lunes, 16 de junio de 2008

29 DE MAYO

En el canal 9 local aparecen unas cortinillas con fotos antiguas de Jerez. En esta semana las voy a cambiar porque creo ya aburrieron, pero antes de hacerlo, obsequiaré un dvd con tal presentación a las 5 primeras personas que me digan el nombre del vals y el autor del mismo que usamos como fondo. No he podido termiar el relato del Mesón del Silencio, pero mientras ofrezco esta narración inédita de mi hermana Victoria:

JUANITO

“Imploro una caridad

a los buenos pasajeros

que tuvieran la bondad

de querer escuchar

lo que les pido con humildad

y se tomaran la licencia

de darme una caridad”.

La plañidera voz y su lastimero pregón parecía brotar del suelo del frente del Hotel Jardín. Perdido entre las piernas de los viajeros que subían y bajaban de los camiones que hacían alto en esta terminal se encontraba Juanito implorando caridad.

Juanito era un guiñapo humano, de enjuto, retorcido y semiparalizado cuerpo que se arrastraba sobre un trozo de vaqueta mal curtida, impulsándose con los codos por las lozas de la banqueta, y desde ahí repetía su eterna salmodia:

“Caridad, caridad, una caridad,

disculpen el atrevimiento

de pedirles una caridad,

que el Señor de los Rayos

les pagará su bondad”

Así, a la manera de los mendigos medievales, a la de los limosneros ilustrados por Cervantes, a los que pulularon en la época de la colonia y sobrevivieron a las revoluciones, estos demandantes de la caridad pública rimaban sus peticiones trastocando en deudor a toda la corte celestial y dejándolas en la memoria abierta y maltrecho cuerpo de nuestro peticionario que con monótona voz las salmodiaba:

“Por su madre Santísima

que junto a El está

no me nieguen el socorro

de darme una caridá”.

Competía su clamor con el pregón de los vendedores que acudían a ofrecer su producto a los ocupantes de los frecuentes camiones que hacían la ruta para Tepechitlán y Nochistlán, o que tan solo iban en peregrinación a Temastián para visitar al milagroso Señor de los Rayos.

“La limosna que aquí se da

es una bendición del cielo,

para el necesitado un consuelo

y agradecida una eternidad”.

Gracias a la afluencia de viajeros y a la existencia de las dos terminales de autobuses, (Zacatecas-Jerez y Línea Verde) en ese costado del jardín principal se instalaron puestos de aguas frescas, jugos, “chocomiles”; y ahí se empezó a hacer famoso Darío con sus tortas.

Don Vicente Álvarez y su cajón de dulces hechos por sus hijas duró muchos años plantado en tan estratégico lugar, mismo que compartía con los “semilleros” y los chiquillos que le daban “bola” al calzado.

“Es una obra de misericordia

el dar una caridad,

Dios les premiará en la gloria

remediar mi necesidad”.

Abrazado a una alcancía de las “de cuadrito” dedicada al Señor San José, su voz se confundía con la del vendedor de gelatinas que cargando su aparadorcito de cristal, semejante a una transparente jaulita de varios niveles expendía al público su temblona y translúcida mercancía, la cual era sacada con sumo cuidado una vez que encontraba un comprador: “geeela…tiiinas” era su pregón.

Entre los cargadores que con sus terciadas cuerdas (aún no había “diablitos”) esperaban a quién solicitase de su fuerza para el traslado de bultos o equipaje estaban los paleteros, mismos que ofrecían por las ventanillas los manojos de refrescante colorida y licuefaciente golosina manufacturada en “Helados Regios” o “El Polo” que se vendía no importando el mes que fuese, pues al decir de un paletero: –la gente de Jerez está tan acostumbrada a tragar paletas que ya ni se fija ni en el frío…- además cuando no se conseguía trabajo quedaban dos caminos: el meterse de maestro (profesor) o de paleteros.

“No puedo en mi pobreza

mas que darles mi bendición

que Dios les pague su largueza

se lo pido de corazón”.

Se oía que despedía a los viajeros mientras los colegiales que salían de clase y los empleados de los comercios atendían con gusto aquel grito de “ …barquillos, barquiooo… barquiooo de nieve…” lanzado por el popular “gallo” Don Lupe. Otro nevero hacía también su aparición en búsqueda de la clientela foránea: don Matías, introductor de los vasitos de papel y cucharitas de madera para vender su nevado producto coronado con mermelada de piña; él se anunciaba con “laa ñeee…vé, aquí está su ñeee…vé”.

“Dios les de su salú

y les guíe en su camino,

ya que con ustedes va

como todos peregrino,

contando la caridá

que ustedes hacen conmigo.

Caridad, caridad, una caridá”.

Cuando retiraron las terminales del centro de la ciudad emigró Juanito con su cantinela. Ya no lo veíamos más dándose vuelo con un codo mientras adelantaba con el otro, casi besando el empedrado, con rumbo del “Mesón de las mariposas” o el de “Santa Rosa”.

Treinta años después reapareció por poco tiempo en Jerez; al costado oriente del mercado, pero esta vez postrado en una silla de ruedas, con una alcancía de bote y sin su letanía de:

Caridad, caridad, una caridad”.

DIA DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

El próximo sábado seguramente no seremos invitados a las pachangas con motivo del Día de la Libertad de Expresión. Como este año no es político, no habrá comelitones ni nada. Esto me hace recordar que hace ya 37 años comencé en el campo del periodismo, y fue quien tuvo confianza en mí, el Profesor Fernando Robles Zepeda el que me diera oportunidad de escribir en su revista “Jerez” en 1971. De ahí seguiría con mi pequeño semanario “El Eco” y hasta la fecha sigo metido “hasta las cachas” en el mundo de la información. Y lo reitero: soy periodista por vocación y convicción. Ya soy representante de la vieja guardia… Y ya mero acabo el libro!!!