domingo, 6 de julio de 2014

LA BURRA CARTERA

-Hay que llevar estas cartas a Jerez, pero los soldados de López tienen bien cuidados todos los caminos. –Dijo el jefe mientras pasaba la mirada por entre los cristeros de su tropa que a sorbos bebían el atole calientito y comían las gordas, también calientitas que doña Pelancha les preparaba en ese perdido rancho de la sierra de Juanchorrey.
-A mí ni me vea, los agraristas de Rodarte ya me tienen echado el ojo, si voy seguro que se pierden las cartas y me matan a mí. No es por miedo, pero si las cartas son importantes de segurito caerían en manos enemigas.
Nadie se animaba a hacer esa entrega epistolar, Doña Pelancha mientras torteaba gordas se atrevió a decir: -Po’s si quere, yo las llevo, al cabo ¿quen va a pensar que esta vieja gorda y fea lleva algo que los soldados quisieran conocer? Écheme esas cartas y lo que haya qué entregar, orita mismo me trepo en mi burrita y me voy con los carboneros pa’ que me hagan compañía pa’ Jerez.
-Po’s es muy riesgoso lo que dice, porque a usté ya también la train entre ojos. Pero po’s si quere ayudarnos, ai’tan las cartas.
Doña Pelancha para pronto preparó su burra, y antes de treparse en ella, se echó las cartas al voluminoso seno. Uno que la estaba viendo le dijo: -Oiga, no se eche las cartas entre las chichis porque si la esculcan se las hayan, mejor escóndalas en el suadero de la burra.
-¿Y a poco crees que me voy a dejar que me metan mano? ¡No! primero me matan que agarrarme mis carnes. Además, ya está muy soba’o eso de echar cosas en los suaderos de los animales. Pero te voy a hacer caso, las voy a llevar escondidas donde me dices.
De rato, la caravana de carboneros y doña Pelancha venían ya por el rumbo el Huejote, cuando se encontraron a una columna de agraristas. Para colmo, el jefe de ellos conocía a la gordera.
-¡Quihubo Pelancha! ¿Cómo le ha ido? ¿Qué le cuentan los cristeros que seguido van a verla?
-No señor, no he visto a naiden, todo está silencioso en la sierra.
-¡No se haga, pinchi vieja cabrona! –gritó el agrarista, un tipo cacarizo y grandote. -¡Si todo mundo sabe que usté es la que mantiene la revolución! Usté les da de tragar a los cristos en su casa, y si no van usté se las lleva a donde anden. Usté les lleva parque y armas, cartas, comida, dinero y hasta ropa. ¡A poco cree que somos sus pendejos!
-Mire, siñor autoridá agraria, si yo tuviera ese poder que me dice, para mantener el mundo, no viviría en la sierra, entre los coyotis y los animales, no andaría con estas garritas de ropa y traería siquiera unas garritas de huaraches, no que siempre ando a pata pelona.
Y el agrarista siguió maltratando a la mujer, amenazándola de muerte, diciéndole todo tipo de palabrotas, hasta que la hizo enojar y ella también le contestó en el mismo tono.
-¡Viejo cacarizo hijo de la chingada! A mí no me asusta con sus peladeces. Si me ha de matar, po’s jálele al gatillo. ¿O le faltan güevos? Si le faltan le presto a esa gallinita búlica que traigo pa’ que lo surta a diario. Y si me acusa de algo, po’s aquí ‘stoy pa’ que me compruebe lo que me dice.
El jefe de las defensas, no acostumbrado a que nadie le respondiera, hasta bufaba enfurecido, lo mismo que su caballo, que también bufaba.
-¿Entonces no me va a matar? Haga pues el favor de quitarse a la chingada, porque se nos hace tarde pa’ mercar cosas en Jerez y entregar ese carboncito. Si astedes no tienen quihacer, no entretengan a los que sí tenemos. Como se la pasan nomás de arguenudos criando nalga montados en sus matalotes.
Y acicateando a su burrita, la Pelancha se integró al grupo de carboneros que en la cercanía la esperaban expectantes, siguieron su camino y ya por las cercanías del rancho La Joya sintieron un tropel. Eran los agraristas que la vinieron a alcanzar.

Doña Pelancha se bajó de su burrita, agarró un machete que traía, y blandiéndolo retó a los defensas. –Bueno, ¿Ahora que chingada mosca les picó? ¡¿Ora qué queren? ¿Ora sí vienen con los tanates suficientes pa’ matarme?
-¡Mira Pelancha! Ya estuvo bueno que nos hayas sobajado tanto, Ora te vamos a esculcar pa’ que nos des lo que trais. Así que tú dices, por las buenas o por las malas.
-¿Y quién va a empezar? ¿Tú? Primero vas y esculcas a tu madre y luego vienes por mí. Y al primero que se arrime, ya sabe cómo le va a ir. Serán muchos, pero con uno que me despanzurre, me sentiré contenta.
-Mira Pelancha, ya no nos maltrates tanto, a nosotros nos mandan y tenemos que obedecer, así que tú sola desvístete pa’ ver que no trais nada.
La mujer se quitó el sombrero ranchero sacudiéndolo con fuerza sobre las piedras de un lienzo: “-Gorra jija de la chingada, ¿qué les robates a estos pendejos?
-A ver, desfájese las naguas y la camisa y el chongo.
-¡Piojos cabrones! ¡Despiértensen!- Dijo, mientras se sacudió la ropa, la trenza y todo cuanto portaba en su cuerpo, sin que cayera al suelo nada que la delatara. -¿Ya vieron que no traigo nada? Ora que si me queren ver encuerada encuerada, po’s no se les va a hacer. Crio’que tengo mis derechos y no serán güeyes como astedes los que me van a hacer esa humillación.
Los agraristas, rascándose la cabeza, y sin musitar siquiera un “asté perdone” se devolvieron por el rumbo de El Huejote. Los carboneros esperaron a que doña Pelancha se acomodara y siguieron su camino hacia Jerez. La burrita, como la dejó sin rienda, se había echado a correr, y la encontraron hasta la acequia de la alameda de Jerez, muy contenta triscando zacate.

De esa manera las cartas llegaron a su destino, a una casa de la calle Reforma, allá por la plazuela, gracias a doña Pelancha que no se las guardó donde pensaba y gracias a la burrita que corrió oportunamente evitando que la esculcaran.