martes, 15 de septiembre de 2009

EL ALACRAN DE LA MUERTE


Alguien me reclamó sobre la historia de Lino Rodarte. Que los datos no son exactos, porque el corrido dice otra fecha. Bueno, yo me basé en documentos, en papeles existentes. Incluso poseo copia facsimilar del acta de defunción de Lino Rodarte, y a quien la quiera, con gusto se la facilito. Hay papeles también sobre las propiedades de los Rodarte y de Cruz Avalos. Y la versión del corrido es la más antigua que he encontrado, dudo que haya otra. Aparte, existen documentos de tipo religioso, testimoniales, etc. Por eso insisto, un investigador histórico no es una persona que esté en los eventos políticos o culturales como relleno en los presídiums, ni un copista cualquiera, ni un hacedor de discursos chafas. Un investigador histórico anda siempre en busca del documento, de la foto, del archivo, de la plática que le permita ir enlazando los hilos tan frágiles de la historia. Por cierto, la historia de la “Rosa de Oro perdida” que apareció en este semanario el 16 de agosto, es de mi autoría, porque ya otros se andan adjudicando ese trabajo y lo han presentado como propio en otros lares. ¡Que pinchis!
Me aventaron un torito, el otro día que andaba de bohemio. Me dijeron que si era tan chingón y si escribía en “El Alacrán” debería saberme la leyenda de la celda del alacrán.
Po’s picadito de la cresta busqué entre mis libros y encontré varias versiones, creo la más completa es la de don Manuel Lozoya Cigarroa, del meritito Durango, que aquí presento sintetizada:
EL ALACRAN DE LA MUERTE
A fines del siglo XIX, existió en la antigua cárcel de Durango la celda que llamaban “De la muerte”, nombrada así, porque al desgraciado que ahí metían, lo sacaban bien frío y con las patitas por delante.
La leyenda habla que en la hacienda de Cacaria vivía un muchacho llamado Juan, al que le apodaban “sin miedo” pues había demostrado su valentía en muchas ocasiones. Era un muchacho afable, bondadoso, dispuesto siempre a ayudar al prójimo. Sucedió que un perro rabioso andaba en friega por toda la hacienda. La gente se encerró en sus casas, pero el maestro de la escuela, desconocedor del asunto, dejó salir a los niños en cuanto pasaba el chucho espumoso.
Juan contemplaba eso desde su casa y mirando el peligro, descolgó su escopeta y disparó al animal. Pero en ese momento se atravesó una señora para proteger a sus niños. Y ¡papas! Le atinó en el mero pecho. Juan salió pero ya la señora se sacudía por las convulsiones de la muerte. De todos modos, Juan alcanzó a matar al perro con un hacha.
Luego luego llegaron el cura y el hacendado y se cargaron a Juan, a quien no le dieron chanza de nada, se lo llevaron a Canatlán, partido al que pertenecía la hacienda. Ahí duró poco, pues lo trasladaron a Durango, porque su delito ameritaba 20 años de prisión. No hubo quien lo defendiera. Aparte Juan no sabía leer ni escribir, así que menos iba a saber que su caso era defendible porque se calificaba como homicidio imprudencial y podía tener su libertad provisional o bajo fianza. Así que el presidiario trató de hacer llevadero el tiempo, cumpliendo de la mejor manera las órdenes que se le daban.
La vida en esa prisión era insoportable. En pequeñas celdas vivían cinco o seis personas. Y junto al área de defecación se comía, se dormía y se tenía que vivir indefinidamente. La única ley respetable era la fuerza bruta. Cuando la persona enfermaba, se curaba sola o se moría. El plato y el tazón donde se comía nunca se lavaban porque no había agua disponible para ello. Los piojos, pulgas, chinches, cucarachas y demás bichos amigos de la inmundicia, tenían magníficas condiciones ecológicas para su desarrollo. Ahí como en todos los momentos del devenir biológico no existían mas que dos alternativas: adaptarse o morir, máxime que a todo aquel que constituía un problema carcelario o de conducta, era llevado a una celda especial que en la cárcel de Durango en aquel tiempo le llamaban la “Celda San Juan” rememorando las celdas de tormento del penal del castillo de San Juan de Ulúa en Veracruz.
Esa celda se encontraba en el rincón más húmedo y oscuro, sus paredes no estaban estucadas o revocadas, los agujeros y hendiduras entre piedra y piedra de la pared era madriguera de arañas, tarántulas, alacranes, ratas, pulgas, piojos, chinches, cucarachas y demás sabandijas propias de la oscuridad y el desaseo. Nunca se hacía el aseo en ese calabozo y la puerta estaba confeccionada y construida a prueba de luz y aire, de tal manera que aquel lugar solamente se iluminaba y se ventilaba cuando se abría la puerta para sacar o meter a algún desgraciado. El calor en ese lugar contaban que era insoportable por la falta de ventilación, la luz totalmente prohibida, el poco aire que contenía el ambiente, era mal oliente y falto de oxigeno. Generalmente a los que castigaban en San Juan después de dos o tres días de estancia allí, los sacaban inconscientes por la falta de oxigeno y por el hambre, ya que, era norma no darles de comer todo el tiempo que permanecían encerrados.
Sucedió que un día de 1884 se encerró en el calabozo a un reo que riñó con un carcelero. En la mañana siguiente lo encontraron muerto. A partir de esa fecha todos los que ahí encerraban morían. Desde entonces le llamaron “El calabozo de la muerte”. Cuando llegaba a la cárcel un preso político, con recomendación especial de eliminarlo, se le encerraba en el calabozo y al día siguiente amanecía murto sin señales de asfixia ni de violencia, lo cual era favorable para las autoridades, que podían decir que murió de preocupación y pena o que ya venía enfermo.
Pronto aquel calabozo adquirió fama fatal, y nadie quería ni siquiera escuchar su nombre. No se sabía de qué morían las víctimas. Corrían rumores de que aquel calabozo estaba poseído por el diablo. Otros más decían que el aire, las paredes y el piso se encontraban impregnados de gases muy venenosos que provocaban la muerte. Y no faltaba algún carcelero que aseguraba haber visto salir o llegar sombras o bultos a la celda maldita a medianoche.
El hacendado de Cacaria solicitó a las autoridades carcelarias que se deshicieran de Juan sin miedo, pues los trabajadores de la hacienda estaban descontentos por su detención, ya que decían que él había actuado de buena fé y la señora se atravesó.
El director de la penitenciaría, propuso a Juan el que aceptara quedarse una noche en la celda maldita. Si al otro día aún vivía, quedaba completamente en libertad. Juan, abrigaba la esperanza de descubrir el misterio que envolvía aquel calabozo, y solo solicitó para quedarse un sarape, un banco de tres patas, una docena de velas de cebo grandes y una caja de cerillos. Al entregarle eso, la puerta de la mazmorra se cerró quedando Juan dentro de ella resuelto a descubrir el misterio. Se sentó en el banco de madera, encendió su primera vela y se dispuso a pasar las horas. Pero las velas eran muy delgadas y se consumían rápidamente, por lo que a las doce, cuando apenas habían pasado seis horas, se llenó de temor porque ya le quedaban solo dos velas. Pensó que cuando se le acabaran, ya sin la defensa de la luz, sería atacado por lo que mataba a los hombres en esa bartolina. Optó por apagar la luz y encenderla al menor ruido. Dejó pasar el tiempo pero el miedo lo venció y prendió la luz, registrando cuidadosamente el piso, las paredes y el techo del calabozo, cuando divisó un alacrán grandote, avinagrado, como de treinta centímetros de largo con la cola parada, ya listo para atacar. El alacrán se escondió porque no conocía la luz, pero Juan se horrorizó pensando que era el diablo en forma de arácnido.
Juan seguía prendiendo y apagando sus velas, y cuando faltaban tres horas para que amaneciera, con mucho temor vio que solo le quedaba la mitad de una vela. Entonces quería gritar, golpear la puerta, pedir auxilio, pero nadie lo escucharía ni nadie se lo daría. Pensó luego que se la iba a jugar, apagaría la vela y dejaría que bajara el alacrán. Lo atormentaba el pánico al pensar que a la mejor encendía la vela ya cuando fuera demasiado tarde. Se acostó sobre el piso esperando por buen rato. Cuando encendió un cerillo para prender el último cabo de la vela, vio que el alacrán estaba en el piso, a menos de un metro de distancia. Antes de que este huyera, se quitó su sombrero de palma de falda ancha y con cuidado de no errar, lo arrojó lentamente sobre el arácnido. Y al sentir que lo había aprisionado, puso el banco de tres patas sobre la copa del sombrero para que hiciera peso y no escapara su venenosa presa. Ya, seguro de lo que había hecho, apagó el cabito que le quemaba los dedos y sentado sobre el banco esperó que llegara la madrugada. Pronto, dos camilleros y un carcelero se oyeron en la puerta. Iban a recoger el cadáver de Juan para enterrarlo.
La celda se iluminó con la luz de la mañana Juan con modestia después de saludarlos les dijo: Ayúdenme a sacar una cosa que tengo aquí. Es un alacrán muy grande que es el que ha matado a todos los presos que han muerto en esta celda. Al animal lo atraparon vivo y poniéndolo en un enorme frasco de vidrio, lo mandaron como ejemplar raro al Museo Nacional de Historia Natural, en México, DF., donde por mucho tiempo se exhibió con esta inscripción al calce: “El Alacrán de la Cárcel de Durango”. El calabozo dejó de ser “La Celda de la Muerte” y se conoció luego como “La Celda de San Juan”. En la actualidad no existe la cárcel que se menciona y a la distancia de un siglo, se perdió el lugar exacto de los acontecimientos, quedando entre los duranguenses, solamente el recuerdo de este relato.
¿¿LES GUSTÓ??

1 comentario:

Compañia Estatal Folclorica dijo...

respecto a calabozos famosos que me pudes decir del "calabozo del Diablo" que se localizaba donde es
la precidencia de jerez, y que segun se cuenta alli se encerraba a los asecinos acompañados del que acababan de quitarle la vida, menuda noche se abrian pasado saludos