viernes, 2 de diciembre de 2016

LA ENCADENADA DE LA CALLE HIDALGO

La familia Miramontes llegó huyendo de la guerra, de las tropelías que se cometieron en aquellos años por los federales que supuestamente los debían proteger de los cristeros, pero que no hacían otra cosa que adueñarse de sus propiedades, casas, ranchos, tierras, ganado y hasta el guardadito que tenían escondido. Don Pablo, doña Luisa y sus hijos Blanca y Miguel juntaron lo poquito que los federales del nefasto general Anacleto López les dejaron. Y así, desde Mezquitic emprendieron su peregrinaje hasta llegar a Jerez, lugar donde pensaron estarían a salvo de la rapiña de la soldadesca.
En la segunda manzana de la calle Hidalgo les facilitaron una casa, de las tantas que entonces estaban derruídas, desocupadas o cuyos dueños prestaban con tal de que se las cuidaran para que no se cayeran. Esta finca era la parte trasera de una casona cuyo frente estaba por la calle del Santuario. El compromiso del préstamo era que le hicieran todas las reparaciones necesarias para que la casa se mantuviera en pie. En una habitación que daba para la calle, con piso de semideshecho ladrillo fue donde habilitaron como recámara para los cuatro.
Los Miramontes –padres e hijos- eran muy trabajadores, gente de “buena cepa”, por lo que pronto se ganaron la confianza y amistad de los vecinos. Doña Luisa –experta repostera- era muy solicitada por las familias ricas para que les ayudara en la preparación de platillos especiales y postres, mientras que su hija Blanca se hacía cargo de las labores caseras.
En una ocasión, cuando estaban almorzando para irse a sus trabajos, la niña le confió a su padre: -“Papá, por las noches se me aparece una señora muy hermosa, con el pelo muy largo y toda vestida de negro. Me pide que le ayude a descansar, porque ya tiene mucho sufriendo”-. Todos se rieron de lo dicho por la niña. –“M'ija, eso que me dice es un sueño que usté tiene. Y si no, ¿por qué a nosotros no se nos aparece si dormimos en el mismo cuarto?”. -“No, papá, estoy segura que no es un sueño, mire, me dijo que se llama Isabela. Es muy bonita, muy blanca y en el cuello trae un medallón con una pintura de su cara. Dice que le ayude y que me da el medallón para que me acuerde de ella, y unas monedas que están en una mesita”. –“No, m'ija, es un sueño nomás. Orita nadie da nada por nada. Usté no se asuste, que ahí estamos todos para cuidarla. Cuando vuelva a soñar así, nomás pellízquese y verá que es una quesadilla”.
La niña insistía en la aparición, pero los padres lo tomaban a broma, y a veces hasta le preguntaban que si no se le había vuelto a aparecer Isabela. Don Pablo Miramontes en una de las veces que fue a confesarse, le comentó al sacerdote lo que ocurría con su hija. –“Esa niña tiene afiguraciones. Llévala al catecismo de Conchita Orozco para que no ande pensando en fantasmas ni espantos. Verás que pronto se olvida de eso”.
Blanca –la niña- acudió desde entonces todos los sábados a la escuelita que en una casa frente al jardín chico manejaba Conchita Orozco. Le gustaba convivir con las demás niñas y en su inocencia les contaba lo de la mujer que se le aparecía. Al principio todas escuchaban su relato con caritas de susto. –“¿Y no te asustas cuando la ves?” –le preguntaban –“No, ella se ve muy triste, y yo no sé como consolarla y me dan ganas de llorar”.
En la recámara en que dormían, habían notado que algo raro pasaba, pues cuando “chinaban” con peine los ladrillos, al echar agua esta se resumía de inmediato, como si el piso estuviera hueco. Un día, Blanca estaba dándole con el peine a los ladrillos de la recámara, cuando notó que en un rincón al tallarle a los ladrillos la mezcla se desprendía como si no estuviera bien preparada. Por curiosidad quitó los ladrillos y vio que estaban asentados sobre una pieza de madera vieja. –“¡Ma, venga tantito, córrale!” –le habló a su madre, la que a su vez a gritos le habló a don Pablo.
Don Pablo, quitó más ladrillos hasta dejar al descubierto toda la placa de madera.  Se rascaba la cabeza, sin atreverse a hacer más. Pero luego, usando un pico que prontamente le arrimó Miguel, levantaron la madera. Un hedor fétido, de podredumbre, de humedad les llenó los sentidos. “Mira nomás –dijo don Pablo- pos' si esto parece un sótano. Al prender y arrimar un quinqué (aparato de petróleo), notaron que había una escalera de cantera por la que descendieron al oscuro y húmedo cuarto. Al iluminar hacia una pared don Pablo gritó a su esposa e hija que se devolvieran, que no vieran, pero ellas ya habían visto. Blanca, sin que el padre lo advirtiera se acercó a la pared. Estaba fascinada, nunca había visto un esqueleto y menos colgado de la pared. Una calavera con abundante cabellera con el ruido se desprendió y cayó al húmedo piso.
-Es Isabela- dijo la niña –es Isabela y la voy a ayudar. Y sin que el padre, la madre o el hermano pudieran hacer nada, Blanca se dirigió a donde quedaba el resto del esqueleto colgado de un grisáceo y viejo vestido que debió ser negro. Tomó las mangas del vestido y las liberó de la cadena que las sostenía. Cayeron los huesos al piso, y al caer se oyó un ruido como un suspiro grande. Hacia los pies de la niña cayó un hermoso camafeo, con una miniatura en óleo en que se retrataba a una hermosa mujer. –“Es el medallón de Isabela” –expresó Blanca recogiendo la joya.
Al acostumbrarse a la semioscuridad, pudieron ver que era una especie de sótano, de pequeña habitación, con un viejo camastro, unas sillas de madera y una mesita, donde estaba una talega de cuero. –“Y ahí están las monedas que me iba a regalar”. –Aseguró la niña.
Don Pablo acudió con el sacerdote, pues no sabía qué se hacía en esos casos. Al sacerdote –que era don José Amado Macías Cabrera- no le gustaba la burocracia, así que le aconsejó que los huesos los llevara al panteón de Dolores, envueltos en un lienzo, y le dijera al camposantero que le hiciera el favor de enterrarlos en un campito. Picado por la curiosidad, agarró su estola y sus bártulos para ir a bendecir los restos de la infortunada mujer. –“Antes había muchos casos así, mujeres emparedadas, encadenadas que morían de terror, de hambre, asfixiadas, así que no pierda tiempo yendo con las autoridades, capaz que hasta de la casa lo corren”.
El sacerdote bajó al sótano, donde dio los auxilios espirituales al esqueleto de la mujer. Ya luego comenzó a curiosear mientras bendecía todos los rincones. –“Don Pablo, ¿no sería mucho pedir que me regalara una de esas sillas? Desde que bajé me fijé que son de excelente hechura, y muy antiguas”.
El presbítero se fue al Santuario muy contento llevando su silla, que en la calle un acomedido le ayudó a cargar. Por años, el padre Amado Macías usaba esa silla para descansar, leer o reflexionar.
La familia Miramontes levantó el esqueleto con mucho cuidado colocándolo dentro de un lienzo, luego lo envolvieron y lo llevaron al panteón de Dolores. –“Son los restos de una mujer que falleció sabrá Dios cuando. El padre Macías me dijo que los trajera para que les diera cristiana sepultura”- dijo don Pablo al camposantero, dándole además unas monedas de plata para que sobre la sepultura le pusiera una lápida en la que a insistencia de la pequeña Blanca se debería grabar: “Bella Isabela, descansa en paz. Familia Miramontes”.

El sótano fue arreglado y servía como recámara y cuarto de juegos de los niños, quienes junto con su familia vivieron en esa casa por muchos años, hasta que tuvieron que emigrar nuevamente...

lunes, 7 de noviembre de 2016

LOS HÉROES JEREZANOS DE LA REVOLUCIÓN ¿CUALES?

Me aventaron un torito: que les diera nombres de héroes jerezanos de la revolución. Y por más que le pienso y pienso, nomás no doy una…. Tendré que ir con algún estudioso historiador, porque no entiendo bien lo que sea “héroe”, y según la enciclopedia más consultada un “héroe es una persona que realiza una acción valiente y muy bien agradecida”.
Me proponen que recuerde a Lino Rodarte… pero este personaje símbolo de nuestra naturaleza ranchera, nada tuvo que ver con las luchas fratricidas que comenzaron en 1910. Fue muerto mucho tiempo antes, luego de una gacha felonía que le fabricaron, en marzo de 1886. Su padre, don Felipe Rodarte, sufrió calladamente por 25 años la humillación que le hicieron sentir las autoridades porfiristas y hacendados, que a todo momento le recordaban que su hijo había estado fuera de la ley. El ranchero que ofrecía el peso de su hijo en reales por su vida falleció de fiebre el 6 de Marzo de 1911 a las nueve de la mañana y fue sepultado en el panteón de San Juan.
Tropas maderistas en la alameda de Jerez. 1911

¿Podrían ser héroes revolucionarios los miembros del club anti reeleccionista jerezano que comulgaban de las ideas de los Flores Magón? Los historiadores nos hablan de José Othón Cabral, Luis Brilanti, Jesús Lazalde Castañeda, Catalino Hernández, Florencio Berumen, Marcelino Ozuna, Nicolás Aguilar y Benjamín Berumen que fueron detenidos por tropas del general Jesús Aréchiga, así como gente al mando del temido Juez de Acordada Cruz Avalos Bazán y de Goyo Morales, jefe de los carnitas. Desgraciadamente no hay más datos sobre estos preclaros hombres que ya pensaban en un Jerez diferente.
¿Podría ser héroe revolucionario J. Isabel Tovar, quien con su tropa “maderista” tomó Jerez en la madrugada del domingo 21 de Mayo de 1911? A pesar de que estuvo desde ese día hasta el sábado 27, de que impuso un préstamo forzoso a los comerciantes jerezanos, de que liberó a los presos, de que permitió el saqueo de varios comercios y el “montepío”, no se sabe nada más de su actuación en la revuelta maderista. o.
¿Serían héroes los soldados Pedro Ureño de El Cargadero y Candelario Urbina que defendieron sus vidas y murieron asesinados a manos de la gente de Isabel Tovar en la madrugada de ese 21 de Mayo? Solo estaban cumpliendo con su deber sin saber a qué se enfrentaban.
¿Podrían ser héroes don Jacinto Carlos Flores y sus hijos que encabezaban la
Don Jacinto Carlos Flores, comerciante jerezano,
asesinado por los villistas.
defensa que se había organizado para proteger a la ciudad de las tropas villistas de Pánfilo Natera? Ellos protegían su patrimonio –fruto del trabajo de muchos años-, así como el de muchos jerezanos, que estaban desorientados, pues la revolución había triunfado ya con la ascensión de Madero al poder, y luego de la fatídica “Decena Trágica” había surgido la “contrarrevolución” en que nadie sabía quien estaba en lo justo, en lo legal. Ramón Carlos –así como muchos valientes jerezanos- murió el fatídico 19 de abril de 1913 a manos de los soldados de Natera. Un año después, luego de la toma de Zacatecas, don Jacinto Carlos y otro de sus hijos serían fusilados por los rencorosos villistas.
¿Serían héroes todos esos jerezanos que impotentes veían morir a sus familias a manos de los combatientes, que no se sabía casi nunca en qué bando andaban? ¿Serían héroes esas madres de familia que llorosas le daban sepultura a sus pequeños hijos o esposos que fallecían por la hambruna y epidemias resultado de esas guerras sin sentido? En los archivos hay infinidad de registros en los que cuando se hace referencia a las causas de muerte solo dice “por hambre”.
¿Podría ser considerado héroe el sacerdote José del Refugio Gallardo y su madre
El sacerdote José del Refugio Gallardo, asesinado por Daniel Vanegas.
doña Clara Barrientos asesinados arteramente por el “general revolucionario” Daniel Vanegas y quemados de manera vil y cobarde en una caldera?. El delito del sacerdote fue el proteger los bienes que le fueron encomendados y que a pesar de la situación de inestabilidad política mantenía trabajando en beneficio de la gente pobre de Jerez.
¿Podría ser llamado “héroe” ese general Vanegas que se sumó a la vorágine de intensas luchas por el poder y que en realidad en lo menos que pensaba era en el cambio del país, ya que sus intenciones eran conseguir poder y riquezas? Entre sus méritos están los asesinatos de gente pacífica, noble y trabajadora, como don Cuco Peña –dueño de la finca del lado norte del Santuario-; de don Ignacio Acosta y de don Ignacio Rodríguez, sacrificados frente a sus familias, sin importarles súplicas ni lágrimas ni nada. De doña Marianita Salinas, a quien de manera brutal asesinó a balazos frente a la casa de don Hilario Llamas, por la calle del Espejo. De don Enrique Raygoza quien tenía su comercio en la calle nueva y lo mataron a cuchilladas y balazos solo para no pagarle lo que habían consumido. De doña Rosa García Rincón, viuda de Severiano del Río, que se enfrentó con valentía a los “revolucionarios” para proteger la honra de su familia. De doña Ma. Guadalupe Rivero, viuda de José Julio Berumen, que se opuso a las atrocidades del general Vanegas y sus secuaces.
Don Enrique Raygoza con su familia, él fue
asesinado por Daniel Vanegas.
¿Podría considerar como héroe revolucionario a Dionicio García que al mando de su gente cometió cuanta tropelía se pueda uno imaginar y que por 22 días hizo un saqueo generalizado de Jerez?. Según algunos historiadores, 1920 se da como fecha en que concluyeron los enfrentamientos bélicos. Pero… todo quedó igual… o peor. Ambiciosos caudillos armaban intrigas para hacerse del poder y seguía el merequetengue.
Nuestra ciudad estaba en franca agonía, y un grupo resuelto de jerezanos emprendió la difícil tarea de no dejarla morir. Se restableció el comercio, aunque ya sin los grandes capitales de principios de siglo. Las calles quedaron como testigos de lo que había acontecido: barandales en los que el mordisco de las balas era notorio, así como edificios semidestruídos o semiquemados… los empedrados que embellecían las calles, destruídos, arrancados y trozados los cables de telégrafo y teléfono… todo lo que antes hablaba de modernidad fue destruido por la barbarie de villistas, carrancistas, maderistas, obregonistas, huertistas, orozquistas y deje de contar…
El moderno y recién construido mercado de carnes que estaba en la plazuela Reforma, el hospital civil, así como el hospital de los Sánchez Castellanos y la capilla del Diezmo fueron algunos de los edificios que murieron en esa hecatombe. El Teatro Hinojosa que también había sido incendiado se salvó gracias a la oportuna intervención de los jerezanos que apagaron como pudieron el fuego.
¿Serían héroes de la revolución, esos jerezanos y jerezanas que se dedicaron a reconstruir de sus ruinas a nuestra ciudad?

En mi opinión muy personal, las luchas que se dieron en la década de 1910-1920 no pueden ser consideradas como benéficas para Jerez, pues la transformación radical en todos los aspectos fue completamente negativa. Deberían pasar muchos, pero muchos años para que Jerez sanara sus heridas.

Genny, Tato y Miguel... no somos héroes pero aquí andamos...

viernes, 28 de octubre de 2016

EL MUERTO QUE NO SE QUERÍA MORIR

Los días de invierno en Jerez siempre han sido fríos, de ese frío seco que se mete sin misericordia por los huesos y llega hasta el mismo tuétano. De ese frío que no se quita ni tomando canela con hartos amargos y un buen buche de mezcal.
La tarde del miércoles seis de enero de 1717 era gélida y el cielo de un gris plateado y denso, que atrapaba sin misericordia los rayos del sol. El bachiller –que así se les llamaba antes a los sacerdotes- Nicolás Carlos de Godoy, sorbeaba con delectación un café muy caliente contenido en un jarro que por sus tiznaduras pregonaba que había sido colocado infinidad de veces en el anafre de carbón, y le daba gracias a Dios que nadie había solicitado servicios religiosos en ese día, sin contar las celebraciones eucarísticas que por la mañana se realizaron en el antiguo templo parroquial con motivo de la festividad de reyes.
Más ensimismado estaba chasqueando en los labios el sorbo de café, cuando escuchó fuertes voces que lo llamaban. Era un fornido mulato que desde la calle le llamaba a gritos.
-¡Padre Nicolás! ¡Padre Nicolás! ¡Me mandó el siñor mi amo a que viniera por usté para que le de los santos olidos y confiese a un enfermo que está en la hacienda de los arrimados!
-A ver, a ver, no son los santos olidos, son los santos óleos, ¿Y cuál es esa hacienda de los arrimados que dices?
-Pos ahí juntito a la estancia del siñor mi amo, el capitán don Pedro Álvarez de Ron, la que le llaman San Miguel de Buenavista.
-¡Ah! Por ahí hubieras empezado, que eres enviado de Pedro Álvarez. Tu patrón es muy mal pagador, debe desde que era alcalde mayor los derechos y obvenciones del obispado y nunca ha querido pagar, mejor dile que traiga al enfermo.
-Po’s eso no se va a poder, el enfermo no puede caminar, se quebró una pata trabajando y po’s está muy mal. Por lo que más quera señor padre, venga conmigo pa’ que le de los santos olidos.
Mascullando palabras impronunciables, el sacerdote Nicolás Carlos de Godoy preparó sus cosas, y trepado en la mula que usaban para las confesiones, acompañó al mulato, caporal de estancia de Buenavista. Durante todo el trayecto -más de seis leguas- nada se dijeron, aparte que el frío se sentía todavía más en sus monturas y era preferible no abrir la boca, para que no les entrara el hálito gélido del camino.
Se oía en la lejanía el nocturno y monótono toque de ánimas cuando llegaron a un caserío pegado a la estancia del capitán Pedro Álvarez de Ron. (En tiempos de frío el toque de ánimas era a las nueve de la noche, y en tiempos de calor una hora más). El sacerdote se bajó ágilmente de la mula, acuciado por el intenso frío, y corriendo a saltitos, se dirigió a una choza que le señalara el callado caporal que le hacía honor a su apelativo; Nicolás Prieto.
“Corrí y llegué y entré a la casa, asustándome al ver en medio del jacalillo un cuerpo de hombre muerto, con dos velas a los lados y una cruz puesta a los pechos. Recobrado del susto, sin pensarlo pregunté: ¿Qué es esto? ¿Dónde está el enfermo? Las mujeres que estaban ahí, entre ellas las de Nicolás el negro o mulato vaquero de Ron, me dijeron que había muerto mucho antes de que se metiera el sol” -contó luego el sacerdote-. Poco sabían del difunto, que se llamaba Antonio Marín, le dijeron, pero no sabían de dónde era ni si era casado o no.
El bachiller ordenó que movieran el cuerpo a la capilla de la hacienda, colocando ahí el Santísimo Sacramento, y realizando el ritual acostumbrado para que el difunto trascendiera las puertas de la gloria.
Luego de esto, se dirigió a la casa del dueño de la estancia, el capitán Pedro Álvarez de Ron, el que estaba acompañado de otro sujeto, Antonio Graceda. Aprovechó que estaban cenando, para disfrutar también de los opíparos platillos. En la sobremesa, el sacerdote comenzó a reclamarle a Álvarez de Ron el por qué no se le avisó con tiempo para poder auxiliar espiritualmente al muerto.
-¡Padre! No se le avisó porque le muerte fue por habérsele quebrado una pierna de una caída, y llamamos al padre Antonio para que lo confesara. Y el padre no quiso ir argumentando que estaba malo de las muelas, y eso que estaba aquí en la casa -dijo Graceda-.
El dueño de la casa terció afirmando enérgicamente:
-Mira Nicolás, yo te conozco desde que éramos niños, y solo por eso he soportado tus gritos en mi casa. No estoy aquí para que me reclames nada. Yo no sabía del muerto, solo que la mujer del caporal Nicolás Prieto, pidió una mortaja de sayal. Ahora, que ya cenaste, recoge tus cosas, llévate tu muerto que aquí no habrá posada para los ministros de la iglesia.
A Nicolás Carlos de Godoy no le extrañó la actitud del dueño de Buenavista, así que, tristemente se dirigió a la capilla, recogió el Santísimo, y ayudado por algunos trabajadores cargó el cuerpo del difunto en su mula. Álvarez de Ron dio instrucciones de que no le prestaran ningún animal, así que el pobre sacerdote emprendió el camino de regreso a pie, tras la cansada mula que venía cargada con el cuerpo del desconocido Antonio Marín, para sepultarlo en la capilla del hospital de la Villa de Xerez.
Por suerte se encontró en la oscuridad de esa noche a otro Antonio: Al carretero Antonio López, que venía de Zacatecas.
-Padre, al paso que lleva se va a congelar y llegará a Xerez hasta la madrugada. Llévese una de las mulas de atrás que vienen descansadas, ahí cuando vaya a la villa la recojo. Nomás me la cuida y le da de comer.
Pasada la medianoche el sacerdote llegó a su destino, los dientes le castañeaban del intenso frío, por lo que ya no quería saber más que de acomodarse en un mullido colchón y cobijarse con unas mantas búlicas. En la primitiva parroquia se encontró a Joseph Cordero y a Joseph Medrano, que le ayudaron a desmontar, y también se acomidieron a hablarle al sacristán, Antonio (otro Antonio) de Castañeda para que abriera la iglesia y guardara el Santísimo Sacramento en el Sagrario. Y al muerto amortajado, Antonio Marín, se lo llevaron al hospital de San Miguel (donde ahora es el Santuario) para sepultarlo.
Al siguiente día, que no estaba tan frío como el anterior, el sacristán Antonio de Castañeda fue con el sacerdote Carlos de Godoy para darle los pormenores de lo que hizo:
-Ayer que nos llevamos al difunto a la iglesia del hospital, hicimos una mala maniobra cuando íbamos a bajarlo de la mula. Y se nos cayó. Se oyó como si quebraran una caña cuando el cuerpo chocó con el suelo. Y luego un aterrador aullido. Todos corrimos, porque el muerto gritaba y maldecía, maldecía mucho. Así que me armé de valor y le propiné un garrotazo en la cabeza, tan fuerte que el ente demoniaco que lo poseía escapó a toda prisa. Como usted dijo que ya le había dado los auxilios espirituales, lo enterramos en la parte sur del atrio del templo del hospital.

-¡Muy bien hecho, hijo mío! Ese muerto yo lo encontré bien muerto desde ayer en la tarde, y no tenía por qué andar maldiciendo cuando ya estaba amortajado y ya le habíamos rezado.

viernes, 21 de octubre de 2016

LA MISA DE ÁNIMAS DE DOÑA LUPE

Doña Guadalupe Gómez fue mi vecina por muchos años, cuando mi familia vivía por la idílica calle Mina de agradables recuerdos. Ella era de carácter afable y bondadoso, la sencillez de su vida la trocaba en preparar todo tipo de comidas, dulces, conservas, buñuelos y cajetas. Todas ellas muy apreciadas por las linajudas familias de Jerez.
Cada rato de su casa se esparcían gratos olores, -estaban preparando conservas o cajetas de membrillo- y todos los niños del barrio acudíamos como si recibiéramos telepática llamada. Muy acomedidos a ayudar, pero como por encanto desaparecíamos cuando éramos convidados con el apetecible dulce.
Yo la recuerdo igual, con sus ropajes de color oscuro, su delantal de bolitas blancas y su rebozo búlico. Vivía con ella una hija soltera, quien -como fiel cómplice-, le ayudaba en sus labores culinarias; entre las dos también atendían a su docena y media de gallinas, -“las muchachas” les nombraban-, que gordas y blancas picoteaban a sus anchas por todo el patio, disputándose los restos de frutas o comidas en proceso. Tenían gatos, pero por inexplicables razones no se comían a “las muchachas” caseras, sino que daban cuenta de las gallinas de los vecinos (en aquellos tiempos era común tener uno o dos cochinos y su respectiva colección de gallinas con sus pollos, en casas céntricas de Jerez).
Los felinos siempre me han inspirado odio y temor por su carácter comodino e indiferente. Y por curiosos. Mal se descuida uno y ya fue el gato a meter sus bigotes en la comida. El odio parecía que era retribuido. El patio de la casa donde yo vivía estaba bien surtido de piedras, y los malvados mininos se las ingeniaban para torearlas. En sus incursiones por el vecindario, esos animales se escurrían por lugares impensados. -¡Córrele que ya se metió el gato a la cocina!- Y ahí vamos armados con la escoba, a tratar de darles un escarmiento. Pero los taimados felinos se complacían al vernos en acción. Escobazo por acá, gato por allá. Pedrada, ¡chin, ya quebré una maceta!, y el gato nada. Eso fue parte de mi infancia.
En la casa de doña Lupe crecía una higuera frondosa -no por nada la calle se llamaba antes “de las higueras”-. El blanco fruto de ese árbol también fue motivo de discordia (pero ahora entre mis hermanos), pues la higuera dejaba colgar sus ramas generosas, bien colmadas, por sobre la tapia que dividía las casas, como diciendo: ¡Órale!, ¿No quieren? Y ahí estábamos peleando por la escalera, ¡hoy me toca a mí!, ¡no, tú los cortaste antier! Hasta que llegaba la conciliadora y autoritaria correa, mejor conocida como “santa rita” a dirimir opiniones. Ni higos ni escalera.
Doña Lupe, junto con su hija, vivían una recoleta y piadosa vida. Todos los días acostumbraban acudir a la misa primera, a la que más trabajo cuesta ir, porque cuando le hablan a uno, es cuando tiene lo mejorcito de su sueño o cuando las cobijas están haciendo su mejor labor de protección y calentamiento. Desde temprana hora ya estaban barriendo la calle y el patio de su casa con escobas cortas de popotes, luego que pelando las manzanas y membrillos, que preparando la masa para los buñuelos, que haciendo tamales, que batiendo menjurjes hasta que agarraran su punto, que lavando los pañales de las gallinas (porque las cacaraqueantes aves usaban mantillas por la noche), que preparando una comida para fulano, etc. Caían rendidas al término de sus labores diarias, para levantarse al otro día con el alba.
En aquel entonces los relojes no se usaban por raros y caros. Las campanadas del reloj del Santuario marcaban el ritmo de vida citadino y se escuchaba por toda la pequeña ciudad. ¡Ah!, pero cuando Arturo Guerrero no subía a la torre a arreglarlo, nos volvíamos un caos. Solo los viejos, acostumbrados a ver las horas en la penumbra nocturna con el movimiento estelar y en el día con las sombras, hacían sus actividades como si nada.
Doña Lupe frecuentaba la casa donde yo vivía. A llevar el bocadito y luego empezaba el “güiri güiri” con mi mamá, a veces contaba historias cuyo final no me esperaba a escuchar. Eran tiempos de inocente infancia en que “los duendes”, “el coco”, “el viejo del costal”, “la mano pachona”, “los húngaros” y otros personajes amilanaban a cualquier niño. En una de esas veces, la vecina contó detalladamente lo que trataré de narrarles:
* * * * * * * * * *
En septiembre y octubre los membrillos ya están maduros, y para que no se echaran a perder había que convertirlos en cajeta. A todas horas llegaban camionetas repletas de rejas llenas de fruto. Doña Lupe y su hija no se daban abasto. En esporádicas ocasiones uno que otro acomedido las auxiliaba.
Fue un 6 de octubre cuando el trabajo se les recargó, laborando hasta muy noche, y luego de rezar sus múltiples oraciones procedieron a dormirse. Al otro día –domingo por cierto-, doña Lupe desorientada por el cansancio de la jornada anterior, creyó oír que llamaban a misa y con todo su desgaste físico se preparó para acudir. Insistió mucho sobre el lecho de su hija, para que la acompañara, pero esta también se encontraba bastante fatigada, por lo que pudo más el sueño que la devoción.
La señora Gómez se cobijó con su inseparable rebozo, y al salir de su hogar, raro se le hizo el silencio y oscuridad que en las calles había. -“Ya se me hizo tarde y ya está toda la gente en la Parroquia”- pensó sin dar mucha importancia a la oscuridad, pues hay días de otoño que son más oscuros que otros.
Con la rapidez que le daban sus años, llegó hasta la Parroquia, donde pudo apreciar que acudían muchas personas desconocidas. La iluminación del recinto se le hizo extraña. “La planta de luz a veces funciona y a veces no”- Se comentó a sí misma. Se sentó en una banca cercana al púlpito, ahí era su lugar acostumbrado. Ese día la misa era de Nuestra Señora del Rosario, y ella como fiel devota comenzó a hacer sus oraciones esperando el acto litúrgico.
Al entrar el sacerdote le causó extrañeza, “¿un padre nuevo en misa de seis?”. Bueno, había cambios en el curato, se conformó. Pero al comenzar la ceremonia, no pudo darle seguimiento, pues el sacerdote solo oraba en latín y de espaldas, frente al altar. Solo se volvió cuando ella recuerda que dijo:
“Oremos ahora ante Nuestra Señora del Rosario por el eterno descanso de nuestras almas”. La Misa siguió monótona y larga, y con el amortiguado resplandor de los cirios, más el cansancio, doña Lupe quedó completamente dormida.
Bruscos jalones la hicieron despertar. “¡Señora, señora, despierte!”. Era el sacristán que le hablaba. Doña Lupe avergonzada, pues no acostumbraba dormirse en misa, buscaba una excusa, pero al preguntarle el sacristán que cómo le había hecho para entrar, ella se quedó atónita. “¿Que como le hice para entrar? Por la puerta, yo entré cuando vinieron todos a misa”. El sacristán le aseguró que apenas iba a dar la primera llamada y que todavía no abría el templo, que era muy temprano aún.
Doña Lupe afirmaba que mucha gente había acudido a la Parroquia junto con ella, pero que eran desconocidos y que las puertas estaban abiertas, pero ante la seguridad del sacristán, ella confundida creyó toda su vida haber asistido a una misa de ánimas que acudían a orar ante la Virgen del Rosario.

A pesar de eso, siempre siguió asistiendo a la primera misa matinal, haciendo comidas, preparando cajetas y cuidando a sus gallinas.


viernes, 14 de octubre de 2016

“¡La Virgen se la dio!” –Leyenda jerezana-

En torno a las imágenes religiosas se tejen historias legendarias, cuyo denominador es el mismo: el hacer entender que la imagen llegó a determinado lugar por su voluntad y medios divinos. Esta era una manera muy usual que se utilizaba para convencer a los sencillos naturales de éstas tierras las bondades de la religión que recién llegaba.
Por distintos puntos de la geografía la leyenda es similar: de alguna manera llegó una imagen, la cual no quiso irse ya. (La aparición misteriosa en un ayate, la imagen “de bulto” transportada en una caja a lomos de una mula, el encuentro en una cueva o en un tronco hueco). En Europa son muy comunes las imágenes de “Vírgenes negras” que fueron encontradas bajo tierra, persistencia quizá de cultos anteriores al cristianismo. Pero nuestra intención no es ahora la de estudiar este aspecto, sino el de ofrecer una narración que mucha similitud guarda con otras que quizá el lector ya haya leído o escuchado:
La imagen de la Virgen de la Soledad de Jerez poseía dos pulseras, un magnífico trabajo de orfebrería, en las que predominaban los diamantes bellamente cortados y trabajos en chapa de oro con hilillos de perlas. Estas pulseras se las había donado a la Virgen la piadosa dama, doña Gabriela Colón de Larrategui, quien en su testamento dictado en 1787, dispuso que le fueran entregadas esas joyas a la imagen.
Esas pulseras aún aparecen en un inventario realizado a principios del siglo XIX, pero ya no en el de 1904, en el que solo se menciona a una, muchos creen que fue un sacristán el que la hizo perdediza, pero de ello nos platican lo siguiente:
Los años posteriores a la culminación de la independencia, fueron como todos los coronamientos de luchas fraticidas: de hambre, de inseguridad, de epidemias. Así estaba el hogar de Miguel Escobedo, quien vivía al lado de su esposa Josepha de Bargas y sus hijas Francisca, Juana y María Dolores en el barrio de San Miguel, en la parte poniente de la villa. Tanto Miguel como su esposa salían diariamente en busca del sustento, pero como las siembras eran escasas no había quien les proporcionara trabajo a los desposeídos, si acaso uno o dos mendrugos de pan que eran atesorados para que sirvieran de alivio momentáneo del hambre de las pequeñas hijas de Escobedo.
La desesperación era tanta, y tantas sus penas, que se veían atenazadas con las enfermedades contínuas que a su hogar llegaban. En una de sus congojas llegó suplicante hasta el interior del Santuario y se posó arrodillado y lloroso bajo la imagen de la Virgen de la Soledad. (Entonces el manifestador o camarín y altar mayor eran muy diferentes, de menores dimensiones y sin vidrios). Entre sollozos contaba sus cuitas y sus pesares a la jerezana imagen, cuando sorprendido vio que a sus manos cayó una de las pulseras de la Virgen.
Al alzar la vista le pareció que Nuestra Señora de la Soledad le sonreía benévola y protectora.
-“Gracias Señora, por el don preciado que me has hecho con el que sabré sacar adelante a mi familia”. Creemos que así agradeció el súbito regalo celestial.
De inmediato, terció uno de sus burros y se dirigió a Zacatecas para tratar de vender la pulsera. En Zacatecas abundaban los joyeros, expertos conocedores de metales y piedras preciosas, por lo que no fue difícil llegar a un lugar donde ofreció en venta la prenda.
-¿De dónde sacaste esta belleza?- le preguntaron.
-Me la dio una señora, respondió con aplomo.
Al valuador le pareció sospechoso que alguien harapiento pudiera poseer algo tan valioso por lo que llamó sigilosamente a los alguaciles, los que llevaron a las cárceles a Miguel de Escobedo mientras se investigaba el origen de la joya. No batallaron mucho en sus indagatorias, pues prontamente alguien la identificó como una de las piezas que Gabriela Colón regalara a la Virgen de la Soledad de la Villa de Xerez.
Escándalo causó en toda la sociedad zacatecana que alguien se atreviera a realizar un sacrílego hurto, y además “cínicamente” dijera que la imagen le había regalado la pulsera. Las deliberaciones en este caso no fueron muchas, pues se comprobó plenamente que a la imagen le faltaba una de las pulseras, además que el delincuente ya estaba preso. Se le sentenció a la pena máxima que sería aplicada en la plaza de la Villa. La pulsera se volvió a poner en la mano de la imagen, asegurando bien el broche.
Así, una fría mañana de enero, Miguel de Escobedo era conducido por un grupo de alguaciles a la horca, que se encontraba en medio de unos añosos árboles frente a la casa consistorial.
Como última voluntad y casi con alaridos, pidió a sus guardianes le concedieran el ver la imagen jerezana. El alcalde constitucional, que lo era Pedro José Zesati del Castelú, vio como cosa natural eso, pues suponía que el delincuente arrepentido quería pedir perdón a la Virgen antes de ser ejecutado.
En el interior del templo, su esposa Josepha, junto con sus hijas, oraban calladamente mientras ríos interminables de lágrimas surcaban sus pálidas mejillas.
Ahí fue llevado Miguel de Escobedo, con las manos con grilletes. Mucha fue la concurrencia, pues todos deseaban llenar de improbios al sacrílego que osó robar una pulsera a la Virgen. Al estar hincado frente a la imagen, su plegaria, más que una oración parecía un desesperado alarido:
-“¡Mira Señora lo que han hecho de mí! ¡Tú sabes la verdad de todo! ¡Cuando sea muerto acógeme en tu seno y no desampares a mi esposa e hijas!
Todos los que maldecían a Miguel de Escobedo fueron testigos esta vez, de que de las manos de la imagen de la Virgen se deslizaba nuevamente la pulsera e iba a caer exactamente en las manos del reo.
-¡Verdaderamente ella se la dio! ¡Esto es un milagro!-, coreaban a voces, mientras que el acusado era socorrido por sus hijas y su esposa, sin que los guardias atinaran a hacer nada.

Mucho se discutió al respecto, y se concluyó que, si era voluntad de la Virgen regalar la pulsera, así debería ser. Y así pudo, Miguel de Escobedo recomenzar una nueva y ejemplar vida, ya que uno de los principales de la villa, Martín de Careaga le compró la prenda a crecido precio, misma que su familia conservó por muchas generaciones como testimonio de una decisión que era completamente divina. 

viernes, 7 de octubre de 2016

CRÍ-CRÍ TAMBIÉN VIVIÓ EN JEREZ

Hace pocos días a nivel nacional se festejó el aniversario del compositor Francisco Gabilondo Soler “Cri-crí”: Gracias a sus canciones infantiles logró cautivar el corazón de niños y adultos. Lo que pocos saben, es que en Jerez pasaba muy gratas temporadas…
FRANCISCO GABILONDO SOLER… ¿ENAMORADO DE JEREZ?
“¿Quién es el que anda aquí? ¡es Cri-Crí, es Cri-Crí! ¿Y quién es ese señor? ¡el Grillo Cantor!”.  Francisco Gabilondo Soler, creador de ésta y muchas otras canciones infantiles como “El Ratón Vaquero”, “La Hormiga”, etc., tuvo como una de sus fuentes de inspiración los bellos paisajes y el azul cielo de la tierra de Ramón López Velarde, Jerez, donde pasó grandes temporadas dedicadas a los niños jerezanos que ya convertidos en hombres maduros guardan en lo más profundo de su corazon el recuerdo de este compositor infantil,
“Piernas muy largas,
alto muy alto, lo saben,
níveas sus canas como las nubes,
hay en su cara ojos azules”
Este verso fue compuesto por GABSOL como se hacía llamar Crí-Crí en Jerez a las señoritas Félix, grandes amigas personales, quienes compartieron su sabiduría y amor hacia los niños, presenciando los festivales con canciones infantiles que diariamente a mediodía de aquel 1956 ofrecía a los niños.
Josefina Félix, hija de doña Herminia Cabrera Viuda de Félix, a quien por su deseo de trabajar ininterrumpidamente en las labores del hogar, recibió de parte del “Grillo Cantor” el mote de “Doña Hormiga”, por hacendosa.
Las hermanas Josefina y María de la Luz Félix estaban presentes en los festivales infantiles realizados por GABSOL o PANCHO MANCHO, ya que en la casa de ellas, sita en la calle del Santuario, Crí-Crí pasó largas temporadas, donde en el techo de su recámara montó un rústico observatorio astronómico para ver a Marte que en octubre de 1956 se acercaba a la tierra.
Ellas nos platican que Francisco Gabilondo Soler era muy afecto a comer dulces de leche que fabricaba “Doña Hormiga” la madre de ellas, de lo cual salió que el Grillo Cantor inventara la frase “viva la hebra, doña Hormiga”, queriendo decir que el postre se encontraba en su punto, listo para saborearlo
“Al pasar por una esquina,
encontré a López Velarde,
dijo: lleva esto a Josefina
porque a mí se me hace tarde”.
Verso que le compuso a Josefina Félix a quien quería como a una hermana, en un día de su cumpleaños, aparte de un reloj despertador para Navidad.
El famoso Crí-Crí personalmente afirmó ante los jerezanos que al estar viendo un mapa de la República Mexicana se dió cuenta de que existía un lugar donde ya se notaba el aroma de sus flores, lo claro del cielo y sobre todo “muy romántico para la inspiración de cada poeta”, por lo cual lo escogió para crear infinidad de canciones infantiles.
En la casa de las hermanas Félix, en el patio principal existe todavía un pozo de agua clara y fresca donde (dicen) Gabilondo Soler se inspiró para crear esa canción que en su letra dice:
“En el agua clara,
que brota en la fuente
un lindo pescado
sale de repente”
Por cierto que Pancho Mancho evitaba tomar agua del pozo que le había servido de inspiración, porque de hacerlo estaba seguro de que jamás se iría de Jerez hacia la capital de México, donde tenía contratos con la XEW, estación de radio que lo dió a conocer nacionalmente y posteriormente en el extranjero al grabarle sus discos y cintas magnéticas.
Las estrellas de Jerez eran la fuente de mayor inspiración de Cri-Crí; todas las noches, hiciera y no frío, salía de su recámara y escalaba la pared para llegar hasta la azotea donde tenía montado su rústico observatorio, pasándose horas enteras contemplando los planetas y estrellas, a quienes les componía versos y canciones que después interpretaba en presencia de los niños.
“Jerez me encanta por su silencio, por su belleza representada en las mujeres y por sus aromáticos campos donde las hadas y los duendecillos pasean diariamente conmigo, y a quienes les canto mis creaciones, sintiéndome como un verdadero grillo saltarín”, así lo manifestó durante su estancia el ídolo de los niños, Francisco Gabilondo Soler.
En tiempos de frío, como el invierno de 1956, que la temperatura fue muy baja y donde más se sintió fue en Jerez, Cri-Crí se hacía de su gruesa bufanda, una gorra estilo español y su chamarra de lana que le regalaron los niños jerezanos, y trepaba a la azotea “para pronosticar el tiempo del día siguiente”, pero antes de abandonar su recámara decía a las hermanas Félix y a doña Herminia: “Ya se va don Venancio a la azotea”.
En los corazones de quienes conocieron a Gabilondo Soler en los años que estuvo en Jerez existen gratos recuerdos de una infancia dulce y blanca como las canciones de Cri-Crí.

BIBLIOGRAFIA: “EL SOL PARA TI” -Suplemento dominical- 1971.  Narración de HUGO DIAZ DE LEON.

Francisco Gabilondo Soler nació en Orizaba, Ver., El 6 de octubre de 1907, entre sus múltiples actividades se dice que fue calculista del Observatorio Astronómico de Tacubaya, Capitán de corbeta, Campeón de natación a los 17 años, de Box a los 18, formó también un grupo de Jazz. A las 13:40 horas del 14 de diciembre de 1990 falleció, víctima de un paro cardiaco. Su deceso ocurrió en San Miguel Tecuila cerca de Texcoco, y sus restos fueron cremados en el Panteón de Dolores de la ciudad de México

miércoles, 5 de octubre de 2016

LAS BURRERIAS DE LOS PRESIDENTES

Cuando llegan los nuevos presidentes municipales a cumplir con su encargo, la mayoría de las veces se encuentran con la novedad de que su antecesor les dejó la presidencia bien limpiecita, hasta sin ratas ni cucarachas. A veces también las cortinas de las ventanas del despacho desaparecen, plumas, lápices y papel del baño. Y se encuentran también con la novedosa novedad de que hay un chingo de deudas, la mayoría impagables, de compras medio raras, que les dejaron de herencia para que tengan en qué entretenerse y no anden pensando malos pensamientos.
Es entonces que comienzan a hacer uso del ingenio para allegarse recursos que les permitan que los años de su administración sean llevaderos, y si se puede, po’s llevarse algo para los años de vacas más flacas. Algunos contratan “super asesores” medio locos para que les echen la mano y los guíen en la difícil tarea de gestionar programas, mover la lana y hasta conseguir préstamos con su consiguiente y abultado diezmo.
Otros, muy a su estilo, hacen decretos y leyes para hacerse de fondos, como ocurrió hace no muchos años en un pequeño municipio del norte de Jalisco:
Resulta que el alcalde de ese lugar, leyó en un periódico -que por cosas del destino le cayó en las manos-, unas declaraciones del titular de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Desarrollo rural en el distrito de Colotlán. El funcionario comentaba la necesidad de concientizar a los criadores de burros, de acabar con ese tipo de animales, para darle lugar a los becerros. Abundaba en sus declaraciones asegurando que los becerros dejan mejores utilidades.
Al alcalde se le prendió su velita en la cabeza, y para pronto emitió un decreto en el que prohibió la circulación de burros en su municipio. Los vecinos fueron a reclamarle sobre esta disposición, ya que la mayoría eran gente humilde y usaban a los burros como su medio de transporte.
-“Tamos d’acuerdo en que quera modernizar el pueblo, pero tome en cuenta que nosotros no tenemos ni becicletas, ni trocas pa’ ir a los potreros. Los burros son como nosotros, bien humildes, no tenemos agostaderos para criar nuestros animales, y han sobrevivido tomando agua en las orillas del río o en los charcos de los callejones, triscando zacate, yerbitas y lo que se encuentran”.
El presidente desoyó la petición, y como todos en el municipio seguían circulando en sus burritos, decidió decomisarlos y meterlos al mostrenco. Los policías del poblado se dedicaron a arrear jumentos. Ya cuando llevaba unos cuarenta y cinco, los mandó a las empacadoras de Fresnillo y Jerez. Pero, como se había gastado dinero en su manutención en el mostrenco y en el transporte, se quedó con lo que le pagaron por ellos.
Por si fuera poco, el alcalde escogió una burrita muy bonita de entre las decomisadas y la dejó para él. La herró con el fierro del ayuntamiento sobre la marca que ya tenía el animal y la usaba “para los mandados aquí nomás cerquitas”.
-“Oiga, po’s si está prohibido que andemos en burro, ¿por qué usté sí puede andar en burra y lo que es más, en burra ajena?”
-“¡Ah!, es que hay una gran deferencia: ¡yo soy la autoridá! Las leyes las hago yo y las aplico a mi saber. En la ley dice que “todos los ceudadanos tienen prohibido andar en burro”, pero no dice nada del presidente que no es un ceudadano como todos los demás”.
A pesar del descontento de los habitantes de ese municipio, el decomiso y venta de burros por parte de la autoridad siguió, hasta que se acabaron. Entonces, el alcalde encargó a sus policías acudir a un municipio vecino, cosa que hicieron y ahí se apropiaron de buena cantidad de borricos.
Pero los dueños de estos animales no agacharon las orejas, les pelaron los machetes, les dijeron de cosas de su mamá y de pilón se fueron al ministerio público y denunciaron penalmente al alcalde y sus secuaces.
 -“Los burros vendidos fueron arreados, por órdenes del presidente municipal y por personal subalterno a su cargo, sin derecho ni razón y como lo hemos manifestado, el dinero obtenido por la venta ilegal de burros, no ha sido –al menos- reportado a la tesorería ni se ha informado al cabildo al respecto”.
Cabe decir que los inconformes no recibieron de vuelta sus burros, ni el dinero de la venta, y su denuncia siguió el curso que siguen casi todas las denuncias…

DON ZEFERINO Y EL CIPRÉS
Hace tiempo narraba la historia de don Zeferino el leproso, dueño de la tienda “El Ciprés”, que estaba en la esquina suroeste de las calles Rosales y El Ciprés. Zeferino se cubría con un paño blanco, ya que por la lepra le faltaban partes de los labios y se le podía ver la mandíbula superior del lado derecho. Era un charro consumado y siempre vestía de negro, trayendo al hombro (según costumbre de la época) costosos sarapes de vistosos colores. Cuando andaba tomando le gustaba compartir su botella con los clientes. Era de mucha fama el judas que ponía con su dinero los sábados de gloria frente a su tienda.
Desde muy en la madrugada comenzaba el relajo, pues contrataba la música de viento que dirigía el famoso “Pancho María” Carlos de Susticacán. (Un antecedente real del actual tamborazo).
En el “judas” de don Zeferino se reunía la flor y nata de los rancheros y bajo pueblo de Jerez al son de la tambora y de su cantante, “El Zalate”, don Andrés Nava. El sotol corría en abundancia y a grado tal, que don Zeferino acababa ese día con todo el que tenía en existencia y casi todo regalado pues ya al último ni lo vendía. Era muy conocido que cuando ese señor estaba ya muy tomado sacaba una castaña de sotol y otra de pinos que ponía frente a la tienda y con un jarro a disposición de todo el que quisiera de tales brebajes. El traía una botella en la mano y montado a caballo hacía piruetas admirables mientras le ofrecía a todo mundo que por cierto bebían ya sin temor al contagio tan temido. La música del pueblo instalada sobre un alto tapanco deleitaba a la multitud con el “Caballo Mojino”, “María Reducinda” y otras piezas de trueno por el estilo; pero a las diez de la mañana y en cuanto daban el repique de Gloria en la Parroquia, se oían por toda la ciudad los truenos que daban por “ejecutado” al Judas, de don Zeferino que toda la mañana había bailoteado sobre la punta de un morillo adornado de papeles de colores y con ramajos de pirúl.
Los que quieren saber sobre el origen del sábado de gloria jerezano, del tamborazo y costumbres locales pueden buscar más abundando en esta narración, buscando en archivos familiares, consultando con los cronistas, pero lo malo es que los méndigos güevones siempre desean que les tenga uno la mesa servida.
MARIA REDUCINDA. Platiqué con músicos de antaño y ninguno me supo dar razón de esa pieza que tocaba el tamborazo de don Pancho María, allá en la última mitad del siglo XIX. Hasta que me topé con unos apuntes familiares en que además de valses, chotís, danzas, mazurcas, aparecen sones y jarabes, escritos con su correspondiente anotación musical. ¡“María Reducinda” son unas mañanitas! Y la letra dice así: “¡Ah qué caray, María Reducinda! / chatita, ya amaneció, / ya los pajarillos cantan, / ya la luna se metió…”. Lo malo es que no se leer música, porque encontré también su partitura, a ver si mi hermano Carlos –que sabe solfeo-  viene y la tararea para saber cómo era.

LIBROS NUEVOS. Todavía quedan ejemplares del Tomo V de Relatos de Aparecidos y Tesoros “De bandidos, tesoros y otras cosas”. Lo puede comprar donde exhiben nuestras publicaciones: en los portales del mercado donde venden periódicos y revistas, en Video REC (por la calle de San Luis), en la Casa Museo de Ramón López Velarde, donde venden artesanías en el portal Humboldt y en Reforma No. 51 centro (frente al Porky). Si desea adquirir los cinco libros de leyendas, en Reforma 51se los damos a un precio muy especial.

viernes, 30 de septiembre de 2016

EL BURRO DE ORO

En esta ocasión les ofrezco un relato sobre un personaje mítico, aclaro que no es de la región, cualquier coincidencia con burros de oro regionales eso será, pura coincidencia…
EL FAMOSO BURRO DE ORO
Francisco Velarde y de la Mora, más conocido en los anales históricos como “el burro de oro” fue un personaje mítico y anecdótico de mediados del siglo XIX cuya vida transcurrió por los rumbos de La Barca, Jalisco y Zamora, Michoacán. Hay genealogistas (como el fementido poeta de los codos negros que presume en Ojuelos, Jal., que es “Director” de sabe qué archivo histórico “particular”) que afirman que está en la lista de antecesores de nuestro poeta Ramón López Velarde.
Francisco de Velarde y de la Mora
Este burro de oro (Velarde, no el archivista que no llega ni a gato), nació en cuna de oro: sus padres fueron don José Crispín de Velarde, notable abogado y prominente miembro del real consulado y de la diputación provincial de 1813, y de doña Josefa de la Mora y Torres, dueña de importantes propiedades y haciendas en una amplia zona entre Michoacán y Jalisco, así como parte del lago de Chapala. Cuando sus padres murieron, toda esa inmensa fortuna quedó en sus manos, ya que solo tenía dos hermanas que desde niñas fueron enviadas al convento.
Y como el dinero es para gastarse, para pronto Velarde lo fue gastando en lujosos carruajes, fincas palaciegas, así como en ornamentada ropa. Todavía en Guadalajara se puede admirar una de las casas-palacios que ahí tenía, muestra notable de la arquitectura neoclásica, en la esquina de las calles Hidalgo y Pino Suárez, donde ahora está el Palacio Legislativo. La quinta Velarde y la espléndida finca de campo en Tlaquepaque, ocupada hoy por el Museo de la Cerámica, estaban exquisitamente amuebladas al estilo europeo.
En La Barca, Jal., tenía su guarida principal: una mansión conocida como “La Moreña”. Ahí hizo plasmar los más bellos murales al temple que existen en todo el país, en pasillos y corredores, debidos al pincel de Gerardo Suárez, el más notable pintor jalisciense de la época (mediados del siglo XIX). La leyenda urbana creada en torno a Velarde, lo pone como un ignorante e iletrado general imperialista, de escasa inteligencia y gran fortuna en oro y plata, cuyos sueños de gloria lo llevaron a tener su propio regimiento y a invitar a conocer sus dominios al emperador Maximiliano.
Los historiadores no tienen gran información sobre sus descendientes, afirman que se casó con Nicolasa Ylicarrituri con quien tuvo cuatro hijos, así como 3 hijos más con otras señoras de nombres Carmen Romero y Praxedis Torres. Se afirma que tenía una vastísima colección de obras de arte, pero todo ello fue expropiado por los “liberales” de la época y prácticamente nada quedó, todo se saqueó, robó y fue mal vendido.
El burro de oro, Velarde fue objeto de una emboscada encabezada por el general Manuel Márquez, quien lo fusiló el 14 de junio de 1867 en Zamora, Michoacán.
Muchas anécdotas y leyendas se le han atribuído, se dice que era tan rico que llegó a comprar mulas de sus propias recuas, porque ignoraba que fueran suyas: En uno de sus frecuentes viajes a Guadalajara, se encontró con una recua de magníficas mulas alazanas. Encantado por aquel hermoso conjunto se encaró con el jefe de los arrieros y trató de comprarlas, pero el arriero se negaba a venderlas a pesar de que Velarde le enseñaba bolsas con monedas de oro. Molesto por las negativas, Velarde le preguntó por el dueño de las mulas, a lo que el arriero contestó: “Po’s la mera verdá, mi amo, yo no sé cómo se llama mi patrón, sólo sé decirle que lo conocemos como “el burro de oro”, lo que ocasionó una fuerte carcajada del patrón y que el atribulado arriero recibiera una buena cantidad de monedas doradas.
Uno de los murales existentes en "La Moreña".
En tiempos del imperio, quiso granjearse al emperador Maximiliano, por lo que continuamente le enviaba valiosos obsequios y la invitación para que fuera a conocer sus propiedades. Maximiliano nunca le contestó que acudiría, pero tampoco le dijo que no, por lo que Francisco Velarde gastó miles de pesos en preparativos. Invirtió fuertes cantidades para dejar en excelentes y palaciegas condiciones la residencia que tenía en la esquina de Hidalgo y Pino Suárez de la perla tapatía. Importó muebles de Europa, adquirió vajillas hechas de plata con incrustaciones de oro. Cuentan que puso a trabajar día y noche a un gran número de sastres y costureras para hacer un enorme toldo, que pretendía cubriera al emperador en su camino desde Guadalajara hasta La Barca, para que “el güerito barbón” no estuviera expuesto a los rayos del sol.
LAS TRES CARGAS DE ORO
Para junio de 1867, el imperio de Maximiliano había llegado a su fin, y por todo el país se había desatado una persecución buscando a todo aquel que hubiera servido al imperio y al intervencionismo para darle su castigo como traidor a la patria.
En Zamora, Michoacán, fue aprehendido don Francisco Velarde y de la Mora, y en cuanto se supo de su detención, llovieron acusaciones en su contra. Gentes que anteriormente se vieron favorecidas por él, fueron de los primeros en indiciarlo. El burro de oro, le pidió el perdón y la gracia de su vida a Benito Juárez, mediante el general Manuel Márquez de León, quien le aconsejó escribiera una carta a Juárez y en ella expuso que a cambio de ese perdón, le daría a la nueva república su propio peso en oro, del que tanto se necesitaba para la reconstrucción de todo el país, devastado por la guerra contra los franceses y conservadores.
Con carácter de urgente, mandó pedir a Guadalajara tres cargas de oro que tenía en su hacienda “La Quinta Velarde”. Inmediatamente salieron de Guadalajara cinco hombres arriando tres mulas cargadas de oro. Refieren que salieron a medianoche, cuando la ciudad estaba en completo silencio y a oscuras. Caminaban a toda prisa, pues tenían que llegar a tiempo a Zamora para obtener la libertad de su patrón. A Ocotlán llegaron por la noche del 16 de junio, en donde durmieron y salieron muy temprano para tratar de llegar ese mismo día a Zamora.
Cuando iban llegando a la hacienda de San Andrés, un jinete los alcanzó para entregarles y leerles un mensaje que les enviaba doña Nicolasa Ylicarrituri, que les ordenaba se regresaran a Guadalajara, pues Velarde ya había sido fusilado, sin que se le diera oportunidad de recibir el salvoconducto de Juárez.
De alguna manera, unos bandoleros se enteraron de la carga que llevaban y los venían siguiendo desde su salida de Ocotlán. El asedio era notorio, por lo que los arrieros enterraron el oro en las faldas del cerro de San Andrés, dicen que a dos varas de profundidad junto a un gran zalate (el zalate es un árbol muy frondoso y de larga vida) y después de enterrado el oro llenaron los sacos con piedras y siguieron su camino con rumbo a la hacienda de San José de las Moras, también propiedad del mítico burro de oro. Los bandoleros los alcanzaron y al dominarlos y abrir los costales, se dieron cuenta que los habían engañado, llenos de furia los acuchillaron y asesinaron, aunque luego se arrepintieron porque no tuvieron quién les dijera dónde habían escondido el oro. El mensajero -como iba montado en buen caballo- puedo escapar y referir lo acontecido a su patrona doña Nicolasa. Según la Leyenda estas tres cargas de oro aún permanecen en ese lugar entre San Andrés y Jamay cerca del antiguo camino real y bajo un gran zalate.