miércoles, 29 de julio de 2009

LA CASA DE DOÑA ARCADIA

LOS PERIODISTAS DE OPORTUNIDAD. Quienes andamos de alguna manera dentro del ámbito de la comunicación, nos conocemos desde hace muchos ayeres. Y sin temor a equivocarme, estamos catalogados como trabajadores de tres generaciones. Yo pertenezco a la de los más vetarros, abanderada por Javier Torres, seguido por Gilberto, Castaño, Raygoza y otros. En la generación intermedia podemos anotar a apreciados compañeros, como Evodio, Silvia, Alberto, Tito Cortés, Iván y varios más. Y en la más nueva hay gente que ya tiene tiempo y experiencia en las tablas, como Guille, Sandra, Juan Carlos, Lalo, etc. Realmente no somos muchos, pero cuando es tiempo de campañas políticas, cuando se acerca el mes de junio, de no sé donde aparecen por kilos “periodistas” (así con comillas) que se creen la mamá de los pollitos, que presumen tener toda la experiencia del mundo, y se regordean en cuanto evento o comida hay sintiéndose los dueños de la verdad absoluta. Donde quiera andan con cámara en mano y grabadora en joda, haciendo preguntas de lo más estúpidas, para creerse el centro del mundo, pero… en ningún medio, en ninguna parte se ven los resultados de sus trabajos. Y así como aparecen, desaparecen luego que se acaba todo el barullo, las invitaciones y los obsequios… es más, hasta los hermanitos Díaz le dieron chanza a un nefasto y vulgar “payaso”, con lo que de plano se denigró el oficio del comunicador… pues para ser periodista se deben atender muchas, pero muchas cosas; hay que saber, decir y hacer las cosas en su momento, sin lastimar, sin denigrar, sin ofender, y el desgraciado aprendiz de payaso de todo mundo se mofaba. Qué bueno que se fue, junto con los Díaz. En el quehacer informativo jerezano seguimos los mismos de siempre. Pocos son los que han tomado con entusiasmo la vocación de la información, pocos son los que se han ido agregando al gremio en el que orgullosamente milito desde hace ya 38 años, cuando por invitación del Profesor Fernando Robles comencé a escribir mis primeras tarugadas en un periodismo juvenil, que sin embargo gustó a los jerezanos. Y aquí ando todavía tocando las campanas…
Recibí una carta de El Fuerte, Sinaloa, en donde dice: “De alguna manera nos sentimos hermanados con Jerez, y más ahora que acabamos de ser incluídos desde Febrero en el Programa de Pueblos Mágicos”. Felicitan a Jerez, y me envían un bonito ejemplar de leyendas e historias de aquel lugar, les convido de una, que me pareció muy similar a otras que he oído de aquí:
LA MISTERIOSA CASA DE DOÑA ARCADIA
Don Porfirio Quintero quién llegó a El Fuerte en el año de 1906 como encargado de la oficina del Timbre (Hacienda) en el gobierno porfirista del Gral. Francisco Cañedo como Gobernador de Sinaloa, se quedó en esta ciudad para siempre ya que aquí le fue de maravilla pues corrió con gran suerte al ser partícipe directo de acontecimientos en que la fortuna estuvo de su parte.
Esto le dio oportunidad de poder comprar en 1921 una casona colonial, ahí viviría don Porfirio el resto de su vida. La mansión citada venía arrastrando desde un siglo atrás una misteriosa leyenda de fabulosos tesoros escondidos en ella, así como de crímenes horrendos cometidos por sus primeros moradores.
Bueno, Don Porfirio al adquirir la finca, comenzó a restaurarla y acondicionarla para dedicarse a disfrutar de una placentera vida al lado de su joven y hermosa compañera. su esposa Carolina.
En uno de los cuartos de la casona, a Don Porfirio le extrañó que la vieja pintura que cubría una de las paredes no se veía pareja, es decir, claramente se marcaba un rectángulo donde la pintura adquiría otro tono, como si una pequeña ventana hubiera sido sellada y el nuevo enjarre se diferenciara del antiguo u original. Pero una cosa más le extrañaba a don Porfirio, aquel misterioso rectángulo se encontraba a una altura no apropiada para que hubiera sido ventana pues en aquella altísima pared de cinco metros, la mancha se dibujaba como a cuatro metros o sea cerca del techo.
Así anduvo Don Porfirio con aquella carcoma pero dejó pasar el tiempo, después otro detalle le llamó poderosamente la atención, se dio cuenta que aquella pared "ciega" que dividía dos grandes cuartos tenía dos metros de espesor mientras que en el resto de la casa los muros eran de poco menos de un metro.
Esos detalles, hicieron que don Porfirio se decidiera a investigar a fondo el asunto, puso a un trabajador de su entera confianza encaramado en una escalera a romper la pared donde se dibujaba el parche sobre la vieja pintura que ya contamos.
La demolición aquella no fue difícil, inmediatamente quedó al descubierto un enorme hueco hacia abajo entre pared y pared, utilizando lámparas de mano se trató de "afocar" aquella oquedad, pero la visibilidad no fue buena, algo había en el fondo indiscutiblemente, pero no se podía precisar. ¿Qué hacer?, simplemente romper la pared más abajo, cerca del piso y salir de aquella duda, de aquella emocionante curiosidad que envolvía a los participantes. Pues manos a la obra, se hizo la horadación del grueso muro y la tarea tuvo éxito, las bien fundadas sospechas de don Porfirio de que ahí había algo fueron comprobadas. Dicen, apareció ante su vista un enorme y fabuloso tesoro en barra de metal precioso y monedas de oro que ahí había sido depositado a granel, el cual se "desgranó" libremente por la rotura, para gran sorpresa, susto y emocionante satisfacción para aquellas dos personas.
Esa es la versión que la gente vieja de El Fuerte contaba con gran seguridad y que según parece sucedió en la década de 1930 y hubo detalles posteriores que indicaron que aquel hallazgo fue de proporciones muy considerables por su magnitud.
Como por ejemplo quienes en aquel tiempo eran chamacos de ocho y diez años y muy amigos de Nazario el hijo varón único de Don Porfirio, cuentan que éste con toda la inocencia que da la niñez les narró a sus compañeritos de juego que en su casa su papá había sacado mucho dinero de una pared, esos niños eran Chico Barreras y el Cheque Orozco (+).
Luego también algunos viejos policías de servicio nocturno de esa época como Severo "El Pitoto" y su hermano Filemón contaban que a media noche llegaba a El Fuerte un misterioso vehículo de forma y características no usual, no como los demás carros muy pocos por cierto- que en la ciudad circulaban. Este vehículo se paraba frente al zaguán de la casona después de las doce de la noche cuando el servicio de luz eléctrica municipal se suspendía, y empezaba a ser cargado con cajas de madera no muy grandes y al parecer algo pesadas. Esta tarea se realizaba con gran sigilo y movilidad, así como a las dos horas carro enfilaba en aquella oscuridad por la calle Obregón rumbo a la salida a Los Mochis.
Bueno, vamos a suponer que todo esto tenga algo de cierto, que no sea una más de las leyendas de El Fuerte, pero ¿y quién emparedó ese fabuloso tesoro y porqué lo dejó ahí?
Quizás esta interrogante tenga respuesta si le hacemos caso a la vieja leyenda que cuenta de un "sucedido" que ya nadie recuerda pero que dicen fue palpable realidad.
LLEGAN LOS CONDES DE RETES
A principios del siglo XIX, cuando todavía no éramos nación mexicana sino la Nueva España, se dice que llegó a América una pareja de jóvenes esposos pertenecientes ambos a la nobleza española, y se vinieron a radicar directamente a El Fuerte, con el propósito de comerciar con metales preciosos, es decir ellos con una disponibilidad amplia de dinero comprarían aquí oro y plata para enviarlo a España por el único medio de transporte de entonces o sea por mar, con los riesgos y peligros que ello implicaba. Por principio de cuentas edifican una gran mansión obviamente de estilo colonial y ahí comienzan su preciada tarea.
Es tan vieja la leyenda que el nombre de él se perdió en el olvido, sólo se sabe que pertenecía al linaje de los llamados Condes de Retes, en cambio el de ella si se conserva en la memoria, se llamaba Arcadia González.
Como en esos tiempos las cajas fuertes no se inventaban, la pareja optó por hacer una bóveda en medio de dos cuartos levantando una gruesa contrapared y dejando en medio la oquedad requerida. Cuando aquella original caja de seguridad quedó terminada, se le dotó de una pequeña ventana en la parte alta y por ahí empezaron a vaciar a granel barras de oro y plata, así como monedas de alta denominación en oro. Para llevar a cabo esta tarea de compra y almacenamiento se tardaban años, para así completar un buen cargamento y enviarlo a sus contactos a España.
La armonía y felicidad de la pareja hubiera sido completa a no ser por una sola cosa: no pudieron tener hijos. Esto provocó una gran frustración en los dos, dando por resultado ciertas desavenencias que mermaron la buena marcha de aquella relación.
En la casa tenían a su servicio una bella doncella sierreña y sonrosada que se había traído del rumbo de Batopilas a donde viajaban seguido a hacer sus arreglos de las compras de oro y plata.
Aquella joven pronto salió embarazada por culpa del patrón, esto lo supo perfectamente la esposa y para "desembarazarse" de aquella situación que sería una gran vergüenza ante el aristocrático círculo social que les rodeaba, el español optó por desaparecer a la sirviente a la cual se dice envenenó y sepultó clandestinamente en un lugar oculto en la mansión, y propalando por supuesto la versión de que la joven se había ido para su tierra.
Pero este caso se repitió con otra joven en iguales circunstancias y con los mismos resultados. Esto por supuesto indignó en grado superlativo a su esposa Arcadia, y las relaciones conyugales tomaron cariz tenso y hasta peligroso; no tuvo vuelta, a eliminar también a esta otra; él quizá pensaba así como había eliminado a las dos mujeres hacerlo igual con su esposa para así rehacer su vida con quien sí pudiera darle hijos, cosa que era su gran preocupación, pues cómo se iba a cortar la dinastía de los Retes. Ella por su parte no dormía con el temor de correr igual suerte, ya que a esas alturas nadie podría haber asegurado que la salud mental de uno o de los dos cónyuges seguía siendo cien por ciento normal. Con ese estado las cosas, en esa tensión constante, la hermosa Arcadia una noche lo decidió todo.
A la siguiente noche ya estaba velando el cuerpo del apuesto Conde de Retes, quién horas antes había muerto repentinamente de una fuerte intoxicación. Le pegó "congestión" dijo la gente, efectivamente lo habían "congestionado" tres diminutos gramos de estricnina aplicada cuidadosamente en la comida.
La bella Arcadia mando embalsamar el cuerpo de su "querido" esposo y cuando estuvo listo, cerró el portón que era la única entrada a la mansión y así cuerpo y dama se fueron a la capital de la Nueva España, a la ciudad de México, y de ahí lo llevó a Veracruz embarcándose en ese puerto rumbo a España naturalmente. Toda esta etapa hasta aquí narrada debe haber transcurrido entre 1800 y 1810. Doña Arcadia preparaba su viaje de regreso acá en México cuando a un cura se le ocurre prender la mecha de un movimiento independentista, esto hace que la dama suspenda obviamente su regreso, pues la cosa se ponía fea en verdad, ese cura de nuestra historia todos sabemos que se llamó don Miguel Hidalgo y Costilla. Y como la guerra de independencia duró once años, fueron al parecer los mismos que doña Arcadia permaneció en España sin poder volver acá al Fuerte, todo ese tiempo su casa permaneció cerrada y su tesoro ahí incólume durmiendo el sueño de los justos.
Llegó el año de 1921, México recobró su libertad que por 300 años había perdido; españoles y otros extranjeros pudieron nuevamente viajar sin sobresalto por el nuevo país que tomó el nombre de República Mexicana; y entonces la ahora otoñal doña Arcadia un día se apareció por El Fuerte, abrió el oxidado portón de su casa, abrió las espaciosas habitaciones y demás piezas que componían la propiedad, donde se percibía un fuerte olor a humedad, se dio a la tarea de dejar su casa como antes y prosiguió con su antiguo oficio de comprar metales preciosos que iba almacenando día con día, sin ninguna prisa en el lugar de siempre.
Echándole números al asunto podemos sacar las siguientes conclusiones: Si doña Arcadia regresó cuando ya se habían aplacado los ánimos y los disturbios de la guerra, debe haber sido por 1825, en la fecha ella debe tener de 45 a 50 años; luego como se dice que permaneció trabajando en El Fuerte algunos años. Así vivió doña Arcadia como única dueña de aquello tan oculto pero que todo El Fuerte conocía o al menos sospechaba.
Un día Doña Arcadia tapó cuidadosamente la entrada de su preciada bóveda, la enjarró, cerró el zaguán y se fue de viaje a la capital de lo que había sido la Nueva España, la ciudad de México, que orgullosamente ostentaba hoy el titulo de Capital de la República Mexicana, aunque regida por un dictador como lo fue el General Antonio López de Santa Anna; Se cuenta que Doña Arcadia ya no volvió, que desapareció misteriosamente y que su casa no se abrió en muchos años; otros dicen sin asegurarlo, que Doña Arcadia murió en El Fuerte y que al no tener familiares aquí, la casa fue cerrada por las autoridades pasando así mucho tiempo, de tal manera que quedó sin dueño por mucho tiempo y como el país ya independiente siguió en guerra no hubo reclamación de nadie por la propiedad.