viernes, 29 de octubre de 2010

EL PRIMER PANTEÓN


Hace tiempo comentaba acerca del descubrimiento que hizo Leonardo de la Torre Berumen, en los archivos de no sé donde, que ayuda mucho a esclarecer parte de la historia jerezana. Yo siempre he dicho que “la investigación histórica, es una investigación siempre en marcha”. Y me entusiasma mucho el encontrar el eslabón que une a diversos acontecimientos. Me llena de agradecimiento cuando me prestan documentos o fotografías antiguas y me permiten copiarlas. Así, Leonardo encontró documentos con los que la historia del Panteón de Dolores se modifica, pues según esos papeles el primer panteón (luego de los atrios de la Parroquia y del Templo de San Miguel), estuvo situado donde antes se había erigido un templo dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe. Ese templo levantado por la familia De la Torre estaba entre las calles de la Parroquia y del Espejo (la parte trasera del templo es donde están los Baños Lourdes).
Además de ser templo y panteón, también fue cuartel de los franceses, como nos lo explica don Margarito Acuña en sus memorias: “Por la calle de la Parroquia, por muchos años estuvieron las ruinas de un templo que se dedicó por los españoles, los señores de la Torre, a la Virgen de Guadalupe. En la ocupación francesa sirvió de cuartel y de ahí jamás volvió al servicio a que se destinó. Sus bóvedas se cayeron y sirvió de troje y corral. A fines del siglo pasado (se refiere al XIX) haciendo unas excavaciones en su interior, se sacaron muchos restos humanos y pedazos de gamuza, por lo que se creyó que eran de los chinacos que capturaban los franceses y después de fusilarlos, ahí los sepultaban sin que nadie se diera cuenta. También se decía que esos restos estaban ahí porque cuando prohibieron sepultar en los atrios de la parroquia y santuario, se usó el terreno de la capilla como primer panteón”.
Don Margarito también nos da luz acerca de los restos que hace poco tiempo fueron encontrados en la calle de la Aurora, cerca de la sacristía del Santuario, nos cuenta que: “Los pórticos del Santuario, almenas de las esquinas y el balaustrado que los circunda, se terminaron en el año de 1876 pero no me acuerdo cuando se inaugurarían. Lo que sí me acuerdo es, que al arreglar el piso para poner árboles quitaron muchas lápidas sepulcrales y sacaron muchos restos humanos por ser parte ahí del antiguo Camposanto de la Iglesia del Hospital de San Miguel, del barrio de los indios. Estos restos se volvieron a enterrar en zanjas al lado sur junto a un callejón que se abrió para dar paso de la calle de la Aurora a la calle larga”. Con eso confirmo la versión que ofrecí en su tiempo de esos restos, y desmiento por completo las vaguedades que diera el entonces aspirante a cronista.
Entonces, el panteón de Dolores se creó en 1842 más o menos, y no fue Juan Juárez –alias Melcochilla- el que tuviera el nada agradable honor de ser el primero sepultado ahí, sino en el otro panteón, en el primero, del que ignoro cómo se llamó. Y ya que andamos por los panteones, les vuelvo a relatar una historia que gustó mucho:
LAS MONEDAS DE LA MUERTE
“Don Ramoncito, era un arpista ciego que acostumbraba tocar su pesado instrumento en la cantina 30-30, en la esquina del callejón de la Parroquia y calle Dolores. El inventaba corridos, cantaba canciones de época y tocaba valses muy sentidos.
Los domingos a medio día cargaba con su instrumento y se sentaba en los escalones del atrio de la Parroquia, donde interpretaba muchas piezas, esperando la caridad de la gente que salía de misa de once. En una de esas ocasiones, un tipo al que le gustaba el juego y la mala vida, se acercó y le sustrajo las monedas que Ramoncito había recolectado en su sombrero que estaba sobre el piso. Ramoncito, aunque ciego, advirtió que lo estaban robando, y tentaleando tomó su sombrero y notó que no tenía ninguna moneda de las que había oído que caían. “¡No seas tan desgraciado, deja mi limosna, esas monedas representan para mí la vida, y para ti son la muerte! ¡No me robes, no me quites lo que no me das! ¡No seas méndigo ni tan hijo de tu…!”.
Pero el ladrón se fue riéndose de la indefensión del ciego músico. Y así, en muchas ocasiones le robó al arpista sus monedas. Sucedió que el ratero acudió un día a un sepelio, y mientras enterraban al difunto, él se entretuvo con varios tipos de su calaña jugando cartas arriba de una lápida, tan entretenidos estaban que se les hizo noche. Y por el frío y la oscuridad se fueron retirando uno a uno. Hasta que solo quedó el tipo que le robaba las monedas al arpista.
Se dispuso a guardar el dinero que había ganado jugando, cuando una de las monedas se cayó y brincó quedando en un resquicio de un mausoleo. Una moneda es una moneda, por lo que metió la mano al agujero donde oyó que cayó. De pronto su brazo quedó aprisionado fuertemente. Sus ayes de dolor, sus gritos de auxilio nadie los escuchó.
Al otro día, los encargados del panteón, lo encontraron muerto, su cuerpo rígido, con una mueca de terror, y al liberar su brazo notaron que tenía el puño fuertemente cerrado aprisionando una moneda. Nadie se imaginó la noche de terror que habría pasado antes de morir.
Efectivamente, como dijera el ciego: Las monedas serían su muerte. Los vecinos del lugar contaban que en las noches más frías y oscuras, se escucha como si rodara una moneda, y luego se ve una sombra siguiendo la moneda por entre las lápidas del lado norte del panteón de Dolores.