viernes, 6 de noviembre de 2009

EL TESORO MALDITO DE DAÑEL VANEGAS

“Ora verá, es que ya casi no me acuerdo bien de fechas, pero déjeme hacerle la lucha, a ver si mientras le cuento, voy recordando.
Allá por 1915, cuando andaban los refolufios por Jerez, nos traían bien azorrillados unos que se decían villistas, como Dañel Vanegas, un muchacho de allá del rumbo de La Tinaja, hijo de don Cuco Vanegas y Geno Campos. Como allá estaban muy jodidos, se vinieron a acasillar a la haciendita del Ojo de agua de los Salinas. Ahí fue cuando conocí al Dañel, era más o menos de mi misma edad, pero desde chiquillo era muy maldito, muy maldito el pela’o.
Po´s se metió de revolucionario cuando vinieron las tropas de Pánfilo Natera, y a los pocos días andaba presumiendo que era general o algo así. Pero, los que andaban con él, era pura gente mala, acostumbrados a la malditura, se robaban las muchachas de los ranchos y nomás les hacían la maldá y las dejaban a su suerte. Aparte, le traiban munchas ganas a la hacienda del Ojo de Agua, acá por el Huejote. En Jerez robaron munchas casas y lo que robaban se lo traían pa su rancho.
Po’s, yo dende que ya estaba añejillo le ayudaba a mi papá, él era albañil, y yo seguí con el oficio. Vivía en esos entonces por la Ermita de Guadalupe, con mi esposa y mi hijo, que estaba como de cinco años.
Me acuerdo que era muy de madrugada, en una noche muy calurosa de ese año que le digo, 1915, cuando golpearon mi puerta y me gritaban ¡José, sal pronto!. Po’s yo conocí aluego quien me recordaba, y mi esposa me decía ¡No salgas! ¡A de ser uno de esos de malentraña! ¡No salgas por Diosito!. Yo la tranquilicé como pude, pensando en que si no salía, el que me llamaba tumbaría la puerta y entraría a mi casita con to’y caballo.
-¿Qué se ofrece tan de madrugada? Le dije al que me hablaba. Era Pablito Dorado, uno que le dicían “El Talache”, de los compinches del Dañel, y ya me entró mala espina y más miedo me dio cuando me gritó que fuera por mis herramientas, porque tenía un trabajo bien urgente. Me metí por mi pico, mi pala y abracé a mi mujer que estaba ya toda llorosa. “No te priocupes, al rato regreso”.
Y ahí voy siguiendo al Pablito. El iba montado en un caballo, en la cabeza de silla llevaba un costalito de baqueta, más o menos de buen tamaño. Y llevaba apersogada una mula prieta que cargaba dos costales también de baqueta, tapados con una cobija. Yo creo que estaban pesados, porque la mula iba tiritando y bufando, al límite de sus fuerzas.
El Pablito, andaba bien crudo, tomando de una botella de aguardiente que llevaba. Por hacer plática, le decía “Oye Pablito, deja que la mula descanse, o se va a caer muerta”. Y nomás me veía y me decía que le siguiera.
Ya estábamos bien metidos en la sierra, cuando al pie de unos peñascos, muy cerquita de unos barrancos medio feos me ordenó que hiciera un hoyo grande. Si viera el miedo que me entró entonces, porque ya sabía cual sería mi fin. Seguramente en los costales llevaba todo el dinero que se habían robado en sus andanzas el Dañel, él y otro de sus secuaces, uno que le decían “La zorra prieta”, creo se llamaba Pancho Vázquez.
Cuando descargamos trabajosamente la mula, comprobé que sí era oro, porque los costales estaban bien pesados. Con razón la mula venía protestando y a tiemble y tiemble.
Y ahí me tiene, a escarbe y escarbe. Sentía la muerte chiquita cuando el hoyo estaba ya como de metro y medio. “Oye Pablito, pásame un trago de tu botella, que tengo la boca bien seca, házme esa caridá”. Y el Pablo, sin dejarme de apuntar con su 30-30 me pasó la botella que casi ya se había acabado.
Nomás viera, ese trago de aguardiente me llegó hasta el alma. Pensé que sería el último. Cuando en eso el caballo empezó a relinchar. Y otros caballos en la cercanía también. Pa’ pronto se sube el Pablito a las peñas, advirtiéndome: “No te vayas a mover para nada, porque te voy a estar apuntando”.
Ya muy cerca se oía que le gritaban “¡Pablín, Pablito! ¿onde andas?”. Este, yo crio que conoció a los que venían y les contestó: “¿Qué quieren? ¿Me andan zorriando? ¿qué buscan?” –No Pablín, nomás que te vimos pasar, y te venimos a avisar que te andan buscando. -¿Quién chingaos me busca? ¿pa´ qué me queren?. –Poos, oímos decir que ayer hicieron muchas cosas por Jerez, y los jefes ordenaron matarlos a como diera lugar. A Daniel y a Pancho ya los llevan muertos pa’ Jerez.
Pablito, como si no creyera lo que le dicían, les replicó: “pos ya me avisaron, ya cuélenle”. –“Fíjate Pablín que no, tenemos curiosidá por ver lo que tráibas en la mula. ¿No sería lo que le robaron a don Cuco Peña o a los Nachos esos que mataron?”.
“¡Pos les di chanza, y no se largaron, aquí se quedan!”- oí que les gritó al tiempo que se escuchaba el estrépito del 30-30. En cuanto ví que los mataba, me agarré a corre y corre. No, po’s a esos años yo era bien ágil, y brincando entre peñas y barrancos me alejé del lugar lo más rápido que pude. Pensé que el Pablo estaría más entretenido en guardar los costales en el hoyo y echar ahí a los difuntitos que se acababa de echar. Pero sabía que si me hallaba me mataría, así que llegué hasta mi casita y le dije a mi vieja que nos juéramos inmediatamente pa’ Jerez. Cargué a mi chiquillo y sin más ropa que la que traíamos puesta, nos venimos por entre las milpas.
Llegamos ya anocheciendo, con un hambre de la fregada, bien cansados y sin haber tomado ni siquiera agua. Ahí, por la calle del Espejo, casi junto a la Parroquia vivían las señoritas Mier, y yo conocía a Dimas el cocinero, jotito pero muy buena gente. Sabía que en esa casa nos ayudarían y nos darían de comer. Así que tocamos, salió Dimas y nos dio de comer. Nos estuvo platicando de todas las atrocidades que habían ocurrido en Jerez. Que el Vanegas había quemado a un padrecito y a su mamá en un horno, que había matado a varias gentes por la calle del Santuario y que ya lo habían matado a él y lo habían quemado enfrente del jardín. Nos dio mucho miedo. Una de las señoritas, no me acuerdo cual, me dio unas monedas y me dijo que me iba a conseguir un salvoconducto para que al siguiente día nos fuéramos a Zacatecas, lejos, lejos.
Po’s dormimos ahí en la calle, alcabo hacía remucho calor, y al otro día, luego que Dimas nos dio de almorzar y nos preparó un buen itacate pa’l camino, la señorita Mier nos dio un salvoconducto que había conseguido con uno de los jefes villistas que vivían en la casa del portal al norte del jardín. Esa casa parecía chiquero, si viera sus salas llenas de caballos, toda cochina.
Po’s ya con el salvoconducto, pudimos llegar a Zacatecas, a pie, sí nos la aventamos caminando, pos animales ¿de onde?. Hicimos travesía, porque yo tenía miedo de todos modos que el Pablito me anduviera buscando, así que nomás oíamos un caballo nos escondíamos entre los matorrales.
Luego de Zacatecas, también caminando nos fuimos hasta Aguascalientes, con unas gentes que eran familiares de mi esposa. Ahí vivimos muchos años. Luego supe que el Pablito se escondió en Susticacán un buen tiempo, en la casa de don Pancho Carlos, que era su suegro. Después que se fue con el rumbo de Tequila, allá por Jalisco, donde dicen que murió mal de su cabeza, loco pues.
Cuando regresamos a Jerez, como veinte años después, un día me fui con mi muchacho a la sierra, y le enseñé el lugar donde estaba el agujero que había hecho, muy bien tapado de piedras y hasta con nopales encima. Le conté toda la historia, y lo que creía que ahí estaba el oro de Dañel Vanegas. Y mire, el muchacho no quiso que escarbáramos, me dijo “Mire apá, si Dios quiso que ese día que hizo el hoyo no muriera, a lo mejor en esta vez sí muere, porque yo crioque ese dinero está maldito, porque es producto de asesinatos, de robos, de muncha violencia, mejor que se quede ahí, y que lo sigan cuidando los dos infelices que mató el mentao Pablito”.

Este relato me lo hizo en 1972 don José Landeros, nacido en la Ermita de Guadalupe y que muriera en Aguascalientes pocos años después.