viernes, 6 de noviembre de 2009

EL SANGUINARIO BANDIDO EPITACIO BAÑUELOS

NEGLIGENCIA CRIMINAL
No se me ocurre otro adjetivo para calificar la indiferencia y falta de atención en la clínica local del Seguro Social, misma que culminara en el fallecimiento en días pasados de una persona joven, productiva, con hijos pequeños y una joven esposa que llora su fatal pérdida. Ya en todos los medios de comunicación se ha hablado de este lamentable hecho, por lo que no abundaré en el hecho. El Director de la clínica está ahí “nomás” y a lo que se ve, es el último de enterarse de lo que en su entorno ocurre. Los voceros del IMSS podrán asegurar que todo está bien, que se actuó como se debía, pero los jerezanos que somos derechohabientes sabemos que no es así. Es más, cuando estamos en la clínica, para hacer más llevaderas las interminables horas de espera, hasta apuestas cruzamos para determinar cuál de las recepcionistas es la más gritona, o la más irascible o la más déspota. Eso es una muestra del peor burocratismo, del “valemadrismo” puro. Y no se diga a la hora de almorzar o comer. No importa que llegue alguien con un cuchillo atravesado de pecho a espalda y escurriendo sangre. No lo pelan, ni siquiera lo ven para que no les eche a perder su apetitoso almuerzo. La ambulancia no sirve para trasladar enfermos, la usan para transporte de triques, pero pacientes, no. Yo ya tengo como 30 años manteniendo con mis cuotas a estos zánganos (porque de esa forma se portan) y siempre que me toca acudir a llevar a algún familiar me da tristeza, impotencia y rabia el trato que se nos da, peor que si fuéramos a pedir limosna.
Aclaro, hay médicos y enfermeras, tanto aquí como en Zacatecas, que procuran hacer su trabajo lo mejor que pueden, y creo justo reconocerlo. Cuando Tato (mi hijo) se quebró su pata y necesitó operación, la atención de los médicos fue inmejorable, la tramitología burocrática fue salvada gracias al conocimiento de mi sacrosanto compadre (Alberto Esquivel) y de Genny (mi esposa). Yo nomás fui a pelearme con el de la ambulancia, con un pendejo y entrometido afanador y con un guardia de seguridad que se arrimó por si algo se les ofrecía a sus compas. Pero es que soy de pocas pulgas, malhablado y las injusticias me encabronan…
EL SANGUINARIO BANDIDO EPITACIO BAÑUELOS
Y ya que saqué todo el rencor, a lo mío: Me platicaron hace tiempo una leyenda, que no tiene muchos visos históricos, sobre el cerro del Tajo, tantas veces explorado por mí, y “como me la contaron, se las cuento”:
Epitacio Bañuelos era un bandido de esos gachos, sin alma (como los del IMSS seguramente). Sembró el pánico y la muerte en la región comprendida entre Villanueva, Susticacán, Tepetongo y otras rancherías cercanas a Jerez. Capitaneaba una numerosa banda, y tenía su centro de operaciones en el cerro de El Tajo, muy cerquita de La Gavia. El era nacido en el rancho de Los Muertos, y acostumbraba vestir de gamuza, con pantalones chinacos, chaquetilla y sombrero de fieltro de copa “apiloncillada”.
Entre las maldades de este angelito y sus compinches se dice que asaltaron la hacienda de Buenavista en 1870, matando al caporal y robándose –entre otras cosas- cuatro caballos muy finos, que fueron a vender hasta la feria de Aguascalientes. Secuestraron a don Arcadio Gamboa, vecino de Jerez, pidiendo a sus familiares mil pesos en oro a cambio de su vida. Dicen que los mil pesos sí se los dieron, pero de don Arcadio jamás se volvió a saber. Hasta a unos arrieros que venían por el camino real de Guadalajara les quitó quince cargas de maíz y tres de frijol. Asesinándolos porque él creía que la carga que llevaban era de cosas más valiosas. El 24 de marzo de 1872, se le hizo fácil asaltar a una conducta de 100 arrieros, cerca de Machines, en las goteras de la hacienda de Malpaso. Pero los arrieros se defendieron a pedradas, resultando de todos modos 4 arrieros muertos y 14 heridos graves. La gavilla de Bañuelos desde entonces vino a menos, pues doce de ellos murieron apedreados.
Cuando lo perseguían, siempre se pelaba por los rumbos de El Tajo. Y en muchas ocasiones se iba por la sierra de Susticacán, por el rumbo de Talticualoya, donde conocía a la perfección todos los vericuetos serranos. En uno de estos existe una cueva, dicen que es amplia y que cuando el bandido fue muerto, se conoce como “La cueva del todo o nada” porque antes de morir y para que nadie se llevara su tesoro, practicó una serie de encantamientos, de tal forma que quien por casualidad diera con él, no pudiera llevarse ni una moneda, y hasta corría el peligro de quedarse encerrado. Refieren que hay una serpiente gigantesca que no permite que nadie se arrime al lugar. Que en las cercanías de la madriguera enterraba vivos a los plagiados que no eran rescatados. Dentro, escondía alimentos, armas y dinero.
En lo más alto del cerro de El Tajo existían unas rocas en las que una persona podía vigilar tranquilamente dos puntos: el camino real de Zacatecas y el camino que conducía a Villanueva (todavía existen esas rocas). Otro vigía puesto en el lado poniente, vigilaba el camino de Guadalajara a Jerez. Así, rápidamente bajaban y asaltaban a las diligencias y conductas que transitaban por mala suerte por esos lugares. Uno de sus últimos asaltos fue cuando asesinó a unos viajeros que venían de Guadalajara. El jefe político de Jerez, Pedro Cabrera, pidió fuerzas especiales de “la acordada” y gendarmes del estado. Luego de varias escaramuzas y búsquedas infructuosas, al fin fue aprehendido el criminal, y de acuerdo a las leyes contra ladrones y plagiarios, el 15 de agosto de 1873, sin juicio alguno fue fusilado frente a la casa donde dormía plácidamente en el rancho de Los Muertos, y de ahí su cuerpo se llevó al lugar más conocido de sus fechorías: el cruce del camino real a Zacatecas con el rancho de Las Escobas. Allí lo colgaron de una de las ramas más altas de un pirúl, al lado del camino. Le pusieron un cartel con la siguiente leyenda “Epitacio Bañuelos, asesino y plagiario. Se castigará con cárcel al que lo descuelgue”
Por mucho tiempo, causaba pánico pasar por el camino, y quienes lo hacían tenían que mirar a otro lado. Por supuesto que de noche nadie pasaba, ni aunque le fuera muy urgente, ya que el macabro espectáculo como escarmiento a ladrones y asesinos era en verdad, macabro. Cuentan que por las noches por las cercanías se veía un hombre vestido de chinaco, montando un caballo negro que se perdía en la oscuridad lanzando un pavoroso alarido.
Dos arrieros que tenían que pasar varias veces a la semana por aquel sitio, cansados de tener que ver ese tétrico y semidescarnado cuerpo se prometieron descolgarlo por la noche. Se pusieron de acuerdo, y luego de echarse sus chupes para darse valor se encarreraron a donde estaba el macabro despojo y de un brinco se colgaron de las botas, y las botas al caer al suelo, dejaron escapar brillantes monedas de oro que, luego de la sorpresa, fueron ávidamente capturadas por los arrieros, que las guardaron en sus paliacates y olvidándose de los despojos corrieron y corrieron. Nadie los volvió a ver.
El recuerdo de Epitacio Bañuelos y sus correrías se fue perdiendo, pero todavía hace varios años, aseguraban los viandantes que se veía colgando del pirúl un fantasmagórico esqueleto que se mece con el aire, y de pronto, se oye como si tintineara un puñado de monedas al caer en el suelo.