las gruesas interjecciones del cochero.
Quienes viajaban en el techo del vehículo, pasajeros de segunda, iban felices con las piernas colgando al aire, y pasándose la botella de aguardiente que uno de ellos precavidamente había llevado, celebrando con estruendosas carcajadas los nominativos dados a las mulas para que siguieran su trote.
El ayudante, agarraba las riendas de la diligencia cada que el cochero escanciaba de su pachita de cuero (una especie de anforita). Tenía a su cargo la palanca del freno que usaba cuando el camino estaba muy sinuoso, muy pedregoso o los animales tomaban gran velocidad.
El corredor, le daba sombrerazos a las mulas guía cada que podía, a la vez que las llenaba también de cariñosos adjetivos. Sus gastados guaraches de tres correas sonaban a cada zancada que daba como si pisara sapos.  Acostumbrado a esas andanzas corría delante de la diligencia para ir revisando el camino, y se devolvía para informar el estado del mismo, y corría delante de las bestias para que no pararan.
Ya llevaban como cuatro horas de recorrido, cuando el cochero paró por completo el carruaje, bajándose del pescante y revisando las ruedas.
-¡Y ora! ¿Qué pasa cochero? ¿Por qué para?- preguntaron. Y el cochero rascándose la cabeza contestó, mientras revisaba una de las ruedas traseras:
-Po’s una rueda ya se dañó. Se le han quebra’o varios rayos. No aguantó el peso.
-¿Y a poco nos vamos a quedar aquí? ¿Qué vamos a hacer? ¿No podemos seguir aunque sea al pasito?
El cochero, ya dirigiéndose a todos, haciendo altavoz con las manos, gritó: -¡Una rueda del carro se ha dañado! El corredor va a ir a Malpaso que está aquí abajito, para el sur, poco menos de media legua pa’ traerse al carpintero de la hacienda. No se va a tardar mucho, así que los que queran destullirse las patas, bájense. Y los que queran almorzar, váyanse caminando hasta aquel ranchito. En “Las Cocinas” hay gallina asada, leche recién salida de la vaca, huevos y quen quite hasta frijolitos.
-¡Oiga! ¿Y también venden guachicol? Po’s ya se nos acabó el que trayíamos.
-Sí, sí hay. Pero a escondiditas lo venden. Nomás pregunten por doña Pascasia y cuando la encuentren le dicen que van de parte mía.
La mayoría de los pasajeros decidieron caminar a Las Cocinas, no así don Lorenzo que se quedó a cuidar sus dos baúles. De mucho rato, llegó el corredor acompañado del carpintero de la hacienda, que venía montado en un caballo, y ya llevaba varios rayos de madera hechos, señal que frecuentemente eran solicitados sus servicios.
Tuvieron que descargar la diligencia para hacer el cambio de rayos, cosa que no le gustó mucho a don Lorenzo, porque entre todos los que ahí estaban a duras penas bajaron su equipaje. Con ayuda de su herramienta el carpintero arregló la rueda, revisando las otras y además llenó los mazos y  ejes de untura para que la fricción los dañara menos.
Luego del obligatorio descanso y cargar de nuevo la diligencia continuaron su viaje. –En Las Cocinas nomás cambiamos las mulas y recogemos a la gente y nos vamos pa’ Jerez. Ya el camino está más llano y menos pedregoso.
Como no había mulas disponibles en el corral de posta, cambiaron por caballos –al cabo ya no era mucho el esfuerzo necesario- y subieron a sus pasajeros, incluyendo a los que fueron por guachicol. Los viajeros notaron que a los caballos no les gritaba el cochero igual que a las mulas.
-Los caballos son más decentes. Las mulas de por sí son bien cabronas y desentendidas. Onque las mulas son mucho más fuertes, son muy rejegas y hay que moverlas a chingadazos.
El trayecto del rancho donde se hizo el cambio de animales hasta Jerez fue más agradable, porque el camino estaba plano, sin tanto hoyo y piedras. Los caballos trotaban muy parejitos. Los pasajeros del interior fingían dormir. Las mujeres usaban sus abanicos pretendiendo alejar el infernal calor que adentro de sentía, y sentían ellas más con sus abultados y oscuros ropajes. Quienes iban en el techo ya acusaban los efectos de la borrachera combinada con una insolación, pero ya a lo lejos se distinguía la sierra de Los Cardos. En un par de horas llegarían a Jerez…

¿Qué pasó con los baúles de don Lorenzo Escobedo? La próxima semana se los cuento.

viernes, 11 de julio de 2014

EL COFRE DE MADERA DE SÁNDALO

LA FÁBRICA DE MUEBLES FINOS Y CARRUAJES “EL PROGRESO”
A fines del siglo XIX y principios del XX, dominaba la región el emporio comercial “Juan P. Escobedo Sucesores”, dueños de la Compañía Industrial de Fósforos, además de “El Palacio de Cristal” y el negocio de telas de don Ignacio Escobedo en el Portal de los Escobedo. Propietarios también de la fábrica de cigarros “La Nacional”, mediante la cual impulsaron por un tiempo el cultivo del tabaco en la región, que luego se utilizaba para fabricar cigarros de papel de arroz y lino.
La fábrica de muebles “El Progreso” era dirigida por Andrés M. Buhr, localizada en la calle de la Parroquia, en el número 24, finca que en 1896 compraron a Francisco Llamas Carrillo, y en esa fábrica utilizaban maderas finas del aserradero de La Tinajita, cercano a Monte Escobedo. El aserradero tenía excelente maquinaria, además de una estufa y secadora para el desfleme de la madera. “El Progreso” tenía como anexos una pequeña fábrica de aguarrás y otra de espejos.
Además, en la ciudad de Zacatecas, en el Portal de Rosales No. 2 tenía su sala de exhibición y venta de carros, carretones, carruajes finos y corrientes, muebles, catres de madera y fierro con colchón de alambre, maderas de todas clases desecadas en estufas especiales, duela, etc. Allá se anunciaba como “Carrocería y Mueblería Americana”
Los precios de sus artículos no estaban al alcance de cualquier paisano, pues un carro de cuatro ruedas, con capacidad de 4 mil 602 kilos costaba 450 pesos. Uno de la mitad de capacidad costaba $ 250. Los carretones de dos ruedas andaban entre los 220 y 80 pesos. Un guayín express de seis asientos se vendía en 500 pesos, un faetón de cuatro ruedas con capacete de cuero costaba 450. 
En el apartado de muebles, fabricaban ajuares para despacho, tapizados, imitación búfalo a 230 pesos. Ajuares finos tapizados de boret y felpa 450 pesos. Chaise longues, (como sofás y sillones) tapizados imitación bufalo $ 50. Roperos grandes de  madera de sabino a solo 40 pesos. Aguamaniles con tocador $ 13. Burós entre finos carpeta imitación mármol $ 6. Mesas de centro, carpeta imitación mármol $ 6. Sillas de todas clases, maderas, fierro, untura para carros y carruajes, etc.
Andrés M. Buhr y los hermanos Escobedo en su Fábrica de Muebles de Jerez.

EL ALSACIANO ANDRÉS M. BUHR
Don Luis Escobedo, principal propietario de este emporio comercial, le tenía mucha fe al alsaciano Andrés M. Buhr. Alsacia es una región de Francia, situada al este del país, en la frontera con Alemania y Suiza. William Buhr y Sophia Nonenmaker vieron con tristeza como su hijo Andrew M. Buhr se embarcó para no regresar más,
Andrew llegó a Nueva York y de ahí partiría con destino a la ciudad de México. Pero al llegar a Zacatecas, Escobedo le ofreció buen trabajo dirigiendo la fábrica que se instaló siguiendo los consejos de Buhr, quien además de ebanista, conocía mucho sobre la herramienta y maquinaria moderna.
El franco-alemán se quedó en Jerez y se casó con Aurelia Robles Maldonado. Al menos hay datos de tres de sus hijas: Rosa María, Ma. Aurelia y Aurora. Falleció el 22 de junio de 1912 a la edad de 59 años. De su familia poco se sabe luego de la revolución. Tal vez emigraron a otras tierras, como muchas otras gentes que salieron de Jerez solo con lo que traían puesto. En 1914, el gobierno del municipio le embarga la casa que fue de su propiedad, en la primera cuadra de la calle de la Parroquia, por falta de pago de contribuciones.
EL COFRE DE MADERA DE SÁNDALO
Poco tiempo bastó para que don Luis Escobedo advirtiera cómo crecía y se modernizaba su industria mueblera y carrocera bajo el mando de Buhr. Entonces le hizo un obsequio: un cofrecito de madera de sándalo, recubierto en su exterior con baqueta con caprichosos diseños repujados, como los hace el afamado talabartero Carlos Berumen, además con sus herrajes dorados y el interior de terciopelo rojo.
-No se vaya a molestar por este pequeño obsequio, pero es en prueba de mi gratitud porque ha trabajado con mucho entusiasmo y ha puesto sus conocimientos a favor de mi empresa. Dirá que cofres como este puede hacer miles, que para eso es ebanista. Pero este, lo que lo hace diferente, es que está lleno de monedas de oro que le servirán para que su estancia en Jerez sea agradable, sin carencias de ningún tipo.
El alsaciano sonrió, como negándose a recibir el cofre, diciéndole a don Luis que él se sentía muy satisfecho con su paga, y además con las comisiones que le daba. Que era mucho más de lo que él esperaba.
Escobedo insistió, entonces Andrés Buhr tomó el cofre y lo guardó en uno de los cajones de su escritorio que tenía ahí, en la fábrica de muebles. Este escritorio era de esos antiguos de muchos cajones que se cerraba con una cortina de tiras de madera, conocidos como “secreter”, aunque también les decían “bargueños”. Y aparentemente se olvidó del cofre y las monedas que éste contenía.
Mucho tiempo después, don Luis platicando con Andrés Buhr recordaba la cajita de madera. –Nos ha ido muy bien con la venta de muebles en Zacatecas y creo que se merece otra recompensa maestro. A propósito ¿Qué hizo con lo que le dí?
Buhr confesó que así como le había entregado el cofre, así lo guardó en un cajón de su “secreter”, y que ahí estaba, que de vez en cuando lo sacaba para que se orearan las monedas, pero que no había gastado nada. Por curiosidad se dirigieron al escritorio para ver el cofre, pero al abrir el cajón donde supuestamente estaba, no encontraron nada. Abrieron todos los cajones, y el cofre no apareció.
-¿Está seguro que aquí lo dejó? ¿Qué lo guardó en su escritorio? ¿No se lo habrá llevado a su casa de casualidad? Buhr negó todo, asegurando que siempre cerraba con llave su “secreter” y que para nada lo había sacado de ahí, porque no lo ocupaba.
Don Luis, se enojó bastante y gritaba que en su empresa no consentiría ladrones, suponiendo que alguno de los empleados encontró la manera de sustraer el cofrecito con su preciado contenido. Mandó llamar al jefe político, que era Juan Francisco Amozurrutia y este llegó con su fiel jefe de rurales Cruz Avalos, para que investigaran quien era el responsable del hurto.
Andrés Buhr, trató de mediar, precisando que el cofre era suyo, y que a lo mejor él lo había extraviado, que no quería se hiciera ninguna investigación ni se castigara a nadie. Pero Cruz Avalos ya llevaba el sable desenvainado y todas las sospechas recayeron sobre el velador de la fábrica, un pobre hombre todo atiriciado y medio pendejo que se llamaba Panchito Sánchez.
Se lo llevaron a la cárcel, y aunque el velador juraba que no sabía nada del tan mentado cofre, lo encerraron todo un año, porque por más golpes que le daban, no decía nada de la cajita robada. Lo dejaron salir por la intercesión del franco alemán que desistió de cualquier acusación que se le pudiera hacer al pobre infeliz. –“No puede ser que sea él el culpable, porque su familia pasa mil penurias. A veces no tienen ni para comer”.
Tiempo después, Luis Escobedo le sugirió a Buhr el cambio de mobiliario de su oficina, algo más moderno. –“Se les da una manita de gato a los muebles y los vendemos”.  Cuando los cargadores sacaron el “secreter” le entregaron al ebanista el cofrecito. –“Cuando ladeamos el mueble, saltó de uno de los cajones. Véalo a ver si no se maltrató con la caída”.

Don Luis Escobedo y Andrés Buhr se quedaron sorprendidos, pues el cofre siempre estuvo ahí. Tal vez se atoró al fondo del cajón, y cuando zangolotearon el escritorio se desatoró. Comprendieron que se había cometido una injusticia grande con Panchito Sánchez, decidieron ellos de común acuerdo entregar las monedas de oro al velador, quien no las quería, solo pidió un pedacito de tierra para sembrar allá por su rancho, cerca del cerro de El Tajo.

domingo, 6 de julio de 2014

LA BURRA CARTERA

-Hay que llevar estas cartas a Jerez, pero los soldados de López tienen bien cuidados todos los caminos. –Dijo el jefe mientras pasaba la mirada por entre los cristeros de su tropa que a sorbos bebían el atole calientito y comían las gordas, también calientitas que doña Pelancha les preparaba en ese perdido rancho de la sierra de Juanchorrey.
-A mí ni me vea, los agraristas de Rodarte ya me tienen echado el ojo, si voy seguro que se pierden las cartas y me matan a mí. No es por miedo, pero si las cartas son importantes de segurito caerían en manos enemigas.
Nadie se animaba a hacer esa entrega epistolar, Doña Pelancha mientras torteaba gordas se atrevió a decir: -Po’s si quere, yo las llevo, al cabo ¿quen va a pensar que esta vieja gorda y fea lleva algo que los soldados quisieran conocer? Écheme esas cartas y lo que haya qué entregar, orita mismo me trepo en mi burrita y me voy con los carboneros pa’ que me hagan compañía pa’ Jerez.
-Po’s es muy riesgoso lo que dice, porque a usté ya también la train entre ojos. Pero po’s si quere ayudarnos, ai’tan las cartas.
Doña Pelancha para pronto preparó su burra, y antes de treparse en ella, se echó las cartas al voluminoso seno. Uno que la estaba viendo le dijo: -Oiga, no se eche las cartas entre las chichis porque si la esculcan se las hayan, mejor escóndalas en el suadero de la burra.
-¿Y a poco crees que me voy a dejar que me metan mano? ¡No! primero me matan que agarrarme mis carnes. Además, ya está muy soba’o eso de echar cosas en los suaderos de los animales. Pero te voy a hacer caso, las voy a llevar escondidas donde me dices.
De rato, la caravana de carboneros y doña Pelancha venían ya por el rumbo el Huejote, cuando se encontraron a una columna de agraristas. Para colmo, el jefe de ellos conocía a la gordera.
-¡Quihubo Pelancha! ¿Cómo le ha ido? ¿Qué le cuentan los cristeros que seguido van a verla?
-No señor, no he visto a naiden, todo está silencioso en la sierra.
-¡No se haga, pinchi vieja cabrona! –gritó el agrarista, un tipo cacarizo y grandote. -¡Si todo mundo sabe que usté es la que mantiene la revolución! Usté les da de tragar a los cristos en su casa, y si no van usté se las lleva a donde anden. Usté les lleva parque y armas, cartas, comida, dinero y hasta ropa. ¡A poco cree que somos sus pendejos!
-Mire, siñor autoridá agraria, si yo tuviera ese poder que me dice, para mantener el mundo, no viviría en la sierra, entre los coyotis y los animales, no andaría con estas garritas de ropa y traería siquiera unas garritas de huaraches, no que siempre ando a pata pelona.
Y el agrarista siguió maltratando a la mujer, amenazándola de muerte, diciéndole todo tipo de palabrotas, hasta que la hizo enojar y ella también le contestó en el mismo tono.
-¡Viejo cacarizo hijo de la chingada! A mí no me asusta con sus peladeces. Si me ha de matar, po’s jálele al gatillo. ¿O le faltan güevos? Si le faltan le presto a esa gallinita búlica que traigo pa’ que lo surta a diario. Y si me acusa de algo, po’s aquí ‘stoy pa’ que me compruebe lo que me dice.
El jefe de las defensas, no acostumbrado a que nadie le respondiera, hasta bufaba enfurecido, lo mismo que su caballo, que también bufaba.
-¿Entonces no me va a matar? Haga pues el favor de quitarse a la chingada, porque se nos hace tarde pa’ mercar cosas en Jerez y entregar ese carboncito. Si astedes no tienen quihacer, no entretengan a los que sí tenemos. Como se la pasan nomás de arguenudos criando nalga montados en sus matalotes.
Y acicateando a su burrita, la Pelancha se integró al grupo de carboneros que en la cercanía la esperaban expectantes, siguieron su camino y ya por las cercanías del rancho La Joya sintieron un tropel. Eran los agraristas que la vinieron a alcanzar.

Doña Pelancha se bajó de su burrita, agarró un machete que traía, y blandiéndolo retó a los defensas. –Bueno, ¿Ahora que chingada mosca les picó? ¡¿Ora qué queren? ¿Ora sí vienen con los tanates suficientes pa’ matarme?
-¡Mira Pelancha! Ya estuvo bueno que nos hayas sobajado tanto, Ora te vamos a esculcar pa’ que nos des lo que trais. Así que tú dices, por las buenas o por las malas.
-¿Y quién va a empezar? ¿Tú? Primero vas y esculcas a tu madre y luego vienes por mí. Y al primero que se arrime, ya sabe cómo le va a ir. Serán muchos, pero con uno que me despanzurre, me sentiré contenta.
-Mira Pelancha, ya no nos maltrates tanto, a nosotros nos mandan y tenemos que obedecer, así que tú sola desvístete pa’ ver que no trais nada.
La mujer se quitó el sombrero ranchero sacudiéndolo con fuerza sobre las piedras de un lienzo: “-Gorra jija de la chingada, ¿qué les robates a estos pendejos?
-A ver, desfájese las naguas y la camisa y el chongo.
-¡Piojos cabrones! ¡Despiértensen!- Dijo, mientras se sacudió la ropa, la trenza y todo cuanto portaba en su cuerpo, sin que cayera al suelo nada que la delatara. -¿Ya vieron que no traigo nada? Ora que si me queren ver encuerada encuerada, po’s no se les va a hacer. Crio’que tengo mis derechos y no serán güeyes como astedes los que me van a hacer esa humillación.
Los agraristas, rascándose la cabeza, y sin musitar siquiera un “asté perdone” se devolvieron por el rumbo de El Huejote. Los carboneros esperaron a que doña Pelancha se acomodara y siguieron su camino hacia Jerez. La burrita, como la dejó sin rienda, se había echado a correr, y la encontraron hasta la acequia de la alameda de Jerez, muy contenta triscando zacate.

De esa manera las cartas llegaron a su destino, a una casa de la calle Reforma, allá por la plazuela, gracias a doña Pelancha que no se las guardó donde pensaba y gracias a la burrita que corrió oportunamente evitando que la esculcaran.

viernes, 20 de junio de 2014

NOMÁS POR ESO NO APLAUDIMOS…

Fue exitosa la temporada que la compañía italiana de Ópera de Ángela Peralta tuvo en el teatro Calderón de Zacatecas, en el verano de 1882. En esas presentaciones contó con el apoyo del eminente músico Fernando Villalpando como su director de concierto. Algunos días antes de que la compañía saliera a Monterrey, al término de la temporada en Zacatecas, la Peralta se entrevistó con Villalpando:
-Maestro, ¿conoce usted Jerez? ¿Cómo es? Me han contado mucho de esa ciudad, de su gente, por eso es que me gustaría que me hablara de esa ciudad.
-Señora, Jerez es un pueblo pequeño, una ciudad pintoresca y amable. Dicen que sus vecinos son muy cultos y hospitalarios. A medio día de camino. Si quiere, la puedo acompañar cuando usted lo disponga. Sé que tienen un teatro pequeño, pero no lo han terminado, la sala está funcional, pero faltan las casas de alojamiento de los artistas.
-¿Podemos ir mañana mismo? El señor Cayetano Escobedo ha puesto a mi disposición su carruaje.
-Será un placer para mí acompañarla, junto con mi esposa Josefa, a quien le dará mucho gusto poder conocerla personalmente. Pero habrá que salir antes de las cinco de la mañana, porque el camino es largo y malo.
-A esa hora estaremos ya saliendo hacia Jerez.
Así, en la madrugada del domingo 17 de septiembre de 1882, un carruaje salió del Hotel Zacatecano (actual edificio del Obispado), llevando en su interior a la diva, a Julián Montiel, a Villalpando y a su esposa Josefa González. Poco después del mediodía ya estaban en la pequeña villa, siendo recibidos por un grupo de personas encabezados por don Pedro Cabrera, jefe político del lugar, avisados convenientemente de su llegada por medio de un telegrama.
Los domingos en Jerez siempre parecían de fiesta, porque los pobladores de los pueblos vecinos y rancherías acudían a vender sus productos y a comprar lo necesario. Al caminar por las calles de la ciudad, la Peralta se sintió maravillada por todo lo que vio, la provincia en todo su esplendor.
El ruiseñor mexicano, al estar dentro del teatro, cantó a capela fragmentos de “Lucía de Lamermmour” y quedando maravillada pues los jerezanos afirmaban que la acústica del teatro era inmejorable. Su voz se esparcía por los arcos de la sala, llenaba la bóveda y se escapaba y claramente se podía oír hasta el jardín “Brilanti” convertido ese día en tianguis dominical.
Sigilosamente, poco a poco fueron entrando al espacio de luneta, azorados rancheros que se despojaban de su apiloncillado sombrero y que atraídos por la melodiosa voz que se escuchaba y llenaba sus sentidos, ingresaron al interior. Los ojos bien abiertos, con una expresión de sorpresa y admiración, la quijada caída. Con una mano se alisaban el rebelde cabello que desconocía la caricia del peine, y con la otra asían nerviosamente el ancho sombrero que se habían quitado en señal de respeto. Las mujeres, veían con ojos de ternura a la diva, y con lágrimas en los ojos mordían nerviosamente las puntas de sus rebozos, como si cada acorde les llegara muy dentro y les hiciera olvidar su pobreza, sus angustias, sus pesares.
Cuando la afamada soprano terminó de cantar, los que estaban cerca de ella aplaudieron a rabiar y lanzaban gritos de júbilo, no así los rancheros y gente del pueblo que estaban como hipnotizados.
-¡¡Aplaudan!! ¡¡Aplaudan!! –Los conminaban los que estaban cerca de la diva- ¡¡Es Ángela Peralta!! ¡¡Aplaudan!!
Los espectadores, callados, con los ojos posados en la regordeta figura de la soprano no decían nada. Fue el mismo Pedro Cabrera, quien dirigiéndose a ellos les preguntó. –¿Por qué no aplauden? ¿Acaso no les ha gustado lo que han oído? ¡Jamás en su vida volverán a oír una angelical voz como ésta! ¡Es una falta de respeto no aplaudir!
Tímidamente, uno se animó a contestar, mientras con el dorso de la mano se limpiaba de su rostro unas lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
-Tiene usté razón, patrón. Nunca de los jamases volveremos a oír algo como lo que hoy hemos oyido. Y por eso no aplaudimos, porque queremos llenarnos el alma de lo que aquí acabamos de oyir. Si aplaudimos, a lo mejor se quiebra el encanto, se quiebra el resplandor que ha dejado en nuestros corazones ese concierto de ángeles que nos ha dado aquí, la siñora. Muy dentro nuestro, resuena como si juera algo de cristal todo lo que oyimos, y ansina lo queremos dejar. Es como si cada uno de nosotros se llevara un pedacito del cielo que con su voz nos da a conocer esta siñora, que es más bien un ángel enviado por Diosito para regalarnos esta alegría tan inmensa.
Angela Peralta se sintió emocionada por esas palabras, y sonriendo dijo: -He cantado en Europa, en sus mejores salas, en muchas ciudades de México, y siempre me han ovacionado grandemente; reyes, emperadores, príncipes, presidentes y grandes empresarios han aplaudido mi actuación, me han regalado flores, joyas, sonrisas. Han puesto el mundo a mis pies. Pero este silencio, es el mejor obsequio que he recibido en mi vida. Este silencio suyo me ha llegado al corazón y lo llevaré por siempre como el mejor de los aplausos. Muchas gracias.
Las palabras se le quebraban, pero la diva agradeció el silencioso aplauso y siguió cantando, pero se notaba que lo hacía con más sentimiento, con más alegría. Fue un concierto espontáneo e inolvidable ofrecido para quienes tuvieron la fortuna de estar en el teatro. Hombres y mujeres se acercaban respetuosamente a besar la mano de la cantante. A don Fernando Villalpando, al igual que otros de los que ahí estaban, se le empañaron los redondos lentes, y cuando los limpiaba con un pañuelo, Ángela Peralta, le preguntó:
-Maestro Villalpando, ¿cree usted que podríamos hacer algo aquí? El teatro es pequeño, pero me parece formidable. Tiene una sonoridad asombrosa. Me gustará cantar aquí.
-Señora, me dicen que este coliseo tiene capacidad para más de cuatrocientas personas, pero como aquí la costumbre es que cada quien traiga su silla, se reduce a unas trescientas. Además, no tiene foso para los músicos, por lo que tendríamos que robar espacio al proscenio. Tendríamos que elegir obras en que no se necesite de toda la compañía, sino de unas treinta personas a lo más. Aparte, no hay transporte ni alojamiento. De ninguna manera sería redituable.
Don Pedro Cabrera, que escuchaba la plática intervino, asegurando que para los jerezanos sería un honor tener el privilegio de escuchar la voz de la Peralta. Que él ponía a su disposición los carros que se necesitaran para trasladar a la compañía, instrumentos y vestuario, además que no se preocuparan por el alojamiento, pues en los principales hogares jerezanos serían hospedados.
El siguiente domingo, Jerez estaba de lujo, pues Ángela Peralta y su compañía (adaptada para actuar en el teatro Hinojosa), iniciaban una breve temporada. ”El Trovador” de Verdi, fue la principal obra que interpretaría la soprano. En posteriores días complació a los jerezanos con “La Traviata”, “Lucía de Lamermmour” y “Rigoletto”. Su director de concierto fue Fernando Villalpando. No hubo función de beneficio, pero al abandonar la ciudad, dicen que la artista lo hizo con lágrimas pues la recepción y hospitalidad que le dieron en Jerez fue inolvidable. Inolvidable para una dama acostumbrada a las mejores salas de teatro de Europa y a los más nutridos aplausos.
EL NÍQUEL Y LA BODA
La compañía de Ópera Italiana de la Peralta partió a Monterrey, donde hizo una larga temporada; luego seguirían en su periplo a Chihuahua, donde estuvieron en abril de 1883. A fines de agosto llegaron a Mazatlán.

Juventino Rosas se salvó
En Mazatlán, el Ruiseñor Mexicano cantó desde el balcón del Hotel Iturbide a un público emocionado que escuchaba conmovido las notas de “La Paloma”…  pero, ya en el aire se advertía algo extraño: por descuido llegó al puerto una epidemia de fiebre amarilla, “el níquel” decían. Las autoridades portuarias habían conocido del caso de un norteamericano que había fallecido de ese mal en un barco, pero aún así permitieron fuera desembarcado y enterrado su cadáver. Los miembros de la compañía fueron cayendo enfermos, y muriendo algunos después, entre ellos el Dr. Pedro Chávez, el primer tenor Belloti… y la soprano. Su vida se extinguió a la 1:30 del 30 de agosto de 1883 en los altos del Teatro Rubio. Debido al carácter infectocontagioso de la enfermedad, fue velada en el Hotel Iturbide y llevada al panteón en hombros de cuatro soldados. Dicen que en artículo mortis se casó con su administrador Montiel, y como la diva ya no respondía, el cubano Manuel Lemus le movía la cabeza para que diera el sí. De su compañía de más de 80 personas, solo quedaron con vida 6, entre ellos el violinista Juventino Rosas y Julián Montiel quien mañosamente heredó toda la fortuna de Angela Peralta.

domingo, 20 de abril de 2014

EL CABALLO DEL SÁBADO DE GLORIA

-¡Híjole Miguel! ¡Cómo me gustaría andar un sábado de gloria trepado en un caballo pa’ que todas las chavas me vean de abajo pa’rriba, pa’ gritarles a los que me vean que se quiten porque ahí voy yo, pa’ presumir que soy un chingonazo!- decía un chavo amigo mío siempre que veía a los jinetes haciendo de las suyas el sábado de gloria. Mi amigo, Carlos, tuvo un ramalazo de suerte, pues de repente tuvo la oportunidad de que esa obsesión acariciada por él por varios años, se convirtiera en realidad. Sucede que por motivos de trabajo trabó amistad con un político que tenía un establo con muy cuidados ejemplares equinos. En una ocasión le platicó de su sueño, y el dueño de los animales le dijo que le prestaba un animal, el que escogiera y además le facilitaba todos los arreos necesarios, además de una muy labrada y cómoda silla de montar.
Para pronto, Carlos eligió a un zaino oscuro, de muy buena estampa. “-Desde que entré al establo el caballo me veía y me veía, y ni modo de hacerme tarugo, ese pedí”.

-Solo que el caballo que elegiste es muy pajarero, así que te lo presto con tres meses de anticipación, para que lo cuides, lo bañes, lo cepilles, le des de comer y lo montes todos los días para que se acostumbre a ti- Le dijo el dueño de los animales.
Carlos se sentía el hombre más afortunado del mundo, y diariamente desde muy temprano iba a un corral que le rentaron allá por la colonia Lagunita, cerca de donde había muchos eucaliptos que recientemente talaron. Le daba su alfalfa fresca al animal para que no se entripara, lo proveía de agua, lo cepillaba, lo acariciaba. Por las tardes jinete y caballo daban un paseo por toda la colonia Lagunita y a veces hasta a Ciénega llegaban o se aventuraban por el camino al tanque de San Juan. El chavo terminó con la novia porque la muchacha no estaba dispuesta a compartir su amor con un caballo que era merecedor de más besos, arrumacos y caricias. Se la pasaba todo su tiempo libre con “El peluso” (que así se llamaba el zaino).
Y que se llega el tan ansiado sábado. Desde muy temprano Carlos se preparó. Se calzó unos zapatos nuevecitos que acababa de comprar en la zapatería “La Suiza”, que aunque no eran botines charros, de lejos sí daban el gatazo. Lo que no consiguió fue un buen sombrero, así que se puso su cachucha recién lavadita de los gigantes de New York. “El chiste es que tape el sol” –pensó-.
El peluso se veía reluciente, bien cepillado, con sus crines muy peinadas, bien comido y bebido y la silla de montar que parecía nueva sería la envidia de todos los que la vieran. También mi amigo se había provisto de un cartón de caguamas “Victoria” para degustarlas mientras llegaban los amigos con los que se había apalabrado para asistir a la cabalgata charra.
Como a eso de las diez de la mañana se dirigieron los alegres cabalgantes hasta el puente del río grande, donde se integraron al grueso de la caballada y pasearon muy a sus anchas por las céntricas calles de Jerez. Eso de andar a caballo le gustó a Carlos, y más le gustó que lo vieran cuando abrevaba del oscuro envase de la caguama. Se acabaron las cervezas y sus acompañantes manifestaron que era mejor comprarse unas botellas de tequila para andar más a tono.
Para eso de las tres de la tarde ya andaba el grupo bien briago haciendo desfiguros arriba de los animales pero todavía traían hartas ganas de seguir entrándole al tequila, Carlos demostró su agilidad y desmontando rápidamente frente a una licorería les encargó su caballo mientras él compraba un par de castellanas de tradicional. Pero eran muchos los que tenían esa misma necesidad, así que la licorería estaba abarrotada.
-¡Chino cabrón, dame pronto dos botellas de tequila, no seas hijo de la chingada! –Yo sí sel chino, pelo no cablón, ni sel hijo de la chingala y no te vendo nada pol decil cosas feas. Y comenzó la discusión, uno aferrado a comprar la bebida y el otro a no venderla…
* * * * * *
Ya cuando la tarde refrescaba y comenzaba a anochecer, pasé frente al bar “El Venadito” y en la puerta estaba su dueño don Jesús, quien con la amabilidad que siempre lo caracterizó me habló para que me acercara. –Oiga Miguelito, ahí adentro está bien borracho un amigo suyo. Pidió una botella y se sentó en una de las mesas de la pared. Está a llore y llore, y a todo el que se arrima le mienta la madre y le dice cosas. Hable con él, porque a alguna persona no le va a parecer que lo ofenda y a lo mejor lo golpean. Ya ve que hoy todos andan endemoniados. Hágame ese favor.
Fue tan convincente don Chuy Félix, que no pude negarme, entré y ahí estaba Carlos, semiacostado en la mesa, semidormido, semiborracho, semilloroso y desesperado.
-Carlos, ¿cómo anda?- Me animé a preguntarle; luego de reconocerme, entre lágrimas y maldiciones me contó toda su tragedia.
-¡Me robaron el caballo, Miguel! ¡Me lo robaron! ¡Me lo robaron unos hijos de la chingada! ¡Y ahora no sé qué hacer! ¿Con qué cara voy a decirle al dueño que me lo robaron? ¡Y no nomás el caballo, se lo llevaron con todo y silla! ¿Con qué dinero voy a pagar todo eso?
A lo que fui entendiendo, es que se bajó del cuaco para comprar tequila en una licorería, les encargó el caballo a los compas con los que andaba, pero como estos ya andaban bien cuetes no agarraron la rienda, y cuando Carlos salió del lugar donde fue a comprar tequila –y que no le vendieron por mentarle la madre al encargado- ya no estaba su caballo. A todos les preguntó, pero nadie supo nada. Anduvo buen rato buscando al animal, pero no lo vio, y derrotado fue a la cantina más próxima a ahogar su desesperación y penas.
-¡Si tuviera una pinche pistola ya me hubiera dado un balazo! ¡Me voy a ir pa’l norte a trabajar para pagar el caballo! ¡Pinches amigos que tengo, no me cuidaron el caballo!
Le pregunté que si le había avisado a la policía o al dueño del animal, a lo mejor alguien conoció el caballo que andaba sin jinete y lo llevó a entregar.
-¡No! ¿Pa’ qué chingaos? ¡Pueque los mismos policías se lo hayan robado! Y al dueño… ¿Con qué cara voy a decirle que me robaron el caballo? ¿A ver? ¡Dígame!
Me ofrecí a acompañarlo a su casa, para que descansara un rato si es que se iba al país de los güeros o para que buscara un cuchillo cebollero en caso de que quisiera suicidarse. Todo el camino fue de lamentos, palabrejas y palabrotas. Cuando íbamos llegando a la colonia Lagunita, a lo lejos se oía el relincho de un caballo. Y sí, ahí estaba el Peluso, parado frente a la puerta del corral y relinchado de gusto al advertir que mi amigo se acercaba.
Carlos no cabía en sí de alegría. Hasta lo borracho se le quitó… vio al caballo, lo abrazó, lo acarició, le dijo palabras amorosas, y luego lo metió al corral donde le quitó los arreos, le quitó lo sudado, lo cepilló y le dio agua y pastura. -¿Ya ve Carlos que los caballos son muy inteligentes? Él al verse libre buscó su querencia… y aquí lo estuvo esperando… ¡Y usted mentándole la madre a todo mundo porque se lo habían robado!

El domingo, muy tempranito Carlos fue a entregar el caballo, la silla y todo lo que le prestaron… y ahora dice que no quiere saber nada de sábados de gloria… “Nomás me acuerdo de el peluso, y me da una crudota de esas gachas”.