viernes, 20 de junio de 2014

NOMÁS POR ESO NO APLAUDIMOS…

Fue exitosa la temporada que la compañía italiana de Ópera de Ángela Peralta tuvo en el teatro Calderón de Zacatecas, en el verano de 1882. En esas presentaciones contó con el apoyo del eminente músico Fernando Villalpando como su director de concierto. Algunos días antes de que la compañía saliera a Monterrey, al término de la temporada en Zacatecas, la Peralta se entrevistó con Villalpando:
-Maestro, ¿conoce usted Jerez? ¿Cómo es? Me han contado mucho de esa ciudad, de su gente, por eso es que me gustaría que me hablara de esa ciudad.
-Señora, Jerez es un pueblo pequeño, una ciudad pintoresca y amable. Dicen que sus vecinos son muy cultos y hospitalarios. A medio día de camino. Si quiere, la puedo acompañar cuando usted lo disponga. Sé que tienen un teatro pequeño, pero no lo han terminado, la sala está funcional, pero faltan las casas de alojamiento de los artistas.
-¿Podemos ir mañana mismo? El señor Cayetano Escobedo ha puesto a mi disposición su carruaje.
-Será un placer para mí acompañarla, junto con mi esposa Josefa, a quien le dará mucho gusto poder conocerla personalmente. Pero habrá que salir antes de las cinco de la mañana, porque el camino es largo y malo.
-A esa hora estaremos ya saliendo hacia Jerez.
Así, en la madrugada del domingo 17 de septiembre de 1882, un carruaje salió del Hotel Zacatecano (actual edificio del Obispado), llevando en su interior a la diva, a Julián Montiel, a Villalpando y a su esposa Josefa González. Poco después del mediodía ya estaban en la pequeña villa, siendo recibidos por un grupo de personas encabezados por don Pedro Cabrera, jefe político del lugar, avisados convenientemente de su llegada por medio de un telegrama.
Los domingos en Jerez siempre parecían de fiesta, porque los pobladores de los pueblos vecinos y rancherías acudían a vender sus productos y a comprar lo necesario. Al caminar por las calles de la ciudad, la Peralta se sintió maravillada por todo lo que vio, la provincia en todo su esplendor.
El ruiseñor mexicano, al estar dentro del teatro, cantó a capela fragmentos de “Lucía de Lamermmour” y quedando maravillada pues los jerezanos afirmaban que la acústica del teatro era inmejorable. Su voz se esparcía por los arcos de la sala, llenaba la bóveda y se escapaba y claramente se podía oír hasta el jardín “Brilanti” convertido ese día en tianguis dominical.
Sigilosamente, poco a poco fueron entrando al espacio de luneta, azorados rancheros que se despojaban de su apiloncillado sombrero y que atraídos por la melodiosa voz que se escuchaba y llenaba sus sentidos, ingresaron al interior. Los ojos bien abiertos, con una expresión de sorpresa y admiración, la quijada caída. Con una mano se alisaban el rebelde cabello que desconocía la caricia del peine, y con la otra asían nerviosamente el ancho sombrero que se habían quitado en señal de respeto. Las mujeres, veían con ojos de ternura a la diva, y con lágrimas en los ojos mordían nerviosamente las puntas de sus rebozos, como si cada acorde les llegara muy dentro y les hiciera olvidar su pobreza, sus angustias, sus pesares.
Cuando la afamada soprano terminó de cantar, los que estaban cerca de ella aplaudieron a rabiar y lanzaban gritos de júbilo, no así los rancheros y gente del pueblo que estaban como hipnotizados.
-¡¡Aplaudan!! ¡¡Aplaudan!! –Los conminaban los que estaban cerca de la diva- ¡¡Es Ángela Peralta!! ¡¡Aplaudan!!
Los espectadores, callados, con los ojos posados en la regordeta figura de la soprano no decían nada. Fue el mismo Pedro Cabrera, quien dirigiéndose a ellos les preguntó. –¿Por qué no aplauden? ¿Acaso no les ha gustado lo que han oído? ¡Jamás en su vida volverán a oír una angelical voz como ésta! ¡Es una falta de respeto no aplaudir!
Tímidamente, uno se animó a contestar, mientras con el dorso de la mano se limpiaba de su rostro unas lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
-Tiene usté razón, patrón. Nunca de los jamases volveremos a oír algo como lo que hoy hemos oyido. Y por eso no aplaudimos, porque queremos llenarnos el alma de lo que aquí acabamos de oyir. Si aplaudimos, a lo mejor se quiebra el encanto, se quiebra el resplandor que ha dejado en nuestros corazones ese concierto de ángeles que nos ha dado aquí, la siñora. Muy dentro nuestro, resuena como si juera algo de cristal todo lo que oyimos, y ansina lo queremos dejar. Es como si cada uno de nosotros se llevara un pedacito del cielo que con su voz nos da a conocer esta siñora, que es más bien un ángel enviado por Diosito para regalarnos esta alegría tan inmensa.
Angela Peralta se sintió emocionada por esas palabras, y sonriendo dijo: -He cantado en Europa, en sus mejores salas, en muchas ciudades de México, y siempre me han ovacionado grandemente; reyes, emperadores, príncipes, presidentes y grandes empresarios han aplaudido mi actuación, me han regalado flores, joyas, sonrisas. Han puesto el mundo a mis pies. Pero este silencio, es el mejor obsequio que he recibido en mi vida. Este silencio suyo me ha llegado al corazón y lo llevaré por siempre como el mejor de los aplausos. Muchas gracias.
Las palabras se le quebraban, pero la diva agradeció el silencioso aplauso y siguió cantando, pero se notaba que lo hacía con más sentimiento, con más alegría. Fue un concierto espontáneo e inolvidable ofrecido para quienes tuvieron la fortuna de estar en el teatro. Hombres y mujeres se acercaban respetuosamente a besar la mano de la cantante. A don Fernando Villalpando, al igual que otros de los que ahí estaban, se le empañaron los redondos lentes, y cuando los limpiaba con un pañuelo, Ángela Peralta, le preguntó:
-Maestro Villalpando, ¿cree usted que podríamos hacer algo aquí? El teatro es pequeño, pero me parece formidable. Tiene una sonoridad asombrosa. Me gustará cantar aquí.
-Señora, me dicen que este coliseo tiene capacidad para más de cuatrocientas personas, pero como aquí la costumbre es que cada quien traiga su silla, se reduce a unas trescientas. Además, no tiene foso para los músicos, por lo que tendríamos que robar espacio al proscenio. Tendríamos que elegir obras en que no se necesite de toda la compañía, sino de unas treinta personas a lo más. Aparte, no hay transporte ni alojamiento. De ninguna manera sería redituable.
Don Pedro Cabrera, que escuchaba la plática intervino, asegurando que para los jerezanos sería un honor tener el privilegio de escuchar la voz de la Peralta. Que él ponía a su disposición los carros que se necesitaran para trasladar a la compañía, instrumentos y vestuario, además que no se preocuparan por el alojamiento, pues en los principales hogares jerezanos serían hospedados.
El siguiente domingo, Jerez estaba de lujo, pues Ángela Peralta y su compañía (adaptada para actuar en el teatro Hinojosa), iniciaban una breve temporada. ”El Trovador” de Verdi, fue la principal obra que interpretaría la soprano. En posteriores días complació a los jerezanos con “La Traviata”, “Lucía de Lamermmour” y “Rigoletto”. Su director de concierto fue Fernando Villalpando. No hubo función de beneficio, pero al abandonar la ciudad, dicen que la artista lo hizo con lágrimas pues la recepción y hospitalidad que le dieron en Jerez fue inolvidable. Inolvidable para una dama acostumbrada a las mejores salas de teatro de Europa y a los más nutridos aplausos.
EL NÍQUEL Y LA BODA
La compañía de Ópera Italiana de la Peralta partió a Monterrey, donde hizo una larga temporada; luego seguirían en su periplo a Chihuahua, donde estuvieron en abril de 1883. A fines de agosto llegaron a Mazatlán.

Juventino Rosas se salvó
En Mazatlán, el Ruiseñor Mexicano cantó desde el balcón del Hotel Iturbide a un público emocionado que escuchaba conmovido las notas de “La Paloma”…  pero, ya en el aire se advertía algo extraño: por descuido llegó al puerto una epidemia de fiebre amarilla, “el níquel” decían. Las autoridades portuarias habían conocido del caso de un norteamericano que había fallecido de ese mal en un barco, pero aún así permitieron fuera desembarcado y enterrado su cadáver. Los miembros de la compañía fueron cayendo enfermos, y muriendo algunos después, entre ellos el Dr. Pedro Chávez, el primer tenor Belloti… y la soprano. Su vida se extinguió a la 1:30 del 30 de agosto de 1883 en los altos del Teatro Rubio. Debido al carácter infectocontagioso de la enfermedad, fue velada en el Hotel Iturbide y llevada al panteón en hombros de cuatro soldados. Dicen que en artículo mortis se casó con su administrador Montiel, y como la diva ya no respondía, el cubano Manuel Lemus le movía la cabeza para que diera el sí. De su compañía de más de 80 personas, solo quedaron con vida 6, entre ellos el violinista Juventino Rosas y Julián Montiel quien mañosamente heredó toda la fortuna de Angela Peralta.

domingo, 20 de abril de 2014

EL CABALLO DEL SÁBADO DE GLORIA

-¡Híjole Miguel! ¡Cómo me gustaría andar un sábado de gloria trepado en un caballo pa’ que todas las chavas me vean de abajo pa’rriba, pa’ gritarles a los que me vean que se quiten porque ahí voy yo, pa’ presumir que soy un chingonazo!- decía un chavo amigo mío siempre que veía a los jinetes haciendo de las suyas el sábado de gloria. Mi amigo, Carlos, tuvo un ramalazo de suerte, pues de repente tuvo la oportunidad de que esa obsesión acariciada por él por varios años, se convirtiera en realidad. Sucede que por motivos de trabajo trabó amistad con un político que tenía un establo con muy cuidados ejemplares equinos. En una ocasión le platicó de su sueño, y el dueño de los animales le dijo que le prestaba un animal, el que escogiera y además le facilitaba todos los arreos necesarios, además de una muy labrada y cómoda silla de montar.
Para pronto, Carlos eligió a un zaino oscuro, de muy buena estampa. “-Desde que entré al establo el caballo me veía y me veía, y ni modo de hacerme tarugo, ese pedí”.

-Solo que el caballo que elegiste es muy pajarero, así que te lo presto con tres meses de anticipación, para que lo cuides, lo bañes, lo cepilles, le des de comer y lo montes todos los días para que se acostumbre a ti- Le dijo el dueño de los animales.
Carlos se sentía el hombre más afortunado del mundo, y diariamente desde muy temprano iba a un corral que le rentaron allá por la colonia Lagunita, cerca de donde había muchos eucaliptos que recientemente talaron. Le daba su alfalfa fresca al animal para que no se entripara, lo proveía de agua, lo cepillaba, lo acariciaba. Por las tardes jinete y caballo daban un paseo por toda la colonia Lagunita y a veces hasta a Ciénega llegaban o se aventuraban por el camino al tanque de San Juan. El chavo terminó con la novia porque la muchacha no estaba dispuesta a compartir su amor con un caballo que era merecedor de más besos, arrumacos y caricias. Se la pasaba todo su tiempo libre con “El peluso” (que así se llamaba el zaino).
Y que se llega el tan ansiado sábado. Desde muy temprano Carlos se preparó. Se calzó unos zapatos nuevecitos que acababa de comprar en la zapatería “La Suiza”, que aunque no eran botines charros, de lejos sí daban el gatazo. Lo que no consiguió fue un buen sombrero, así que se puso su cachucha recién lavadita de los gigantes de New York. “El chiste es que tape el sol” –pensó-.
El peluso se veía reluciente, bien cepillado, con sus crines muy peinadas, bien comido y bebido y la silla de montar que parecía nueva sería la envidia de todos los que la vieran. También mi amigo se había provisto de un cartón de caguamas “Victoria” para degustarlas mientras llegaban los amigos con los que se había apalabrado para asistir a la cabalgata charra.
Como a eso de las diez de la mañana se dirigieron los alegres cabalgantes hasta el puente del río grande, donde se integraron al grueso de la caballada y pasearon muy a sus anchas por las céntricas calles de Jerez. Eso de andar a caballo le gustó a Carlos, y más le gustó que lo vieran cuando abrevaba del oscuro envase de la caguama. Se acabaron las cervezas y sus acompañantes manifestaron que era mejor comprarse unas botellas de tequila para andar más a tono.
Para eso de las tres de la tarde ya andaba el grupo bien briago haciendo desfiguros arriba de los animales pero todavía traían hartas ganas de seguir entrándole al tequila, Carlos demostró su agilidad y desmontando rápidamente frente a una licorería les encargó su caballo mientras él compraba un par de castellanas de tradicional. Pero eran muchos los que tenían esa misma necesidad, así que la licorería estaba abarrotada.
-¡Chino cabrón, dame pronto dos botellas de tequila, no seas hijo de la chingada! –Yo sí sel chino, pelo no cablón, ni sel hijo de la chingala y no te vendo nada pol decil cosas feas. Y comenzó la discusión, uno aferrado a comprar la bebida y el otro a no venderla…
* * * * * *
Ya cuando la tarde refrescaba y comenzaba a anochecer, pasé frente al bar “El Venadito” y en la puerta estaba su dueño don Jesús, quien con la amabilidad que siempre lo caracterizó me habló para que me acercara. –Oiga Miguelito, ahí adentro está bien borracho un amigo suyo. Pidió una botella y se sentó en una de las mesas de la pared. Está a llore y llore, y a todo el que se arrima le mienta la madre y le dice cosas. Hable con él, porque a alguna persona no le va a parecer que lo ofenda y a lo mejor lo golpean. Ya ve que hoy todos andan endemoniados. Hágame ese favor.
Fue tan convincente don Chuy Félix, que no pude negarme, entré y ahí estaba Carlos, semiacostado en la mesa, semidormido, semiborracho, semilloroso y desesperado.
-Carlos, ¿cómo anda?- Me animé a preguntarle; luego de reconocerme, entre lágrimas y maldiciones me contó toda su tragedia.
-¡Me robaron el caballo, Miguel! ¡Me lo robaron! ¡Me lo robaron unos hijos de la chingada! ¡Y ahora no sé qué hacer! ¿Con qué cara voy a decirle al dueño que me lo robaron? ¡Y no nomás el caballo, se lo llevaron con todo y silla! ¿Con qué dinero voy a pagar todo eso?
A lo que fui entendiendo, es que se bajó del cuaco para comprar tequila en una licorería, les encargó el caballo a los compas con los que andaba, pero como estos ya andaban bien cuetes no agarraron la rienda, y cuando Carlos salió del lugar donde fue a comprar tequila –y que no le vendieron por mentarle la madre al encargado- ya no estaba su caballo. A todos les preguntó, pero nadie supo nada. Anduvo buen rato buscando al animal, pero no lo vio, y derrotado fue a la cantina más próxima a ahogar su desesperación y penas.
-¡Si tuviera una pinche pistola ya me hubiera dado un balazo! ¡Me voy a ir pa’l norte a trabajar para pagar el caballo! ¡Pinches amigos que tengo, no me cuidaron el caballo!
Le pregunté que si le había avisado a la policía o al dueño del animal, a lo mejor alguien conoció el caballo que andaba sin jinete y lo llevó a entregar.
-¡No! ¿Pa’ qué chingaos? ¡Pueque los mismos policías se lo hayan robado! Y al dueño… ¿Con qué cara voy a decirle que me robaron el caballo? ¿A ver? ¡Dígame!
Me ofrecí a acompañarlo a su casa, para que descansara un rato si es que se iba al país de los güeros o para que buscara un cuchillo cebollero en caso de que quisiera suicidarse. Todo el camino fue de lamentos, palabrejas y palabrotas. Cuando íbamos llegando a la colonia Lagunita, a lo lejos se oía el relincho de un caballo. Y sí, ahí estaba el Peluso, parado frente a la puerta del corral y relinchado de gusto al advertir que mi amigo se acercaba.
Carlos no cabía en sí de alegría. Hasta lo borracho se le quitó… vio al caballo, lo abrazó, lo acarició, le dijo palabras amorosas, y luego lo metió al corral donde le quitó los arreos, le quitó lo sudado, lo cepilló y le dio agua y pastura. -¿Ya ve Carlos que los caballos son muy inteligentes? Él al verse libre buscó su querencia… y aquí lo estuvo esperando… ¡Y usted mentándole la madre a todo mundo porque se lo habían robado!

El domingo, muy tempranito Carlos fue a entregar el caballo, la silla y todo lo que le prestaron… y ahora dice que no quiere saber nada de sábados de gloria… “Nomás me acuerdo de el peluso, y me da una crudota de esas gachas”.


sábado, 19 de abril de 2014

A PROPÓSITO DE LA FERIA DE PRIMAVERA

Pocos son los datos que se tienen para conocer cómo eran las Fiestas de Abril en el siglo XIX, pero la tradición de la quema de judas y el paseo charro viene de entonces. En la época porfirista se habla de que tuvieron mucho esplendor, pero son muy escuetos los relatos y fotografías que de entonces hemos obtenido. El sábado 19 de abril de 1913 fue fatídico para los jerezanos ya que al ser tomada la ciudad de forma muy violenta y cruel, casi desapareció. Quienes sobrevivieron, pululaban como fantasmas, soportando atropellos constantes, mucha hambre, enfermedades y así terminaron bastantes costumbres que le daban aires de cultura y grandeza a esta pequeña provincia. Y fue también en abril, el viernes 14 (de Dolores) de 1916 cuando los villistas tomaron por enésima vez la ciudad, y la desmantelaron por completo. Por 22 días hubo un saqueo generalizado, desapareciendo así ricos mobiliarios, bibliotecas completas, pinturas, imágenes religiosas y cuanto veían mal parado los secuaces de Sabino Salas. Poco fue lo que se salvó de esa rapiña. Tres meses después, el hambre y una grave epidemia acabó con las dos terceras partes de la población de Jerez.

Don Francisco Reveles, cura de Jerez, inyectó entusiasmo entre la población para que se siguieran celebrando las fiestas de abril, y el 21 de abril de 1921 bendijo la campana mayor de la Parroquia, evento enmarcado en las fiestas, que dependían de la iglesia, ya que el ayuntamiento tenía especial preferencia por la celebración de las fiestas patrias.
Desde esa fecha, los jerezanos hacían esfuerzos por devolverle a Jerez el esplendor perdido, reactivando la pequeña industria y el comercio. Aunque había otro grupo, el de los agraristas, que tenían el mando político y más interesados estaban en hacerse de las antes fructíferas tierras de las Haciendas, convirtiéndolas después en ejidos improductivos y yertos.
En 1925, fue electa la primera reina de las Fiestas de Abril, y su coronación se realizó en uno de los andadores de la alameda. Ella fue Petrita Félix Sánchez, quien tres años antes fuera reina de las fiestas patrias.
Luego, se vinieron los conflictos de “la cristiada”, y todo el entusiasmo por revitalizar Jerez se fue al carajo. Entre los agraristas y las tropas de Anacleto López le dieron en toda la torre a la población. Fue hasta 1935 cuando tenemos noticias de que se reorganizaron las fiestas de primavera, con el auxilio de los militares acuartelados en Jerez al mando del Teniente Mario Ballesteros, quien coronó en esa ocasión a Cuquita Amozurrutia en el kiosco del jardín principal. De ahí, la organización de las fiestas de primavera fue corriendo a cargo de los comerciantes, y fue cobrando la importancia que tenía antes de la revolución, por ello en 1937 el gobernador del estado, Gral. Félix Bañuelos se dio su vueltecita por Jerez para coronar a la reina Josefina Escobedo Carlos (una niña de tan solo 15 años de edad).
Sábado de Gloria en Jerez. Lienzo de Martha Georgina Muro.
El siguiente año, los organizadores de las fiestas se integraron en un “Comité Directivo para las Fiestas de Primavera”. El defeño profesorJosé G. Gómez (autor de la “Marcha Jerez”) estuvo al frente de ese comité. Desde entonces se logró que personas representativas de la sociedad jerezana se encargaran del festejo anual. Nueva mentalidad, nuevos eventos, en los que destacó la “Exposición Agrícola Industrial y Ganadera”, que realmente fue la primera, aunque tales exposiciones se han computado desde 1959. En los años cuarenta decae la fiesta, y solo hay noticias de que en 1944 se eligiera reina, siendo ella Rosa María del Río Lira, coronada por el presidente y cacique Jesús Vela en el Teatro Hinojosa.
En 1950, al término de la segunda guerra mundial, los jerezanos insisten en evolucionar y modernizar su fiesta, organizando eventos que se convertirían en tradicionales. Para los que deveras eran charros se organizó “el juego de la sortija” en la alameda, que consistía en colgar listones de colores con una argolla de pocos centímetros de diámetro y el jinete tenía que ir a toda carrera en su caballo armado de una vara… y meter la vara en la sortija… ahora, los que dicen que son charros andan en friega lazando los judas, con el cuaco parado, y ni así le atinan… En 1952 se convocó a las gentes más conocidas y más activas de Jerez para formar el Patronato pro feria, llamándole ya “Feria Regional de Primavera”, patronato encabezado por el doctor José Acevedo Solís, el profesor Fernando Robles Zepeda, Antonio de Haro Saldívar y José Huízar.
En 1954 se realizó la primera carrera automovilística Zacatecas-Jerez que hizo muy famosa a la feria jerezana a nivel nacional, evento que sería interrumpido el 30 de abril de 1973 a causa de un grave accidente.
Como en 1957 el campo no fue favorecido con las lluvias, las fiestas de 1958 casi fueron suspendidas, no hubo elección de reina, limitándose a varios eventos aislados. Pero para que no murieran las tradiciones jerezanas, en 1959 se forma por primera vez la Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material que por muchos años fuera la encargada de la organización de la Feria de Primavera.
Realmente era un honor el pertenecer a esta Junta, y por ello, quienes eran convocados para algún cargo, aceptaban de muy buena gana.

Quema de Judas en el Portal de las Palomas (Bar La Covacha). Abril de 1964. Foto Robles.
Cabe mencionar que durante la feria de Primavera de 1967, se realizaron los Juegos Florales “Suave Patria”, siendo los primeros. Al ganador de esos juegos se le entregó la “Flor de Oro” elaborada por don Pascual Torres, quien hiciera también la corona de la Virgen de la Soledad.

Es curioso, cuando la población de Jerez era menor, el Patronato de la feria (Junta de mejoramiento moral, cívico y material) estaba integrado por casi una veintena de personas, cada una con una comisión qué cumplir. La feria dejaba utilidades jugosas. Ahora que la población es mayor, el patronato lo integran solo dos o tres gentes que actúan a su libre albedrío, sin pensar en el beneficio de Jerez, en el enriquecimiento y conservación de las tradiciones y costumbres. Una inversión multimillonaria es la que presume el gobierno municipal para el presente festejo. Pues hay qué pensar con optimismo, otorgarles el beneficio de la duda y esperar que de verdad el gasto que se está haciendo para pagarles a los artistas de primera línea que estarán en el Teatro del Pueblo se traduzca en beneficios para Jerez, beneficios para los comerciantes establecidos, comerciantes informales, prestadores de servicios, trabajadores en general. Que se finque la infraestructura necesaria para que el evento crezca y no solo sea “pan y circo”.

FOTO 1. Las hermanas Paulita y Lolita Briseño y la tÍa Vita (vestidas de blanco con sombrero) disfrutando de una corrida de feria en la Plaza de toros "La Reforma" que estaba en la calle del Toro No. 9. La gráfica es de los primeros años del siglo XX

FOTO 4. S.G.M. ROSITA FRANCO, Reina en 1950 y su princesa Cira González. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

NI DE JEREZ O TEPETONGO, ¡DE VILLANUEVA!

Periódico "Orientación" en el que aparece la entrevista a Dámaso Muñetón.
Fotografía de Bernardo del Hoyo Calzada
DÁMASO MUÑETÓN, ARTÍFICE DE LA ARQUITECTURA EN ZACATECAS...

En el periódico zacatecano “Orientación” del 3 de septiembre de 1932 aparece una entrevista que aclara definitvamente el origen de Dámaso Muñetón, cuya fecha y lugar de nacimiento se basaba en suposiciones. La copia de ese periódico la tiene Bernardo del Hoyo Calzada.
El reportero hace una descripción del personaje diciendo que “...viste sencillas prendas de kaki amarillo obscuro, camisa blanca y limpia a rayas azules y sombrero de paja. De estatura pequeña, de tez morena, curtida bajo los soles de dos siglos. Lentes con arillos de metal y bigote entrecano. El conjunto de su persona revela inteligencia: su frente es despejada y sus ojillos adquieren movilidad que penetra todas las cosas, con profundidad y sin malicia.”
Y ya entrado en la plática, Dámaso cuenta al entrevistador que “Nació en el rancho de “LA BOQUILLA”, DE LA JURISDICCIÓN DE VILLANUEVA, el día 11 de diciembre de 1863”.  Y refiere luego que sus padres lo dedicaron al trabajo del campo hasta los 20 años. En la ciudad de Jerez se inició como ayudante de cantero, con José María Ortega, durando con él dos años en los que se dedicó especialmente a “rostrero”. Más tarde se dedicó a realizar trabajos por cuenta propia, sin conocimientos previos de ninguna especie y por la sola intuición de los problemas que se le presentaban. Enfatiza que jamás estudió técnicamente el dibujo y siempre se abstuvo de hacer preguntas a sus compañeros de trabajo.
Catedral de Zacatecas antes de 1904.
-¿Cuales son los trabajos más importantes que hallevado a cabo en su vida? –inquiere el periodista y el arquitecto empírico contesta: “Trabajos importantes he hecho muchos, pero si usted desea que le diga el que más quiero, es el de la torre de Catedral del lado Norte, que realicé en cinco meses, el año de 1904, en que era Gobernador de Zacatecas el señor don Eduardo G. Pankhurst y Jefe Político el ingeniero don Luis Córdoba”. El reportero pregunta sobre cómo hizo para copiar las diferentes figuras de la torre antigua de catedral y el entrevistado precisa que: “Esa vez tanto el ingeniero Córdoba, como el Sr. Pankhurst, me daban el consejo de poner un castillo de madera alrededor de la torre vieja, para tomar las figuras por medio de moldes de yeso; pero a mí me pareció que este procedimiento requería un triple trabajo, y entonces me propuse y así lo llevé a efecto, tomar las figuras de la antigua torre por medio de dibujos en miniatura, subiendo por una escalera colgante. Después ampliaba los dibujos al tamaño conveniente y los distribuía entre los canteros. De esta manera fui dirigiendo el trabajo durante cinco meses, hasta quedar terminado. En las obras trabajaron como promedio, de veinte a treinta canteros y dos albañiles con dos peones.
Sobre el costo de la obra dice que con todo y lo que se distribuyó como “bolos” al descubrirse la torre, el importe fue de trece mil pesos y que él no cobró nada extraordinario más que su sueldo de dos pesos con cincuenta centavos durante el tiempo que duró la construcción de la torre.
Y en su casa de la Merced Vieja No. 20 amplía la información al reportero, mostrándole una hoja de papel amarillento, rayado en forma de tabular en la que se lee:
Dámaso Muñetón termina su obra en catedral.
 “Solideo Honor Gloria”
Señor mío Jesucristo, esta obra que voy a hacer dígnate purificarla y bendecirla”.
Y después de este católico apéndice, viene la esencia de una vida, con expresión de fechas, lugares, trabajos y guarismos:
De 1881 a 1932, concluyó 7 capillas nuevas, 2 reformadas, 50 altares nuevos, 3 altares reformados, 2 colegios, 3 escuelas, 5 torres nuevas, 1 terminada (la de Catedral); 2 cúpulas, 2 bodegas o almacenes, 5 tiendas de comercio, 17 casas particulares de familia, 3 kioscos, 3 pórticos, 6 monumentos grandes para familias, 8 lápidas y monumentos, 4 pararrayos, 1 presa nueva, 1 presa continuada, 1 rastro, 1 noria y bebedera, una estación terminal (la de Saltillo), 1 baño, 3 mercados y un puente!....Ese bagaje arquitectónico, en distintos lugares del Estado y la Estación terminal de Saltillo, cuyo anteproyecto alcanzaba un costo de $ 13,000,000.00.
* * * * * * *
A las 8 de la noche del 28 de enero de 1939, en un cuarto de los altos del mercado “Victoria” de Concepción del Oro, murió a consecuencia de vómito de sangre consecutiva a una bronquitis crónica senil el arquitecto Dámaso Muñetón.
Dámaso Muñetón.
Sus biógrafos a veces presumen de tener datos fidedignos sobre su nacimiento, vida y muerte. Pero nada mejor que este artículo en el que es el biografiado quien indica la fecha y lugar donde nació. Ni en Jerez, ni en Tepetongo, en la jurisdicción de Villanueva.
El matrimonio de Vicente Muñatones y Joaquina Murguía se aposentó en el siglo XVIII en la hacienda de Buenavista, donde forjó una gran familia que en los registros de bautismo anotan como “españoles”. Entre los hijos de don Vicente está José Ydubige Muñatones quien se casa con Juana de Armas. De este matrimonio nace José de Jesús Muñatones allá por 1813 y que se casa en 1836 con Ydubijes Salazar que muere en 1838. Él contrae matrimonio en segundas nupcias en febrero de 1843 con Leonarda González, originaria de El Caquixtle y vecina de Buenavista desde la infancia. Es probable que aunque su lugar habitual de residencia fuera Buenavista, los “Muñetones”, “Muñatones” ó “Moyetones” (como en los diferentes registros los nombran), trabajaran de jornaleros en haciendas y ranchos cercanos, como en el Estanque de los Aparicio, El Niño Jesús, etc. De ahí que Dámaso naciera en el cercano rancho de la Boquilla de Villanueva.
Por desgracia, el registro de su nacimiento no aparece ni en Tepetongo, Villanueva o Jerez, causa a que muchos libros han sido robados o se perdieron. Ahora tenemos esta copia del periódico “Orientación” en el que el mismo Dámaso dice la fecha y lugar de su nacimiento.


martes, 7 de mayo de 2013

DON RUBEN GONZALEZ DE LA TORRE


Ilustración de Vicky Berumen Félix
Hace pocos días falleció el maestro Rubén González de la Torre. Un hombre sencillo que supo ganarse un lugar muy importante entre los jerezanos gracias a su bonhomía, a su dedicación, a su humildad y a muchos otras cualidades con que fue dotado.
Fue el segundo hijo de don Salomón González Salazar y de doña Consuelo de la Torre Berumen. Don Salomón y doña Consuelo se preocuparon, como todos los González de La Estancia, de que su familia a pesar de ser numerosa (14 hijos) tuviera la mejor educación.
Contaba don Rubén, que lo de ser artista lo traía en las venas, pues desde niño preparaba obras de teatro con muñecos que él mismo hacía. Les inventaba los diálogos y hasta cobraba a los niños que acudían a sus representaciones: “Según el chango era la pedrada” –recordaba- “Un cinco o un diez, lo que trajeran era bueno”.
Don Rubén y su esposa Zita Valdés Jaramillo
En la escuela Tipo hizo su primaria, “como todos mis hermanos, y como éramos muchos, mi papá casi siempre era el presidente de la sociedad de padres de familia. Podría decir que la escuela era nuestra”. Luego don Salomón envió a su hijo a que siguiera estudiando en la Normal de San Marcos. “El inglés nomás no se me dio y por eso solo llegué hasta segundo. Además que nos levantaban muy temprano, como a las cinco de la mañana para cultivar lo que después nos comeríamos. Y lo que son las cosas: mejor me fui de mojado a Texas, yo que odiaba el inglés”.
“Allá solo duré cosa de un año, me regresé a Jerez con unos cuantos dólares y el alma llena de rencor por la discriminación que nos hacían los gringos”.
Don Salomón tenía un negocio de abarrotes muy bien surtido, por el callejón de la Parroquia. “El Muelle” se llamaba, y Rubén su hijo, a pocos pasos, -en la esquina del callejón y calle del Placer- estableció su propia tienda de abarrotes a la que llamó “La Playa”. –“Ya teníamos la playa y el muelle, solo nos faltaba el mar. Y nada que aparecía el mar de gentes que esperaba atender en mi tienda, porque como don Salomón estaba bien aclientado, no dejaba nada para mí. Para entonces tenía veinte años, me entretenía dibujando en el papel de envoltura y haciéndoles caricaturas a los poquitos clientes que llegaban”.
Don Salomón advirtiendo que de abarrotero no se iba a mantener, le aconsejó que se fuera a la ciudad de México, a ver si allá le iba mejor con sus dibujos. “Allá llegué con un tío, y a los poquitos días corrí con suerte, pues pude inscribirme en un curso de historieta en la escuela libre de arte y publicidad. Al principio éramos muchos los interesados, pero al último solo quedamos seis”.
Desde entonces ingresó al mundo de la historieta, aprendiendo de muchos maestros como el reconocido dibujante Antonio Gutiérrez Salazar, recordado por sus dibujos en medio tono impresos en sepia en la mayoría de las publicaciones de “Lágrimas, Risas y Amor”, con guiones de Yolanda Vargas Dulché y Guillermo de la Parra. En esa editorial “Argumentos” (EDAR) don Rubén encontró acomodo por más de veinte años, dibujando, dibujando y dibujando.


A mediados de los ochenta, decide junto con su familia regresar a su tierra, donde en la casa que había adquirido puso su taller de dibujo. En ese taller se hacía la revista “Fuego” que semana a semana circulaba con un tiraje de más de 500 mil ejemplares. El guión se lo enviaban de México, y aquí don Rubén hacía los monos, y sus ayudantes (que eran de la familia) se repartían el trabajo complementario: escenografía, vestuario, letras, detalles, sombras, etc. Cada 15 día se enviaban por Omnibus de México las láminas de varios números. Aproximadamente don  Rubén y familia participaron en 800 números de esa revista.
Ahí mismo en su hogar, en su taller, recibía a jóvenes con aptitudes artísticas y los aconsejaba para que encauzaran esas aptitudes. El maestro Rubén colaboró ampliamente con el Instituto Jerezano de Cultura donde por muchos años estuvo al frente del Taller de Dibujo.
Afortunadamente, fue una persona noble, nada egoísta, por lo que sus conocimientos no se fueron con él, sino que en diferentes etapas de su vida los compartió y han servido para que quienes se acercaron a él, hayan podido abrevar de sus conocimientos.
Sit tibi terra levis, RUGOTO.

domingo, 20 de enero de 2013

viernes, 16 de noviembre de 2012

LA CIUDAD HAMBRIENTA


Las hordas villistas que se enseñorearon de Jerez durante la revolución solo causaron que se acabara el pequeño comercio e industria familiar que aquí había, que emigraran los que pudieron, que murieran los que no pudieron huir. Los villistas que se alternaban en el poder solo querían sentirse poderosos y hacerse de ranchos, casas y de dinero. No les importaba el bienestar de los jerezanos, así que las epidemias se sucedían unas a otras.
En elegantes fincas los soldados hacían sus cuarteles; costales y costales de maíz eran tirados en las banquetas para que comieran los caballos, pero era más el que pisoteaban y desperdiciaban. En una ocasión, el cabecilla Dionisio García ordenó a sus hombres que les dieran maíz a los caballos en frente del mesón de San Luis. Y pa’ pronto sacaron varios costales de ixtle llenos de maíz y los tiraron en la calle. Un anciano se le acercó al jefe villista. –“Señor don Nicho, perdóneme mis palabras. Pero no desperdicie el alimento. Ora verá que se nos va a venir un hambre, que Dios nos tenga de su santa mano”.
El cabecilla se burló del viejito y dándole un fuetazo lo tiró al suelo ordenando a sus hombres que le dieran de tragar maíz al viejito. –“Señor, no puedo, ya no tengo dientes. Por vida de su santa madre no me haga esta humillación”. Riéndose, los villistas hicieron que tragara el grano sin importarles las lágrimas de impotencia del anciano, el cual fue asesinado luego a balazos y su cuerpo quedó ahí, coloreando de rojo el maíz que en grandes cantidades tiraron por la calle de San Luis.
Y como dijera el anciano, en 1916 el fantasma del hambre se unió a los demás fantasmas creados en los años de lucha y comenzó a hacer de las suyas. Además los soldados de cualquier bando acababan con cuanto animal encontraban en su camino, sin imaginar que ellos serían también los afectados. No se conseguía nada, aparte de que los billetes valían un día y al siguiente no. Las monedas de plata eran las más estables. Una medida de maíz (5 litros) valía en plata un peso y en papel de 20 para arriba. Los revolucionarios jerezanos no se quedaron atrás y don Justo Ávila emitió su moneda: unos cartones con valor de cincuenta y veinte centavos, a los que el vulgo dio en llamar “las palomas del tío Justo”.
En los primeros meses el maíz y el fríjol comenzaron a escasear, las antaño señoriales mansiones se encontraban convertidas en cuarteles, sus lujosas salas y salones servían para apacentar la caballada. Los ricos comerciantes habían emigrado, otros con menos suerte, eran muertos ante la ambición de algún jefe pseudo revolucionario (como Nicho García o Daniel Vanegas quien festejó su cumpleaños con una gran matanza). Los ranchos estaban deshabitados, pues sus moradores se vinieron a Jerez con la esperanza de encontrar más medios de sustento y algo de protección. La agricultura no existía, porque quien quisiera sembrar tendría que contar con protección militar, cosa imposible. El gobierno estatal no pudo enviar apoyos a Jerez, sufriendo un saqueo desde el viernes de dolores (14 de abril) por parte de Sabino Salas, Dionisio García, Justo Ávila y su gente. En ese lapso (22 días), lujosos muebles fueron convertidos en leña, antiguos libros y documentos quemados. En los últimos días de ese mes comenzaron a caer las primeras víctimas de la hambruna.
Restablecido el gobierno, se trataron de poner en práctica medidas de salubridad sin éxito. Los primeros días, en el Registro Civil tomaban nota de tres a cuatro decesos, mismos que fueron aumentando hasta treinta y cinco diarios en el mes de octubre. Nadie estaba a salvo (el mismo personal de la Jefatura fue suplido varias veces, pues también sufrían los efectos de hambre).
Sentados bajo los portales y en los jardines, muchos indigentes esperaban alguna ayuda que nunca les llegó. Ahí acuclillados morían. Por doquier eran encontrados cadáveres en caminos, mesones, plazas, calles, etc., diariamente en dos carretones se recogían los cuerpos que se encontraban en la vía pública y en grandes fosas del panteón de Dolores y de la Soledad eran echados, cubriéndolos solo con una delgada capa de cal.
Niños de tierna edad se pasaban el día recogiendo cáscaras para darles la segunda pasada. Las cáscaras de tuna eran roídas hasta quitarle todo lo comible. Dicen que en ese entonces se inventaron las máquinas de tortear, porque donde se oía el palmoteo se juntaba la gente a pedir un taquito. No faltó quien hubiera que denunciara donde tenían maíz y entonces por la fuerza lo sacaban y seguía el saqueo. También hubo familias que repartían lo poco que tenían para aliviar en algo la necesidad de los jerezanos, tal es el caso de las hermanas Mier, Conchita y Virginita, en cuya casa (en la calle del Espejo) se repartía comida todos los días. Grandes filas de pedigüeños se formaban en las afueras de su casa, hasta que salía Dimas (así se llamaba el cocinero) y les daba su ración.
Según anotaciones existentes en los archivos del Registro Civil, el noventa por ciento de quienes murieron ese año fueron víctimas de “diarrea”, fiebre intestinal, dolor de costado o hidropesía (no había quien extendiera certificados de defunción indicando las causas reales de las muertes). Pero las actas que más tristeza da ver, son las que especifica que la causa de la muerte era “por hambre”.
Nopales, mezquites y magueyes contribuyeron a alimentar a los pocos jerezanos que habían resistido durante mas de tres meses los estragos de la falta de comestibles, de la insalubridad, de la pobreza y de la inseguridad. Los cueros de cananas, huaraches y zapatos eran convertidos en “apetitosas” sopas que al menos servían para “traer algo calientito en la panza”. De la hacienda de Malpaso enviaban mezcal (cabezas de maguey tatemado), que también servían como alimento.
La ciudad estaba lánguida, muchas de sus fincas completamente derruídas (como la Jefatura Política), algunos de sus edificios dañados por las balas, los emplomados barandales deshechos por el efecto de los cañonazos. Pequeñas casas también se reducían a escombros ante el abandono de sus habitantes muertos quizá. Muchos ranchos desaparecieron, así como quienes los moraban.
Aproximadamente en la región de Jerez, más de nueve mil personas murieron en 1916, victimas del hambre, la peste o cayeron abatidos a balazos. López Velarde entonces escribió:

“…Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.

Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha….”
               Ramón López Velarde

VEINTE DE NOVIEMBRE: INICIO DE LA REVOLUCION MEXICANA ¿?


 “Héroe es una persona que realiza una acción valiente y muy bien agradecida”. Y de acuerdo con ese sofisma, me puse a buscar a jerezanos cuyas acciones los hicieran recibir el nombramiento de héroes en la revolución. Pero, no encuentro ningún personaje…
Me proponen que recuerde a Lino Rodarte… pero este jerezano símbolo de nuestra naturaleza campirana, nada tuvo que ver con las luchas fraticidas que comenzaron en 1910. Fue muerto mucho tiempo antes, luego de una gacha felonía que le fabricó su rival en amores don Cruz Avalos, en marzo de 1886. Su padre, don Felipe Rodarte, sufrió calladamente por 25 años la humillación que le hicieron sentir las autoridades porfiristas y hacendados, que a todo momento le recordaban que su hijo había estado fuera de la ley. El rico ranchero que ofrecía el peso de su hijo en reales por su vida falleció de fiebre el 6 de Marzo de 1911 a las nueve de la mañana y fue sepultado en el panteón de San Juan.
¿Podrían ser héroes revolucionarios los miembros del club antireeleccionista jerezano que comulgaban de las ideas de los Flores Magón? Los historiadores nos hablan de José Othón Cabral, Luis Brilanti, Jesús Lazalde Castañeda, Catalino Hernández, Florencio Berumen, Marcelino Ozuna, Nicolás Aguilar y Benjamín Berumen que fueron detenidos por tropas del general Jesús Aréchiga, así como gente al mando del temido Juez de Acordada Cruz Avalos y de Goyo Morales, jefe de los carnitas. Desgraciadamente no hay más datos sobre estos preclaros hombres que ya pensaban en un Jerez diferente.
¿Podría ser héroe revolucionario J. Isabel Tovar, quien con su tropa “maderista” tomó Jerez en la madrugada del domingo 21 de Mayo de 1911? A pesar de que estuvo desde ese día hasta el sábado 27, de que impuso un préstamo forzoso a los comerciantes jerezanos, de que liberó a los presos, de que permitió el saqueo de varios comercios y el “montepío”, no se sabe nada más de su actuación en la revuelta maderista. Solo que volvería a la plácida vida hogareña y moriría años después en Abrego.
¿Serían héroes los soldados Pedro Ureño de El Cargadero y Candelario Urbina que defendieron sus vidas y murieron asesinados a manos de la gente de Isabel Tovar en la madrugada de ese 21 de Mayo? Solo estaban cumpliendo con su deber y desquitando su raquítico sueldo sin saber a qué se enfrentaban.
Jacinto Carlos, fusilado por los villistas.
¿Podrían ser héroes don Jacinto Carlos y sus hijos que encabezaban la defensa que se había organizado para proteger a la ciudad de las tropas villistas de Pánfilo Natera? Ellos protegían su patrimonio –fruto del trabajo de muchos años-, así como el de muchos jerezanos, que estaban desorientados, pues la revolución había triunfado ya con la ascensión de Madero al poder, y luego de la fatídica “Decena Trágica” había surgido la “contrarrevolución” en que nadie sabía quien estaba en lo justo, en lo legal. Ramón Carlos –así como muchos valientes jerezanos- murió el fatídico 19 de abril de 1913 a manos de los soldados de Natera. Un año después, luego de la toma de Zacatecas, don Jacinto Carlos y otro de sus hijos serían fusilados por tropas del rencoroso Pancho Villa.
¿Serían héroes todos esos jerezanos que impotentes veían morir a sus familias a manos de los combatientes, que no se sabía casi nunca en qué bando andaban? ¿Serían héroes esas madres de familia que llorosas le daban sepultura a sus pequeños hijos o esposos que fallecían por la hambruna y epidemias resultado de esas guerras sin sentido? En los archivos hay infinidad de registros en los que cuando se hace referencia a las causas de muerte solo dice “por hambre”.
¿Podría ser considerado héroe el sacerdote José del Refugio Gallardo y su madre doña Clara Barrientos asesinados arteramente por el “general revolucionario” Daniel Vanegas y quemados de manera vil y cobarde en una caldera?. El delito del sacerdote fue el proteger los bienes que le fueron encomendados y que a pesar de la situación de inestabilidad política mantenía trabajando en beneficio de la gente pobre de Jerez.
¿Podría ser llamado “héroe” ese general Vanegas que se sumó a la vorágine de intensas luchas por el poder y que en realidad en lo menos que pensaba era en el cambio del país, ya que sus intenciones eran conseguir poder, riquezas y mujeres? Entre sus méritos están los asesinatos de gente pacífica, noble y trabajadora, como don Cuco Peña –dueño de la finca del lado norte del Santuario- a quien sacó enfermo del consultorio del doctor Villalobos; de don Ignacio Acosta y de don Ignacio Rodríguez, sacrificados frente a sus familias, sin importarles súplicas ni lágrimas ni nada. De doña Marianita Salinas, a la que de manera brutal asesinó a balazos frente a la casa de don Hilario Llamas, por la calle del Espejo. De don Enrique Raygoza quien tenía su comercio en la calle nueva y lo mataron a cuchilladas y balazos solo para no pagarle lo que habían consumido. De doña Rosa García Rincón, viuda de Severiano del Río, que se enfrentó con valentía a los “revolucionarios” para proteger la honra de su familia. De doña Ma. Guadalupe Rivero, viuda de José Julio Berumen, que se opuso a las atrocidades del general Vanegas y sus secuaces.
¿Podría considerar como héroe revolucionario a Dionicio García que al mando de su gente cometió cuanta tropelía se pueda uno imaginar, incluidos asesinatos de hombres, mujeres y niños y que por 22 días hizo un saqueo generalizado de Jerez?. Según algunos historiadores, 1920 se da como fecha en que concluyeron los enfrentamientos bélicos. Pero… todo quedó igual… o peor. Ambiciosos caudillos armaban intrigas para hacerse del poder y seguía el merequetengue, como hasta la fecha.
Nuestra ciudad estaba en franca agonía, y un grupo resuelto de jerezanos emprendió la difícil tarea de no dejarla morir. Se restableció el comercio, aunque ya sin los grandes capitales de principios de siglo. Las calles quedaron como testigos de lo que había acontecido: barandales en los que el mordisco de las balas era notorio, así como edificios semidestruídos o semiquemados… los empedrados que embellecían las calles, destruídos, arrancados y trozados los cables de telégrafo y teléfono… todo lo que antes hablaba de modernidad fue destruido por la barbarie de villistas, carrancistas, maderistas, obregonistas, huertistas, orozquistas y deje de contar…
Hospital Civil. Quedó completamente en ruinas.
El moderno y recién construido mercado de carnes que estaba en la plazuela Reforma, el hospital civil, así como el hospital de los Sánchez Castellanos y la capilla del Diezmo fueron algunos de los edificios que murieron en esa hecatombe. El Teatro Hinojosa que también había sido incendiado se salvó gracias a la oportuna intervención de los jerezanos que apagaron como pudieron el fuego, ante la mirada indiferente, burlona y vigilante de los soldados villistas de Pánfilo Natera.
¿Serían héroes de la revolución, esos jerezanos y jerezanas que se dedicaron a reconstruir de sus ruinas a nuestra ciudad?
En mi opinión muy personal, las luchas que se dieron en la década de 1910-1920 no pueden ser consideradas como benéficas para Jerez, pues la transformación radical en todos los aspectos fue completamente negativa. Deberían pasar muchos, pero muchos años para que Jerez sanara sus heridas.
LA CARTA. Como ya sabía, mi presidente no leyó la carta que le dediqué. Y tanto que me esforcé para redactarla. Aunque lo más importante se logró: que los jerezanos la leyeran y así dejar constancia de la forma de trabajar de la policía municipal, especialmente del patrullero que el domingo 4 traía a su cargo la unidad 124. Me aconsejan haga llegar mi queja a Derechos Humanos o presente una denuncia en el ministerio público. Ninguna de las dos cosas procede. Derechos Humanos a lo más que llegaría es a emitir una “recomendación” que para nada sirve. Y la denuncia en el ministerio… me reservo mis  comentarios. Lo que sí creo que es gacho que nosotros los jerezanos que vivimos aquí, que pagamos predial, impuesto sobre la renta, sobre el trabajo, iva y demás, estemos manteniendo a estos sujetos que en lugar de hacer el trabajo que se les encomienda en el Bando de Policía y buen gobierno se dedican a otras actividades. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

CARTA ABIERTA PARA LALO LOPEZ


PONLE BOZAL Y FRENO A TU PATRULLERO “VICENTE FERNANDEZ” (Sí como no)

Como siempre andas a la carrera, no pude verte en toda la semana, y a tu secre Alberto apenas lo ví el viernes, es por lo que utilizo este medio y así tengo la seguridad que alguno de tus allegados o aduladores te comentará lo que en seguida expongo:
Sucede que el domingo anterior, poco después de las seis de la tarde, Tato (mi hijo que se llama como yo, pero en el relato lo nombraré así para mayor comodidad) y un amigo salieron de mi casa con destino a Zacatecas, como cada domingo lo hacen, para estar listos al día siguiente para sus estudios que comienzan desde las siete de la mañana.
Para economizar y viajar con seguridad se van en un carrito blanco y se cooperan de los gastos de gasolina, y precisamente estaban formados en la gasolinera cuando fueron detenidos por la patrulla 142 (una que tiene la defensa delantera pintada de rojo). El patrullero, medio cacarizo, moreno y con un vocabulario de lo más corriente los hizo bajar del auto diciéndoles con palabras “gachas y ofensivas” que porqué les habían gritado momentos antes “¡Ora culos!”. Tato y su amigo le aseguraron que ellos no habían sido, que ellos necesitaban llegar a Zacatecas antes de que anocheciera (el amigo de Tato de noche no ve muy bien) y no se entretenían en gritar a nadie. El patrullero siguió insultándolos diciéndoles que tuvieran güevitos, que él tenía “unas orejotas bien chingonas que Dios le dio” y que no le fallaban. Solo le faltó jurar ante Dios que ellos habían sido, pero como no ha de conocer a Dios, no juró.
Los muchachos insistieron que ellos en ningún momento les habían gritado ni ofendido (realmente quien les gritó eran los cinco ocupantes de un carro verde, pero como los policías vieron que eran muchos y andaban medio alcoholizados optaron por desquitarse con otros). El patrullero no hizo caso a los razonamientos, y siguió insultándolos de forma verbal. Le daban mil razones para que no los entretuvieran pero él replicaba “A mi ningún hijo de la chingada me va a decir qué tengo qué hacer. Aquí el que manda soy yo”. Total, se los llevaron en la patrulla a la dirección de seguridad pública por un camino desconocido. Cinco policías, uno de ellos con pasamontañas y arma larga apuntándoles en todo momento, como si fueran los criminales más buscados de todo México.
En la dirección de seguridad pública siguió la agresión, pues el oficial de barandilla al pedirles sus datos los estuvo insultando, llamándolos por “papi”, “solecito”, y cosas así. Al reclamarle Tato que no le diera apodos porque su nombre era Luis Miguel Berumen Vargas y pedirle al patrullero se identificara, el patrullero le dijo “yo soy Vicente Fernández”. Y con un coraje que se traslucía y estaba a punto de estallar lo amenazó: “No busques más problemas de los que ya tienes chavo, porque te puede ir mal”. Ahí les dijeron que los iban a tener mínimo seis horas encerrados, pero a Tato, que a lo mejor lo dejaban hasta el día siguiente por hocicón. Anotaron en el libro que los apresaron por insultos a la autoridad, a los que Tato insistió anotaran “supuestos”. ¡Ah! Y también insinuaron que andaban tomados. (Cosa completamente falsa, y que a petición de la mamá del amigo de Tato no pudieron comprobar).
Mi hijo pidió le permitieran hacer una llamada, a lo que hubo completa negativa. Afortunadamente, el otro muchacho alcanzó a enviarle un mensaje a su mamá antes de que les quitaran sus objetos personales.
Los encerraron, y hasta que se le dio su gana el juez calificador fue a darse una vuelta diciéndoles que en un rato más los dejaba libres, que “les iba a hacer el paro y no les iba a cobrar multa”. ¿Multa por qué? Si las supuestas agresiones a los policías de la patrulla 142 no las pudieron probar.
Afortunadamente los papás del compañero de Tato vieron el mensaje e inmediatamente se dirigieron hasta el edificio de la policía, y ahí el Juez calificador dijo que los atendería luego de que terminara con un “asunto más urgente”. El asunto urgente duró como dos horas. Y al final, luego de la enérgica reclamación de los papás, dejaron libres a los muchachos. Eso sí, el juez calificador pidió disculpas. Pero las sorpresas siguieron, pues al regresarle sus cosas, las monedas que llevaban “desaparecieron”. Todos los anónimos policías fingieron amnesia (por no decir demencia). Ya era noche cuando bien nerviosos, pudieron retomar su viaje a Zacatecas.
En este caso hubo abuso de autoridad, intimidación, agresión verbal (y casi física), excesivo uso de aparato policial para terminar en “usted disculpe”. La pregunta es la siguiente, Lalo: Si no hubieran visto el mensaje los papás del compañero de Tato, ¿Qué hubiera ocurrido? ¿Realmente pasarían detenidos toda la noche en el edificio de la policía? ¿O serían llevados a otra parte? Eso lo pregunto porque en la detención no se siguieron los protocolos que al respecto hay y la actitud del patrullero indicaba todo, menos que era un guardián de la ley.
Siempre que mi hijo sale a Zacatecas, nos envía un mensaje cuando llega. Imagínate Lalo tú que ya tienes hijos que están creciendo y pronto irán a la universidad: La incertidumbre que tendríamos al no recibir el mensaje, la angustia de no saber dónde buscarlo, gracias al abusivo patrullero de la 142 al cual sus “orejotas bien chingonas” le fallaron. Fue una detención completamente injustificada, y repito Lalo: hubo abuso de autoridad, agresión verbal, intimidación y excesivo uso del aparato policiaco. Te he buscado para contarte de viva voz todo esto, pero es muy difícil platicar contigo.
Lalo, soy tu amigo desde que eras un niño, también fui amigo de tu padre, trabajo en la administración municipal, pero antes que eso, soy un padre de familia que antepone todo por el bienestar y seguridad de su esposa e hijo. Nuestra familia ha sido víctima de cinco robos, a pesar de que vivimos en el centro de la ciudad. ¿Y por qué son los robos? Porque no hay policía preventiva. ¿De quién tenemos qué cuidarnos? ¿De los patrulleros como el de la 142 que maneja la ley como a él se le antoje? ¿De los agentes policiacos ineptos y –quizá- coludidos con criminales? ¿En manos de quién estamos?
Resulta irónico que en Zacatecas estén preparando a grupos de policías como “Amigos del turista”. ¿Y en Jerez? ¿De qué son amigos los policías? ¿De lo ajeno? (Ya ves que hasta las moneditas que traían y que en los separos les quitaron con sus pertenencias desaparecieron). ¿Son amigos de la rapiña? ¿De sentirse fuertes y poderosos ante los débiles?.¿Son amigos de qué…??
Yo conmino a tu patrullero (se supone que eres tú quien responde por la policía), a que esa misma energía que tuvo para detener a Tato y a su amigo la tenga para detener a los malosos, a los verdaderos delincuentes. Que ese ardor que tuvo para gritarles toda clase de frases y palabras ofensivas e hirientes las use para que les grite a todo pulmón a los que están en contra de nuestro deseo de vivir en un Jerez tranquilo.
No te pido nada Lalo, no pido que les llamen la atención ni nada, no pido una disculpa que de nada sirve, al cabo “perro que come huevos, aunque le rompan el hocico”, solo quiero que quede este precedente público de la forma de actuar de tus agentes “policiacos” que todo cuidan, menos lo que deben cuidar. Por último, como Tato fue amenazado repetidas veces por el susodicho patrullero (del que no logramos saber su nombre real en su momento, pero ya sabemos quien es) por este medio hago responsable de cualquier acontecimiento violento, robo o daño que tenga que ver con mi familia a la Policía Preventiva de Jerez.