viernes, 5 de febrero de 2010

“MATENLOS A LOS DOS”

En aquellos tiempos en que recién se salía de las luchas de la revolución, no eran necesarios los juicios sumarios ni sumarísimos para castigar con la última pena a quien se consideraba que iba contra los ordenamientos legales. Bastaba la orden del presidente municipal, del jefe de agraristas, del funcionario influyente o del militar pasado de copas para fusilar a cualquiera. La mayor parte de las veces asesinaban para luego disfrazar el asesinato de mil formas.
En los últimos meses de 1926, el jefe de policía de León, Guanajuato, se inflitró con un grupo de acejotaemeros mostrando simpatía por el movimiento que en todo el país comenzaba a fraguarse. A estos jóvenes les prometió armas para su levantamiento, y cuando les fueron entregadas (sin parque lógicamente), fueron aprehendidos por la policía leonense. Cuenta la historia que de inmediato los fusilaron, pero no les dieron el tiro de gracia. Solo les colocaban cerillos encendidos en la nariz para comprobar que ya estaban muertos. No les dieron el tiro de gracia, para luego decir ante la opinión pública que habían muerto en combate. Y así fue: los periódicos informaron a ocho columnas que gracias a la valentía de las autoridades de León se había acabado con unos temibles guerrilleros que ponían en peligro la seguridad de la ciudadanía. Pero, algunos de los jóvenes sobrevivieron y fueron cuidados a buen resguardo. Ellos dieron testimonio de lo que ocurrió. El influyente diario nacional “Excelsior” se atrevió a publicar una nota condenatoria por esos actos, con lo que cayó de la gracia de el gobierno de Plutarco Elías Calles.
A raíz de estos acontecimientos, los levantamientos se sucedieron por todo el bajío y centro norte del país.
Para sofocarlos, de inmediato se destacaron regimientos en los puntos conflictivos, así llegó a Jerez el 40º regimiento de infantería bajo el mando del General Anacleto López, mismo que sería reforzado con el 75º de caballería y luego con los bisoños soldados del 23 y 25 regimientos. Ocuparon la casa grande de Malpaso, la de Ciénega y el semi derruído Hospital de los Sánchez Castellanos (junto a la capilla del Diezmo). Desde su llegada, su misión fue la de atemorizar a la población de la región con sus excesos de violencia. Jerez –a pesar de ser un pueblo católico- nunca mostró abiertamente su apoyo a los levantados cristeros, pues la ciudad estaba constantemente vigilada por los temibles agraristas que se habían convertido en dueños de todo lo que se les ponía enfrente.
Los anales históricos hablan de muchas matanzas sin sentido, ya de ambas partes, como lo que en seguida narro y que me fue relatado, y que he comprobado históricamente es cierto:
“MATENLOS A LOS DOS”
Cuando el general López aún no acababa de digerir la desastrosa derrota sufrida en la sierra de Morones, en donde perdió a cientos de sus efectivos, se dirigía con parte de su tropa a Momax con el propósito de abastecerse y reorganizarse. Por la noche llegaron a las cercanías de una ranchería en la que se presumía había cristeros escondidos. Envió a varios soldados de la vanguardia a inspeccionar la ranchería. Ya era avanzada la noche cuando regresaban sus soldados dando el parte “sin novedad”. Pero faltaban dos. ¿Dónde están? El general furioso porque pensaba que habían desertado, ordena a la tropa rodear el ranchito e inspeccionar casa por casa. La inspección era al estilo carrancista: Hasta adentro de las faldas de las mujeres. No encontraban nada. “Estos hijos de la chingada han de haber desertado y se pelaron pa’l monte”. Y ya iban a dejar la búsqueda, seguros de que eso había sucedido, cuando uno de los que buscaban se recargó en el brocal de un pozo. Puso su mano sobre el redondel y sintió que se llenaba de algo viscoso. Pidió una lámpara y cuando se la llevaron, comprobaron que había rastros de sangre. Los dos soldados habían sido asesinados y echados al interior del pozo.
Al ser enterado Anacleto López del destino de sus dos soldados, se llenó de furia, ordenando que de la ranchería “no dejen salir a nadie, ni un méndigo perro, y me matan a todos los pelao’s. Esos cristeros ya no se van a volver a burlar de nadie”.
Los militares obedeciendo órdenes, mataban a cuanto hombre se encontraban y revisaban meticulosamente a las mujeres para asegurarse que no hubiera nadie disfrazado queriendo escapar a la ejecución. El general, veía de lejos las acciones de sus hombres, cuando fue avisado por uno de sus segundos que tenían un problema.
-¿Y cual es ese problema?. –Hay una niña que está a llore y llore, abrazada fuertemente de su abuelito y no la podemos separar.
-Yo no veo ningún problema- dijo el general. –Si la niña no se quita, mátenlos a los dos. Sírve que se ahorran una bala.
Y como dijo se cumplió.
Acciones como esa hicieron enardecer a la población por toda la región, por lo que la presencia militar se extendió por muchos años, ya que los levantamientos cristeros se sucedieron por varios años, y de pilón en “la segunda” hasta su fiel vasallo “El charro Juárez” chaqueteó y se le fue al bando contrario.
FOTOS Y RELATOS
En Reforma No. 51 seguimos recibiendo fotos y relatos para la mejor revista de la Feria “MI TIERRA”, así que todo el mes de febrero y parte de marzo estaremos en espera de su colaboración. Gracias a los patrocinadores que –como siempre- ven con optimismo este proyecto que año con año realizamos. Y si le queda lejos mi casa, envíenme sus fotos a miguel.berumen@gmail.com Aclaro, que en esta revista no ponemos artículos de esos que llaman “de superación personal”. Nuestra publicación está enfocada a la gente que desea conocer relatos y tradiciones de la región.