jueves, 23 de abril de 2009

EL SANTO SANTIAGO DE LOS CINTARAZOS

Ni me acordaba de escribir mi columna, con todas las fiestas navideñas, pachangas, tamalizas a que fui invitado, pero aquí estoy, un poco más gordito y listo para recibir el 2009...
Les contaré ahora la historia del Santo Santiago que se apareció allá por el rumbo de Los Félix... una historia algo ingenua, pero que habla del candor de quienes nos antecedieron:
Las morismas de Los Haro siempre han sido un motivo para que los habitantes de la comunidad luzcan lo mejor de sus galas representando a los diferentes personajes que se heredan de generación en generación. Y platican que un joven impetuoso que por primera vez le tocaba representar a un soldado cristiano, deseoso de que su participación fuera lo mejor posible, trajo a Jerez el peto y el yelmo de hojalata que había recibido de su padre. Debido a los enfrentamientos entre moros y cristianos, la armadura ya estaba toda aboyada además de que estaba opaca y sucia por la pátina del tiempo, por lo que se dirigió con el mejor orfebre, armero, y herrero de ese tiempo: don Pascual Torres.
Don Pascual, vio los objetos y aconsejó tirarlos a la basura porque ya estaban muy maltratados, pero ante la insistencia del muchacho porque se los arreglara, los examinó con detenimiento prometiendo tenerlos días antes de que comenzaran las morismas en honor del Arcángel San Rafael.
Pero... se pasaban los días y don Pascual no daba trazas de arreglar la armadura... hasta el día que comenzaron las festividades, muy temprano el muchacho y sus amigos le estaban tocando la puerta de su casa para que les entregara el peto y casco así como estuvieran. Malhumorado don Pascual se puso a pulirlas para que quedaran impecables.
-“¿Y cómo se las van a llevar? ¿A poco colgando en el caballo?. No, pos así las van a volver a maltratar”. Renegó don Pascual.
-Usté no se apure… me los llevo puestos- dijo el muchacho colocándose inmediatamente el peto y el reluciente y bien lustrado yelmo que en la parte superior mostraba un rojo penacho muy bien arreglado y cortado. Y así, montando en un caballo blanco que le había prestado su papá cabalgó por las calles de Jerez causando el azoro y la risa de la chiquillería que lo seguía alborozada. Sus amigos lo seguían también un poco mosqueados.
Ya cuando atravesaron el portón de la calle Tres Cruces, donde comenzaba el camino al Ranchito de los Suárez del Real o Ranchito de Guadalupe, emprendieron la carrera para llegar a Los Haro a buena hora.
“¡Pinchi viejo méndigo!, nomás por hacernos batallar, dende cuando me podría haber entregado mi casco y mi armadura, pero nomás nos tanteaba”- iba enojado contandole a sus compañeros, cuando por el rumbo de Los Félix, que oyen en la lejanía gritos pidiendo auxilio.
“¡Auxilio!, ¡ya no! ¡ya no me pegues! ¡por caridá ya no me pegues!” escuchaban los gritos de mujer acompañados de paralizantes alaridos.
-“¡Que joda le han de estar pegando a esa probe mujer!. Pérenme tantito, orita regreso!”
-“No, mejor ámonos, no te metas en lo que no te importa, ámonos pa’l rancho, que ya la morisma debe estar en su mero jugo”.
-“Déjen ir a ver a quien tan golpiando que se oye rete feo”. Y sin hacerle caso a sus amigo, espoleando su blanco caballo se dirigió a donde se escuchaban los gritos.
El cuadro que presenció era de un machismo muy común en ese entonces. Un encolerizado sujeto le estaba dando de cintarazos a una indefensa mujer tirada en el suelo, sin hacer caso a sus súplicas y ruegos. Pa’ pronto el del casco y armadura frenó su caballo haciéndolo relinchar y pararse en dos patas, apeándose de manera ágil.
-“¡Oiga amigo, no sea tan cobarde!. ¡No sea tan aprovechao! ¡Póngase con un hombre a ver si deveras las puede!”. Y quitándole el cinto al agresor, le dio de cintarazos en toda la espalda y trasero, hasta que este se revolcaba de dolor profiriendo también salvajes aullidos, mientras la mujer veía la escena con ojos desorbitados y sin atinar a decir palabra alguna. “¡Y si sé que vuelve a ponerle una mano encima a esta mujer, vengo y le doy otros cintarazos, viejo aprovechao!”.
Y así, luego de su quijotesca intervención se unió a sus amigos para seguir su camino a la morisma de Los Haro.
En Los Haro fue muy notoria su intervención, por el peto y el yelmo relucientes y que recién le arreglara don Pascual Torres.
Ya cuando se acabaron los festejos, el día 25 de octubre, se acordaron que con las prisas y los enojos no le habían pagado al herrero jerezano, y como presumían de ser muy honrados, se acompañaron a Jerez, pero ya sin llevar el caballo blanco, ni el yelmo ni nada.
“¿Vamos llegando con esa pobre mujer a ver qué pasó?” Les dijo a sus amigos, y todos sonriendo dijeron que sí… a ver qué cara les ponía el marido golpeado.
Llegaron a la casucha de la mujer pidiendo agua…
Una mujer sonriente los recibió y les comenzó a platicar:
“¡Toy bien contenta porque se me apareció el Santo Santiago cuando mi viejo me taba pegando!. Si vieran. Venía montado en un caballo blanco, celestial, como en la tierra no hay”.
-“¿Y como era él? ¿No se acuerda?” –Preguntaron los viajeros.
-“¡Era muy bonito, como un ángel, con su casco todo de oro y su armadura también de oro. Y me defendió quitándole a mi viejo el cinturón con que me pegaba, y a él le estuvo pegando, además le dijo que si volvía a golpearme volvería a castigarlo y lo echaría a los infiernos.
-“¿Verdá viejo que eso te dijo el Santo Santiago?”. Dijo, dirigiéndose al marido que trabajosamente caminaba trayendo un jarro con el agua solicitada, mientras se sobaba las nachas…
-“Y este domingo vamos a ir a Jerez a comprar una estampita grande del Santo Santiago pa’ ponerle su altarcito con muchas flores pa’ recordar que se apareció cuando yo lo necesitaba”.
Cuentan que por muchos años, en el hogar de esa mujer estuvo en la salita un altar con una imagen en cartulina del Santo Santiago, con su reluciente armadura y su yelmo de oro…

Don Manuel Guerrero es un amigo carpintero, a quien le gustan mis relatos, y que desde hace como veinte años me ha dado el privilegio de su amistad. Hace pocos días me pedía le diera información sobre el libro “México acribillado” de Francisco Martín Moreno, que es una novela histórica donde se relatan las causas reales de los asesinatos de los Presidentes de México. No he podido conseguir el libro, porque en las librerías de Zacatecas no lo hay. Si alguien sabe donde lo puedo encontrar que me diga… aprovecho para enviar un afectuoso saludo a don Manuel. Gracias por su amistad.