miércoles, 8 de septiembre de 2010

JEREZ EN EL PORFIRIATO

Ya en otras ocasiones he escrito sobre lo que era Jerez a inicios del siglo XX, en pleno auge del porfiriato, cuando se construyeron los principales edificios representativos de la arquitectura civil característica de nuestra ciudad.
Puedo asegurar que la “Atenas de Zacatecas”, como se le conocía entonces, era una pequeña población boyante, con una floreciente industria y un numeroso y bien surtido comercio, además se practicaba la agricultura y la cría de ganado también era buena fuente de ingresos. El período a que me refiero es aproximadamente de 1870 a 1913.
Basándome en el trabajo de mi amigo el Doctor en arquitectura, Carlos Lira Vásquez, así como en el libro de don Eugenio del Hoyo “Jerez el de López Velarde”, también en los numerosos apuntes de “O’regio Nuremberg” (mi papá, Gregorio Berumen) ofrezco estos apuntes:
EMPRESAS Y FABRICAS
Una gran empresa era la de Juan P. Escobedo Sucesores, que dirigía el Lic. Luis Escobedo, que no solo surtía a la región, sino que extendía sus actividades y proveía a negocios de Zacatecas y Aguascalientes. De esta misma familia (Escobedo Llamas) era la Cristalería “El Palacio de Cristal”, así como el negocio de telas que regenteaba Ignacio Escobedo en el portal Humboldt. Poseían una fábrica de cigarros llamada “La Nacional” y la Compañía Industrial de Fósforos. Al amparo del éxito de la cigarrera, se impulsó por un tiempo el cultivo del tabaco en la región.
Tenían una fábrica de muebles llamada “El Progreso”, ubicada en la calle de la Parroquia, dirigida con bastante acierto por el ebanista alsaciano Andrés M. Buhr Numen, quien se había avecindado en Jerez desde 1881, se casó con doña Aurelia Robles y falleció en la mañana del 21 de junio de 1912, en su casa de la calle de la Parroquia No. 1. Era hijo de Wilhelm Buhr y Sophie Numen.
Aquí cabe aclarar que este súbdito alemán fue quien sugirió que el portal de los Escobedo y Berumen se llamara “Humboldt”. Su iniciativa se debió a que en vísperas del centenario de la independencia el gobierno de la república envió un comunicado a todas las poblaciones para que pusieran el nombre de Alexander Humboldt a cualquier calle o plaza, en memoria del científico alemán. El portal tomó oficialmente ese nombre a partir del 13 de abril de 1910. Es completamente falso que Humbold haya venido a Jerez y se hospedara en la casa del portal, como algunos guías e historiadores pregonan.
Volviendo al tema, para la elaboración de los muebles de “El Progreso” se utilizaban maderas que se obtenían del aserradero “La Tinajita” por allá en Monte Escobedo.
Había también fábricas de rebozos, una próxima al callejón angosto junto al Oratorio del Diezmo y la otra en la calle de Rosales, cuyo propietario fue don Crispín Cornejo. Pudiera ser que la fábrica de rebozos que estaba por la calle Independencia fuera la que en 1830 estableció Francisco García Salinas, para lo cual trajo a maestros de Toluca. La fábrica quedó bajo la dirección de Ramón Guedea y Antonio Flores.
La familia Colmenero tenía una fábrica de velas por la calle García Salinas. Se dice también que tenían también una fábrica de jabón. Higinio Escobedo –entre sus muchas atividades- tenía una jabonera al lado poniente de la plaza de toros. Otra que fabricaba el mismo producto fue “El Boliche”, de los Sánchez Castellanos y que dirigía Francisco Llamas Carrillo.
En 1901, Zenón Llamas y Luis G. Guerrero firmaron un contrato de sociedad de carrocería, tenería, talabartería y zapatería. Llamas aportó tres mil pesos como capital y Guerrero el trabajo. Se ignora los resultados de esta sociedad.
En la ciudad había también varios molinos de harina. Los más importantes fueron los que pertenecían a don José Brilanti y al médico Jesús Villalobos. (En la caldera del molino de don José Brilanti perecería en 1915 el sacerdote J. Refugio Gallardo y su madre, a manos del criminal Daniel Vanegas). Estaba también el molino de don José Ramírez (cerca del panteón de Dolores) y el de don Salvador Félix por la calle de los Molinos de San José. Para aprovechar que había buenas cosechas de trigo, don Petronilo Márquez instaló una fábrica de fideos, pastas y tallarines en la esquina de las calles de la Fortuna y Santuario.
LOS PRINCIPALES COMERCIOS
Entre los más conocidos comercios que existían estaban “El Centro Mercantil”, tienda de ropa que manejaba don Julio Casas; en los bajos del Portal de los Escobedo y Berumen estaban los negocios de telas de don Alfredo Reveles, Ignacio Escobedo y Francisco Gloria. La zapatería “La Sorpresa” que se instaló en la recién abierta calle nueva (al lado norte de la Plaza Tacuba). “El Nuevo Mundo” de doña Vicentita Camacho. Las tiendas de abarrotes “El Globo” de don Merced Juárez (donde ahora está el “Carta Blanca”, “La Marina” de don Melesio Cabral allá por la calle Moctezuma , “El Sol” de don Inocencio Salas por la calle del Alamo. Y la de don Enrique Raigoza (junto a la Zapatería La Sorpresa”. “La Bola” que era de don Mariano de Haro y don Jacinto Carlos. Por la calle Mina o de las Higueras había también un gran comercio llamado “La Esmeralda”.
En la calle del Espejo estaba “El Chinchunchán” de Darío García, “La Fantasía” en la calle de la Fortuna, “La Giralda” en el callejón del Recuerdo (calle del Sol o Libertad), “La Bufa” de don Petronilo Colmenero que estaba en la Plaza Principal, la de Felipe Camargo por la calle del Placer, la Del Ciprés atendida por don Zeferino, “La Colonia” de Marcos Dena, en la calle del Hospital, la de José María Fernández por la calle de La Aurora y “La Norma” que se ubicaba en la esquina noroeste frente al costado del Santuario, propiedad de los hermanos Sixto y José Cabrera. Don Eugenio del Hoyo tenía su tienda en la calle del Relox o del Teatro, en la planta baja de la casa del Licenciado Ortiz Soto. (La Norma y la tienda de don Eugenio estaban en lo que ahora es propiedad de don Jesús Rodríguez y familia).
Pocas fueron las empresas y comercios que sobrevivieron a la gran hecatombre que representó para Jerez la revolución, pues después del 19 de abril de 1913, la ciudad quedó completamente en la miseria, y muchos años tuvieron que pasar para que se fuera recuperando…
LIBROS ENCANTADOS
El libro de “Leyendas y Relatos de Jerez”, en su enésima edición se está vendiendo ya en NEVERÍA EL PARAÍSO, REGALOS GERSY, Discos y Cassetes ARACELI, en los portales del mercado con DON MIGUEL ESTRADA, en VIDEO REC con Gael Escobedo, en PUBLICACIONES SOFIA junto al Puente o en la plazuela frente al PORKY. Ya sabe, si lo prestó, se lo robaron, se le mojó o el perro se lo mordió (el libro) aproveche orita que hay… Y ya pronto sale el otro, “CONOZCO JEREZ”.

CONFLICTO CRISTERO EN FECHAS

En mi colaboración de la semana anterior, mencionaba que en estos últimos dos años me he dedicado a recopilar información sobre el período llamado “Conflicto Cristero”, que la historia oficial sepultó y olvidó que ocurrió. Tal vez sea por lo que dijo el Arzobispo de Durango, José María González en 1930: “Todo lo que se hizo fue tan deplorable, que es mejor que la historia de estos sucesos se escriba dentro de cincuenta años, cuando no exista ninguno de nosotros”. En la semana recibí un mensaje de un profesor, especializado en historia, y no acostumbrado a que le refuten, en el que me decía que mis investigaciones carecen de validez porque no tienen el soporte que da un título profesional, ni la base que dan los estudios de los textos oficiales. Que “esos cristerillos que usted quiere revivir, aquí en Jerez nunca tuvieron trascendencia; la historia solo registra dos o tres hechos aislados de algunos desorientados ladrones, pero aquí no hubo ningún conflicto que valga la pena ser estudiado”. Por respeto a mí mismo no menciono el nombre del mentor, pero es muy conocido en bares y cantinas donde se gasta el dinero de su jubilación alegremente.
Y, como sé que me lee, en esta ocasión proporcionaré a mis lectores algunos datos “en frío” de esos años. Estos provienen de archivos reales, fidedignos, que he ido digitalizando en miras a hacer un relato extenso de lo acontecido en esos aciagos años.
CONFLICTO CRISTERO EN FECHAS
El 1º. de agosto de 1926 los templos jerezanos cerraron sus puertas obedeciendo las instrucciones que a los sacerdotes les dieran sus superiores. Ese mismo día, por la madrugada, una descarga eléctrica destruyó la torre de la Santa Escuela, como si fuera un presagio que se venían tiempos difíciles para los jerezanos.
Previendo ello, el gobierno dota a los agraristas de armas, para utilizarlos como brigadas de choque. Esto fue a principios de 1927, y el 11 de enero la guarnición militar a cargo del 40º batallón de infantería tuvo los primeros enfrentamientos con grupos de cristeros. En uno de ellos fallece el cabo Pedro Cortés Vázquez. Sería el principio de una serie de eventos violentos que se sucederían por más de diez años. El 22 de enero muere asesinado Antonio Cisneros, quien fuera uno de los primeros presidentes agraristas. Manuel Rodarte solicita se inhume su cuerpo en fosa de privilegio en el Panteón de Dolores.
Y el día de la Candelaria, en un enfrentamiento que hubo en las cercanías del Monte de los García fallece Leandro Pedroza, miembro de la defensa de esa comunidad. La ciudad estaba amenazada por lo que el 16 de febrero, el 75º regimiento de caballería viene a reforzar la guarnición, estrenándose ese mismo día. El sargento segundo Cástulo Montealegre lleva las de perder y muere, siendo enterrado como muchos militares más, en fosa común del panteón de la Soledad.
El 18 de mayo, Nicolás Durón y 10 personas más son victimadas por instrucciones del General Anacleto López, al oriente de El Compartidor. Piadosos familiares dejan como constancia un pequeño monumento funerario en el lugar de los asesinatos. Al organizarse las tropas de cristeros, ya no solo fueron pequeñas escaramuzas, sino combates de mayor magnitud, como el ocurrido el 30 de agosto, en que los cristeros de Perfecto Castañón se encontraron con las defensas sociales del Monte de los García, resultando varios heridos y falleciendo José García. La intención era debilitar todas las comunidades serranas, para acercarse a Jerez.
En una de tantas expediciones que continuamente realizaban los radicales agraristas jerezanos, salieron en campaña contra los rebeldes comandados por el cura Montoya. El desconocimiento de la región donde andaban fue factor para que cayeran en una emboscada. En el rancho de Las Cañas resultó herido Santiago Pichardo, uno de los más destacados líderes, falleció 3 días después en Huejúcar (el 25 de septiembre de 1927). Ese mismo día muere Martín de la Torre, herido en el mismo combate.
Perfecto Castañón dominaba en la zona norponiente de Zacatecas y el 9 de octubre sus seguidores se enfrentan con agraristas de Los Haro. Luis Reveles de Haro fallece por parte de la defensa. El antiguo general villista, Justo Avila, se une a la causa cristera el 20 de ese mes, en la sierra de Juanchorrey; ya los dolores de cabeza para las autoridades municipales eran bastantes, pues el 31 de octubre, el presidente municipal Ursulo Pinedo se queja que los rebeldes se han robado ganado de los pacíficos, especialmente de los agraristas, aunque el robo de animales por parte de los levantados era mínimo, pues atrapaban vacas para alimentarse, y los federales arriaban todas las reses que podían y las llevaban a la hacienda de Víboras, para acrecentar el hato ganadero del general.
350 rebeldes al mando de Pedro Quintanar realizan una excursión por la región. El 9 de noviembre se tuvieron las primeras noticias de ellos, cuando entraron por El Marecito, siguiendo a Susticacán y de ahí a Jomulquillo, Los Morales y El Cargadero. Fusilaron a más de veinte agraristas y se llevaron armas, parque y caballos.
El 10 de noviembre, las tropas de Quintanar y Castañón se enfrentan con la defensa agraria en las inmediaciones del rancho de San Juan (El Centro). Como los cristeros andaban sobrados de parque, resultaron entre los muertos Cruz Torres y Rosalío Tovar de El Huejote. 4 y 9 balazos recibieron cada uno respectivamente. Ese mismo día, en el rancho El Porvenir asesinaron al anciano Severiano Rodarte (de 88 años), padre de Manuel y Nicolás Rodarte, destacados agraristas. El parte de defunción dice que de un balazo al corazón. Además fue asesinado y colgado Eulalio Godoy de la defensa de San Juan, en un paraje entre El Cargadero y Jomulco.
Ya en 1928, el 14 de enero, agraristas y federales salen con destino al rancho “El Chiquihuite”, donde pensaban sorprender al cabecilla de los pardos Sabino Salas, al no encontrarlo destruyen el templo y todo lo que estuvo a su alcance. Esas mismas fuerzas agraristas capturan a seis vecinos de Juanchorrey acusándolos de ser rebeldes, con lujo de violencia los traen hasta Jerez y los cuelgan en los árboles del lado poniente del Jardín.
En marzo de 1928 se comienza la construcción de la carretera a Tepetongo, bajo la dirección del Mayor Cortés, utilizando mano de obra forzada y gratuita de los habitantes de las rancherías. El 18 de mayo mueren Sóstenes Sandoval y José Alamillo, de la defensa de Jerez, y once días después es asesinado el jefe agrarista Manuel Rodarte, por el teniente del octavo regimiento de caballería Pedro Barriga Moreno, quien también es asesinado por amigos de Rodarte. Tiburcio González sustituye al líder y anuncia que limpiará la región de cristeros al precio que sea. Se recrudece la violencia, y el 26 de junio es ahorcado el niño Jerónimo de Santiago (de 12 años de edad) en la salida a Ciénega por fuerzas agraristas. Todo por no querer gritar “Muera Cristo Rey”. (El niño ya había sido sableado y golpeado, por eso ni fuerzas tendría para gritar nada).
El 14 de julio es fusilado y brutalmente ahorcado en la huerta de Ciénega el jefe cristero Perfecto Castañón, quien fuera hecho prisionero en marzo en Chalchihuites. Hay quien asegura que Castañón compró su libertad a precio caro y los soldados lo dejaron libre. Otra versión dice que hace pocos años fue descubeirto su cadáver al pie de un chabacano.
Los siguientes meses fueron de angustia y terror, pues el campo no se podía trabajar, los animales los había incautado el general López; para poder salir del pueblo solo con salvoconducto. El 3 de noviembre hay noticias de otro enfrentamiento entre agraristas contra cristeros. En la mesa del Varal mueren Salvador y José Pasillas.
El 15 de diciembre, las defensas de Jerez, al mando de Bucho González se encuentran con 150 cristeros de Sabino Salas, en un paraje cercano a Tepetongo. Luego de un feroz combate, los rebeldes se retiraron por el rumbo de la cueva del oso, por la Chaveña. Las defensas resultaron con varias bajas: Eleazar y su hijo Marcos Barrientos vecinos de El Moral, Antonio Cabral del Monte de los García, Luis Ruiz e Ignacio Mejía de la Tetarrona. También falleció Paz Gómez, feroz agrarista del rancho El Niño Jesús. Pocos días después muere en el hospital de Zacatecas su hermano Leonardo Gómez Garay.
El 21 de enero de 1929, Trinidad Castañón junto con su tropa, recorre los ranchos serranos de Santa Rosa, Sauz de los García y Juana González, requisando caballos y monturas e imponiendo multas. El 16 de marzo, tropas de Emilio Barrios se acercan a Jerez sorprendiendo a una partida del gobierno al mando del capitán Angel Pérez, haciéndoles 7 muertos y aprisionando a Manuel Muñíz –de las defensas de Mezquitic- quien fue ejecutado luego.
El 2 de abril hay combates entre agraristas comandados por Ursulo Pinedo y cristeros de Emilio Barrios muy cerca de Santa Fe. La victoria fue de los rebeldes. En ese acontecimiento mueren 7 agraristas y 3 más que fueron fusilados en Buenavista. Los cristeros solo tuvieron dos bajas y un herido –el coronel Barrios-. Tres días después, Francisco Guerrero Villaneda, presidente de Jerez, se encontraba desesperado, porque los rebeldes le envían un mensaje, conminándolo a rendirse.
El general López andaba ocupado apagando la sublevación escobarista, por lo que en la región quedó como jefe provisional de operaciones el general Manuel Montalvo, de quien se dice actuó con cobardía. A este militar se le informó que casi 3 mil rebeldes estaban en las inmediaciones de Juana González, con intenciones de combatir a los agraristas en Jerez, todavía en la madrugada del 10 de abril y sin creerle a quienes le habían avisado, llevó en formación a los bisoños soldados del 23 y 25 regimientos. En el arroyo de Godina, cercano a la hacienda de El Tesorero se escenificó uno de los más fieros combates, ahí perdieron la vida más de 150 soldados. Los cristeros recogieron 100 fusiles belgas nuevos, 15 mil cartuchos, 2 ametralladoras y unos “caballos de buena estampa, pero inservibles”.
Por la noche, luego de la derrota de las tropas de Montalvo, el capitán segundo del 8º regimiento de caballería, Angel “el chueco” Pérez Flores fortifica urgentemente Jerez ante el temor e inminencia de un ataque que hubiera sido benéfico para los cristeros. Nunca se supo porqué en esa ocasión que tenían todas las ventajas de su parte, no tomaron Jerez.
El 11 de mayo, fuerzas de don Justo Avila atacan el rancho de Los Haro, para escarmentar a los agraristas de ahí. Y el 27 de junio se desayunan los cristeros conque ya se había acabado el conflicto cristero, que todo quedó en nada, que los sacerdotes y el gobierno hicieron sus “arreglos” muy a las escondidas. Ese día se celebró una solemne y muy concurrida fiesta religiosa en la Parroquia de la Inmaculada.
A pesar de que las tropas cristeras entregaran sus armas y se acogieran al indulto de los arreglos, eran asesinados de alguna forma. Los enfrentamientos seguirían de 1929 a 1940, pero los grupos de alzados serían menores. Esto es conocido como “la segunda”, “la albérchiga” o “el rescoldo”. De entonces data la actuación del renegado charro Juárez.
Creo que con este resumen, dejo bien clara la importancia que tuvo ese conflicto bélico en Jerez. Y al profe de historia, le recomiendo que estudie, que investigue, que lea algo más que los libros que les manda la SEC, que gaste algo de su sueldazo (o jubilación) en investigar donde están las fuentes históricas. Yo no tendré un título que me avale como profesionista, soy como dijo el padre Soria: “puro cabrón”, pero tengo otra cosa que no da el papel ese: prestigio y credibilidad.
YA HAY LIBROS
Por fin, ya comienzan a salir los libros encantados. A partir de este domingo, la enésima edición de “Leyendas y Relatos de Jerez” estará en Regalos GERSY, en los portales del mercado con don Miguel Estrada, con Araceli Carrillo en su local del mercado donde vende revistas, discos y demás. En 15 días termino “Conozco Jerez” y ya pronto comenzaré el de “Historias y Leyendas de las calles de Jerez”.

LITERATURA Y PELICULAS CRISTERAS

Luego de una ausencia involuntaria aquí estamos de nuevo, y digo involuntaria pues el director dijo desde hace tiempo que “nomás la del pitirijas cabe”, y nomás la columna del pitirijas puso, emocionado ante la avalancha de publicidad de los diferentes actores políticos que participaron en las elecciones y que al final unos ni le pagaron. Como ya todo volvió a la calma, de nuevo nos da espacio para rellenar su hebdomadario (ya empecé mal, usando palabrejas de esas gachas que casi nadie entiende).
LITERATURA Y PELICULAS CRISTERAS
Desde hace dos años me centré en el proyecto de recuperar toda la información posible sobre los acontecimientos ocurridos en el entorno jerezano desde fines del siglo XIX y hasta la mitad del siglo XX, con la finalidad de tener un conocimiento lo más real posible sobre lo que era Jerez, sobre lo que sucedió en esos años. Accedí a muchos valiosos archivos que no se habían tomado en cuenta por aquellos que han escrito sobre Jerez, y los espacios en que no hay documentación, los llenan con suposiciones. Tengo digitalizados bastantes archivos oficiales, y eso me ha permitido tener una visión muy clara de lo que fue nuestro municipio en el porfiriato, durante la revolución y hasta la cristiada. Estaba estudiando la posibilidad de juntar todos esos apuntes y narraciones en un buen libro, pero los libros cuestan y no será hasta que acabe los que tengo pendientes que pueda pensar en comenzar nuevos proyectos.
Retomé testimonios orales que hace como cuarenta años recopilé de gentes que vivieron en el Jerez de entonces, y me interesé por la época en que sucedieron los fatídicos episodios de la “guerra cristera”.
A nivel nacional, la cristiada fue algo que oficialmente “no pasó, no ocurrió”. La historia oficial la negó por muchos años. La iglesia también por miedo a que los arreglos del 29 fueran echados para atrás. Fueron “enterrados” los acontecimientos de ese enfrentamiento doloroso entre descamisados, huarachudos, gabanudos, faldillones, muertos de hambre o come vacas contra las tropas del general Joaquín Amaro, que era el secretario de gobierno del general Plutarco Elías Calles, encabezadas aquí por el general Anacleto López. Los testimonios que se publicaban se hacían de manera velada y se editaban en el extranjero, y se leían a escondidas. Novelas como “Héctor”, “Entre las patas de los caballos” “Por Dios y por la Patria” “Rescoldo” de Antonio Estrada, hijo del jefe cristero Florencio Estrada, daban una leve idea de lo que ocurrió.
Casi cuarenta años después, el investigador francés Jean Meyer recuperó la historia de los que no tuvieron voz. Y a partir de ahí, se pudo acceder a multitud de archivos fotográficos, documentales. El cine mexicano incursionó con poco éxito en el tema:
En 1941 se filmó “Ay Jalisco no te rajes” con Jorge Negrete, basada en una novela de tema cristero, pero su guión se modificó para que el fondo cristero no apareciera. En 1946 Raúl de Anda dirigió “Los cristeros” o “Sucedió en Jalisco”, contando con la participación de dos estrellas del cine mexicano: Sara García y Luis Aguilar. Esta cinta se basó en la novela “Pensativa” de José Goytortúa Santos ganadora del importante premio “Lanz Duret” y tres años después se adaptaría al cine su novela “Lluvia Roja” con Jorge Negrete y Elsa Aguirre.
Inexplicablemente la censura actuó, y el tema de ese conflicto bélico se tocaría solo hasta 1967, con “Los Recuerdos del Porvenir” de Arturo Ripstein, pero tuvieron que cambiar la trama por cosas de la censura y ubicar la historia en tiempos de la revolución.
En la década de los setenta, hay cintas como “Los días del amor” y “La seducción” que se ubican en los años veintes y le dan una ojeada ligera al conflicto, aunque también hay películas como “De todos modos Juan te llamas” y “La guerra santa” en las que la cristiada se retrata directamente. Los guiones de estas dos películas fueron aclamados por su gran calidad. También por esos años se volvió a filmar “Sucedió en Jalisco”, pero ahora a colores y con la actuación de Rodolfo de Anda, Patricia Aspillaga, Jorge Lavat, Pedro Armendáriz Jr. y Julio Aldama. (Por cierto, si alguien tiene esta película, por favor préstema, que no la he podido conseguir por ningún lado).
Después, creo que editorial “Clío” hizo varios filmes sobre la cristiada, basados en la obra de Jean Meyer, filmes que estuvieron “enlatados” muchos años y es hasta hace poco que se están dando a conocer.
Ahora, me encuentro que se está filmando una película llamada “Cristiada” en varias entidades del país, Durango, San Luis Potosí, Zacatecas y se habla que su producción es millonaria, aunque su historia se sale de lo real, de lo documental, pues se trata de una cinta de tipo épico y muy al estilo Hollywood. De cualquier manera ha de ser un buen aporte para el conocimiento de estos hechos.
Aparte están las películas que hacía Antonio Aguilar, con argumentos muy blancos, con pistolas de muchos tiros, caballos y canciones, sobre caudillos revolucionarios o cristeros: Valentín de la Sierra, Valente Quintero, Benjamín Argumedo y otras.
Hay que hacer notar también la película “El charro Juárez” filmada hace unos 3 años en estas tierras, en cuyos estelares están Raúl de la Torre, Diana Herrera, los ya muy ancianos Jorge Luke y Mario Almada y otros, con muy escaso presupuesto, un guión pobre y muy mal aprovechado, además que no se cuidó la ambientación histórica, de hechos, ni de vestuario.
Y, con lo último que me encuentro en cuestión de investigación histórica, es un libro que me hizo llegar Luis Rubio Hernansáez, llamado “Zacatecas Bronco”, en el que hace una minuciosa investigación de lo que fue este conflicto en Zacatecas y parte de Jalisco durante el periodo 1926 a 1938. 426 páginas llenas de historia. Presenta un análisis de cómo transcurrió el movimiento, quien se levantó en armas, cual fue el papel de las mujeres, el problema agrario. Lo que más me gustó es la relación cronológica de hechos, perfectamente documentados que nos da una nueva luz sobre estos acontecimientos.
LA BARAJA CARAJA…
De repente, los regidores recordaron que tienen muchos pendientes que deben dejar solucionados antes de entregar la estafeta y entre ellos, se acordaron que desde el deceso de don Juanito de Santiago, no hay cronista en Jerez. Y en el asunto 7 de la sesión ordinaria de cabildo, una regidora propuso que se lanzara una convocatoria y que los interesados acudieran a exponer algún tema, que en el teatro Hinojosa se hiciera invitándose a cronistas de pueblos mágicos y de Zacatecas, para que calificaran al mejor. De plano aquí se le olvidó a la regidora lo que dice el artículo 113 de la ley orgánica del municipio que reza: “El Ayuntamiento designará al cronista del municipio…”. No se necesita circo ni payasos, solo el estudio crítico del cuerpo colegiado.
Al final de esa propuesta, quedaron en que publicarán una convocatoria para que participen los aspirantes, contemplando “los requisitos que consideremos”. ¿Cuáles requisitos? Si la ley es muy clara y dice más adelante (en el mismo artículo 113): “El Cronista Municipal será una persona con manifiesto interés y conocimientos en el estudio, la investigación histórica, las costumbres y tradiciones del Municipio. Tendrá a su cargo la elaboración de la crónica sobre los hechos más relevantes, por orden del tiempo, así como la integración, conservación y enriquecimiento de los archivos históricos del Municipio”. Los requisitos ya están escritos, no tienen qué considerar nada.
Tal convocatoria se lanzaría en la primera semana de agosto, pero yo la considero completamente innecesaria (aunque nos entristezca a los que de alguna manera aspirábamos a ese nombramiento), pues el veredicto ya está dado, los dados están cargados, la baraja marcada… La votación, ¿sabe cual sería? La misma que se dio cuando se hizo la farsa para elegir al cronista adjunto. Es que la decisión está tomada desde hace tiempo, solo es cosa de llenar las formalidades y aparentar democracia.
El nombramiento es llamativo, atractivo, por dos razones: es vitalicio y porque abre de manera legal las puertas de muchos archivos. Bueno, pues yo creo que al profesor que tanto ha bregado porque lo consideren como tal, ya le den de una vez su papelito, pero con una condición: que se ponga a trabajar, pero no para su beneficio egoísta y propio, sino para los jerezanos, que somos los que le pagaremos de por vida su sueldo.
HISTORIAS DE TESOROS Y BANDOLEROS
En este tiempo que estuve en la banca seguí trabajando y recibiendo mucho material. Hasta el libro que andaba consiguiendo. “Bandidos somos y en el camino andamos” de Laura Solares Robles. Gracias a quien me lo facilitó. Tengo muchas más historias para compartirles, porque me encuentro con la novedad de que algunos lectores de “El Alacrán” se sienten defraudados cuando van al baño y se ponen a leer mi página antes de cortarla en cuadritos y utilizarla para aseo de la parte esa donde la espalda ya no se llama espalda. Dicen que escriba más historias de tesoros y de esas de espantos y fantasmas, que “están chidísimas de a madre!!”. Bueno, la próxima semana comenzamos. Si alguien desea compartir relatos, textos, fotos, lo que sea, escríbanme a mi e-mail: miguel.berumen@achingao.com , o búsquenme en mi casa (en la plazuela, frente al porky).

LA VENTA DE BOCA DE RIVERO

Todo empezó por allá en 1755. Juan Manuel de Bárcena quien ostentaba los nada despreciables cargos de Teniente de la Acordada y Juez Ordinario de su Alteza la Real Audiencia y Superior Gobierno de este Reino, y era además dueño de las Haciendas de Nuestra Señora de Guadalupe de la Quemada, Guacaxco, Delgadillo y la de Santa Fé, decidió que sus animalitos no cabían en sus propiedades, por lo que le propuso a doña Salvadora de la Torre, viuda de don Antonio Carlos de Escobedo le vendiera un sitio de tierra llamado Boca de Rivero.
Doña Salvadora al enviudar quedó como propietaria de las ricas tierras de la hacienda Atitanaque por lo que se le hizo fácil desprenderse de un sitio de ganado mayor. (Un sitio de ganado mayor son cinco mil varas mexicanas, o 1755 hectáreas y 61 áreas). La tierra que vendió estaba al sur de Atitanaque, por el oriente con tierras que fueron del Conde de Santa Rosa y en ese tiempo (cuando se hizo la venta) de don Alonzo Díaz de la Campa, y por el poniente con propiedades de los herederos de don Francisco de Escobedo y Andrés García de la Cadena.
Aparte, ese sitio lo había comprado su marido a don Juan de Aspizechea y don Juan Joseph de Barzena el 19 de Abril de 1729.
En la escritura de venta dice que lo vende con sus entradas y salidas, tierras labradas y fábricas, un corral de piedra y las que habita Juan de Santiago. derechos de aguas, pastos, abrevaderos, usos, costumbres y servidumbres. El precio lo fijaron en mil doscientos cincuenta pesos de oro común en reales. Se hizo la escritura con todos los protocolos y formalidades de la época y se firmó en la Hacienda de Atitanaque de la Villa Gutierre del Aguila el 25 de septiembre de 1755. Doña Salvadora no sabía escribir, así que a ruego de ella firmó Joseph Antonio Arias de la Peña.
EL ARREPENTIMIENTO
Parecía que para ambas partes era un buen negocio, Don Juan Manuel recuperaba las tierras que en el pasado vendiera su antecesor, doña Juana se hacía de un buen capital en oro que mucho le hacía falta. Pero algo ha de haber pasado, porque doña Salvadora no quiso recibir los costalitos con los mil doscientos cincuenta pesos. No quiso, y se desistió de la venta.
La cosa no era tan fácil, pues en la escritura de venta se preveía que no había engaño de ningún tipo, así que el papeleo se hizo a lo grande y hasta a Guadalajara fue a dar. Allá, en un auto fechado el 22 de abril de 1762, el presidente y oidores de la Audiencia Real conocieron del negocio de la recisión y nulidad de la venta. Se quejaba doña Salvadora que el capitán Bárcena metía su ganado mayor a esa tierra que era suya, porque la habían engañado y aunque Bárcena le pedía que enviase por su dinero, no lo había querido recibir. La Audiencia determinó que todo era legal y que la vendedora debería recoger su dinero. Bárcena pidió que no se le corriesen rédito, ya que el dinero ahí estaba y ahí estuvo siempre, y además que se le pagasen 90 pesos que a la vendedora le había suministrado. Pues de pilón doña Salvadora tuvo que pagar las costas que subieron a 107 pesos y 1 real, que se rebajaron de los costalitos que tenía Bárcena, apremiándole a que entregara lo restante a la vendedora.
Cuando se resolvió este enojoso asunto, doña Salvadora ya había fallecido. Entonces surgió la figura del Bachiller Domingo Vicente Salinas, presbitero domiciliario del obispado, quien como albacea pidió 300 pesos mediante una esquela, para el funeral de doña Salvadora.
El sacerdote en una esquela se dirige al Capitán Bárcena, explicándole que doña Salvadora estaba muy enferma y fatigada, y además ya la habían deshauciado el prior de San Juan de Dios y el médico Regis. Le pide 300 pesos para prevenir el funeral y le indica que posteriormente le pediría más, como albacea que es. Bárcena entregó 300 pesos en oro al Fraile Antonio María que era el portador de la misiva.
NADIE QUERIA EL DINERO
Ya solo 842 pesos y 7 tomines quedaron, se le escribió al curita Domingo Vicente para que fuera por ellos pero no acudía. Bárcena fue ante las autoridades de la Villa de Xerez, llevando las monedas “suplicándoles que de ruego y encargo las entregaran a quien corresponde”.
De inmediato le escribieron al presbítero y se le encargó a Pedro Rosales que llevara la carta hasta la Villa de Gutierre del Aguila, y se esperara a la respuesta. Entonces el curita se “raja” y contesta que no puede recibir el dinero porque él no tiene facultades para eso. Que se dirijan con los albaceas de la finada, que son Don Joseph Santa Ana, Clérigo Presbitero y Teniente de Cura de Villanueva, y don Fernando Escobedo, hijo de la difunta doña Salvadora.
El 7 de Julio de 1762, Fernando de Mier y Therán, alcalde ordinario de primer voto de la Villa de Xerez, recibió la visita de don Juan Joseph Monjonet, apoderado de don Juan Manuel de Bárcena, quien le expuso toda el problema y le pidió se citara de nuevo al padrecito de los 300 pesos, pues en la esquela en que los pidió se erigía como albacea de la finada. Pues se le volvió a enviar una carta solicitándole que fuera por el dinero, pero el mañoso curita respondió que no, así que se resolvió dejarlos en depósito en poder del comerciante y vecino de la villa de Xerez, Juan Martínez de Bustamante, para cuando los quisieran recoger, advirtiendo que no causarían réditos ni utilidad alguna.
Se le volvió a enviar una misiva al presbítero y respondió que no le convenía recibir los reales, que mejor se entendieran con los herederos, y se queja diciendo “aunque esto para esta vida se pierda, porque no puedo entender el que se haya de amar al prójimo haciéndole daño como se le hace…”.
Esquelas, cartas, misivas, mensajes fueron y vinieron y nadie quería recibir el dinero. Mientras, a lo mejor de tantos corajes, muere Juan Manuel de Bárcena.
LOS HEREDEROS MANDAN POR FIN POR SU LANA
Las autoridades de Xerez se muestran sorprendidas al recibir el 28 de septiembre de 1763 una carta-libranza de los herederos y albaceas de doña Salvadora, en la que piden se entregue el dinero a don Juan de Uria, “pues se han convenido y partido hermanablemente”. Firman los presbíteros Domingo Vicente de Salinas, Joseph de Santa Anna. Don Juan de Uria, era vecino de la ciudad de Zacatecas y residente de la Villa de Xerez, estaba casado con doña Bárbara Thadea de Escobedo, hija de la finada, y cuñado de Fernando de Escobedo.
Ya era mucho el alboroto por ese dinero y el alcalde mayor desconfió, por lo que todavía se tuvo que hacer mucho papeleo y citar ahor a Juan Joseph Monjonet, albacea de Bárcena para ver si estaba de acuerdo en que se entregaran los 842 pesos y 7 reales. El 3 de octubre por fin se entregaron las bolsas con el oro, pero se le rebajaron 22 pesos y 7 reales por las diligencias realizadas. Y para que no hubiera más broncas, atestiguaron tal hecho Miguel Dávalos, Antonio Ruiz de Guadiana, Alexo Fernández. Dio fe Juan Joseph Monjonet y Juan de Uria además de Nicolás Suárez, quien era el escribano real y público de la villa de Xerez.

EL COMERCIO E INDUSTRIA EN JEREZ DE LOS AÑOS CUARENTA

EL COMERCIO E INDUSTRIA EN JEREZ DE LOS AÑOS CUARENTA
Don Valentín García Juárez, en sus memorias “Jerez en los años veinte” nos da una emotiva descripción de lo que era nuestro pueblo en las dos primeras décadas del siglo veinte. Eugenio del Hoyo en “Jerez el de López Velarde” nos transporta algunos años más atrás.
Complementando esos recuerdos, he encontrado una relación de lo que era el Jerez de los años cuarenta, en el que la emigración ya era cosa cotidiana, porque nuestros paisanos iban a suplir a los gringos que andaban a la greña por allá en Europa y el Pacífico participando en una guerra a la que no habían sido invitados. Entonces solicitaban con urgencia “brazos” para que su industria no se quedara parada, y ahí van nuestros paisanos de braceros.
Jerez era una población pequeña, pero con mucho movimiento, ya que entonces era la única puerta de entrada del cañón de Tlaltenango, y por consiguiente, de aquí se surtían de todo tipo de productos los pueblos de la región.
EXPENDIOS DE ROPA
Los expendios de ropa se encontraban preferentemente en las calles Juárez, del Comercio, Tacuba y de la Palma. Ahí don Baudelio Varela, Aurelio Valdés, Rafael Alcalde, José Escobedo de la T., Felipe Sotelo y otros compartían la clientela que acudían a comprar pantalones “Gacela”, camisas “Medalla”, paliacates, rebozos, chamarras, calcetines, cobijas y hasta calzones. Manuel Rosales se ostentaba como propietario de El Nuevo Mundo, don José Issa tenía su establecimiento en el portal Humboldt, y Salvador Sabag se preocupaba mucho porque en “La Nacional” siempre hubiera buen surtido de todo tipo de ropa. “El Correo Francés” de Arturo Avila, así como “La Ciudad de México” de Ezequiel Márquez aunque de poco capital, vendían prendas de vestir en abonos a la gente del campo.
Los pantalones de pechera y ropa de mezclilla que fabricaba don Alí Sabag Haraide se vendían en su local de Plaza Principal No. 1. Carlos Sabag y Anselmo Cabral tenían sus locales en la calle Tacuba. J. Guadalupe de León, en la calle Juárez No. 1. Eloísa Huerta de L., vendía ropa fina en “La Violeta”. Y en Tacuba No. 13 se encontraba “La Ciudad de Londres, S. A.” que no sé de quien era. No hay que olvidar la negociación de don Jesús Valdés y Valdés en calle Juárez No. 22.
MERCERIAS
Don Pedro Camacho tenía su negocio de mercería en la calle Juárez No. 24, y don Antonio Borrego en Plaza Principal 8, junto al negocio del mismo género de Salvador Vargas. Gabriel Acuña vendía sus hilos, botones y artículos varios en la esquina de calle de la Palma y López Velarde, Jesús Sotelo en Plaza Principal No. 2 y en la esquina de Comercio y López Velarde Jesús María Reveles atendía a su clientela.
JARCIA Y SOMBREROS DE PALMA
Los campesinos podían comprar sus sombreros y todo tipo de aperos agrícolas con Antonio Sánchez González, quien los atendía en la rinconada de la calle Nueva y Plaza Tacuba. Podían acudir también con Antonio de la Torre en Juárez # 5, o con Manuel Sotelo en el Portal de las Palomas, o con Porfirio Carlos Berumen o Salvador Correa en la Plaza Tacuba. Zeferino Rodríguez atendía en “El Capullito” y Pablo Rosales era propietario de “El Sombrero de Palma”. Benigno Briseño tenía su negocio en Plaza Principal No. 24 y en la primera cuadra de la calle Belisario Domínguez (San Luis) estaba don José Luis Camacho. Enrique Ortiz González también vendía sombreros, sogas, fustes y cosas del campo, pero no tengo el dato exacto sobre el lugar donde tenía su negocio.
BOTICAS
Los jerezanos de esa época más acostumbrados estaban a curar sus dolencias y males en casita, con remedios de la abuela o tatarabuela, por eso no había muchos establecimientos donde se vendieran medicinas de patente. Aunque en las boticas se encontraban todo tipo de preparaciones y fórmulas. La más prestigiosa de la época era la “De los Pobres” de Ma. Del Refugio Valdez C. Bartolo de la Torre y Daniel Román tenían sus boticas en el Portal Humboldt. Ma. Guadalupe Valenzuela por la calle Constitución y Luis Escobedo González por la calle de la Parroquia.
ARTICULOS DE TOCADOR
J. Sacramento Berumen Briseño vendía todo tipo de afeites y perfumes para damas en su local que estaba en el portal Inguanzo, ahí las niñas ponían dos centavos sobre el mostrador y sus manitas, indicando así que querían que les pintaran las uñas, acción que era cuidadosamente realizada por don Mento. En la calle de la Aurora, doña Aurora Varela tenía un negocio similar, y Aurelita Franco también, pero en la esquina de Aquiles Serdán.
NEVERIAS Y DULCERIAS
En Plaza Principal No. 4 doña Ma. de los Angeles Valdés y Pablo Torres atendían su Nevería y dulcería, misma que a la fecha perdura en el Portal Inguanzo. Atendían además un tabarete donde vendían dulces y cigarros. José Saldaña tenía un giro de este tipo también en el centro de la ciudad.
PANADERIAS
Parece increíble, pero solo tengo registradas 3 panaderías: la de Ma. Patrocinio Sierra en la calle de la Parroquia No. 14, la de don Pancho Reséndez en la que trabajaban 6 panaderos y la de Miguel Sujo con 4 operarios. Ellos tenían sus expendios en la plaza principal.
FABRICAS DE SODAS Y DE HIELO
Desde entonces, ya eran muy reconocidas las “sodas” y “vitas” que fabricaba don Melesio Berumen, por la calle Mina y Emilio Carranza No. 28. Le echaban competencia Alfonso Tiscareño, quien tenía su negocio en B. Domínguez # 25 (Calle de San Luis) y José de Santiago en la calle Constitución. José de Lara tenía su fábrica de hielo en la calle de San Luis No. 22.
GASOLINERAS
De todos era conocida la gasolinera de don Isidro de Santiago, en Plaza Principal # 8. Un poco más adelante estaba el tabarete de Benjamín Quezada y por la calle de San Luis # 15, el expendio de Antonio Enciso.
ZAPATERIAS
Había muchos zapateros, pero su producción era artesanal y la vendían principalmente en los expendios de jarcía. Solo tengo tres zapaterías registradas: la de Pedro Prieto Macías en López Velarde # 4, la de Manuel Carrillo Salazar en la calle Aquiles Serdán # 3 y la zapatería de Zeferino Borrego en la Plaza Principal.
BILLARES
En esos años, los billares eran centros de diversión muy atractivos para los hombres que andaban medio desocupadones. Los mejores billares eran los de Gabino Correa en Plaza Principal, Salvador Pérez Carrillo en Obregón # 2, José P. Acuña en López Velarde # 5, los de don Pancho Félix López en Carranza # 1, Amalia Alvarez de C., en la Plaza Principal, el de Melitón Sandoval en la calle 5 de Mayo # 39. En algunos ranchos también había mesas de billar como en Lo de Luna donde Francisco García Gómez la hacía de “coime” y cobraba como dueño.
MOLINOS DE NIXTAMAL
En esos años todavía se usaban tortear en casa. Para ello se preparaba desde muy temprano el nixtamal y se llevaba al molino, de los que había muchos por todos los rumbos de la ciudad.
Don J. Sabas Fernández era entonces el “Rey del nixtamal”, pues tenía toda una cadena de molinos: en Jardín Hidalgo # 1, Pino Suárez # 45, San Luis # 65 y 16 de Septiembre # 42. Además estaban el molino de doña Petra López en calle Dolores # 40, el de Santiago Barrios en Esmeralda # 18, el de Jesús Muñoz Nava por el callejón Allende, el de Antonio Castro Collazo en Estrella # 16, los de Anastacio Gamboa por la calle de Guanajuato # 46 y callejón Allende # 77, el de Emilia T. de Vanegas por la calle San Luis # 32, el de Pedro Lozano Nava, por la calle García Salinas y el de Jesús Barrios en Luis Moya # 55. También estaba el molino de Francisco Miranda Berumen en Pino Suárez # 35 y el de J. Marcos Nava Rodríguez en Nicolás Bravo # 1 bis. Enrique Galván Cortés tenía un molino de trigo por la calle Hidalgo # 14.
En las rancherías jerezanas también tenían sus molinos: J. Guadalupe Trujillo y Martín Landeros molían el nixtamal en la Ermita de Guadalupe. Luis de Santiago tenía su molino en Los Haro y Cornelio Alvarado en San Juan del Centro donde también estaba el molino de Florencio Carrillo. Julio Gurrola en Jomulquillo. En Lo de Luna, Severiano García y Socios habían establecido un molino muy moderno. Manuel Miranda molía en El Cargadero, J. Refugio Franco en El Huejote, Martín Arellano en Ciénega y Fortino Vázquez en El Molino. En Santa Rita, las señoras llevaban sus tinas de nixtamal al negocio de Santiago Orozco,
HOTELES Y MESONES
En esos años, la preferencia eran los mesones, donde por una módica cantidad podían proteger a los animales en los corrales y darles su ración de alfalfa y agua, por eso solo había dos hoteles: el de don Celestino Sánchez, en Pino Suárez # 14 y el de Francisco Avila García en López Velarde # 2. Un hotel económico, que más era vecindad o mesón era el Hotel Casa “Del Viajero”.
Los mesones que existían eran el de Alberto Lira en Rayón # 16, el de Baudelio Sandoval en Madero # 90 (Calle del Santuario), el de Juan Avila Ceballos por la calle de San Luis, el de Maximino Márquez por la calle del Reposo, el de José Antonio Martínez en el número 100 de la calle Madero, el de J. Merced Dorado en Rayón 28. En esta relación faltan otros céntricos mesones, pero no tengo la seguridad de que en esos años estuvieran en funciones.
CARNICERIAS
Los principales expendios de carnes se encontraban en la plaza Tacuba, en lo que nombraban “Mercado de Carnes”. Cesáreo García, Rafael Molina, Aurelio de la Cruz, J. Jesús Hurtado y Alejandro León eran los principales tablajeros. Don Aurelio de la Cruz tenía otro expendio por el callejón Allende o de la Parroquia.
CANTINAS, CERVECERIAS Y LICORERÍAS
Los hijos de don Mariano de Haro, en la esquina de Aurora y calle del Espejo vendían licores de todo tipo, además de amarguitos y tragos populares. José Jiménez Carrillo tenía su licorería en la calle López Velarde # 8. Enrique Colmenero tenía su cantina en la esquina de San Luis y calle de los Libres, Pancho Márquez en San Luis y López Velarde, Anastacio Carrillo en Obregón # 1, Antonio Lozano Ferniza en San Luis # 38, Enrique Acevedo de la T., en Plaza Principal # 2, Ignacio Aguirre Berumen en San Luis # 14, José Huízar en Plaza Principal # 2. Julio Trujillo vednía cervezas en Obregón # 10, Antonio Acevedo en San Luis # 50.
Por la calle García Salinas, en el número 45, Dorotea Arroyo Corona regenteaba una “casa de asignación” muy frecuentada por los políticos y personalidades de la época, a ese lugar le llamaban “La matanza”. Ma. Rosa Flores Román manejaba otra que aunque fue registrada como “cervecería” se dedicaba a otros menesteres y estaba en la esquina de Dolores y Libertad.
LEÑA Y CARBON
Por muchos rumbos de la ciudad existían lugares donde se podía comprar leña o carbón, pero los ignoro, solo tengo en mis apuntes anotados a Manuela Almaráz, en el callejón del Gallo # 32 y el de Matilde de Santiago por la García Salinas.
COMPRA VENTA DE SEMILLAS
Maíz, frijol, trigo, alimentos para vacas y cochinos se podían comprar o vender en estos lugares, de los que estaban preferentemente en el segundo cuadro de la ciudad. José Jiménez Carrillo en López Velarde # 8 era de los que más clientela manejaban. Don Trinidad Correa y José Pérez Pérez recibían granos y los vendían por la calle Madero # 38. Por la misma calle (Madero o del Santuario) estaba don Pedro de Santiago y había otro lugar llamado “Cereales y Forrajes S.R.L.” por esos mismos rumbos, pero no sé de quien era. Por la calle Alvaro Obregón # 62 José Muro Ramírez compraba maíz a granel y por tonelada, mismo que vendía luego más caro (la ganacia, pues).
HERRERIAS Y TALLERES MECANICOS
Los que se encargaban de ponerles zapatos nuevos a burros y caballos, estaban ubicados por la calle de las fraguas preferentemente, y en esa época Pascual Torres, Manuel Talavera, Tomás González, Severiano González, Guillermo Torres, Francisco Talaveras, Elías Reyes, Juan Francisco Rodarte y José Pérez eran los más reconocidos herreros.
En aquellos tiempos, no había refaccionarias para los motores de los vehículos, por ello en los talleres mecánicos como en el de don Melesio Berumen y Luis Garrido fabricaban las piezas. Otros talleres eran el de José Ortega y el de Jesús Ceballos.
FABRICAS DE CHOCOLATE
Don Sabas Fernández todavía no comenzaba a fabricar chocolate, entonces los que hacían marquetas eran Herculano Muñoz y Juan Salazar.
NEGOCIOS VARIOS
Juan Sifuentes era el propietario de la única imprenta existente en Jerez que estaba en la calle Madero # 4, su hermano Julio tenía un taller de Relojería por la calle de la Aurora # 4. Guadalupe Villaneda se dedicaba a la elaboración de artículos de piel. Antonio Dávila Espino vendía y reparaba artículos eléctricos, lo mismo que Lorenzo García, quien además rentaba bicicletas y tenía su negocio junto a la imprenta (Madero # 6). Ma. de los Angeles León era la propietaria de una Fábrica de Velas. Ramón Rodarte se entretenía en la compra y venta de fierros viejos.
SASTRERIAS
Fernando Rincón estaba a la cabeza de una sastrería que daba trabajo a 3 operarios, lo mismo que don Jesús de la Torre y Manuel Martínez. Jesús Félix trabajaba solo y don Rafael Acuña tenía 4 trabajadores.
MADERERIAS, CARPINTERIAS Y CARROCERIAS
Rafael Alcalde y Aurelio Argüelles eran quienes proporcionaban la madera necesaria para que trabajaran los carpinteros y ebanistas jerezanos, entre los que tengo registrados a Juan Pablo Avila, Pascual Correa, J. Refugio Ceballos, Juan P. Martínez, Enrique Márquez, Zacarías Guerrero, Ezequiel Viramontes, Tomás Acosta y Jesús Ramírez. Algunos de ellos se dedicaban además a fabricar cajones de muerto, de esos nomás pintados con humo de ocote.
Aunque ya circulaban muchos vehículos de motor, todavía había quien se dedicaba a fabricar carrocerías, como Zacarías Guerrero, Manuel Mejía, Luis Mejía y José María Ramírez.
LADRILLEROS
Aunque el adobe era el elemento de moda para la construcción, ya había personas que se dedicaban a quemar ladrillos, como Juan Cardona, José Montes, Domingo Rodarte, José Contreras y Espiridión Contreras.
ABARROTES Y MISCELANEAS
Entonces no había los grandes almacenes que hay en la actualidad, pero en las misceláneas de todo se podía encontrar. En este rubro, las más importantes eran “La Bola” de los hijos de don Mariano de Haro en la esquina de Aurora y del Espejo, el negocio de José Jiménez Carrillo en López Velarde # 8, el de Carlitos Acevedo en esquina Aurora y Madero, el de Francisco Félix López, en Plaza Principal # 1, el de Salvador Varela en Madero # 32.
Por todos los rumbos de la ciudad había pequeñas “tiendas” como la de José Ma. Sánchez en Plaza Principal, la de Gumercindo Luna, en el callejón de la Parroquia # 16, la de Sabino Pichardo en la calle de San Luis # 54, la de don Daniel Quezada en la esquina de Culebrilla y Reforma, por esa misma calle (Reforma) estaba la de don Leonardo Guardado. Mi tío Enrique Berumen tenía su tienda de abarrotes en la esquina de Emilio Carranza y Acordada, Teresa Sandoval en Obregón # 71, Alfonsa Rodarte en Pino Suárez # 34. Paula Pérez Vda. de Gamboa en Allende # 56, Felipe Sánchez en Independencia # 26, Tereso Félix en Madero # 111, Margarito Acuña en Madero # 98,Anastacio Silva en San Luis 52, Ma. Auxilio Olague en la esquina de Libres y Reposo. Antonio Trujillo Félix despachaba en la calle de la Parroquia # 71, Francisco de Haro en Pino Suárez # 82, Luis Cabrera Llamas en la esquina de la Parroquia y Aurora, Jerónimo Villegas en San Luis # 76, Jesús Ma. Salazar en San Luis # 62, Porfirio Berumen en Madero # 88, Francisco de la Torre en San Luis # 59, María García en la esquina de Obregón y García Salinas, Germán Salazar en Moctezuma y Libertad y Gregorio Ramírez en Dolores # 87.
J. Jesús Flores en Libertad # 43, Pablo Dorado en 16 de Septiembre # 32, José A. Ramírez en Allende # 17, Pedro García por el mismo callejón pero en el 77, Santiago Ramos en la esquina de Rosales y Flores, Felipe Félix en la esquina de Rosales y Fortuna, Antonio de Luna en Allende # 47, Pedro Acuña Padilla en Madero # 109. (Recordemos nuevamente que la calle Madero es la de el Santuario).
Beatriz Barrios en Rosales # 62, Salvador Varela en Madero # 32,Salomón González en Allende # 13, Francisco J. Acevedo en la Esquina de Madero y Serdán. Marcelina Blanca en Allende # 39, Juan Dorado en Emilio Carranza 4 y Ma. Carmen M. de Torres en la calle 5 de Mayo # 33. Como podemos ver en la presente relación, las tiendas de abarrotes se encontraban preferentemente a todo lo largo de la calle de San Luis, callejón Allende y calle del Santuario o Madero, que eran las principales salidas y entradas de Jerez.

LAS DOCE MONEDAS DE PLATA

"Fue allá antes de los años treinta, cuando todo andaba patas pa'rriba. Un compadre y yo andábamos con los agraristas en un recorrido de protección contra los cristeros, de los que se temía tomaran en pocos días la ciudad de Jerez. El grupo lo formaban veinte pela'os, pero nomás nosotros éramos de la región, todos los demás venían del sur, de allá por el rumbo de Villa Guerrero. Po's andábamos por el rumbo de la hacienda de El Tesorero, donde arribita del arroyo de Godina se sabían hacer fuertes los cristeros. Habíamos almorzado en Los Haro, muy temprano, gorditas con jocoque y chiles asados que nos dieron en las casas de los agraristas de ahí, porque verá, en ese rancho todos estaban a favor del gobierno.
Pero sería que no habíamos comido nada el día anterior que cuando andábamos subiendo por ese arroyo, el de Godina, al poniente de las casas de la hacienda, que nos empieza la gruñidera de tripas a mi compa y a mí, que íbamos cabalgando juntos haciendo una línea para ir peinando todo el lugar. No, po's nos tuvimos que apear para irnos a descalzonar. Había unos encinitos y ahí mero nos acomodamos pa' hacer lo que el mexicano no hace solo.
Po's 'taba en plena faena, cuando mi compadre que también estaba en lo suyo me dijo: "Ira, ira compa, una calavera". Entonces era muy común encontrar güesos de cristiano por donde quiera. Ya vé, las guerras, matazones, y por ese rumbo en tiempos de la revolución hubo munchos enfrentamientos. El casco de la hacienda era un lugar estratégico donde los revolucionarios se proveían de comestibles para asediar Fresnillo y Jerez. En los años de la revolución, El Tesorero y la hacienda de Fresnillo eran como cuarteles de los que estaban contra el gobierno de los huertistas. Es por eso que las haciendas quedaron muy destruídas.
Po's, cuando mi compadre me dijo que ahí enfrente mío como a unos dos pasos estaba una calavera, agarré mi cuchillo y se lo aventé, pero no era una calavera. Con el golpe se movió y ví que era una olla de barro llena de monedas de plata.
"¡Ah cabrón!, ¿qué es eso?" dijo mi compadre como si no hubiera visto y oído las monedas, y se paró todavía sin acabar de hacer del cuerpo. "Pérate, pérate" le respondí, aconsejándole que no hiciera argüende. Ya cuando acabamos de hacer lo nuestro le dije: "Mira, vamos pensándole bien. El cantarito está lleno de monedas de plata. Dime, ¿cómo nos las vamos a llevar?. ¿Conoces bien a alguno de los 18 que nos acompañan? ¿No, verdá?. Po's una cosa te digo: que si nos ven o tantean que traemos esa plata, lo más seguro es que nos quiebren y nos tiren en cualquier nopalera y ya pa' mañana los coyotis nos hayan comido".
Po's no lograba convencer a mi compadre, hasta que le dije que tomáramos unas monedas y escondiéramos la olla. Nos orientamos bien, la enterramos al pie de un encino, como a unos veinte metros del arroyo, ya luego seguimos con los agraristas peinando la zona. Pero como a eso de las tres de la tarde el cielo se empezó a oscurecer y tuvimos que buscar refugio en unas trojes de la hacienda de Sarabia, muy arriba de la sierra, porque se venía una tormenta, de esas buenas.
Dos días duramos en ese lugar, porque la lluvia nomás no amainaba. Dos días nomás haciendo maldituras, jugando baraja y tomando aguardiente. Cuando ya más o menos clarió, empezó el desorden, cada quien agarró su cabalgadura y se vino pa' Jerez por donde mejor pudo, las brechas estaban resbalosas de tan enlodadas, charcos y arroyos por dondequiera no dejaban pasar. Entonces, mi compadre y yo, nos venimos al pasito, hasta bajar por el Sauz rumbo al Tesorero. Nos ubicamos bien: ahí está el cerro, allá se ven los encinos, ¡pero el arroyo de Godina era un río bien ancho! Hasta después supimos que en tiempos de lluvias se convertía en lo que es el nacimiento del caudaloso río de Jerez.
A'luego, nos pusimos a vadear la corriente, y mire… como a cien metros de donde dejamos enterrada nuestra olla, estaba el encino a cuyo pie la habíamos dejado… la creciente había arrancado de cuajo el árbol y también la olla que me imagino la ha de haber despedazado y regado las monedas que nunca las encontrarían ya. Yo tanteo que en el cantarito habría unas doscientas monedas.
"¡Ja, ja,ja! -se reía nervioso mi compadre- "¿Ya ve compa? No nos tocaba, si nos las hubiéramos llevado, lo más seguro es que en la borrachera allá en Sarabia nos hubieran mata'o. Y también aquí nos las arrebató el río. ¡No nos tocaba!".
Po's tristones porque vimos pasar la plata por nuestras manos nos venimos pa' Jerez siguiendo el curso del río por donde se podía. En la ciudad preguntamos en el cuartel que estaba junto a la capilla abandonada del Diezmo por nuestros compañeros, y nadie supo darnos razón. Lo más seguro es que se jueran pa' su rancho, allá por Villa Guerrero, en Jalisco.
Jueron doce monedas las que sacó mi compadre de la olla, doce monedas que nos gastamos en varias borracheras que nos pusimos allá por una casa que le decían "la matanza".

LA SOLDADERA DE LO DE LUNA

Yo he dicho siempre que los archivos son fuente inagotable de historias, de vivencias, de tragedias y del diario acontecer de quienes nos precedieron, y basándome en ellos precisamente, en esta ocasión presento una historia algo trágica, ocurrida en Lo de Luna.
LA SOLDADERA DE LO DE LUNA
Luego de que Jerez sufriera grandemente por los desmanes de la revolución, todavía en 1919 la región estaba infestada de gavillas de bandidos que por donde quiera hacían de las suyas. Uno de sus puntos favoritos era la Mesa de Lo de Luna, por donde pasaba el camino real a Zacatecas. El 9º. Regimiento que protegía a la población jerezana, tenía en esa ranchería un destacamento al mando del subteniente Sierra. Esta fuerza militar hacía rondas constantes por todo el rumbo, pero eso no amilanaba a los bandoleros, que se las ingeniaban para robar y asesinar a los viandantes y era tanta su temeridad que se enfrentaban al ejército.
El 24 de diciembre de ese año (1919), fue una jornada muy fatídica para el destacamento del subteniente Sierra, pues tuvieron que enfrentarse a una numerosa gavilla de bandoleros en la mesa contigua a Lo de Luna. En la lucha fallecieron el sargento J. Jesús Cruz, el cabo Froilán Galindo, así como los soldados Antonio Regis Ledesma, Pedro Ramírez, Quirino Salazar, y Andrés, Epigmenio y Joaquín de los que se ignora su apellido. Además de otros que heridos tuvieron que ser trasladados a Jerez. Los militares fallecidos fueron sepultados en el panteón de Lo de Luna, en una fosa grande. El agente municipal, que era Daniel Ortiz se aprestaba para venir a Jerez a dar parte de lo ocurrido, pero el Subteniente Sierra que venía con los pocos soldados que le quedaron resguardando a los heridos le dijo que no era necesario, que él lo haría. Tal vez se le olvidó pues hasta un año después las autoridades jerezanas conocieron de ese hecho.
Muchos de los soldados, que eran gente del pueblo, arrancada de su lugar de origen por la leva, traían tras de sí a sus mujeres e hijos, como Antonio Regis, que era acompañado por su fiel soldadera, la misma que cuando murió lloró lágrimas amargas por el amor que le tenía, por el incierto destino que le esperaba a ella y a un niño de brazos. Sola, en un lugar desconocido, casi desértico, sin nadie que se compadeciera de ella. Tocó puertas, en todo el rancho y solo una viejecita se acomidió a darle cobijo y abrigo. La soldadera trató de agradecer y le ayudaba en sus labores a la viejecita, que compartía sus parcas posesiones con ella.
La viuda de Regis, a pesar de todo, quería volver a su lugar de origen, con su gente, -dicen que era de tierras michoacanas-, y se acomedía a realizar cualquier trabajo que poco a poco le asignaban los vecinos de Lo de Luna. Ahorraba todo lo que podía con la esperanza de ir a Jerez a buscar información sobre la manera de volver a su tierra.
El domingo de Ramos de 1921, le encargó mucho su pequeño hijo a la viejecita que la había acogido, mientras ella iba a Jerez. Desde muy temprano, caminando, descalza, con alegría pensaba que pronto volvería con los suyos.
A su protectora le había prometido que le compraría en Jerez telas, hilos y si se podía hasta una escoba decente para barrer bien los pisos de tierra, pues solo usaban de esas de popotillo que las obligaba a barrer encorvadas.
Pero… no se supo por muchos días de la mujer. La viejecita creía que a lo mejor se había ido para su tierra dejándole el niño, y como ella no lo podía mantener, lo envió con el agente Daniel Ortiz a Jerez, para que preguntara qué había pasado con la madre y de paso le buscara un hogar al infante.
Ortiz, en Jerez, anduvo preguntando pero nadie le daba razón. Hasta que platicando con Pascual Félix, que era Juez de Letras, este recordó un hecho acontecido días antes…
El domingo de Feria, el 27 de marzo, Eulogio Espinoza se había presentado ante el presidente de Jerez que era el comerciante J. Merced Juárez (tenía sus abarrotes donde ahora es el Carta Blanca), para reportarle que en el camino que va a Zacatecas, tirada bajo un mezquite, había una mujer que tenía ya varios días muerta.
Don Merced mandó hacer lo que se hace en esos casos, recoger el cadáver y llevarlo al descanso del panteón, lugar donde el práctico Jesús Juárez le hizo el reconocimiento. Concluyeron que la mujer se había protegido de la tormenta que hubo el miércoles 23, pero que un rayo la había fulminado.
Nadie supo su nombre, no hubo quien la conociera. Ella era de cuerpo regular, color trigueño, pelo y cejas negras; frente, nariz y boca regular. Vestía saco blanco, enaguas negras con pinturas blancas, descalza… Y, traía una escoba y un quimilito con varios objetos. Como nadie la reclamó, fue inhumada en una fosa común en el panteón de la Soledad.
Daniel Ortiz dejó el niño a cargo de don Merced Juárez, quien lo llevó a una de las casonas de la calle del espejo, donde luego era conocido como “Toñito el de Regis”. Después, no se sabe qué pasó con él…

AFGANISTAN.- No sabía que el semanario “El Alacrán” llega hasta esas lejanas tierras. Pero sí, René Barajas Correa lo recibe y se entretiene leyendo lo que ocurre en la tierra de sus mayores. Un afectuoso saludo para él. Y también saludo en esta ocasión a “La morena” del DIF, quien ha expresado muy buenos comentarios de las historias que escribo. Gracias

LA PISTOLA DEL MOLINO VIEJO DE LA LABOR

Dicen los que presumen de saber, que para qué criticamos, si ni sabemos de cultura, de modernidad, ni de cosas de esas. Pos bueno, ahí seguimos en nuestra ignorancia permitiendo que hagan de nuestro pueblo un desastre. Ahora me dicen que yo vivo adelante de la calle “de los camellos”. ¿Y cual es esa? –dirán- pues una que luego de los arreglos que le hicieran para el drenaje pluvial quedara más llena de jorobas que los más beduinos camellos… y espérense a la temporada de lluvias, como es costumbre, no compactaron bien lo tapado y el resultado saldrá a la vista… nomás acuérdense de la calle Rayón que como veinte veces tuvo que reparar el arquitecto Varela allá en los tiempos de Villarreal…
Pero, tengo prohibido hacer críticas, así que mejor les convido de un relato que me hicieran hace ya como 40 años. Algunos se preguntarán cómo es que tengo relatos y cosas tan viejas. En mi casa tengo dos archivos, un papelerío de la fregada, y con mis hermanas, está el archivo grande. Dice Tato (mi hijo) que cuando me muera, lo primero que va a tirar a la basura son las máquinas de impresión, y con los papeles y libros va a hacer una gran pira funeraria que se va a ver desde la bufa…
LA PISTOLA DEL MOLINO VIEJO DE LA LABOR
“Mire, le voy a contar cómo fue que me hice de los centavitos con qué compré esa casita donde usté está viviendo, aunque no se si me crea, porque es algo raro.
Fue allá por 1946, entonces Jerez era muy diferente, muy chiquito y eran otras las costumbres.
-’os veníanos mi compadre y yo muy de madrugada pa’ Jerez, montados en nuestras mulas. La intinción era de mercar varias cosas pa’ estar prevenidos pa’ las fiestas de abril. Yo traiba encargos de telas, hilos y guaraches, ansí que dejaría mi animal en el mesón de las mariposas y de ahí me iría junto con mi compadre pa’ la plaza Tacuba, donde estaba toda la vendimia de lo que buscábamos. Hacía las cuentas alegres, pueque hasta un sombrero nuevo comprara con Pilo Carlos porque el que traiba ya estaba muy viejito.

Entramos por la calle de la Fortuna y emparejando a una tienda que le decían “El Vacilón”, a mi compadre se le ocurrió comprar una botella de aguardiente, que para hacer la mañanita. Déjeme decirle que más antes en las tienditas se vendía tequilita y vinos, y nadie decía nada. P’os nos apeamos y ahí voy con él.
Mi compadre conocía al de la tienda y le saludó muy amistosamente, yo mientras prendí mi cigarrito farito acá en un ladito, cuando noté que un pela’o de esos muy desalmado al que le dicían “El charrascas” taba tomando cerveza y tenía como unas cinco en el mostrador, ya destapadas, nomás pa’ irselas tomando conforme se le acabaran. Aparte tenía una pistola junto a las cervezas.
Me vio y ordenó: “¡Tómese una cerveza!”. Yo le dije que no, que no podía tomar, que munchas gracias. Se molestó y me gritó: “A mí nadien me hace un desaigre. ¡Agarre esa botella y tómesela!”,
Yo no soy de pleito, siempre he sido gente de paz, pero me molestó mucho su actitud, así qe no le dije nada, y viendo a mi compadre de reojo, nos dispusimos a salir. El Charrascas me alcanzó a agarrar de mi chamarra y me gritó que a él nadie le daba la espalda, que eso no era de hombres y sabe cuantas cosas más. Nomás le di el jalón a mi chamarra y me quise zafar pa’ juirme porque veía como que se iba a complicar la cosa.
Y mire, pescó la pistola del mostrador y me tiró un balazo. Obra’e Dios que no me atinó. Y p’os nomás atiné a agarrare la mano y tratar de quitarle la fusca. Forcejeamos y hasta la calle fuimos a dar. Tovía me tiró dos balazos más, yo sentía la polvareda en los ojos, pero no me atinaba. Al último no se ni cómo le alcancé a quitar el arma, disparé al aire los tiros que le quedaban y se la aventé.
-¡Ahí está tu mugrero! Nomás un cobarde como tú agrede a la gente de paz y si queres que trague alguien trague mierda contigo, pídeselo por las güenas-. Todo mosqueado y limpiándose con el paliacate la sangre de la nariz, porque sí me lo soné macizo cuando forcejeamos en el suelo, agarró su pistola y se metió pa’ la tienda. Yo le hice señas a mi compadre que nos treparamos a las mulas pa’ irnos. Ahí, en la esquina, en la contracalle, estaba un viejito enrredado en una cobija, y se me arrimó y me dijo: -Oiga, es la primera vez que veo que alguien se atreve a poner en su lugar al charrascas. Es un pela’o muy mala cabeza, y ya debe varias muertes, así que le aconsejo que se cuide de él, es muy traicionero y lo puede buscar pa’ venadearlo.
Me rasqué la cabeza, y recuerdo que le dije “Mmm, p’os ya me jodí, yo no tengo ni un méndigo machete con qué quererlo”. El viejito sonrió, recomendándome que me cuidara, pero luego se me acercó y al oído me dijo: “Mire, yo tengo una pistolita, ya está viejita, pero se la voy a regalar, porque nunca había visto que el charrascas se fuera como perro apaleado”. Le dije que no necesitaba arma ni nada, pero el viejito insistió: “La pistola que le digo está guardada en una cajita, vaya por ella y es toda suya con lo que ahí está, se la regalo de corazón”.
Luego me dijo que si la quería fuera por ella hasta la hacienda de La Labor ¡ir por una méndiga pistola roñosa tan lejos!. Le seguí dando las gracias ya montado en la mula, pero no me dejaba ir. “Váyase por el camino viejo, por el rancho del padre Alfaro y siga la vereda hasta el molino viejo de La Labor, en el muro que da hacia el lado del sol, antes de los arcos, cuente cuatro pasos, como los suyos, y ahí encontrará una piedra lisa empotrada en la pared, como de treinta centímetros, a u na vara de altura, más o menos está disimulada; quite la piedra y ahí está su regalito. Vaya por él, no se arrepentirá, verdá de Diosito santo”.
P’os, a los poquitos días me entró la curiosidá… ¿Por qué tanto misterio del viejito? Una pistola se guarda donde quiera, pero… ¿en los muros de una finca?. Así que un domingo me fui con rumbo de La Labor, por el camino del ranchito del Padre Alfaro, ahí anduve viendo el molino que yo ni lo conocía denantes. Muy destruído, porque crioque muchos buscadores de tesoros habían excarbado por todos lados, y otros se habían llevado las piedras de cantera. Como era domingo, la gente andaba en Jerez, ansina que con muncha tranquilidá busqué la piedra que me dijo el viejito. Ahí estaba, la quité, y adentro, en una como alacenita, estaba una pistola vieja, pero lo que se dice vieja, adentro de una cajita de puros. Juntito, me encontré tres bolsitas de gamuza, mire, más o menos de este pelo, pesaditas las bolsitas, llenas de centenarios, de esos de oro que habían salido como veinte años antes… p’os como el viejito dijo que lo que encontrara era mío, me lo traje todo, nadie me vio… es más, ni siquiera volví a poner la piedra tapando la alacena.

P’s mire, me compré esa casita y otra aquí en Jerez, y me hice de unas tierritas. Anduve dando vueltas por “El Vacilón” buscando al viejito, pero, no me lo va a creer, nadie se acordaba de haberlo visto por ahí… nadie me supo dar razón. ¿Verdá que es increíble?
Y del “charrascas”… me anduve cuidando mucho tiempo. Pero no sabía que estaba en la cárcel por una muerte. Lo metió Cuco Pulido, y dicen que salió con los pies por delante solo para darles de comer a los gusanos.

CIENEGA DE LOS DOLORES

Por desgracia, la identidad histórica de nuestra región se va perdiendo. Los acontecimientos que dieron vida a diferentes rancherías, comunidades y exhaciendas, muy pocos los recuerdan. En esta ocasión, les ofrezco una historia de mi libro “Conozco Jerez”, para que se vayan a conocer
CIENEGA DE LOS DOLORES
A pocos kilómetros del centro de la ciudad, se encuentra un lugar lleno de reminiscencias, de recuerdos de tiempos idos... es la exhacienda de Ciénega que aún hoy en día ofrece a quienes quieran conocerla, bastantes atractivos, que deben ser preservados, ya que este lugar podría convertirse en un gran destino turístico.
La historia nos dice que su poblamiento por españoles fue a la par o poco antes que la villa de Jerez, pues en el archivo histórico de Zacatecas hay viejos legajos donde se menciona a este lugar, conocido como "los ojos de agua de Caldera" (refiriéndose quizá a Pedro Caldera, uno de los fundadores de Jerez).
Luego, la doctora Agueda Jiménez Pelayo, en su bien documentada obra, "Haciendas y comunidades indígenas en el sur de Zacatecas", nos cuenta de este lugar que a mediados del siglo XVII los propietarios eran don Francisco Martín Gallardo y su esposa doña Teresa de Rodas, quienes entre sus modestas propiedades poseían además las haciendas de La Encarnación, Tenango, San Juan de Dios de los Fustes alias El Salto, Huacasco, Santa Rosa de Malpaso, San José de Tayahua, Nuestra Señora de Guadalupe de la Quemada, La Estanzuela, San Miguel de Buenavista, El Tesorero, y por supuesto, Ciénega de Jerez.
Cuando estos buenos señores murieron, sus hijos tal vez desesperados por no saber qué hacer con tanta tierra, comenzaron a vender, y así en 1650, Juan Martín Gallardo vendió a las Madres Clarisas de Querétaro 24 sitios de ganado mayor (cada sitio equivale a 1755 hectáreas), entre esos sitios estaba Ciénega.
Pero como las monjas estaban muy lejos, y en sus monjiles actividades como rezar, hacer chocolate, atender a curas, pedir limosna, etc., no se contemplaba la administración de haciendas, para 1680 andaban vendiendo al mejor postor sus propiedades por estos lares. Así, en subasta pública, el Conde de Santa Rosa, don Juan Bravo de Medrano les compró lo que después sería la extensa hacienda de Santa Rosa de Malpaso, en la cual estaba comprendida Ciénega.
Allá por 1700, se le conocía como "Ciénega de San José", y solo era un conjunto informe de casas que no constituían una hacienda formal. Poco a poco se fueron construyendo las trojes, caballerizas, la casa grande y todo lo necesario para que fuese una hacienda de campo: Los investigadores dicen que en polvosos manuscritos se menciona a Francisco Prieto Gallardo como su poseedor en ese entonces.
Este Prieto Gallardo, también tenía su dinerito y no sabía qué hacer con él. Originario de Aguascalientes, se avecindó en Jerez allá por 1676, e incluso en 1699 era teniente general del alcalde mayor de la villa de Xerez. El teniente era una especie de "secretario" del Alcalde, era el que le "tenía" sus cosas.
Sus descendientes siguieron habitando en Jerez, y después ya no tenemos noticia a quien vendieron, aunque luego se menciona a varios dueños, como don José de la Borda (rico minero que a sus expensas hizo el templo de Santa Prisca en Taxco, y que vino a Zacatecas comprando minas y haciendas). Cuando murió, se quedó como dueño su hijo, que era sacerdote, Manuel de la Borda. Este por medio de varios apoderados administraba sus propiedades en Zacatecas, y cuando entregó su alma al Creador, gran parte de su fortuna pasó a sus apoderados. Y Fermín de Apecechea quedó como propietario de las Haciendas de San José del Maguey, Ciénega de Jerez y Santa Rosa de Malpaso, extensas propiedades.
Para darnos una idea de la extensión de estas haciendas, bastaba con salir de la villa de Jerez y el camino real se encontraba ya en campos de Ciénega, luego seguía en campos de Malpaso y concluía en terrenos de San José de El Maguey, hasta las mismas goteras de la ciudad de Zacatecas, hasta cerca de la Mina de Quebradilla.
En aquellos años, los grandes potentados tenían tanto terreno que incluso hubo quienes no conocían sus propiedades, y fácil las vendían o compraban, como es el caso de Ciénega, que en marzo de 1815 don Antonio María de Gordoa comprara por medio de su apoderado don José Ildelfonso Díaz de León, según un documento que firmaron en el entonces rico Real de Catorce.
En ese documento se avaluó la Hacienda de Ciénega en 142 mil 679 pesos y unos cuantos reales, mientras que la Hacienda de Malpaso fue vendida en 347 mil 842 pesos y dos reales. La de El Maguey costó 211 mil 420 pesos, por lo que suponemos la de Ciénega era más pequeña en extensión e importancia.
Para 1815, este lugar ya era conocido como "Hacienda de Nuestra Señora de los Dolores de Ciénega", pero no tenía capilla, y suponemos que la misma estaría en una de las habitaciones de la casa grande.
La capilla comenzó a construirse el 22 de marzo de 1820 a expensas del Lic. Antonio María de Gordoa, según lo vemos en una clave que cierra el arco de entrada de la capilla de Ciénega que todos conocemos. Creemos que no fueron muchos los años que se utilizaron para su edificación, pues fue dedicada por el Bachiller José Antonio de Joya y Mena a Nuestra Señora de los Dolores. (El Bachiller era el Cura de la Parroquia de Jerez, y a los pocos años del triunfo de la independencia se fue de la región, pues era español neto y no le gustaba que lo vieran feo).
Pocos años después, fue llevada a este templo la imagen de San Antonio, la que hasta la fecha ha sido motivo de gran devoción especialmente por las jerezanas que anteriormente acudían todos los martes a rezarle y a pedirle les concediera un buen marido, y como el deseo se completaba con el jalón del cordón, se tuvo que amarrar la imagen para que no la tumbaran.
Los Gordoa, estuvieron muchos años en posesión de las Haciendas que se compraran en el Real de Catorce, y las hicieron crecer, convirtiéndolas en la despensa de toda esta región.
Así mismo, emparentaron con familias de linaje, como los Viadero, los Breña. Por casi un siglo, las haciendas de Malpaso, El Maguey y Ciénega vivieron una bonanza, una etapa de estabilidad, de riqueza, de producción. Y la vida de los dueños de estas haciendas, giraba sobre las mismas, y así encontramos que -a pesar de los ordenamientos que desde 1824 se habían hecho para la inhumación de cadáveres únicamente en los campos destinados para ello-, en Ciénega no se cumplió este precepto, pues en el interior del templo encontraron cobijo los despojos de los miembros más prominentes de esta rica familia.
"Sinite parvulus venire ad me. Sn Mat C 13. Al brillar la razón en su alma pura, miró los males del doliente suelo, gimió y los ojos rebolviendo (sic) al cielo, voló buscando perennal ventura" reza en la lápida que en un costado del templo cubre los restos, de José María Gordoa y Gordoa, quien murió el 13 de enero de 1854 a los 44 años de edad.
"Volaste al Cielo hombre de fe, hasta allá mi amor te alcanza, mi placer también allá se fue, ¿Qué dejaste aquí?... una esperanza" es el epitafio que se puede leer en el sepulcro de José María Gordoa, quien muriera el 8 de diciembre de 1858, de 39 años de edad. Y también en ese lateral se encuentra la lápida que anuncia que ahí fue sepultada María Gordoa de Gordoa el 17 de junio de 1881.
Una placa de mármol, nos dice que Concepción Viadero Gordoa murió el 15 de marzo de 1884.
En el piso del templo, vemos varias planchas mármol entre las que están la de Máximo A. Viadero, fallecido el 20 de Mayo de 1886; la de Margarita Breña Gordoa, muerta el 15 de agosto de 1907; la de María Gordoa y Gordoa viuda de Viadero, fallecida en Zacatecas el 22 de Noviembre de 1911. Esta plancha o lápida es de mármol negro y fue mandada colocar por la hermana de la difunta, Francisca. Se dice que en sus extremos tenía cuatro monedas insertadas, pero solo quedan las huellas de las mismas.
Y, la última persona sepultada en el interior de ese templo, creemos que fue doña Ignacia Breña Gordoa, quien murió el 25 de agosto de 1921.
Luego, con la revolución, comenzaría una serie de revueltas, de disputas, y las haciendas se fueron desmembrando, sus propietarios huyeron dejándolas en manos de apoderados.
Comenzó también el reparto agrario, y la hacienda de Ciénega fue una de las primeras en las que pusieron los ojos los que querían tierras. De inmediato comenzaron los dimes y diretes, los estira y afloja, y en varias veces, los apoderados de Ciénega veían impotentes como llegaban las resoluciones de reparto agrario, dejándoles solo pequeños sembradíos pegados a la casa grande.
En tiempos de la cristiada, la casa grande de Ciénega fue utilizada por el General Anacleto López como su cuartel general. Entonces, muchos de los añosos álamos, mezquites, chabacanos y pirules fueron testigos de las aberraciones de la guerra, de los ajusticiamientos, de los ahorcamientos, de los fusilamientos. Cerca de Ciénega, por el camino a El Compartidor, existe una lápida que cubre una fosa donde se da testimonio del asesinato de varios pacíficos vecinos por parte de las tropas del ejército.
Después, lo que quedó de la casa grande de la hacienda, fue comprada por el Sr. Cura Carlos Uriel Argüelles, cuyo sobrino Rafael Argüelles la ha tratado de conservar, tanto la casa como la huerta y el templo además.
En los años cincuenta y sesenta, era todo un maravilloso y esperado suceso el ir a Ciénega de paseo. Desde muy temprano nos levantábamos para irnos caminando por todo lo que es ahora la Colonia Guadalupe, luego atravesar el río, por en medio del barranco y subir por la calle de la huerta. Nos admiraba llegar al tanque y ver los patos, garzetas y muchas aves que disfrutaban de sus aguas.

LOS SOLDADOS NOS VENDIAN EL PARQUE…

“Hay munchas cosas que los que escriben libros no saben. Y le voy a platicar, pa’ que se dé una idea de cómo eran más o menos. Yo estaba muchachón cuando empezó la revuelta de la cristiada. Vivíamos en un ranchito que está atrás de la sierra. Uno de mis hermanos y yo nos juimos con Emilio Barrios, que había levantado mucha gente por esos rumbos. Conocí a Sabino Salas, un pelao muy taimado, muy ladino, muy serio y que ya había estado en la refolufia. Pero yo andaba con los de Barrios.
“Los agraristas eran gente como nosotros, ellos nos enfrentaban porque el gobierno los obligaba. Les decían que si les habían dado las tierras, lo menos que tenían que hacer era defenderlas. Y les lavaban el coco diciéndoles que “los faldillones” (o sea, nosotros los cristeros) se las queríamos quitar. Claro que había unos muy bravos como Manuel Saldívar, Cesáreo Pinedo, Bucho González y otros. Esos sí eran de tenerles miedo. El mismo gobierno les dio unos rifles dizque “rusos”, muy curiosos pero que usaban unas balas cónicas que si le atinaban a un cristiano, lo destrozaban.
Desde la boca de San Pedro, todo el valle se había hecho agrarista, Pero, mire, no eran gente mala cuando no andaban peliando. Nos saludábamos, platicábamos y toda la cosa
“-¿Quihubo Pánfilo? (yo me llamo así) -¿pa’onde vas?”
-“Po’s voy a Jerez a comprar un mandado”.
“-¿Y a poco en ese burro vas a cargar todo el bastimento? No, hombre, mira, te arriendas pa’mi casa y le dices a mi suegro que digo yo que te preste las dos mulas prietas, bien ajarciadas. Vas y compras tu mandado, y aluego cuando ya llegues a la sierra, nomás las sueltas y solitas van a regresar. Conocen la querencia”.
Y así, pero cuando había pelea, los oficiales del ejército no eran nada pendejos: los aventaban por delante con sus riflitos rusos. Mire, les llegamos a quitar muchos de esos, pero no nos servían, porque esas balitas cónicas nomás no las podíamos conseguir.
Emilio Barrios, era muy astuto, sabía cuándo y cómo atacar. Cuando veía que al frente del ejército venían los oficiales nos decía que mejor era retirarnos, porque eran “tropas regulares”, de escuela, soldados que sí sabían disparar. Cuando no se veían los oficiales por delante sabíamos que la teníamos ganada, porque eran tropas irregulares o de “leva”. Los soldados de leva eran levantados en pulquerías, billares y cantinas de Oaxaca, Michoacán o Guerrero, nomás les encasquetaban el chacó y el rifle y los trepaban en trenes muy lejos de sus tierras para que no se devolvieran. En las batallas les daba mucho miedo, porque por delante nosotros les disparábamos, y por detrás sus mismos oficiales les disparaban y los andaban arriando pa’ que no se devolvieran. Estos soldados, se llenaban de miedo, aventaban el rifle y corrían desesperados que nos daba harta lástima.
Por nuestra parte, atrás de la vanguardia, o los de avanzada, venían los “carroñeros”. Les decíamos así porque iban quitando rifles, cananas, parque, uniformes, botas, caballos, todo lo que podían, a heridos y muertos. De esa manera nos hacíamos de lo que necesitábamos.
Parque siempre nos faltaba, pero lo conseguíamos de una forma que ni se imagina. Mire, el general López se había acuartelado en Ciénega, y aquí en Jerez estaba al mando el Coronel Enrique Medina del 8º de Caballería. Su segundo era el capitán Angel Pérez. Estaban en el cuartel de la capilla del Diezmo y las amasias, esposas y queridas de los soldados vivían en unos cuartitos de la vecindad de San Antonio (donde ahora está el mercado). Ya para entonces los pelones usaban unos rifles americanos muy modernos, y de esos sí conseguíamos balas.
Po’s de vez en cuando los jefes nos mandaban a varios, a recoger dinero en una casita del pariancito, aquí en la plazuela del mercado. Nos daban un paliacate bien pesadito y llenito de monedas de oro y de ahí nos íbamos discretamente al mesón. Ahí, la esposa de un soldado de caballería, creo se llamaba Marcial Tirado, nos vendía todas las balas que necesitábamos. A lo mejor tendría fábrica, porque nos surtía bien, pero se llevaba su buen costalito de oro. Nos regresábamos por la calle del Toro, con nuestros huacales muy llenitos, amortiguados con trapos pa’ que no tintinearan los cartuchos. Y mire, en mucho tiempo nadie nos molestó, nadie nos dijo nada. A veces, como siempre andábamos de noche, por ahí algunos de la guardia nos lanzaban el ¡quien vive!, les respondíamos la contraseña: “¡Un amigo con máiz!”, y sin más nos dejaban pasar, sin vernos siquiera. Ese soldado, yo pienso que fue descubierto por sus jefes o no les pasó bien la mochada, la cosa es que el 14 de julio del 29 lo fusilaron, pero ya pa qué, ya la guerra había terminado, ya no necesitábamos parque.
El 10 de noviembre de 1927, que andábamos con gente de Quintanar y Perfecto Castañón, tuvimos un enfrentamiento en el rancho de San Juan con tropas del gobierno. Ahí resulté herido de mis dos piernas. En la izquierda la bala me atravesó el hueso. Po’s luego que recogieron mis compañeros el campamento, al ver que no me podían controlar el sangrerío, decidieron traerme para Jerez, por el arroyo de Jomulquillo, en una parigüela. Cobijados con la oscuridad llegamos hasta la casita esa de la Plazuela del Mercado. Ahí, en la recámara, acostado sobre un petate, una mujer me empezó a poner telarañas e “hirlas” de manta, y así se me taponeó el boquete que traía. Yo aullaba de dolor, pero me lo calmaron casi con un litro de aguardiente, y siempre que me dolía me daban mis buenos buches de aguardiente pa’ que aguantara. Me entablillaron y así estuve un buen tiempo en esa casita, mientras me podía mover. El pariancito lo formaban muchas casitas con sus frentes iguales. En la que llegábamos estaba más o menos a la mitad.
La gente de Jerez que colaboraba con la causa, le llevaba a la mujer que me curó, dinero para parque. Llegaba la gente, mujeres muy vestidas de negro y tocaban. “¿Quién es?” –preguntaba desde adentro mi curadora. De afuera le contestaban “Soy la vecina y traigo noticias”. Luego que les daban el pase, dejaban dinero, monedas de oro y plata, joyas y billetes.
Mientras se juntaba lo necesario para comprar una buena dotación de parque el dinero y joyas se guardaban en una olla grande que estaba enterrada junto a un árbol a la mitad del corral. Los caballos se encargaban de pisotear la tierra y nadie se imaginaba que ahí había una fortuna. Cuando avisaban que había parque, la mujer escarbaba, destapaba la olla y sacaba lo necesario.
Mientras yo me estaba curando, llevaron a otros heridos, y ahí estábamos a veces, aullando en coro. En una ocasión, cuando yo casi podía caminar, llevaron a un pobre hombre, agujereado de la panza. La mujer no lo pudo curar, pues cómo, así que llevaron al doctor Conrado Hernández, que aunque trabajaba para el municipio, era gente de confiar. El doctorcito le abrió más la panza, le estuvo sacando todo el triperío pa’ lavarlo con alcohol o sabe con qué diantres. Y nomás viera, en el corral yo y todos a gomite y gomite. Po’s mire, el doctor Conradito le cosió todo el entrecijo y aunque el hombre sufrió mucho con fiebres, como en un mes ya andaba casi como si nada. Bendito sea Dios. Sé que otros no tuvieron esa suerte, y en un rincón del corral los enterraron sin ponerles nada, ni una crucecita. Por ahí deben andar sus ánimas pidiendo porque los lleven a campo santo.
Po’s todavía era tiempo de frío, cuando llegaron por mí, que si ya podía montar me arrendara pa’ la sierra, y pa’lla me fui. Participé en la corrida que la tropa de Trinidad Castañón hizo por Santa Rosa, Juana González y el Sauz. Andábamos como de día de mercado, pues requisamos cuanto caballo encontramos, con todo y montura. Cada rato cocoreábamos a la federación, que nomás no se arrimaban. El 16 de enero del 29 llegamos casi hasta Jerez y nos encontramos con unos soldados del Chueco Angel Pérez. Les matamos siete gentes y aprisionamos a varios. Les quitamos unos caballos muy bonitos que traían, pero luego mejor se los devolvimos porque no servían para nada, eran caballos de exhibición. Nomás se tragaba el máiz de oquis…
A los pocos días, me enteré que habían matado a la mujer que me curó, y mire, yo le tenía muncho, pero remuncho agradecimiento porque no nomás a mi me curó, sino a munchos otros que ahí llevaban. La mataron a cuchilladas, ni siquiera su vida valió una bala. Un día bien enmuinado, anduve con varios compañeros en Jerez, tomando tequila, y sería medianoche, cuando nos íbamos a regresar me llenó el sentimiento. Llegué trepado en mi caballo sin que mis compañeros me pudieran detener hasta donde era la Presidencia (donde ahora es el correo). Ahí vi de lejos al Bucho González y otros agraristas, los que al oír el ruido de mi caballo se encerraron. Mero enfrente, les caracolié el caballo y sacando la pistola la disparé al aire, mientras les gritaba: “¡¡Viva Cristo Rey!!”. Nadie salió, es más, hasta un balazo a la puerta le di. Y seguí gritando: “¡¡Estoy solo cabrones!! ¡¡Viva Cristo Rey!!”. Nadie salió… mis compañeros me alcanzaron en sus caballos y obligaron al mío a seguirles, pero yo les seguía gritando y disparando mi pistola. Y mire, salimos de Jerez muy tranquilos por la calle de Tres Cruces. Nadie nos persiguió. El miedo no andaba en burro, ni a pie…