viernes, 6 de noviembre de 2009

ESTAMPAS DE JEREZ

ACLARACION. Uno de los lectores que se entretienen en esta columna advierte que eran y son comunidades diferentes “La Tetarrona” y “El ranchito del Señor de Roma”. Y sí tiene razón, pero en los documentos que tengo a la vista, no se mencionan como diferentes, indistintamente los nombran como uno solo (quizá por la cercanía).
OTRA ACLARACION. No se donde leí que alguien decía que los propietarios de las casas de los portales del centro de Jerez los construyeron en lo que corresponde a las banquetas, y al ser públicos no hubo necesidad de ampliar escrituras. A lo que yo sé, sí hay escrituras. Y así de pronto, me topo con un documento que dice “Escritura otorgada por el Síndico procurador de la Asamblea Municipal de esta Ciudad en nombre de la misma, y a favor del C. Hilario Llamas, por treinta y siete una sesma varas de tierra a lo largo y cinco de fondo para construir un portal. Agosto de 1861”. Y ya en el cuerpo de la escritura se habla de que don Higino debe pagar 3 pesos por cada una de las varas del terreno que comprende al frente de su casa… en el concepto que no debe impedir que se destine al objeto público que se crean conveniente; que no deberá cerrar por el frente ni costados…” Esta escritura se refiere al portal de las palomas, cuya historia es bastante interesante y que pronto daré a conocer. Así, hay escrituras similares del portal Inguanzo, del de los Escobedo y de los Berumen.
Ahora, les presento una narración de principios del siglo XX, de los apuntes de mi papá:
ESTAMPAS DE JEREZ
Hacia principios del siglo XX, Jerez vivía una vida encantadora. Una paz singular reinaba en el ambiente, todo era armonía y sus gentes se desvivían por trabajar con ahínco porque su terruño continuara su ritmo de progreso.
Sus habitantes tenían, como perdura hasta la fecha, un gran espíritu hospitalario, ese don de servir que lo ha hecho famoso en toda la región. También tenía fama de alegre. Era como un eterno día de fiesta dentro de su modo habitual de vivir, porque no había casa, por humilde que fuera, donde cuando menos sí había un piano, una guitarra, un violín, un arpa, etc. Se podía escuchar a diversas horas del día y de la noche una dulce voz femenina que cantaba una bella romanza o una danza popular, o la voz varonil que hacia oírse a varias cuadras a la redonda entonando "Olas que el viento arrastra”, "Alejandra" u otra canción melancólica como "La Negra Noche” o "Marchita el Alma".
Los Domingos había serenatas en el jardín Brilanti y en el jardín grande que tenía y tiene (a pesar de los intentos fatídicos del “mocharboles” y cóngeneres) perfume de rosas de castilla, huele de noche y azucenas. El kiosco que se había inaugurado en esos años era ocupado en estos días por la banda municipal.
Mientras la banda ejecutaba valses, shotis, mazurcas, marchas, etc., las muchachas de todas las clases sociales y los muchachos, daban vueltas a la plaza ellas al lado derecho y ellos al izquierdo; era en estas ocasiones cuando los novios tenían oportunidad de verse, de decirse unas cuantas palabras y de cruzarse las cartas, misivas perfumadas con agua de lavanda o de algún perfume de a peseta, depende de la pareja...
Y si allí no había oportunidad de hablar, pues… entonces hasta la próxima serenata o en los bailes, tertulias y tardeadas que contínuamente se hacían en las huertas de Jerez o en las alamedas cercanas.
Los domingos se organizaban días de campo en Ciénega o en El Ranchito, o a veces hasta Santa Fe. Un grupo de familias, dos o más hacían el viaje en carros rabones (carretones) tirado por una mula o dos sufridos pollinos; allí iban las madrecitas adorables, las chiquitinas y los niños, porque era costumbre que los señores y los jóvenes hicieran el viaje a caballo, en mula, en un macho, en un burrito o a pie, para ir tirándole a los conejos o a todo lo que se moviera.
No faltaba la botella de buen vino, ni las tortas de chorizo con huevo y chile asado, ni los tacos de frijoles con queso y chorizo, ni los chicharrones de puerco.
Ah.... y lo principal: la guitarra, la eterna compañera de los jerezanos para estos y otros paseos. Además de tantas chicas guapas que sabían cantar y jóvenes que lo hacían bien.
Se pasaba el día dentro de una perfecta cordialidad. Todo era armonía y familiaridad. Muy raro que hubiera un incidente desagradable, pues el respeto a las familias y a los señores de edad, era tal, que no se atrevían los jóvenes a decir alguna broma por ingenua que fuera, delante de ellos.
Por la tarde, cuando la serranía de Los Cardos semejaba un incendio y se iban sucediendo tonalidades iridiscentes al ocultarse el sol, se hacía el regreso en medio de aquel bullicio tan simpático, tan repleto de alegría.
Entre semana a primera hora, (las cinco de la mañana) comenzaba el despertar de mi tierra: se escuchaban los ¡Buenos días!, ¿Como amanecieron, compadre?; ¿como pasaron la noche?, ¡Buenos días les dé Dios!, y principiaba el movimiento lento de los carros de cuatro ruedas (guayines), de los carretones que iban a la leña; de las carretas que iban o venían de los ranchos y haciendas: de El Tesorero, Los Haro, El Durazno, Santa Rita, El Huejote, La Labor, la Ermita, etc., algunos para dejar en Jerez o continuar hasta Zacatecas con sus cargamentos de maíz, frijol, calabazas, avena, depende del tiempo que fuera; y el trotar de los caballos y burros montados por los campesinos que se dirigían a sus labores. Porque entonces los hombres ricos o pobres estaban listos a primera hora para iniciar las faenas del día.
En las "matanzas" (carnicerías) se discutían los asuntos del momento mientras se saboreaban sabrosos taquitos de barbacoa o uno que otro chicharroncito de puerco, calientitos, con traguitos de sotol o de mezcal que alguien llevaba.
De allí salían todos y cada uno con el medio o real de carne, amarrado de una pita de palma silvestre y otros la llevaban en el morral al hombro y... ¡A trabajar todo mundo!
Cuando había luna, en los meses de septiembre y octubre ¡Ah... qué felicidad para los jóvenes en estado de merecer! A bordo de "expresitos" y "carretones", iban en caravana por las calles canta... y canta… hasta las diez de la noche que era la hora límite para que todos estuvieran acostaditos y soñando.
Así vivía Jerez en 1900. Así eran nuestros abuelos, trabajadores, honrados a carta cabal, dignos e íntegros por los cuatro costados.
Nuestras madres y abuelas nobles y abnegadas, laboriosas, hacendosas en extremo y con un concepto de la felicidad tan alto como el mismo cielo.