jueves, 23 de abril de 2009

ROSARIOS

El invierno parece que ya pasó, porque los días son frescos, lo que hace que añoremos la primavera, y recordemos la Feria, que ya viene. Seguimos con la elaboración de la Revista que desde hace ya casi veinte años ofrecemos a los jerezanos.
Me encontré unos apuntes que hablan de la fiesta de los toros, y ahí les va un fragmento:
“En los toros el “convite” era de lo más fastuoso, delante iba el payaso con un séquito de muchachos diciendo el consabido dicho ¡a los toros, a los toros, a reír a gozar aunque se vayan sin comer que de allá vendrán lo mismo ¡es verdad muchachos? siiii. A eso de la 1 o 2 de la tarde cada familia enviaba sus mozos con una alfombra para apartar el lugar de la familia fulana. Todas muy curras y a cual más elegantes que ya cuando estaba por dar principio la corrida parecía aquello un jardín de hermosas flores. Había toreros y picadores jerezanos, un Peralta, un José Ma. Díaz (a) El Ranchero, siempre andaba de charro, un Berriozábal hombre muy corpulento que cuando le mataba el toro su caballo le salía al toro a pie. Cuentan de este señor que fue con una cuadrilla a España y en el banquete le recibieron hizo a un lado los cubiertos y como le llamara la atención alguien, él contestó A PATA ES MAS SEGURO Y COMODO. Y ya en la corrida al ir a brindar la suerte al rey (que entonces era Don Alfonso XIII) se quitó el sombrero charro y le dijo A TU SALUD PELAO. Estaba en esta una compañía de comedias y se hospedaban en la casa #41 de la calle del Santuario, hoy Bizarra Capital donde los asistía la mamá de este señor Berriozábal y como ya tenían algunos días dando función y no le habían liquidado a la señora, esta temerosa que se fueran así como el mayate, le dijo a su hijo cómo le harían para que le pagaran. Una noche que fueron a cenar y ya para empezar la función Berriozabal cerró el zaguán con llave y se la guardó, y en eso salieron los cómicos desesperados, que ya era hora de empezar y ellos encerrados y entonces él muy pausadamente les dijo “SI NO LE PAGAN A MI MADRE NO HAY COLOQUIO” protestaron y a querer o no tuvieron que pagar…”.
Y como no tengo ganas de escribir esta semana, ahí les va otro relato del libro “Retazos de mi mantel”:

ROSARIOS

(Se pidió guardar el anonimato en la presente historia por tratarse de personas ampliamente conocidas, pero se relata por singular).

Después de amortajar a su madre y colocarla con cuidado en el féretro, ella con voz llorosa y desfallecida, en un arranque de ira e impotencia, declaró: “Me quedé vacía de oraciones… tanto he rezado. Creo que ya cumplí mi cuota de rosarios, así que no rezaré ni uno más…”
Y tomando las manos de la muerta las ató con aquel precioso rosario de cuentas de granate y coronas de plata, desgastado de tanto repasarlo entre los dedos durante la larga, desesperante y dolorosa enfermedad de la finada. Aquel ronco estertor que le brotaba del pecho, el ansia por respirar y la inutilidad de los remedios; se probó de todo: emplastos de sebo caliente, aceites de laurel y eucalipto, sahumerios de menta y tomillo, curas milagrosas, pócimas calientes, y sobre todo, novenas y novenas rogando por su salud, quizá fue lo que descontroló a esta santa mujer.
Se encerró en su habitación hasta pasada la novena y las misas gregorianas que en memoria de la difunta, y durante ese tiempo a la única persona que soportó en su compañía fue a su sirvienta Zoia, tal vez por el hecho de que por ser muda no la escucharía rezar.
Cuando por fin salió, enfundada en un riguroso y eterno luto, a hacerle frente a una vida que la aterraba por tener que hacerlo sola, parecía recuperada de una larga vigilia.
Adquirió sin necesitarlo, la costumbre de usar bastón. Un hermoso bastón finamente trabajado con el que marcaba a las gentes la mínima distancia a la que podían acercársele;
con el mismo mantenía a raya a los criados, marcaba con ligeros golpeteos la medida de su impaciencia y, asentándolo firmemente ponía el punto final a cualquier discusión sin esperanza de apelación.
Con el bastón hizo frente a la revolución: al ver la negra figura, alta, seca, semivelada, esgrimiendo con furia aquel estilete, los asaltantes se fueron sin tocar sus propiedades y mucho menos a sus sobrinas.
El incidente del funeral pareció olvidado y sus sobrinos y amistades al observar que la tía no poseía ninguno, le empezaron a regalar rosarios: por su cumpleaños, por navidad, cuaresma, o recuerdos de viajes, y así comenzó aquella gran colección de rosarios, desde los humildes de cuentas de madera, pasando por el cristal cortado, ágatas, perlas, ónices, y algunos engarzados en oro, rosarios traídos de Roma, Fátima, Lourdes y otros lugares de peregrinación de dentro y fuera del país.
Todos eran recibidos con la amabilidad y ponderación con que se acepta un regalo, daba las gracias, lo sopesaba entre las manos y luego a solas lo guardaba en un alhajero que destinó para ese único fin.
Cumplía con diligencia con sus obligaciones religiosas, asidua asistente a las ceremonias litúrgicas, colaboradora de obras pías, caritativa en la medida de su tiempo y haber, pero por increíble que parezca, no se le vió o escuchó rezar el rosario nunca más.
Al paso de los años, con la vida muy a su modo vivida, sintió llegar el fin de su existencia, y reuniendo a sus parientes y amistades más allegadas les suplicó muy encarecidamente le pusieran dentro de la caja, junto con su cadáver, todos sus rosarios.
Cuando la colocaron en la cripta, el mayor peso lo constituían aquella cantidad de rosarios nunca rezados; luego de algún tiempo dos de los sobrinos de los más calaveras decidieron que aquellos rosarios formaban un tesoro en efectivo que no debían dejarlo perder, y puestos de acuerdo fueron a profanar la tumba de la tía.
Grande fue su desencanto al no encontrar, además del cadáver, ni una sola cuenta, ni una cadenita, nada que indicara el paradero de lo que habían ido a buscar. Tal vez se les adelantaron en la idea o quizás la buena mujer se llevó sus rosarios para rezar en la otra vida lo que no quiso rezar en ésta.