martes, 15 de septiembre de 2009

JEREZ A FINES DEL SIGLO XIX Y PRINCIPIOS DEL XX


La vida de Jerez, sufrió cambios muy importantes con la llegada de la revolución. La pequeña ciudad que albergaba unos 14 mil habitantes, se había distinguido durante los últimos años del siglo XIX y principios del XX por su calidez, hospitalidad y tenía un rasgo que la distinguía: su cultura. Con orgullo los jerezanos oían que en otras latitudes se le conocía como “La Atenas de Zacatecas”, y con justa razón, pues a pesar de lo precario de su economía que se sustentaba en la agricultura, ganadería y comercio, había tiempo para las bellas artes. Muchas familias o amistades se reunían en diferentes casas para leer poesías, relatos, escuchar música, tocar el piano, el arpa, violín y otros instrumentos. Existían en algunos hogares bibliotecas que causarían la envidia nuestra, como la de don León Cabrera, la de la Familia Brilanti que la enriquecía continuamente pues estaba suscrito a un sinfín de publicaciones que semanalmente le llegaban en la diligencia de los Sánchez Castellanos, la biblioteca de la Familia de don Dionisio Félix que vivía en la esquina norponiente del jardín, la de los Escobedo y los Ferniza, y muchas más.
La mayoría de las fincas representativas de la arquitectura civil de las que hoy consideramos patrimonio jerezano, fueron construídas o remodeladas durante estos años. La ciudad en sí, tenía por límites al norte la calle de 3 Cruces y la actual calle Galeana. Por el sur toda la alameda, por el este el río grande, y por el poniente las largas calles de la Fortuna, de las Artes, de las Flores, del Alamo o del Hospital y la calle de la Estrella, en las que se encontraban grandes y productivas huertas regadas por la acequia que venía del canal de los indios y se alimentaba del río grande.
El paseo dominical en la alameda era una costumbre que con agrado habían tomado las familias. En el centro de la alameda había un kiosco de madera en el que la banda de música municipal a cargo del prestigiado maestro don Adalberto Becerra daba el toque musical a este paseo que tenía lugar durante todo el día.
Como todavía no se inventaba el radio, la televisión, el fonógrafo, ni había tocadas, discos, bailongos, arrancones, conciertos de heavy metal, los chavos y chavas se entretenían en otras cosas más productivas, las amas de casa tenían tiempo para las labores del hogar, en la cocina haciendo guisos complicados que hoy son representativos de la cocina jerezana, tejiendo y bordando complicados manteles, servilletas y ropa de cama.
Las lunadas en las huertas y los paseos en las rancherías cercanas eran momentos buscados por los jóvenes jerezanos para acercarse s sus pretendidas, siempre bajo el ojo de águila de los encargados de esos paseos.
Hasta las goteras de la pequeña ciudad se extendían las tierras de las grandes haciendas, como Ciénega, Santa Fé, La Labor, El Tesorero, Juana González, etc. Pero cabe decir que tanto las haciendas como las pequeñas propiedades eran entidades autosustentables. Aunque se vivía bajo el régimen del porfiriato, la vida no era tan dura en las haciendas locales, como en otras muchas del país, donde el peón era explotado o de plano, esclavizado.
En Jerez, hubo gente ilustrada que buscaba el cambio, ante las sempiternas reelecciones de Porfirio Díaz, y se conocía con antelación del movimiento que encabezaría Francisco I. Madero.
Al contrario de lo que dicen algunos seudo historiadores, las guerras fraticidas que iniciaron en 1910 tuvieron efectos devastadores en toda la región. Destrucción, hambre, muerte, dolor, sangre… todos esos elementos se mezclaron en la segunda década del siglo XX. Después seguirían más luchas, por poder económico, por poder religioso, por poder social, mismas que han continuado hasta el presente.
Si queremos conocer nuestro pasado, hay que alejarnos de lo que a fuerza de repetir nos han enseñado en la historia oficial, en la historia de la conveniencia y las mentiras. “Las mejores páginas de la historia las hacen los vencedores”, dicen quienes siguen el modelo americano de recopilar la historia. Pero la microhistoria se nutre de todas las vivencias… de los testimonios de vencedores y derrotados… y eso es lo que buscaremos. A pesar de que el archivo de Jerez sufriera una pérdida total al ser quemado ese fatídico 19 de abril de 1913, hay una riqueza documental muy amplia, que apenas se está rescatando, gracias a los investigadores históricos locales, que de su peculio gastan en documentos, en copias, en investigaciones, en exploraciones, sin nada de apoyo de quien debería hacerlo.
Hay muchos relatos, incontables vivencias de esos años… innumerables historias no hechas públicas todavía, que esperan para ser contadas. A partir del próximo número en este espacio, insertaré historias, narraciones, leyendas, tradiciones y todo lo que tenga que ver con el Jerez de la última década del siglo XIX y primeras del siglo XX.
Invito a todas las personas que domingo a domingo siguen esta sección para que compartan sus testimonios, fotografías y relatos del Jerez de hace 100 años. Quien desee compartir algo, lo puede hacer llevándolo a mi domicilio Reforma No. 51, o escribiéndome a miguel.berumen@gmail.com.
No por ello dejaré de incluir leyendas e historias de tesoros, que se a más de cuatro les agrada leer aquí.