miércoles, 29 de julio de 2009

UNA LEYENDA DEL BARRIO DE SAN PEDRO

En el oriente de la ciudad, muy cerca del Río Grande existe una calle, en pleno corazón del barrio de San Pedro, conocida actualmente como “Degollado” y me platican los que ahí viven que desde siempre esa calle ha llevado su nombre, antiguamente era parte del rancho de San Pedro (el caserío del rancho de San Padreo estaba ubicado en la primera y segunda manzanas de la calle que se conocería como de “San Pedro” y hoy Nicolás Bravo).
Yo creía que a esa calle se le había puesto el nombre de “Degollado” en honor al general juarista Santos Degollado, aunque no he encontrado documentos que avalen ello, pero también hay una leyenda extraña que apenas recuerdo, que me dicen es el origen real de la calle.
Hace ya muchos años, cuando salía de la escuela, me impresionaba mucho una anciana que en una pequeña mesa de tijera vendía naranjas y manzanas sanjuaneras con chile piquín y que eran las únicas golosinas a las que podíamos aspirar en ese entonces. La viejita hablaba suave y en los ojillos que apenas se le veían entre las arrugas, se le notaba siempre una sonrisa indescifrable.
Mis compañeros de escuela me decían que no comprara nada con ella, porque era bruja y encantaba lo que vendía. ¿A poco de verdad será bruja? Me preguntaba, pero la curiosidad infantil era más grande que el miedo y poco a poco fui conociendo más de esa persona. Doña María, le decían, y por el respeto hacia los mayores que me inculcaron mis padres, siempre le saludaba “Adiós doña María, buenas tardes”. La viejita sonreía y agitando su descarnado brazo correspondía a mi saludo. A veces por la tarde, cuando me enviaban a comprar la leche con don Antonio Morales, todavía me la encontraba, sentada en una sillita de mimbre y con su mesita con mercancía que no había vendido.
Mientras llegaba el carretón con la leche recién ordeñada, me sentaba en cuclillas a un lado suyo o en la banqueta, para escuchar mucho de lo que ella recordaba. Le gustaba contar cuentos de espantos, me decía de las luces que se miraban en el panteón de Dolores cuando era niña, y también de las veces que había escuchado los lúgubres lamentos de la llorona y cosas así, que por supuesto yo no repetía ni contaba a mis padres, porque seguro que me prohibirían el ver a doña María.
Una tarde, la noté como desesperada, cansada y me pidió que de favor le ayudara a llevar sus cosas a su casa porque el niño que se las llevaba no había ido y se sentía mal. Yo traté de evadirme, porque no sabía donde vivía, y además si me tardaba, “Santa Rita” me esperaba en casa con todo su rigor. (Santa Rita era una correa con la que mi mamá domaba a toda la jauría, yo siempre que podía la echaba al pozo, pero cuando sacaban agua, la maldita correa salía, bien mojada y bien curtida).
Le ayudé a levantarse, y recogí su mercancía en una bolsa que le entregué, mientras me cargaba con la mesita y la sillita. A mis diez años me pareció que fueron muchas calles las que caminamos, hasta que llegamos a una casita hecha de adobes, con una vieja puerta de madera. Recuerdo que solo era una pieza pequeña, como sala, y atrás una especie de pequeño corral. Yo para no perderme le pregunté que como se llamaba esa calle. “Degollado, siempre se ha llamado así”. “¿Y por qué se llama así?”. “Si mañana vas más temprano, te cuento la historia”, me dijo mientras se sentaba.
Al siguiente día, hice mi tarea lo más pronto posible, y hasta inventé una excusa para que me dieran pronto el dinero de la leche. En cuanto pude, ahí estaba con doña María, esperando con angustia lo que sabía sería un sabroso relato. Todavía, parece que escucho la voz cascada de esa anciana contándome esta historia.
“Yo era una chamaquilla, un poco más chica que tú, y mi madre me envió con una de mis tías para que le ayudara a limpiar la casa, porque ella se había caído y casi no podía ni caminar. Esa tía Eustolia vivía cerca de mi casa, pero entonces era como un ranchito, había grandes arboledas y unas pocas casas. Le decían el rancho de San Pedro. Mi mamá decía que por la caída a lo mejor mi tía ya no duraría mucho, que le ayudara en lo que pudiera. Timoteo creo que también lo sabía, él era mi primo, hijo de mi tía pero que no vivía con ella, pero en cuanto supo que estaba encamada, luego se dejó venir como zopilote porque quería quedarse con las dos casas de mi tía, una donde ella vivía y otra un poquito más adelante, en la entrada de un huerto, propiedad de su mamá Eustolia. Timoteo me decía muchas groserías, que yo era una metiche y arrimada, y me hacía malas caras, pero yo aconsejada por mi mamá ni lo volteaba a ver y lo dejaba que siguiera diciendo sus majaderías.
“Una noche, Timoteo llegó bien borracho, maldiciendo, gritando y pateando. Mi tía, que tenía su carácter, lo corrió y lo envió a dormir a la otra casa; éste, bien endiablado le gritaba que ya era hora que se fuera muriendo, que no la iba a seguir aguantando. Y se fue Timoteo. A lo lejos, entre el ladrar de los perros se podían escuchar sus gritos, maldiciéndonos a las dos.
“A mi me dio mucho miedo eso, porque era una niña apenas, pero como pude me dormí. Al siguiente día, salí tempranito con mi mamá para que me diera tortillas y algo para darle de desayunar a mi tía, cuando me topé con unas señoras que espantadas admitían que habían escuchado por la noche la carreta de la muerte. Paré oreja pues me asustaba todo eso, y oí cómo decían que cuando se escuchaba el rodar de esa carreta de ruedas de fierro no tardaba alguien ni tantito en morirse. Pensé en mi tía Eustolia, y me fui con mi mamá, contándole todo lo que había ocurrido y oído. Mi mamá me tranquilizaba diciéndome que esas viejas se espantaban hasta de su sombra y que no creyera en esos cuentos, porque no dejaban nada bueno. Le platiqué también lo de Timoteo y me dijo que ese tenía ya un pie en el infierno, y que era un desgraciado.
“Por la tarde, regresó mi primo a la casa, muy furioso reclamándole a su madre que si lo había corrido para qué fue a tocarle toda la noche y a rogarle que volviera. Mi tía, sorprendida le decía que ella no se podía mover y él le contestó que no era estúpido, que conocía muy bien su voz y que lo estuvo llamando toda la noche. Ella le respondió que era su conciencia, que le indicaba que hacía mal. Timoteo se fue más enojado y al salir le dijo a su mamá que la iba mejor a matar para que no lo siguiera molestando.
“Pues toda esa noche lloramos de miedo mi tía y yo, que no me animaba ni siquiera a salir a hacer del cuerpo al corral, por miedo a que Timoteo estuviera por ahí. En cuanto amaneció, fui con mi mamá porque quería decirle que mejor se llevara a mi tía a la casa y a mí, porque no aguantaba más. En el camino, me encontré a las mismas señoras del día anterior. Y ahí estaban a cuente y cuente, que habían oído la carreta otra vez. Una dijo que se oyó como si se dirigiera a la casa del huerto de mi tía. Me devolví con mi tía y al verla que dormía, muy valiente fui a la casa de mi primo, me caía muy mal pero no era para dejar que se muriera. Ahí estaba dormido Timoteo, bien borracho, le hablé despacito para que no se fuera a enojar y me quedara sin decirle nada. Se despertó diciéndome que me largara. Yo como pude le dije que se había oído la carreta de la muerte y que si se asomaba ya no iba a durar para otro día, pero él soltó una estruendosa carcajada y me corrió aventándome uno de sus huaraches. En casa de mi tía, no hice otra cosa que rezar para que nada malo le pasara y compadecerme de su suerte.
“Como la anterior noche no había podido dormir, en la tardecita estuve durmiendo, pero de pronto sentí que me jalaban de los pelos y entre golpes y gritos reconocí a Timoteo, que me decía que no volviera a molestarlo por las noches, que no iba a creer esas patrañas. Mi tía como pudo intentó levantarse para defenderme, pero en su intento cayó al piso, el muy cobarde salió corriendo de la casa pensando que su mamá se había muerto. Yo como pude la levanté y estuve con ella hasta que abrió los ojos asegurándome que estaba bien.
“Pasaron varios días sin que Timoteo nos molestara, pero una tarde volvió diciendo que una de las dos había estado tocando en su puerta toda la noche y hablándole, que nos iba a matar a las dos. En eso mi mamá, que iba llegando a buscarme, oyó todo y le dijo muy seria y con mucha energía a Timoteo que todo lo que le ocurría no podía ser otra cosa mas que las respuestas a sus malas acciones. Este trató de vieja loca a mi mamá, gritando que era cosa de tarados el creer que fue el diablo o la muerte a tocarle la puerta. Mi mamá todavía le dijo que por nada del mundo abriera la puerta ni se asomara a la ventana por la noche, pero él, más necio que una mula, le advirtió que si seguíamos molestándolo, también a ella la iba a matar.
“Con la ayuda de unos vecinos, nos llevamos a mi tía a la casa de mi mamá, por el miedo que nos invadía a las tres. Esa noche, un grito horrible rompió el silencio de todo el ranchito, los perros aullaban como locos, y el viento azotaba las puertas y ventanas. Todos nos despertamos ante aquel desgarrador grito. Mi tía Eustolia, llorosa, le pidió a mi mamá que fuera por un vecino para que le dieran una vuelta a Timoteo. Y seguía llorando como si presintiera algo. Fueron varios los vecinos que se animaron a ir a la casa de la huerta, pero a los pocos minutos volvieron cabizbajos.
“Dicen que lo encontraron en la puerta, con el cuello partido en dos y con una mueca de terror en los ojos. Nosotras sabíamos que la muerte lo había degollado, y no nos quedó otra que rogar por el alma de Timoteo, para que descansara en paz y no anduviera apareciéndose como espanto por la muerte tan horrible que había sufrido. Y por muchos años, cada vez que alguien iba a morir allá por mi barrio, se escuchaba el galope de un caballo junto con el rechinar de ruedas de una vieja carreta, y que desde la casa del huerto se escucha un grito que nos horrorizaba, y todos aseguran que es el alma atormentada de Timoteo, que con terror se topa cara a cara con la muerte”.
Así terminaba el cuento doña María, la viejita que vendía naranjas y manzanas sanjuaneras y me atemorizaba con sus historias que ahora comparto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

muy buena leyenda yo soy de jerez y jamas la habia leido

mas de lo que buscas dijo...

Sentarse a platicar con las personas mayores es una delicia