viernes, 12 de septiembre de 2008

HAY DE GRITOS A GRITOS...

En septiembre todos nos “acordamos” que somos mexicanos, y presumimos de serlo, aunque no conozcamos nada de los hombres y mujeres que lucharon por darnos esta patria, que en estos días consideramos muy nuestra. Eso sí, nos pintamos de verde y rojo, compramos banderitas, adornamos con esos colores cuanto se nos viene en gana, aunque no sepamos el significado de ellos.
El 15 de septiembre de 1896, don Porfirio Díaz Mori instituyó la ceremonia del grito de Independencia, repicando la campana de Dolores que se colocó en el fronstipicio de Palacio Nacional, vitoreando a los héroes de esa lid y festejando además su cumpleaños Don Porfirio era algo ególatra además). Aunque la primera vez que se recordó fue el 16 de septiembre de 1812, en Huichapan, cuando Ignacio López Rayón celebró ese acontecimiento ocurrido dos años atrás, hecho que registró en su diario de operaciones.
En Jerez comenzó a celebrarse la ceremonia del grito desde 1897 y se acostumbraba que luego del grito, las autoridades y el pueblo dieran un paseo nocturno por toda la ciudad, con la actuación de la Banda de Música comandada por don Narciso Arriaga, además de que muchos disparaban sus pistolas al aire, porque “era noche de libertad”.
En 1910 como que ya se sentía el descontento del pueblo, porque el 15 de septiembre, luego del grito, el Jefe Político y las altas personalidades se encerraron en el edificio de la presidencia, pensando en que no sería conveniente que tronaran las pistolas, y no salieron a dar el acostumbrado paseo con la banda, enviando esa noche solamente un tamborazo de cinco o seis elementos para que acompañaran al populacho. Este indignado, comenzó a protestar y a hacer escándalo. Entonces los “carnitas” (así les llamaban a los policías tanto de a pie como de a caballo) trataron de dispersar a la multitud, pero los gritos de ¡Viva Madero! se multiplicaban. Los descontentos aventaban piedras contra las ventanas. Quebraron las lozas que había en la acequia en derredor del jardín, y los pedazos los utilizaban como certeros proyectiles. Bajaron a los “carnitas” de los caballos y les pusieron una soberana golpiza. Estos se defendieron con golpes de “Mondragón” (unos rifles chaparritos de calibre muy grueso). Al otro día se realizó el desfile con nutrida protección policíaca. Así se celebro el centenario de la independencia en Jerez.

EL SOL DE DON ALFREDO…

Luego de la revolución, el edificio de la presidencia estuvo abandonado, pues fue quemado el 19 de abril de 1913. Sus puertas estaban tapiadas y el interior completamente derruído. El presidente en turno despachaba en las oficinas que se habilitaron en una casona de la calle del Santuario (donde está actualmente el correo).
Fue hasta 1928 cuando se comenzó a reconstruir el frente de la presidencia. En aquellos años, se acostumbraba que algún personaje connotado diera un discurso antes del grito, para establecer el clima patrio entre los espectadores. Por muchos años tal encargo recaía en el conocido comerciante don Alfredo Reveles, un hombre bonachón, robusto y con una voz muy potente, enérgica y de trueno.
Don Alfredo tenía su comercio en la esquina de la calle Juárez y Portal Humboldt, y ese 15 de septiembre estaba muy entretenido platicando con sus amigos y tomándose sus copitas, sin acordarse de que tenía que ir al grito. Ya era muy noche, y como no llegaba, el presidente municipal mandó llamarlo con un policía, “Dígale a don Alfredo que ya es hora, y que la gente está muy inquieta, que se venga como de rayo”. Mensaje que fue transmitido, causando la molestia de don Alfredo que vio terminada su juerga, y así malhumorado, de mala gana y con unas cuantas copas de más, desde el balcón presidencial comenzó su arenga: “Era la noche de aquel memorable 15 de septiembre de 1810, cuando EL SOL de la libertad nos iluminaba…”. De abajo, se oyó que alguien le gritó interrumpiéndole: “¡Sería LA LUNA, don Alfredo!”. A lo que el comerciante rápido replicó con la voz más enérgica que nunca: “¡Sería tu chingada madre, pero de que nos iluminaba, nos iluminaba!”, causando la risa general y el chiflerío de toda la concurrencia, que ya no dejó terminar el improvisado discurso de don Alfredo Reveles.

DON BENITO NO ERA…

Ya casi para acabar la década de los treinta, le tocó dar el grito a un presidente municipal que ya se había echado sus buenos tequilas desde temprano, por lo que uno de sus ayudantes escribió en una hoja de papel los nombres de los héroes de la independencia que debía vitorear; pero el presidente, aparte de que ya andaba “mas pa’lla que pa’ca” casi no sabía leer, el ayudante tuvo que leerle los nombres a la hora de la verdad. ¡Viva Miguel Hidalgo!, ¡Viva José Maria Morelos!, ¡Viva Ignacio Allende!. Todo iba bien hasta que quien le dictaba al oído se tardó en deletrear el nombre del siguiente (Hermenegildo Galeana). Entonces, el presidente ya encarrerado de su propio peculio siguió gritando: ¡Viva Benito Juárez!, ¡Viva Francisco Villa!. Y el ayudante le jalaba discretamente del brazo y le decía “No, esos no, esos no son”. Hasta que esté se volteó indignado y le reclamó: “¿Cómo de que no, si tamién son héroes?”. Lógico que no era el momento para disertar sobre la independencia, reforma y revolución, siendo muy festejado con la burla del pueblo la ignorancia del mandatario . (El nombre del presidente no lo diré, pero una pista daré: era del Cerro Prieto).

OTRO QUE NO CANTÓ MAL LAS RANCHERAS…

Hace pocos años un presidente (que no lo era) dio un grito muy “sui géneris”, demostrando su completo desconocimiento sobre los valores cívicos y culturales de México: Desde arriba de una camioneta, enarbolando la bandera gabacha y la mexicana, con el sombrero puesto, voz aguardentosa y siendo muy aplaudido por sus seguidores que entonces se contaban por miles, y que iban atraídos solo por las dádivas. Por cierto, a esta persona se le revolvía todo el triperío cuando le mencionaban a Benito Juárez.

LOS GRITOS DE LA CALLE MINA…

Fue en la memorable noche del 15 de septiembre de 1956. Mientras todo mundo se apresuraba a acudir al jardín principal para la fiesta mexicana, doña Pola (que vivía en la esquina de Rosales y Emilio Carranza, junto al Oratorio y que era una de las más afamadas comadronas de Jerez) preparaba todo para el próximo nacimiento de un bebé que ya comenzaba a anunciarse. Y exactamente a las once de la noche de ese 15 de septiembre, daba por primera vez sus gritos ese bebé, llenando con su algaraza la sala de la casa marcada con el número 13 de la céntrica calle Mina, antes de las Higueras. Luego luego comenzaron las opiniones sobre el nombre. “Que se llame Ciriaco”. Y el bebé más chillaba porque no le convencía ese nombre, pero se impuso su mamá, doña Quica Félix: “Se va a llamar Luis Miguel”. Y Luis Miguel me llamo, aunque apodos tengo de sobra.