lunes, 16 de junio de 2008

10 DE ABRIL

PETICION DE PRESTAMO. De la manera más atenta solicito a alguno de mis lectores que tenga la colección del boletín “Recopilando” que editaba el Instituto Jerezano de Cultura hasta el año pasado, que me haga el favor de prestarme sus ejemplares por un rato para copiarlos, porque a mi colección le salieron alitas y ya hasta al perro regañé, pero no aparece. Lo más seguro es que alguien se la haya llevado pensando que en mi casa no estaría segura. Gracias de antemano.

Ahora les haré ameno el rato, invitándolos a leer una narración de mi barrio:

En nuestra provincia se dan situaciones y anécdotas que se antoja contarlas y transmitirlas aunque nos tachen de ingenuos, pero que por sí mismas son un testimonio de nuestra manera de ser, como la presente historia verídica de las viejitas que se comieron una casa:

LOLA Y MARGARITA

Lola y Margarita eran hermanas; Lola ya era viuda y Margarita nunca se casó, quizá su soltería se debiera a las cacarizas que la viruela y el sarampión, para las cuales no había vacuna aún, le dejaron en la cara.

Sobrevivientes de dos severas hambrunas y de dos guerras: la grande (revolución de 1910) y la chiquita (la cristiada), vivían tranquilas en su acogedora y limpia casita situada en la calle de La Estrella, casi esquina con la de La Culebrilla. Las dos mujeres se mantenían de hacer finos encajes de ganchillo y frivolité, además de que Margarita servía como lavandera en la casa de las señoritas Llamas (las Llamitas, les decía la gente) allá por la Calle del Santuario.

Lola tenía un hijo que se fué para los nortes cantando aquello de “Ay Susana, Susana, no llores por mi; que me voy a California a traer oro para ti…”; hijo que se largó en la gran oleada migratoria del veintitrés cuando una gran cantidad de paisanos se fue a barrer los dólares para acá. De este hijo no volvieron a tener noticia hasta el día que ya viejas ellas y casado él, se presentó para vender la casa.

En un acto compasivo y de amor filial hacia las ancianas, condicionó al comprador de que no tomara posesión de la casa hasta en tanto las dos ocupantes no se hubiesen muerto, cosa que juzgaba no tardaría mucho en suceder. Fue el único beneficio que obtuvieron las mujeres, ya que del dinero de la venta no vieron ni un quinto, porque Genarito, como le decían al hijo ingrato, alegó que su esposa, gringa por cierto, y sus gabachitos hijos, le generaban muchos gastos y necesitaba el dinero completo; de ellas no tenía que preocuparse, porque estaba seguro, les dijo, de que los vecinos no las iban a desamparar y mucho menos a dejarlas morir de hambre.

¿Qué hacer?, ¿qué hacer?. Orgullosas como eran no querían vivir de la caridad pública ni de dinero que no hubiesen ganado con su modesto trabajo, y a esas alturas Lola presentaba un cuadro de parálisis que la obligaba a moverse empujando una sillita de tule. Pensaron en rentar parte de la casa, pero al estar en calidad de enajenada ya no podían hacerlo. No le tenían rencor al comprador, pero sí algo de reproches para Genaro que de alguna forma debía de pagar, pero en esta vida, el sobresalto al que las sometió.

Le pensaron, ya que no podían trabajar y tenían gastos médicos que realizar, le pensaron y le pensaron hasta que dieron al clavo: ¡Se comerían la casa!...

Y así, con la discreta y decidida complicidad de los vecinos de la parte adjunta y la parte posterior, se dieron a la tarea de desmantelar la finca: primero los techos, luego de vendidas las vigas y las tabletas se siguió con los adobones, hasta llegar a las lozas de los pisos, sin descuidar por ello de mantener en pié la hermosa fachada misma que recibía su enjabelgada anual ocultando lo que en su interior pasaba.

Impaciente el comprador se paseaba por la banqueta de la casa haciendo sonar sus espuelas; aunque respetuoso del trato ya desesperaba de que se murieran, pero como las veía muy saludables cuando por las tardes éstas se sentaban a la puerta de la casa en sus sillitas bajitas a tejer puntillas y macazares a la luz mortecina del ocaso, y aduciendo de que se mantenían del dinero de la venta, socarrón les decía:

-Se están comiendo la casa, ¿no?.

-Si señor, nos la estamos comiendo. –le contestaban muy risueñas.

Al fin Lola se murió primero, se durmió y en la mañana ya no despertó para comer de su casa, pero Margarita siguió habitando el único cuarto que para el efecto habían dejado en pié. Y en ese mismo y único cuarto que sostenía la fachada, dos años después se veló su cuerpo cuando para alivio del comprador, la buena mujer se murió.

Y el mismo casi se muere de estupor cuando al pretender tomar posesión de la casa no encontró rastros de las demás habitaciones y dependencias. Un solar plantado de flores y hortalizas en lugar de recámaras y caballerizas; nada de cocinas ni alacenas, zahuán ni horno panadero, no había sala ni troje. Para el servicio sanitario solo había un pequeño chiquero desde donde lo saludaron dos marranos en engorda que estaban al propósito para pagar el cajón y el entierro, unas pocas gallinas que huyeron en manos de las vecinas, y el resto del pobre mobiliario se dejó para que el notario lo vendiera y lo mandara decir de misas.

Genaro, desde donde estaba tuvo que enfrentar una demanda por venta fraudulenta, debido a que el saqueo de la finca por manos de las dos ancianas, Lola y Margarita, no se pudo comprobar ya que no hubo ni siquiera un solo vecino que así lo quisiera atestiguar.

YA MERO ESTA EL LIBRO. Ya llevamos impresa gran parte del libro, poco a poco se va avanzando. Pronto lo daremos a conocer.

SALUDOS al Profr. Federico Berumen, a quien le agradezco mucho por leer esta columna domingo a domingo, y quien me hizo unas observaciones sobre algo de lo que he publicado. Es bueno compartir la información que se tiene. Yo soy de los que creen que la historia es una investigación siempre en marcha, y el que no investiga, se queda y se queda.