viernes, 26 de noviembre de 2010

LA CASA DONDE ENTERRARON A LOS REVOLUCIONARIOS

Hace mucho que no les comparto relatos de esos que en los últimos años del siglo pasado coleccionaba y que ahora forman parte de mi extenso acervo de narraciones:
“De esto que le voy a platicar, hace ya como cuarenta años que pasó, ya las  casas y las calles de Jerez están mucho muy cambiadas. Para entonces, vivía con mis hermanos en una casa muy cerca del jardín grande, del lado poniente pues. Esa casa debió haber sido endenantes de gente rica, pues aparte de las habitaciones para la gente, tenía caballerizas, una troje grande, corrales con puerta falsa, pero con el paso de los años como que se abandonó, porque se vendió en partes. El patio estaba pavimentado con lozas negras rectangulares, grandotas y muy bien cortadas, y al fondo había una pila cuadrada de cantera, junto al pozo.
“Por la parte terminal de uno de los corrales pasaba la acequia que llegaba hasta el jardín grande y era un deleite verla cuando corría el agua. La cocina tenía un “poyo” con sus hornillas hechas de ladrillo, parecía bastante antiguo. Un corredor que comunicaba la sala con el zaguán estaba techado y un arco grandote de cantera le daba un aire colonial y de riqueza a esa casa.
“Cuando acababa de llover por las noches pasaba algo que siempre me pareció muy extraño, pues en la mera mitad del patio, se veía una llamarada así como blanca azulosa, pero no una llamaradita chiquita, no, era una llamaradota grandota que duraba casi como un minuto. Todos nos decían que era porque ahí habían enterrado mucha gente en tiempos de la revolución. Que los dueños de esa casa fueron gentes de por allá de la sierra y que cuando tomaron Jerez los revolucionarios de Natera, por la calle del Hospicio como los revolucionarios venían a “matacaballo” po’s entre ellos mismos se estorbaban, si se caían, los mismos caballos los pisoteaban. La calle que le digo no es como orita la conoce, era como de la mitad de ancha, y po’s ¿cuántos caballos podrían caber? Nos contaba un viejito que vivía cerca del mesón de los de Jomulquillo, que la federación les disparaba desde las azoteas de la presidencia, que entonces era “Jetatura Política”, y de las fincas vecinas. Y que era un matadero de revolucionarios que se estorbaban por llegar hasta el jardín. Que viendo como estaba de cuerpos la calle, un jefe revolucionario ordenó a varios de sus hombres que los metieran al corral de la casa que le digo, y crioque se les han de haber olvidado o ahí los enterraron.
“Pienso que así fue, porque en la troje de esa casa espantaban, se oían rumores como si rezaran, se veían luces como las del patio, así que un día nos decidimos y escarbamos. No necesitamos escarbar mucho cuando encontramos huesos de cristiano. Si viera la de miedo que nos dio. Mejor tapamos todo y llevamos a un padrecito a que rociara el lugar con harta agua bendita.
“De noche era un martirio ir al corral a hacer uno sus necesidades, entonces no había baños ni drenajes ni nada de eso. Sentía uno la sensación de que no estaba solo, que había alguien más por ahí, pero en las penumbras no se veía nada. Aunque juera acompañado y con un buen aparato de petróleo, estaba uno al pendiente de cualquier ruidito o sombra sospechosa. Los árboles cuando se movían con el viento parecían lanzar quejidos de ultratumba que nos ponían el cuero chinito chinito.
“Ya no vivíamos a gusto, y decidimos mudarnos, pero antes luego de mucho pensarle, decidimos levantar las lozas negras en el lugar donde se veía la llamarada en las noches de lluvia. Nos decían que donde hay llamaradas así de color blanco hay dinero enterrado. Las lozas estaban muy bien pegaditas y batallamos para levantarlas sin maltratarlas. Debajo de esas piedras, no había piso de tierra como sería lo normal. No, había otro piso de cantera, de una cantera muy dura y blancuzca. Pos escarbándole a los lados quitamos una cantera grandota y cuadrada. Bueno, no la quitamos, se nos jue pa’bajo. Nos asustamos mucho cuando se cayó y se oyó el ¡plaf!, y el hoyo se llenó de polvo y de olores a humedad y pudrición. Nos retiramos de volada y nos tapamos la cara por instinto. Alguien nos dijo que lanzáramos un carbón encendido por si había gases y yo fui quien aventó una tea, pero nada pasó.
“La antorcha no se apagó y nos permitió ver que no era un pozo como pensábamos, era un hoyo como de tres metros. Po’s metimos una escalera y ahí vamos. Yo fui el primero que entró, mis hermanos como que eran más zacatones y no se animaban. Oiga, era como un cuarto, como un sótano, estaba húmedo pero no estaba lleno de lodo ni inundado. El techo era abovedado y de cantera con mucha rajuela. Las paredes de ladrillo, de un ladrillo chiquito y el piso como de piedra irregular de arena muy finita. Ese sótano tenía forma más bien rectangular, tirando al oriente y ahí se veía una puertecilla más chica, como de metro y medio de alto y cuando mucho unos setenta centímetros de ancho. Uno de mis hermanos bajó con una lámpara de carburo y así, ya con luz, fuimos hasta la puerta esa; pasándola había unos escalones que bajamos, como unos diez o doce, después un corredor largo, todo de piedra irregular. Nos animamos y pasamos por ahí. A mis cálculos ese corredor pasaba por debajo de la calle, por eso estaba mucho más profundo, y era más macizo. Esa parte sí estaba algo lodosa. Al final del pasadizo subimos otros escalones, eran menos y entramos a un salón mucho más grande.
“Este salón tenía columnas de cantera con arcos y unas como tumbas de cantera junto a las paredes, como bancos para sentarse o algo así. Del lado oriente se veía un arco chiquito, como una puerta, y también para el sur se alcanzaba a ver un arco parecido. Echando tanteadas de lo que habíamos caminado, hice la cuenta de que estábamos debajo de la casa donde había sido un colegio. Ya no quisimos caminar mas porque nos dio miedo todo ese lugar, subterráneo y tan grande, aparte que la lámpara de carburo no nos ayudaba mucho. De una cosa estoy seguro, de que de algún modo recibía ventilación, porque no estaba enrarecido el aire.
“En un rincón, del lado norte, había sillas y muebles viejos y creo que hasta floreros de esos finos que les llaman “timbores”. En ese rincón vi un envoltorio que me pareció sospechoso. Un bulto de cuero como de gamuza amarrado con ixtles. Uno de mis hermanos me dijo que no lo agarrara “a lo mejor es un muertito”. Pero lo palpé y no, se notaba más pesado, y me lo traje.
“Salimos y ahí en el patio de la casa abrí el paquete, el envoltorio era de cuero color verde, y luego envueltos en telas, que ya estaban medio podridas, encontramos papeles y dos libros con escrituras y sellos de los de endenantes. En un envoltorito saqué muchos billetes que no estaban tan deteriorados. ¡Ya somos ricos! Grité enfrente de mis hermanos, pero uno de ellos vio los billetes y dijo que eran como de juguete. Po’s fijándonos bien, traían al Tata Pachito de un lado y decían que eran del Banco de Zacatecas.
“Esos billetes me los compró una gente que compraba cosas viejas. Creo me dio cien pesos por todos. Me vio la cara de menso, porque aluego supe que en México los compraban como antigüedades de uno por uno. Los papeles por ahí andan todavía. A ver si se los traigo pa’ que los vea, los guardé porque están curiosos. Y los libros los tiramos a la basura, pos ni se les entendía nada.
“Antes de tapar el hoyo, nos volvimos a meter, ya con más lámparas, de eso le contaré la próxima vez que venga y me tenga paciencia pa’ oírme”.

1 comentario:

JAIME HERNANDEZ dijo...

EXCELENTE RELATO (La casa donde enterraron a los revolucionarios) OJALA Y PUDIERA SUBIR AL CONTINUACIÓN O MANDÁRMELA POR CORREO (jimbo_hc@hotmail.com) ME GUSTAN MUCHO SUS HISTORIAS FELICIDADES POR EL BLOG