jueves, 23 de abril de 2009

LA ESCAMOCHA

Agradezco las aportaciones que quienes leen esta columna han hecho, para recuperar la historia de lo que ha sido el Carnaval Jerezano. Los relatos, documentos y las fotos que me han facilitado mucho servirán para lograr que no se olvide este evento. En próximos días seguiré molestando gente, así que si algún día tocan a su puerta, no se asuste, no es el cobrador de Elektra o el vendedor de nopalitos o el cieguito que pide limosna, soy yo que ando buscando fotos y papeles viejos.
Ahora les ofrezco un relato familiar, de cómo fue que se casaron mis tíos Pedro Berumen y Ramoncita Félix... y lo que es la “escamocha” con la que alivió su hambre don Pedro cuando anduvo en la aventura allá por el De eFe.

LA ESCAMOCHA
La de Ramoncita Félix y Pedro Berumen fue una boda no planeada y que se dio gracias a una singular circunstancia:
Resulta que Pedro pretendía desde hace tiempo a “Moncita”, como cariñosamente le decían, y ésta no se decidía a aceptarlo por el manifiesto rechazo que doña Tules, madre de Pedro, le demostraba, y en cuanto a los padres de ella, Don Rodolfo y Doña Francisca, tampoco les caía el yerno muy bien que digamos.
Salía ella del Templo de Nuestra Señora del Refugio acompañada de las niñas a las cuales les impartía el catecismo, primas todas entre sí y entre ellas sus propias hermanitas. Se disponía a llevar en peso hasta su casa a una de ellas impedida para caminar cuando se acercó Pedro muy solícito con la intención de ayudar.
Y aunque la tocó muy levemente en el hombro para dirigirle la palabra, ella se asustó y le gritó que la soltara. Las niñas que no entendían lo que pasaba se soltaron a llorar abrazándola por las piernas; Chita, con la imprudencia de sus pocos años corrió a la casa gritando: ¡Pedro agarró a Ramoncita!, ¡ya la agarró!
Mi mamá, que era de más acción, se prendió con los dientes de una de las posaderas del supuesto agresor obligándolo a emprender una confusa retirada.
¡Y se armó la escandalera por todo el rancho!
Esa misma tarde se llegaron los “propios” hasta la casa de la “ofendida” para en nombre de Pedro pedir disculpas y hacer saber que estaba dispuesto para “cumplirle”.
El serio señor que los recibió mandó llamar a su hija para que diera su consentimiento; ésta compareció toda llorosa y adolorida a causa del castigo físico y verbal (su regañada y su tanda de huarachazos) ganado por su coquetería y liviandad.
En la boda, a la que no asistieron ninguna de las hermanas y ni los papás de ella, se bailó el “Charleston” que estaba muy de moda y con música de una “radiola” traída por los braceros de los E.U.A.
Se comentó que los novios … “ay lo bailaron taaan bonito…” a lo que la nana toda enfurruñada solo comentó: “Ojalá y se les haigan rompido las patas…”
El perdón les llegó con los hijos y con la casa que Don Rodolfo compró para su hija en doscientos pesos “fuertes”, solo que la puso a nombre del yerno; circunstancia que con el correr del tiempo y el pasar de la vida dio como resultado que el menor de los hijos, Francisco Javier, la donara para que allí se hiciera el jardín de la iglesia, ya que los vecinos, al ver la finca sola (la familia completa había emigrado a Tijuana) se la repartieran equitativamente: quien necesitaba unos morillos, pues iba y los tomaba, que unas lozas, lo mismo; que las pilas de cantera, los adobes, y así toda aquella bella casona, hasta el último escalón incluyendo el “guardado” (monedas de oro) que encontraron hizo la felicidad de muchas gentes, menos la de sus dueños.
Ya encompadrados mi mamá y el tío Pedro, éste le reclamaba: “Ay Quica, aún tengo la cicatriz y la nalga todavía me duele…”; y entre esta y otras pláticas, ya que fue muy andariego y antes de irse definitivamente para los Estados Unidos trabajó en cuantas presas se hicieron por ese entonces en la región de Sinaloa, Durango y Zacatecas, incluyendo la del Ahuichote, platicó que su peor experiencia en la búsqueda de trabajo le pasó cuando fue a dar a la Ciudad de México. Pobre y sin trabajo conoció lo que era la “escamocha”, la cual describió así:
“Una mezcla de sobras de todos los platillos de los restaurantes: una revoltura de los sólidos con los líquidos, de las carnes con las sopas, de los frijoles con el caldo, de apariencia repugnante y se comercializaba principalmente en los alrededores de la Plaza de Garibaldi en unos bancos rudimentarios de largas tablas y frente a la mesa para la escamocha en donde estaban los platos, pero ¡clavados!. La “mesera” o escamochera llegaba y con un trapo sucio limpiaba el plato y preguntaba lo que se quería; y es que el precio de la porquería aquella se tasaba según lo que sacara el cucharón: si salía un pedazo de carne valía más, que si una papa, menos. Cabe decir que el sabor era espantoso –la revoltura de grasas frías con caldos, por ejemplo-, pero los pobres hambrientos teníamos que comer aquello para pasar el día. La buena “escamochera” nos consolaba diciéndonos que “… al fin y al cabo, en el estómago se revuelve todo” y que no le hiciéramos el asco a la comida porque era una dádiva de “Diosito Santo”.
QUE NO ME RIA... Me dicen que está bien que presente mis documentos históricos cómo a mí me de mi refregada gana, pero que no me burle, porque eso es lo que más calienta... p’os bueno, con este frío algo ha de hacer falta. Ya estamos trabajando (mi esposa Genny, mi hijo Tato, mi sagrado compadre Iván, mi sacrosanto compadre Alberto y yo) para elaborar las revistas de la Feria, (“MI TIERRA” y “JEREZ AQUI Y ALLA”) en las que como es costumbre, ofreceremos lo mejor de nuestros relatos. Aunque sabemos que esta Feria va a estar muy triste por la crítica situación que atraviesa Jerez, le vamos a echar muchas ganas, como siempre. Gracias a quienes con su patrocinio logran que nuestro trabajo llegue a muchos hogares jerezanos y del otro lado...