viernes, 6 de noviembre de 2009

DON FERRUCO EL DE GUADALAJARA


Dicen los lectores que están en contra de la publicación de esta columna, que soy un ardido, que no valgo nada, que los del seguro son nobles y puros, que nunca llegaré a ser regidor porque los regidores son políticos y muy cultos. Y además, que ya estoy peor que don Ferruco.
Pues sí, les doy la razón, los regidores son bien políticos y muy cul..tos. Yo por ejemplo, en mi afán de conocer la historia de Jerez, ando en joda visitando los monumentos representativos de la arquitectura civil y religiosa, viendo con tristeza como se van destruyendo. Voy al panteón a revisar las lápidas de los monumentos funerarios para reconstruir diversos episodios históricos. No como un regidor de triste memoria y de grandes bigotes, que utilizaba el panteón para ir a miarse. (En el mejor de los casos). Ni modo, mis acreedores tendrán que comer sin manteca otra temporada, porque todavía no tengo lana para pagarles. (Los que más friegan son los del banco, que todo el día se la pasan hablándome por teléfono y amenazándome con veintitrés maldiciones gitanas si no les pago).
Y que estoy peor que don Ferruco… me dejaron pensando, porque ni idea de quien fue este personaje, así que me di a la tarea de buscar, y encontré que en las tablas de la lotería, cuando se mencionaba a “El Catrin”, se gritaba: “Don Ferruco es un catrín / que viste de sobretodo/ y al dar la vuelta en la esquina/ se fue de hocico en el lodo”. Pero como yo no soy catrín, seguí buscando y me encontré esta narración de tierras tapatías:
DON FERRUCO EL DE GUADALAJARA
Un personaje muy original y popular que diariamente caminaba las calles de la entonces bella Guadalajara era don Ferruco, a quien casi nadie conoció por su nombre, pero todos lo llamaban con este apodo que le endilgaron desde su llegada a la perla tapatía. Algunos aseguran que un grupo de muchachos del lejano barrio del Jicamal le dieron el apodo, y otros que fue su suegra, que nunca lo quiso bien… Cuando comenzó a usar bastón, dicen que las autoridades de Guanatos le entregaron un pergamino con el título de “Don”.
Los etimólogos han escrito verdaderos galimatías sobre el origen de este vocablo. “Ferruco” es para unos, diminutivo de Francisco, para otros es corrupción de Fernando; sin embargo otros dicen que es un nombre arbitrario, como “tortonbiocho”, “ancheta” “gurguñate” que pueden significar muchas cosas. Pero algunos viejos tapatíos aseguran que se llamaba “Rosalío”.
En los periódicos y hojas sueltas de caricaturas que se publicaban con motivo del día de muerto, nunca podía faltar don ferruco y en la lotería que editó la casa “Loreto y Ancira” se presentaba una imagen de don Ferruco.
Dicen que era sordomudo de nacimiento y que procedía de una numerosa familia de sordomudos, de apellido Jaso, originarios de las barrancas de Atenquique. Ferruco se crió en Tonnia, Jalisco, vivió sucesivamente en las ciudades de Zapotlán el Grande, Sayula y en las haciendas de Huexcalapa y Santa Cruz del Cortijo, donde era muy querido por los empleados por ser hombre de muy buen corazón, de una conducta intachable y porque a todos se mostraba de buen humor y dispuesto a sufrir con paciencia las travesuras de los demás.
La suerte se mostró a “Ferruco” demasiado propicia: protegido por una acaudalada familia de Guadalajara, no tuvo que preocuparse por su propia subsistencia: ni alimentos, ni vestido, ni habitación llegaron a faltarle desde entonces.
Con singular confianza entraba en los establecimientos mercantiles de mayor importancia, a conversar a señas con los dependientes y pedirles alguna prenda de ropa que él siempre sabía utilizar, aunque fuera una cosa enteramente pasada de moda o impropia de su edad y condición. A veces se le daban en calidad de anuncio, algunas cosas nuevas y en buen estado.
Rara vez faltaba los domingos al paseo de los portales y casi todos los días se presentaba en la Plaza de Armas, a “flechar” a cuantas muchachas bonitas concurrían al expresado jardín, se divertía en los cines sin necesidad de boleto, ocupaba siempre uno de los mejores lugares en catedral, en puestos de agua fresca le regalaban vasos de “tepache” (dándose por bien pagadas a las vendedoras con el rato de diversión que el buen sordomudo les proporcionaba), los peluqueros generalmente lo afeitaban gratis y lo mismo sucedía en los tranvías sin que los conductores le obligaran a bajar.
Pasó sus últimos días en el hospital de San Camilo, pensionado por la familia Fernández del Valle.