miércoles, 8 de septiembre de 2010

“EN MIS TIEMPOS LA GENTE SE CASABA A ESCONDIDAS”

En esta ocasión les ofrezco un relato que hace años hiciera don Faustino González:
“EN MIS TIEMPOS LA GENTE SE CASABA A ESCONDIDAS”
¿Qué quiere que le platique de mis años? No, pos’ es que hay muchas cosas que yo crio’que ya no me acuerdo bien, pero ora verá, le voy a contar de cómo conocí a la que es mi esposa Jovita. Eso ya fue hace muchísimos años, eran los últimos de la cristiada, pero cuando más bravos estaban tanto los agraristas, los federales y “los faldillones”. ¿Qué quienes eran? Así le decían a los cristeros porque la blusa de manta les quedaba larga como falda cuando se ajustaban las carrilleras.
Entonces yo estaba mucho muy nuevo, diatiro chamaco y en un burro me dedicaba a vender verduras aquí y allá, donde se podía y lo que se podía. En los ranchos casi nunca me pagaban con dinero. Con huevos y con máiz, mesmos que yo cambiaba más delante por más frutas. En una de esas, que andaba por los rumbos de Tepetongo, en este rancho que usté ha de conocer, El Marecito. Cuando llegué ahí andaba ofreciendo mis frutas, en esa vez traía naranjas. Viera que antes la fruta no se conocía mucho.
En eso que veo una muchachota pero bonita de a deveras. Y que dejo mi burro y mis mulas y ahí voy trotando tras de ella ofreciéndole naranjas. Va usté a creer que se voltea y me dice con una vocecita como de techalote: “Deme dos centavos”, y que le digo que aprontara el delantal y que le echo una buena brazada que hizo como si se fuera a caer pa’ onde yo estaba. Se puso colorada, pero bien colorada y ni adiós me dijo. Yo pensé: “Pos’ si te gusta, pos’ síguela, quien quite y haiga negocio”. Pero no vaya a creer que negocios de otros. No, antes éramos más cándidos, esos malos pensamientos que ahora tenemos, ni en sueños los conocíamos. Me hice el desimulado como que iba a seguir vendiendo naranjas y me fui espiando a ver onde vivía. Esa casa ya no existe, era de las grandotas que destruyeron. Preguntando, preguntando me dijeron que la muchacha se llamaba Jovita y vivía ahí con una tía. Que no tenía papás porque se los habían matado allá por la sierra.
Pos’ en ese rancho me anduve varios días, y que la güelvo a ver y que me le planto mero enfrente. Ella se volvió a poner colorada cuando me vió. Yo también, cuando no sé de donde saqué valor y le dije: “Fíjese que usté me gusta reteharto y quiero matrimoniarme con usté”. Se me quedó viendo con sus ojotes como de venado que tenía, y con la boca abierta. Yo creí que la había asustado así que le dije: “Usté perdone, pero es que está rechula y pos’ me gustaría pa’ llevármela pa’ Jerez como mi esposa”.
Luego me acuerdo que le dije que golvía en una semana pa’ver que decidía. Y a los ocho días ahí estaba yo dando güeltas y güeltas por el rancho, hasta que la ví. “¿Quihubo, qué pensó?”. Y que me dice que sí, que estaba bien, pero que debía ser por la Iglesia.
Pa’ pronto pensé: “Esta muchachona no se me escapa” y no se me escapó. Pero lo malo es que en esos días los sacerdotes andaban escondidos por la sierra del Venao, en el rumbo de Juanchorrey, hasta que nos dieron el norte de un cura. Fíjese que toda la gente sabía onde andaba, pero si algún extraño preguntaba por él, naiden daba razón, y como no nos conocían, yo crioque pensaban que éramos espías. En cuanto pude hablar con el padrecito y me dijo que estaba bien, que llevara a la novia el domingo muy de madrugada a una casita de la Estancia de los Berumen. Todavía no amanecía cuando ya estaba yo con mi prenda amada y su tía en la casa onde nos habían dicho. Una casita muy cerca de la capilla, la de don Rodolfo Félix… ¡ahh!! ¿así que era su agüelo? Pos’ mire nomás qué casualidá tan grande, porque él mero nos apadrinó.
Ahí en la sala, el padre en una mesita puso el mantel, el caliz y las cosas que se usan. Dijo la misa y nos casó. Me acuerdo que Jovita llevaba un vestido de flores azules, no era de tienda, pero ella misma lo había cosido. Antes no se usaba que el vestido de novia, que tantas cosas que ora se usan, antes la cosa era estar ante la voluntad divina nomás.
Pos’ nos casamos, muy a escondidas, y mire que mi muchachona me salió muy güeña pa’l quihacer, y hasta me ayudaba a enjarciar mis animales cuando me iba a vender, cosa que ya no me gustaba, porque dejaba sola a mi “venadita”.
Ahí tiene que cuando la cristiada se acabó nos casamos también por lo encevil, aquí en la presidencia; nos regañaron harto porque no nos habíamos casado antes, pero el chiste era el papel y ni caso hicimos.
Aluego a los poquitos años empezó la guerra allá por las “Uropas” y mandaron a los gringos a peliar. Entonces pedían trabajadores: Yo le pensé munchas veces, y es que aquí no me iba mal, pero tampoco bien. Además estaba muy aquerenciado con mi mujer. Pero el diablo que mete la cola en todo, me hizo decidirme por ir a los “yunaites” a darme una asomadita. Pero viera que así como me fui vine. Nomás me di unas hambreadotas allá por Sonora y Arizona. No traje ni dinero ni nada, puras lástimas; pero mire, conseguimos unas tierritas y las sembramos, y tenemos unos animalitos y con eso nos entretenemos.
Ya estamos viejito, pero seguimos muy contentos y felices. La próxima vez que venga le platico más cosas y a ver si entonces sí conoce a mi “venadita”. Orita no está, una de mis hijas se la llevó pa’ Jerez a que conociera a los “ñetos”. Pero va a ver que le voy a dicir que vino un periodista a platicar conmigo y le va a dar muncho gusto cuando güelva…