lunes, 16 de junio de 2008

7 DE FEBRERO

¡COOORRANLE, QUE SE LES HACE TARDE!

L. M. B.

Cuentan los que saben, que el edificio de esta escuela fue hecho primero para que fuera la cárcel. Antes las cárceles eran grandes, pues aquí traían a los reos de Monte Escobedo, Susticacán y Tepetongo. Y había muchos, porque los hacendados mandaban encarcelar a todo el que les caía mal, o les robaba (según ellos) el maíz o frijol para comer. Fue el jefe político don Rafael Páez el que comenzó a hacer la cárcel atrás de la Presidencia. Pero luego, decidieron que mejor fuera una escuela de artes y oficios, y fue cuando se le hizo la portada de cantera, con diversos emblemas de artes. En varias de las puertas de los salones se podían ver rastros de los barandales o rejas que se cortaron con segueta. Dicen que en 1908 vino el gobernador de Zacatecas, Eduardo Pankhurst, a inaugurar la escuela que llevó su nombre.

Platican que en la parte de atrás había un túnel que comunicaba con el Teatro Hinojosa y con el Santuario, y muchos niños presumían haber entrado en él.

Hay muchas leyendas de la escuela. A mi me contaron esta:

Por los años cuarenta, la escuela se hizo mixta (de niños y de niñas). Pero no estaban en los mismos salones, los de las niñas en todo el lado norte, y los niños en el sur. La escuela tenía sus banquetitas de loza negra, y el patio estaba empedrado. Había muchos arbolitos.

Entonces se encargaba de parte del aseo y de velar el edificio un señor llamado don Valente García, era muy trabajador, pero tenía un grave defecto: que le encantaba mucho tomar.

Los directores de la escuela le decían: “Mira Valente, no queremos verte borracho, les pones muy mal ejemplo a las niñas y a los niños. Cuando trabajes no tomes”. Y es que don Valente siempre cargaba en la bolsa de su pantalón de pechera una botella de aguardiente y cuando creía que nadie lo veía, le tomaba. Don Valente siempre respondía: “¿Tiene queja de mi trabajo? ¿Le he hecho mal a alguien?. Mire, aunque no me paguen, yo seguiré cuidando la escuela. Se irán estos niños y vendrán otros y otros y yo estaré aquí trabajando”. Y la verdad es que los maestros y alumnos lo querían mucho, porque era muy buena persona, muy alegre y cantador y siempre se le veía trabajando. A veces barriendo el gran patio, a veces podando los arbolitos, y siempre estaba listo para recibir a los niños en la mañana y despedirlos cuando se iban ya anocheciendo. (Antes iba uno a la escuela en la mañana y en la tarde).

Dicen que don Valente no tenía familia, y que se quedaba a dormir en uno de los cuartos que había al fondo, que después se usó como herrería. Pero también platican que este señor se emborrachaba cuando se acordaba de su esposa, que hace muchos años se le había muerto. Que aunque alegre por fuera, por dentro estaba triste y las noches se las pasaba en vela, recordando a su viejita y platicando con ella, aunque ella ya no estuviera en el mundo de los vivos.

Un día, el cancel de la escuela Tipo no se abrió. Los niños amontonados en la puerta gritaban: “¡Don Valente, don Valente! ¡ábranos! ¡ya es hora de clase!”. Hasta que el director llegó, y temiendo lo peor, despachó a los niños a sus casas diciéndoles que ese día no iba a haber clases. Buscaron a don Valente y lo encontraron donde dormía, bien dormido y para siempre. Entre la municipalidad y los profesores se cooperaron para hacerle un modesto funeral y fue enterrado en el panteón de la Soledad.

Platican que a los pocos días de su fallecimiento, quienes de noche pasaban por la calle de la Acordada, oían un lamento y veían una sombra que atravesaba de la Huerta de la Virgen al cancel de la escuela. Aseguraban que era el alma de don Valente que no se podía ir, porque estaba muy ligado al edificio donde pasó gran parte de su vida. Otros dicen que como a las ocho de la noche cruza todo el patio y sale por el cancel y hasta han oído que con voz quejumbrosa dice: “¡Coooórranle que se les hace tarde!...