miércoles, 8 de septiembre de 2010

LA VENTA DE BOCA DE RIVERO

Todo empezó por allá en 1755. Juan Manuel de Bárcena quien ostentaba los nada despreciables cargos de Teniente de la Acordada y Juez Ordinario de su Alteza la Real Audiencia y Superior Gobierno de este Reino, y era además dueño de las Haciendas de Nuestra Señora de Guadalupe de la Quemada, Guacaxco, Delgadillo y la de Santa Fé, decidió que sus animalitos no cabían en sus propiedades, por lo que le propuso a doña Salvadora de la Torre, viuda de don Antonio Carlos de Escobedo le vendiera un sitio de tierra llamado Boca de Rivero.
Doña Salvadora al enviudar quedó como propietaria de las ricas tierras de la hacienda Atitanaque por lo que se le hizo fácil desprenderse de un sitio de ganado mayor. (Un sitio de ganado mayor son cinco mil varas mexicanas, o 1755 hectáreas y 61 áreas). La tierra que vendió estaba al sur de Atitanaque, por el oriente con tierras que fueron del Conde de Santa Rosa y en ese tiempo (cuando se hizo la venta) de don Alonzo Díaz de la Campa, y por el poniente con propiedades de los herederos de don Francisco de Escobedo y Andrés García de la Cadena.
Aparte, ese sitio lo había comprado su marido a don Juan de Aspizechea y don Juan Joseph de Barzena el 19 de Abril de 1729.
En la escritura de venta dice que lo vende con sus entradas y salidas, tierras labradas y fábricas, un corral de piedra y las que habita Juan de Santiago. derechos de aguas, pastos, abrevaderos, usos, costumbres y servidumbres. El precio lo fijaron en mil doscientos cincuenta pesos de oro común en reales. Se hizo la escritura con todos los protocolos y formalidades de la época y se firmó en la Hacienda de Atitanaque de la Villa Gutierre del Aguila el 25 de septiembre de 1755. Doña Salvadora no sabía escribir, así que a ruego de ella firmó Joseph Antonio Arias de la Peña.
EL ARREPENTIMIENTO
Parecía que para ambas partes era un buen negocio, Don Juan Manuel recuperaba las tierras que en el pasado vendiera su antecesor, doña Juana se hacía de un buen capital en oro que mucho le hacía falta. Pero algo ha de haber pasado, porque doña Salvadora no quiso recibir los costalitos con los mil doscientos cincuenta pesos. No quiso, y se desistió de la venta.
La cosa no era tan fácil, pues en la escritura de venta se preveía que no había engaño de ningún tipo, así que el papeleo se hizo a lo grande y hasta a Guadalajara fue a dar. Allá, en un auto fechado el 22 de abril de 1762, el presidente y oidores de la Audiencia Real conocieron del negocio de la recisión y nulidad de la venta. Se quejaba doña Salvadora que el capitán Bárcena metía su ganado mayor a esa tierra que era suya, porque la habían engañado y aunque Bárcena le pedía que enviase por su dinero, no lo había querido recibir. La Audiencia determinó que todo era legal y que la vendedora debería recoger su dinero. Bárcena pidió que no se le corriesen rédito, ya que el dinero ahí estaba y ahí estuvo siempre, y además que se le pagasen 90 pesos que a la vendedora le había suministrado. Pues de pilón doña Salvadora tuvo que pagar las costas que subieron a 107 pesos y 1 real, que se rebajaron de los costalitos que tenía Bárcena, apremiándole a que entregara lo restante a la vendedora.
Cuando se resolvió este enojoso asunto, doña Salvadora ya había fallecido. Entonces surgió la figura del Bachiller Domingo Vicente Salinas, presbitero domiciliario del obispado, quien como albacea pidió 300 pesos mediante una esquela, para el funeral de doña Salvadora.
El sacerdote en una esquela se dirige al Capitán Bárcena, explicándole que doña Salvadora estaba muy enferma y fatigada, y además ya la habían deshauciado el prior de San Juan de Dios y el médico Regis. Le pide 300 pesos para prevenir el funeral y le indica que posteriormente le pediría más, como albacea que es. Bárcena entregó 300 pesos en oro al Fraile Antonio María que era el portador de la misiva.
NADIE QUERIA EL DINERO
Ya solo 842 pesos y 7 tomines quedaron, se le escribió al curita Domingo Vicente para que fuera por ellos pero no acudía. Bárcena fue ante las autoridades de la Villa de Xerez, llevando las monedas “suplicándoles que de ruego y encargo las entregaran a quien corresponde”.
De inmediato le escribieron al presbítero y se le encargó a Pedro Rosales que llevara la carta hasta la Villa de Gutierre del Aguila, y se esperara a la respuesta. Entonces el curita se “raja” y contesta que no puede recibir el dinero porque él no tiene facultades para eso. Que se dirijan con los albaceas de la finada, que son Don Joseph Santa Ana, Clérigo Presbitero y Teniente de Cura de Villanueva, y don Fernando Escobedo, hijo de la difunta doña Salvadora.
El 7 de Julio de 1762, Fernando de Mier y Therán, alcalde ordinario de primer voto de la Villa de Xerez, recibió la visita de don Juan Joseph Monjonet, apoderado de don Juan Manuel de Bárcena, quien le expuso toda el problema y le pidió se citara de nuevo al padrecito de los 300 pesos, pues en la esquela en que los pidió se erigía como albacea de la finada. Pues se le volvió a enviar una carta solicitándole que fuera por el dinero, pero el mañoso curita respondió que no, así que se resolvió dejarlos en depósito en poder del comerciante y vecino de la villa de Xerez, Juan Martínez de Bustamante, para cuando los quisieran recoger, advirtiendo que no causarían réditos ni utilidad alguna.
Se le volvió a enviar una misiva al presbítero y respondió que no le convenía recibir los reales, que mejor se entendieran con los herederos, y se queja diciendo “aunque esto para esta vida se pierda, porque no puedo entender el que se haya de amar al prójimo haciéndole daño como se le hace…”.
Esquelas, cartas, misivas, mensajes fueron y vinieron y nadie quería recibir el dinero. Mientras, a lo mejor de tantos corajes, muere Juan Manuel de Bárcena.
LOS HEREDEROS MANDAN POR FIN POR SU LANA
Las autoridades de Xerez se muestran sorprendidas al recibir el 28 de septiembre de 1763 una carta-libranza de los herederos y albaceas de doña Salvadora, en la que piden se entregue el dinero a don Juan de Uria, “pues se han convenido y partido hermanablemente”. Firman los presbíteros Domingo Vicente de Salinas, Joseph de Santa Anna. Don Juan de Uria, era vecino de la ciudad de Zacatecas y residente de la Villa de Xerez, estaba casado con doña Bárbara Thadea de Escobedo, hija de la finada, y cuñado de Fernando de Escobedo.
Ya era mucho el alboroto por ese dinero y el alcalde mayor desconfió, por lo que todavía se tuvo que hacer mucho papeleo y citar ahor a Juan Joseph Monjonet, albacea de Bárcena para ver si estaba de acuerdo en que se entregaran los 842 pesos y 7 reales. El 3 de octubre por fin se entregaron las bolsas con el oro, pero se le rebajaron 22 pesos y 7 reales por las diligencias realizadas. Y para que no hubiera más broncas, atestiguaron tal hecho Miguel Dávalos, Antonio Ruiz de Guadiana, Alexo Fernández. Dio fe Juan Joseph Monjonet y Juan de Uria además de Nicolás Suárez, quien era el escribano real y público de la villa de Xerez.